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Full text of "Entre los pastos, novela"

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http://archive.org/details/entrelospastosnoOOprez 


BIBLIOTECA  =============== 

"ANTONIO  BARREIRO  Y  RAMOS" 


ENTRE  LOS  PASTOS 


MONTEVIDEO 
=  1920 


OBRAS  DE  VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


La  libertad  de  testar  y  la  legítima  (agotada)  ..  1  \ 

Zola  (  agotada  )   1 

Los  Modernistas  (2.a  edición,  agotada)   1 

Cervantes  (  agotada )   1 

Gil  (  novelas  y  cuentos  )   1 

Joyeles  bárbaros  (  sonetos  )    1 

Teatro    I :  Cobarde  ( 3  actos  )  ^ 

Claro  de  luna  ( 1  acto )   )■  1 

Yorick  (  4  actos  )   J 

Teatro    II :  El  esclavo  -  rey  ( 3  actos  )   1 

La  Rondalla  ( 3  actos  )   [  1 

El  baile  de  Misia  Goya  ( 1  acto )  .  J 

Teatro  III:  La  Ley  del  Hombre  (3  actos)   ] 

Mangacha  ( 3  actos  )   ¡-  1 

Noche  Buena  (  3  actos  )   ! 

Teatro   IV:  El  Príncipe  Azul  (  3  actos  )    "| 

Los  Picaflores  ( 3  actos  )    \  1 

La  rosa  blanca  ( 3  actos )  J 

Civilización  y  barbarie  (agotada)   ! 

Rodó  (  su  vida  y  su  obra  ;  agotada  )   1 

Entre   los  pastos  (novela,  1.a  edición,  agotada)  .     .  1 

Cuentos  Crueles   1 

El  Parque  de  los  Ciervos    1 

Las  alas  azules  —  (  versos  )   1 

HlPOMNEMO  —  (  crítica  )  .    4 

La  Ciudad  del  Espíritu   1 

La  joven  América   1 

El  libro  íntimo   1 


BIBLIOTECA  ANTONIO  BARREIRO  Y  RAMOS 


US 


ENTRE  LOS  PASTOS 


NOVELA  POR 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


(  Obra  premiada  en  el  concurso  literario  organizado  por 
"  ÍZl  Plata"  y  la  empresa  Barreiro  y  Cía) 


3  o  MILLAR 


MONTEVIDEO 

LIBRERÍA  NACIONAL  A.  BARREIRO  Y  RAMOS 

Bdrreiro  &  C",  Sucesores 
Calle  25  de  Mayo  esq.  Juan  C.  Gómez 

1920 


R  la  memoria  de  mi  madre 

Elena  Petit  de  Pérez 


FALLO  DEL  JURADO 


En  Montevideo,  a  veintitrés  de  Diciembre  de  mil  no- 
vecientos diez  y  nueve,  se  reunieron  en  la  redacción  de 
"El  Plata"  los  señores  don  Mateo  Magariños  Solsona, 
doctor  don  Horacio  Maldonado  y  don  Raúl  Montero  Bus- 
tamante,  designados  para  constituir  el  Jurado  que  debe 
decidir  del  mérito  de  las  novelas  presentadas  al  primer 
concurso  literario  de  la  serie  organizada  por  la  Dirección 
del  expresado  diario,  de  acuerdo  con  la  casa  editora  Ba- 
rreno y  Compañía,  habiendo  precedido  a  este  acto,  el  exa- 
men individual  y  colectivo  de  las  trece  obras  recibidas, 
cuyos  títulos  y  lemas,  oportunamente  publicados  en  la 
prensa,  son  los  siguientes :  "  Renovación  ",  Ariel ;  "  Entre 
los  pastos  ",  Sóstrato  ;  "Fernando  Rodríguez  ",  sin  seu- 
dónimo ;  "  La  ley  de  los  lobos  ",  Pipi ;  "  María  Jesús  ",  El 
Vizconde  Julio  Ramiro;  "Nunca  es  tarde",  Zapicán  del 
Monte;  "  Los  Altúnez  ",  Heart;  "  Tribu  galiana  ",  Emilio 
Campuzano ;  "  Mea  culpa  ",  Per  Aspera  ad  Astra  ;  "  Mag- 
dalena ",  Ora  et  labora ;  "  La  sociedad  amigos  del  pueblo  ", 
Moskva ;  "Sangre  Americana",  Sin  pretensiones;  "in- 
fortunio de  almas  ",  Bernard. 

Habiendo  el  Jurado  pasado  a  deliberar,  luego  de  un 
breve  cambio  de  ideas,  se  produjo  el  acuerdo  unánime 
respecto  a  la  eliminación  de  once  de  las  obras  presenta- 
das, debiendo,  en  consecuencia,  pronunciarse,  en  defini- 
tiva, el  Jurado,  sobre  el  mérito  de  las  novelas  tituladas 


JO 


VÍCTOR  PÉREZ  TETIT 


"  Entre  los  pastos  "  y  "  Renovación  cuya  superioridad 
sobre  las  demás  obras  presentadas  se  declaró  como  evi  - 
dente e  indiscutible.  Examinadas  detenidamente  ambas 
obras,  y  hecho  un  minucioso  análisis  crítico  de  sus  carac- 
teres y  cualidades,  se  reconoció,  unánimemente,  la  difi- 
cultad de  establecer  superioridad  de  la  una  sobre  la  otra, 
en  razón  de  los  méritos  de  ambas,  y  sobre  todo,  por  tra- 
tarse de  dos  novelas  que  pertenecen  a  géneros  completa- 
mente distintos  y  que  constituyen,  cada  una,  dentro  del 
respectivo  género,  un  hermoso  esfuerzo  de  concepción 
y  de  realización,  sin  que  el  ajuste  de  lenguaje  y  elegante 
sobriedad  de  estilo  de  la  una,  haga  desmerecer  la  fuerza 
descriptiva,  la  rica  documentación  y  la  propiedad  de  len- 
guaje de  la  otra ;  ni  tampoco  se  superen  en  el  trazado  de 
la  acción.  Producido  unánime  acuerdo  al  respecto,  el 
Jurado,  en  vista  del  caso,  resolvió  declarar  que  las  no- 
velas "  Entre  los  pastos  "  y  "  Renovación  "  se  hallan  en 
igualdad  de  condiciones  y  ambas  merecen  les  sea  adju- 
dicado el  primer  premio.  Comunicada  esta  resolución  a 
la  dirección  de  "  El  Plata  "ya  los  señores  Barreiro  y 
Compañía,  no  obstante  autorizar  el  cartel  de  otorga- 
miento solamente  un  primer  premio,  se  resolvió,  de  co- 
mún acuerdo,  en  vista  de  la  especialidad  del  caso,  du- 
plicar el  primer  premio  establecido  en  las  bases  del  con- 
curso. 

En  consecuencia,  luego  de  haber  sido  abiertos  los  so- 
bres lacrados  que  contenían  los  nombres  de  los  autores 
de  las  novelas  tituladas  "  Entre  los  pastos  "  y  "  Renova- 
ción ",  que  resultaron  ser  el  doctor  Víctor  Pérez  Petit 
(Montevideo)  y  el  señor  Máximo  Sáenz  (Buenos  Aires), 
respectivamente,  el  Jurado,  usando  de  las  facultades  acor- 
dadas por  el  cartel  y  de  las  que  le  fueron  otorgadas  por 


ENTRE  LOS  PASTOS 


II 


la  dirección  de  "  El  Plata  "  y  los  señores  Barreiro  y  Com- 
pañía, declaró : 

i.°  Que  las  novelas  "  Entre  los  pastos  de  que  es  autor 
el  doctor  Víctor  Pérez  Petit  (Montevideo),  y  "Renova- 
ción ",  de  que  es  autor  el  señor  Máximo  Sáenz  (Buenos 
Aires),  se  hallan  en  igualdad  de  condiciones. 

2.0  Que  otorgan  a  los  señores  doctor  Víctor  Pérez  Petit 
y  don  Máximo  Sáenz,  autores  de  las  expresadas  novelas 
"  Entre  los  pastos  "  y  "  Renovación  ",  el  primer  premio, 
consistente  en  la  cantidad  de  trescientos  pesos,  que  será 
entregada  a  cada  uno  de  ellos  por  la  dirección  de  "  El 
Plata  ",  y  en  la  edición  de  ambas  obras  que  será  hecha 
por  la  casa  Barreiro  y  Compañía  en  un  tiraje  de  un  mil 
ejemplares  y  entregada  íntegramente  a  los  autores  pre- 
miados. 

3.0  Que  los  referidos  autores  deberán  someterse  para 
la  ejecución  de  este  fallo  a  lo  dispuesto  en  el  inciso  2.0 
de  la  base  5.a  del  cartel,  (a) 

Para  constancia  de  todo  lo  resuelto  se  labró  esta  acta 
que  fué  suscrita  por  los  miembros  del  Jurado  para  ser 
entregada  a  la  dirección  de  "  El  Plata ". 

Raúl  Montero  Bustamante.  —  M. 
Magariños  Solsona.  —  Horacio 
Maldonado. 


(  a  1    Cláusula  referente  a  la  publicación  de  la  novela  en  folletín. 


". .  -  vidas  obscuras  y  humildes,  perdi- 
das en  ¡a  soledad  del  campo,  entre  ¡os 
pastos,  sobre  las  que  rueda,  a  veces, 
un  soplo  de  Rmor  y  de  Tragedia." 


PRIMERA  PARTE 


I 


Cuando  salió  del  rancho,  ceñida  la  cabeza  y  el  busto  por 
un  viejo  rebozo  de  lana,  todavía  estaba  obscuro  y  las  es- 
trellas escintilaban  en  el  firmamento.  Hacía  un  frío  hú- 
medo y  punzante,  —  ese  frío  denunciador  de  la  próxima 
madrugada.  La  tierra,  dura  y  opaca,  estaba  espolvoreada 
por  el  rocío  de  la  noche.  Al  pisar  las  motas  de  césped  que 
aquí  y  allá  matizaban  el  patio  de  la  estancia,  Baudilia 
sentía  la  humedad  del  hielo  penetrarle  sus  gruesos  zapa- 
tones. 

—  ¡ Brrrrr !  ¡qué  frío!  ¡la  gran  perra!  —  hizo  la  moza, 
apretando  los  dientes  y  encogiéndose  toda  ella  al  salir 
de  la  tibia  atmósfera  del  rancho  y  hallarse  de  pronto  ante 
el  relente  de  la  noche  que  le  mordía  las  carnes. 

Entonces,  con  pasitos  cortos  y  apresurados  se  enca- 
minó a  la  cocina,,  donde  debía  encender  el  fuego.  Al  mismo 
tiempo,  Juan  de  Dios,  que  venía  del  galpón  de  los  peones, 
dispuesto  ya  para  comenzar  su  habitual  tarea  de  ordeñar 
las  vacas,  se  cruzó  con  Baudilia. 

—  Güen  día,  —  formuló  ella. 

Pero  el  otro,  impasible  y  hosco,  se  metió  en  la  cocina 
sin  contestar  al  saludo. 

—  ¡  Pucha  que  sos  mal  educao !  —  rezongó  Baudilia ;  — 
¿que  no  has  oido  que  te  he  dao  el  güen  día? 

—  No  tengo  gana  de  conversaciones,  ■ —  replicó  el 
mozo  con  brusquedad  ;  y  en  seguida,  sin  parar  mientes 
en  la  inconsecuencia  lógica  que  cometía,  agregó:  —  ¿No 
vistes  mi  cuchillo  que  anoche  dejé  por  aquí  ? 

2 


i8 


VÍCTOR  PÉREZ  PKTIT 


—  Búscalo  con  toda  tu  alma,  sarnoso !  —  espetó  la 
moza,  malhumorada  repentinamente  con  la  grosería  del 
peón. 

—  ¡  Te  viá  a  dar  sarnoso  ! 

—  ¡  Pega,  si  te  atrevés  !  —  desafió  ella,  no  sin  encogerse 
ante  el  ademán  amenazador ;  y  luego,  viéndole  abandonar 
su  actitud  agresiva :  —  ¡  pura  palabrería ! 

Baudilia  encendió  un  velón  y  a  su  luz  temblequeante 
empezó  sus  habituales  ocupaciones.  La  cocina,  fría  y 
obscura,  estaba  llena  del  vaho  agrio  que  dejan  la  grasa 
y  el  humo  en  los  lugares  estrechos  y  cerrados.  Apenas  si 
se  divisaban,  a  la  incierta  claridad  del  velón,  los  objetos 
que  en  ella  había.  Los  dos  jóvenes  se  desempeñaban  en- 
tre las  tinieblas  más  por  adivinación  y  familiaridad  con 
las  cosas  que  por  lo  que  con  sus  ojos  veían.  Un  perro 
entró  y  meneando  gozosamente  la  cola  fué  a  hacerle  fies- 
tas a  la  muchacha. 

—  ¡Juera,  Tigre!,  —  dijo  Baudilia. 

Mientras  la  moza  quebraba  cardos  secos  para  encender 
el  fuego,  Juan  de  Dios  revolvía  por  los  rincones,  bus- 
cando su  cuchillo.  Volteó  una  lata,  se  dió  en  el  pecho  con 
los  estribos  de  un  recado  que  se  asentaba  en  un  tirante, 
soltó  el  correspondiente  juramento  contra  el  recado  y 
quien  lo  había  puesto  allí,  y,  encontrando  por  fin  lo  que 
buscaba,  se  volvió  de  nuevo  hacia  la  muchacha  para  de- 
cirle, mientras  ladeaba  su  busto  al  colocar  el  arma  en  la 
cintura : 

—  Bien  podías  tener  prendido  el  juego  a  estas  horas, 
dormilona.  Aurita  tendré  que  dirme  a  ordeñar  sin  chu- 
par un  miserable  mate. 

—  ¡Ajajá!  ¿te  golvió  el  habla?  —  argüyó  entonces  la 
moza.  Y  encrespada  otra  vez :  —  Yo  me  levanto  cuando 


KNTKI-    LOS  PASTOS 


se  me  da  la  gana,  y  si  no  hay  mate,  chúpate  el  dedo  gordo, 
si  te  parece.  ¡  No  f  al  taha  más ! 

—  ¡  Tiñosa !  —  masticó  Juan  de  Dios,  saliendo  de  la 
cocina. 

—  ¡Abombáo!  —  replicó  Baudilia. 

Rezongando  como  un  mangangá,  el  peón  se  encaminó  al 
tambo,  que  asi  denominaban  a  un  pequeño  corral  donde 
dejaban  por  la  noche  a  las  lecheras  que  debían  ser  orde- 
ñadas al  amanecer.  Un  perro  flaco  y  sucio  le  vino  a  los 
alcances  para  olfatearle  amistosamente;  pero  el  mozo, 
que  no  tenía  el  ánimo  para  fiestas,  le  alargó  un  puntapié. 
Decididamente,  Juan  de  Dios  se  había  levantado  de  mala 
vuelta. 

Siguió  su  camino.  Unos  pasos  más  allá,  al  lado  del 
grupo  de  talas  que  marcaban  el  arranque  del  camino  a  la 
cañada  del  bajo,  una  sombra  desusada  llamó  la  atención 
de  Juan  de  Dios. 

—  ¡Oh?  ¿y  eso?  —  se  dijo;  y,  torciendo  el  rumbo  de 
sus  pasos,  fué  a  inquirir  lo  que  sería  aquél  bulto  in- 
forme que,  en  medio  de  la  obscuridad  reinante,  trastor- 
naba la  silueta  familiar  de  las  cosas  del  paraje. 

Al  acercarse  el  peón,  el  bulto  se  movió,  calmoso. 

—  ¡  No  dije !  —  prorrumpió  entonces,  al  adivinar  con 
sus  ojos  avisados  el  caballo  de  Faustino,  que  se  había  des- 
atado del  poste  donde  el  chico  lo  dejara  a  soga  y  se  había 
venido  mansamente  hasta  los  talas ;  —  ¡  cosas  del  gurí ! 

Cogió  la  cuerda,  endurecida  y  húmeda  por  el  rocío, 
que  el  animal  arrastraba  entre  los  pastos,  y  la  ató  al 
tronco  de  los  espinosos  árboles.  Luego,  restregándose  las 
manos  amoratadas  por  el  frío,  prosiguió  su  camino  en 
dirección  al  tambo. 

Una  vez  allí,  dispuso  sus  tarros,  se  metió  entre  los  ani- 


20 


VÍCTOR  PÉREZ  PEfíT 


males ;  escogió  la  lechera  que  tenía  por  hábito  ordeñar 
en  primer  lugar,  y,  como  se  hallara  ésta  algo  apartada  del 
sitio  donde  lo  hacía  siempre,  le  pegó  una  palmada  en  el 
anca. 

—  i  Hala,  Chorreada !  —  ordenó,  haciendo  claquear  la 
lengua  contra  el  paladar,  para  avivar  el  paso  de  la  le- 
chera. 

Entonces,  ésta,  dócil  por  la  fuerza  de  la  costumbre, 
vino  por  sí  misma  a  colocarse  junto  a  los  palos  de  la 
puerta  del  corral.  Juan  de  Dios  buscó  a  su  alrededor, 
entre  los  tarros,  el  pedazo  de  soga  y  maneó  con  ella  las 
patas  traseras  del  animal.  En  seguida,  fué  a  buscar  el 
ternerillo  de  la  vaca  en  el  corral  de  al  lado,  donde  en- 
cerraban aparte  todos  los  crios  por  la  noche. 

A  brincos,  como  un  chivato,  se  vino  el  animalito  para 
prenderse  goloso  a  la  ubre,  y  entonces  empezó  Juan  de 
Dios  su  trabajo,  en  cuclillas,  regateándole  al  ternero,  vez 
a  vez,  las  tetas  de  la  madre,  para  hacer  bajar  la  leche. 
Acumplida  esta  primer  labor,  separó  el  crío  de  la  vaca, 
tironeando  de  él  y  fué  a  atarle  a  los  palos,  para  volver 
luego  a  ordeñar  la  lechera. 

El  cielo  empalidecía  poco  a  poco,  ahogando  paulatina- 
mente la  grisácea  claridad  de  las  estrellas.  Pero  las  som- 
bras se  amasaban  todavía  sobre  la  tierra.  Los  grupos  de 
árboles  más  cercanos  eran  bultos  informes  que  ponían 
una  nota  opaca  en  medio  de  la  tiniebla.  Las  mantas  de 
cardo  borriquero  que  hollaba  el  mozo  en  su  ir  y  venir,  no 
tenían  color  y  se  confundían  con  el  color  uniforme  y  ba- 
rroso de  la  tierra  dura.  Sólo  las  paredes  blancas  de  la 
Estancia  empezaban  a  destacarse  con  un  tono  grisáceo. 
En  el  cielo,  hacia  el  occidente,  persistía  la  negrura  pro- 
funda de  la  noche  y  las  estrellas  parecían  avivar  inquie- 


ENTRE    IOS  PASTOS 


21 


tas  sus  últimos  resplandores.  En  cambio,  en  el  levante, 
la  lechosa  claridad  que  iba  trepando  sobre  el  borde  del 
horizonte,  se  intensificaba  cautelosamente. 

Juan  de  Dios  proseguía  parsimoniosamente  su  trabajo. 
Ordeñada  una  vaca,  dejaba  que  el  crío  mamara  a  su 
gusto,  y  la  reemplazaba  con  otra.  Así  iba  llenando  de 
leche  sus  grandes  tarros,  que  alineaba  junto  a  la  empa- 
lizada. De  pronto,  como  un  fantasma,  surgió  a  su  lado 
Faustino,  medio  soñoliento. 

—  Se  me  desató  eí  caballo,  Juan  de  Dios,  —  moduló 
el  chico,  apesadumbrado. 

—  ¿Y  no  li  hallaste?  —  preguntó  el  aludido,  con  sorna. 

—  Juí  hasta  el  bajo  y  no  está. 

—  ¿No  miraste  encimita  del  ombñ  ?  Pué  que  se  haiga 
subido  allí. 

El  pobre  muchacho  no  recogió  la  burla  ;  antes  bien  sus- 
piró quejumbrosamente  : 

—  El  patrón  me  va  a  dar  unos  chirlazos,  Juan  de  Dios. 

—  Bien  hecho,  por  zonzo.  ¿Qué  no  apriendiste  entua- 
vía  a  atar  un  caballo  pa  que  no  se  te  suelte? 

--  Juan  de  Dios,  me  van  a  castigar,  —  repitió  dolorosa- 
mente  el  chico,  restregándose  los  ojos  con  sus  puños 
amoratados  por  el  frío. 

—  ¿Y  qué  querés  que  yo  le  haga? 

Entonces,  como  Faustino  enderezara  hacia  el  cardal 
para  buscar  su  matungo,  el  peón  tuvo  lástima  de  él : 

—  Por  ai  no,  chancleta ;  rumbiá  mejor  pa  los  talas. 
Si  tuvieras  abiertos  los  ojos  pite  que  ya  te  hubieras  to- 
pado con  él. 

Salió  corriendo  Faustino,  vuelta  el  alma  al  cuerpo,  y 
Juan  de  Dios  se  aprestó  para  ordeñar  las  últimas  vacas. 
Ahora  el  día  avanzaba  de  verdad.  Del  lado  donde 


22 


VÍCTOR  PÉREZ  PETlT 


iba  a  surgir  el  sol,  la  claridad  intensa  del  alba  se  iba 
dorando,  manchándose  de  tintas  anaranjadas,  acusando 
franjas  que  serían  de  púrpura.  Las  últimas  estrellas  se 
desleían  ya  en  la  lechosa  diafanidad  del  cielo :  sólo  Ve- 
nus, la  estrella  de  la  mañana,  temblaba  rutilante,  muy 
cerca  del  horizonte,  como  un  prisma  de  cristal,  resistiendo 
la  invasora  claridad.  En  la  tierra,  todos  los  objetos  sur- 
gían de  la  sombra,  cobraban  sus  formas  familiares,  se 
vestían  poco  a  poco  de  su  matiz  particular.  Había  en  el 
ambiente  como  una  bruma  blanquecina,  que  flotaba  sobre 
los  inmensos  campos,  que  ceñía  los  grupos  de  árboles, 
que  se  intensificaba  en  las  lejanías,  ahogándolas  y  des- 
vaneciéndolas. Las  paredes  de  la  Estancia  se  tornaban 
cada  vez  más  blancas,  se  sonrosaban  en  el  pretil  de  la  azo- 
tea. Dos  grandes  ombúes,  sobre  una  loma,  que  hasta 
hace  un  momento  eran  negros,  se  azulaban  despacio. 

Volvió  Faustino  con  su  caballo  ensillado  y  empezó  a 
cargar  los  tarros  de  leche  que  había  de  conducir  al  pueblo. 
Mientras  cumplía  esta  tarea,  empezó  a  hacerle  un  cuento 
a  Juan  de  Dios. 

—  ¿Sabes,  la  gallina  batará.  la  que  tenía  la  pollada 
adentro  de  la  cocina?  Güeno,  pues;  anoche  la  mató  una 
comadreja.  Debe  ser  la  mesma  que  estos  días  se  ha  estao 
comiendo  los  pollitos.  Baudilia  está  apenada  y  la  parda 
le  va  a  pedir  al  patrón  que  ponga  una  trampa. 

—  Movete  y  déjate  de  cuentos,  —  repuso  Juan  de  Dios, 

—  mirá  que  ya  es  de  día  y  te  se  hace  tarde. 

—  ¡Y  más  ligero  de  lo  que  hago!  —  contestó  el  chico; 

—  la  culpa  es  del  frío,  que  ha  envarado  las  guascas. 

—  ¿Se  levantó  el  patrón?,  —  dijo  en  esto  el  mozo, 
mientras  se  aprestaba  para  ordeñar  el  vaso  de  apoyo  de 
misia  Ramona. 


KNTRK   LOS  PASTOS 


23 


— Cuando  venía  p'acá,  lo  vi  cruzar  por  el  guarda- 
patio,  con  un  freno  en  la  mano. 

—  Güeno,  monta  y  marcha,  que  de  no  nos  vamos  a  ligar 
tuitos  algún  rezongo. 

Se  trepó,  entonces,  el  chico  sobre  su  cabalgadura,  en 
medio  de  los  tarros,  y  taloneando  al  matungo  con  sus  pies 
descalzos,  salió  al  galope  por  el  camino  de  paraísos. 

Ya  era  de  día.  Barras  de  oro  y  de  púrpura  alternaban 
én  el  oriente,  que  .  con  aquellos  esplendores  ígneos  pa- 
recía una  fantástica  fragua.  Unas  nubecillas  blancas,  muy 
blancas,  algodonosas,  con  los  bordes  sonrosados,  fluc- 
tuaban en  lo  alto  sobre  un  piélago  de  oro.  La  tierra  pa- 
recía palpitar  bajo  aquella  inmensa  caricia  rubia  y  en 
la  puntita  de  los  pastos  fulguraban  las  gotas  de  rocío 
como  perlas  de  vidrio.  El  tono  opaco  de  la  tierra  cobraba 
tonos  calientes  de  siena  natural  y  de  bruno  claro,  como 
si  brotaran  mágicamente  de  la  paleta  de  un  artista.  Toda 
la  gama  del  verde,  bajo  la  luz  que  crecía  por  instantes, 
cobraba  sus  valores  reales,  y  mientras  los  trebolares  ar- 
dían como  una  clara  esmeralda,  grupos  de  cinacin?s  se 
fundían  en  tonos  de  amatista,  y  el  camino,  festoneado  de 
paraísos,  se  agravaba  de  azules  metálicos,  obscuros  como 
záfiros.  Los  pájaros  empezaban  a  cantar.  Lmos  teros,  in- 
visibles, promovían  extraordinaria  algazara  del  lado  del 
horno.  El  balido  de  las  ovejas  ponía  una  nota  suave,  un 
tintineo  campestre  en  el  ambiente  húmedo  y  frío  de  la 
mañana.  A  lo  lejos,  el  relincho  de  un  potro  agujereó 
el  aire  azul  como  una  diana  de  victoria.  Y,  de  pronto, 
enorme,  dorado,  refulgente,  sin  dañar  todavía  la  vista, 
surgió  el  disco  del  sol  entre  un  mar  de  nubecillas  parduz- 
cas,  que  parecían  evaporarse  en  una  vorágine  de  perlas. 
Se  advertía  su  ascensión,  su  crecimiento.  Era  una  bola  de 


24 


víctor  pérez  rr.Tir 


fuego,  rutilante,  de  oro  fundido,  que  se  alzaba  poco  a 
poco  sobre  la  línea  remota  del  horizonte,  que  ardía  ahora 
en  un  diluvio  de  sangre.  Todo  el  oriente  fulguró,  inun- 
dado de  saetas  amarillas,  hirviente  de  gérmenes,  empa- 
pado de  lumbre.  Un  rancho  lejano,  negro  y  terroso,  se 
aureoló  como  con  un  enjambre  de  avispas  anaranjadas. 
En  la  tierra,  los  colores  se  intensificaron  alegremente,  los 
árboles  cobraron  tintes  fantásticos,  los  caminos  arados 
por  la  rueda  de  los  carros  se  diseñaron  con  relieves  de 
tonos  suaves  y  calientes.  Entre  tanto,  las  nubes  empe- 
zaron a  trocar  sus  colores,  y  violetas  carmíneos  alterna- 
ron con  verdes  de  resedá.  El  oro  del  levante  se  desleía 
por  minutos,  rápidamente,  en  una  blancura  hialina,  que 
iba  avasallándolo  todo.  El  cénit,  límpido  y  sereno,  era 
de  un  celeste  claro,  transparente,  de  una  pureza  y  fres- 
cura virginal.  En  el  corral  mugió  una  vaca,  y  aquel 
mugido  tenía  como  un  aliento  campesino,  suave  y  olo- 
roso, que  hablaba  de  eglógicas  dulzuras.  El  perfume  de 
la  tierra  se  alzaba  penetrante,  como  el  de  una  amante  que 
se  despereza  en  la  inquietud  del  despertar.  Desde  la  co- 
cina de  terrones  que  ahora  vestía  el  sol  con  una  oleada 
caliente  de  lumbre  áurea,  se  alzó  la  voz  grave  del  patrón. 
Al  través  del  campo,  rumbo  a  la  manguera,  cruzó  a 
caballo  el  peón  brasilero,  y  en  sus  labios  cantaba  una 
copla : 

"  O  tatú  foi  incontrado 
Lá,  na  ser  ra  de  Bagé, 
A  cavallo  d'um  zorrillo 
Campeando  un  boi  yaguané..." 


KNTRK    U)S  PASTOS 


25 


Juan  de  Dios  se  alzó,  combó  el  pecho  robusto,  disten- 
dió ambos  brazos  y  bostezó  largamente  en  el  aire  puro 
de  la  mañana.  Con  el  resurgir  de  la  luz,  toda  la  tierra 
despertaba  alborozada,  y  había  en  el  ambiente  un  indefi- 
nible perfume  de  arbustos  y  yuyos  salvajes,  húmedos  y 
frescos,  cine  dilataba  los  pulmones.  , 

—  Vamo  a  agenciar  un  amargo,  —  masticó  el  mozo, 
y  se  encaminó  a  las  casas,  despacito,  con  un  rítmico 
balanceo  del  cuerpo. 


II 


La  ojeriza  que  se  tenían  Baudilia  y  Juan  de  Dios  era 
proverbial  entre  las  gentes  del  pago  de  Buena  Vista. 
Cuando  se  quería  significar  una  rivalidad  entre  dos  per- 
sonas, no  se  decía  que  estaban  reñidas  "como  perro  y 
gato ",  sino  "  como  Baudilia  y  Juan  de  Dios  ".  Claro 
está  que  la  sangre  no  llegaba  al  río,  ni  que  nadie  sos- 
pechara que  tan  honda  divergencia  iba  a  concluir  con  un 
desenlace  dramático;  todos  sabían  que  aquel  sentimiento 
era  una  antipatía  muy  marcada  entre  el  mozo  y  la  mu- 
chacha, que  los  traía  sin  segundo  a  las  greñas,  buscán- 
dose reyerta  por  la  más  mínima  palabra,  por  el  gesto 
más  insignificante.  Pero  la  misma  diferencia  de  sexos 
excluía  la  posibilidad  de  una  escena  cualquiera  de  vio- 
lencia, que  tan  fácilmente  se  hubiera  producido  a  tratarse 
de  dos  hombres.  Por  otro  lado,  era  Juan  de  Dios  un 
mucbachotc  bueno,  honrado  y  trabajador;  incapaz  de 
buscar  pleitos  a  nadie  ni  de  cometer  una  acción  repro- 
bable. Sencillote,  servicial,  muy  jaranista,  chancero  al 
extremo,  en  todas  partes  se  captaba  unánimes  simpa- 
tías. En  fiestas  y  velorios  era  el  regocijo  de  la  reunión. 
Cantaba  con  hermosa  voz  atenorada  una  cantidad  de 
relaciones,  décimas,  vidalitas  y  tristes,  capaces  de  satis- 
facer al  concurso  más  exigente  ;  sabía  cuentos  y  juegos 
divertidísimos,  como  para  amenizar  y  distraer  los  velo- 
rios de  todos  los  angelitos  del  pago ;  y  era,  con  todo  eso, 
muy  relamido  y  querendón  con  las  mujeres,  a  las  que 
decía  donaires  y  finezas  que  no  sabían  los  otros  mozos. 


ENTRIi    LOS  PASTOS 


27 


vSólo  cuando  Baudilia  se  le  ponía  por  delante,  el  mozo  se 
enfurruñaba,  silenciaba  sus  gracias  y  se  tornaba  hosco 
y  grosero. 

Por  su  lado,  Baudilia  era  una  alegre  y  pizpireta  mu- 
chacha, ni  fea  ni  linda,  pero  con  ese  encanto  peculiar  de 
algunas  mujeres,  que  gusta  más  a  los  hombres  que  la 
verdadera  belleza,  a  quien  todos  querían  bien  en  veinte 
leguas  a  la  redonda.  Atenta,  diligente  y  comedida,  estaba 
siempre  pronta  a  ocurrir  donde  podía  hacer  falla,  acom- 
pañando enfermos,  mitigando  dolores,  suavizando  penas. 
Trabajaba  en  la  estancia  de  don  Carmelo  Antúnez  a  la 
par  del  mozo  más  trabajador,  y  todos  la  trataban  con 
paternal  afecto,  desde  el  patrón  al  más  humilde  puestero. 
Era  alegre  y  cantora  :  todo  el  día  rondaba  por  la  casa  y 
el  campo,  ocupada  en  sus  menesteres,  con  una  canción 
en  los  labios.  Por  eso  la  llamaban  la  Calandria.  No  tenía 
en  su  vida  más  que  un  rencor:  Juan  de  Dios. 

—  Kstos  dos  mostrencos  van  a  acabar  por  ayuntarse 
en  matrimonio,  —  había  dicho  una  vez  el  patrón. 

Pero,  en  lo  sucesivo,  tuvo  que  guardarse  de  repetir 
la.  frase,  porque  la  emperrada  criollita  casi  enfermó  de 
rabia  al  oir  el  dicho  y  anduvo  varios  días  llorando  pol- 
los rincones,  y  él,  el  terco  mozo,  vino  por  la  tarde,  muy 
humildemente,  a  decirle  al  patrón  que  se  marchaba.  Hubo 
que  apelar  a  las  buenas  palabras,  a  todas  las  recetas  del 
sentimentalismo  y  hasta  enojarse  un  poquito  para  lograr 
restablecer  en  la  Estancia  el  statu  quo.  Mas,  desde  aquel 
día,  nadie  osó  repetir  la  bromita  del  casamiento. 

Sin  embargo,  contra  la  opinión  de  los  que  entendían 
que  Baudilia  y  Juan  de  Dios  no  llegarían  jamás  a  las 
manos,  el  peón  brasilero  opinaba  que  aquella  enemistad 
concluiría  mal.  Los  numerosos  incidentes  que  entre  uno 


28 


VÍCTOR  PÉRI-Z  PltTlT 


y  otro  se  producían  casi  a  diario,  aumentando  a  veces  de 
gravedad,  parecían  darle  la  razón.  Al  principio,  Baudilia 
y  Juan  de  Dios  no  habían  hecho  más  que  zaherirse  de  pa- 
labra y  aplicarse  motes  más  o  menos  hirientes.  Llamaba 
"  guanaco  "  la  moza  al  mozo,  por  el  hábito  que  tenía  éste 
de  salivar  a  cada  instante  por  el  colmillo ;  y  llamábala 
"  comadreja  "  él  a  ella,  por  tratarla  de  moza  presumida, 
"  comadre y  porque  era  la  encargada  del  gallinero. 
Pero  a  estos  apodos,  siguieron  otros  calificativos  más 
hirientes,  y  poco  a  poco  el  trato  entre  ambos  fué  verda- 
deramente insufrible.  Se  promovían  pleito  por  cuestiones 
baladís ;  se  daban  respuestas  injuriosas  y  procaces.  Un 
día,  Juan  de  Dios,  como  al  descuido,  le  volcó  la  "  pava  " 
donde  hervía  el  agua  para  el  mate,  y  esc  mismo  día,  Bau- 
dilia le  fué  al  patrón  con  la  denuncia  de  que  el  mozo  no 
había  "  descalostrado "  a  una  vaca  parida,  como  se  le 
tenía  mandado.  El  peón  se  llevó  el  correspondiente  re- 
zongo del  patrón,  y  esto  contribuyó  a  envenenar  más  las 
cosas.  Entonces,  de  las  palabras  pasaron  a  los  hechos : 
cada  cual  procuraba  hacerle  algún  mal  a  su  enemigo. 
Empezaron  a  hacerse  tretas  y  jugarretas  de  la  más  mala 
índole.  Baudilia  le  soltaba  el  caballo  a  Juan  de  Dios  para 
que  éste  tuviera  el  trabajo  de  largarse  al  campo  a  reco- 
ger de  nuevo  la  tropilla  ;  y  Juan  de  Dios  le  revolcaba  a 
Baudilia  la  ropa  por  el  suelo,  a  fin  de  que  ésta  tuviera 
que  volverla  a  lavar.  En  fin,  que  si  alguien  parecía  tener 
razón  al  juzgar  la  actitud  de  aquella  pareja,  era  el  peón 
brasilero. 

El  cual,  por  lo  demás,  varias  veces  había  tomado  par- 
tido por  la  moza,  defendiéndola  contra  las  artimañas 
del  solapado  enemigo.  Era  un  muchachote  largo,  esque- 
lético, flaquísimo,  de  color  de  terracota,  barbilampiño. 


KXTKK  LOS  PASTOS 


29 


de  nariz  aguileña,  de  cabello  amotado.  Muy  bueno  y 
manso ;  pero  algo  haraganote  y  tonto.  Gustaba  de  Bau- 
dilia  y  se  lo  significaba  a  cada  instante.  La  muchacha 
no  le  correspondió  desde  luego,  pues  no  tenía  el  pobre, 
ni  con  mucho,  las  dotes  de  un  don  Juan  ;  pero  más  por 
darle  en  cara  a  Juan  de  Dios,  empezó  a  atenderlo.  Mau- 
ricio, el  brasilero,  era  el  único  que  la  había  defendido 
contra  ciertas  groserías  de  aquél,  —  razón  por  la  cual 
se  suscitó  una  diferencia  entre  los  dos  mozos,  —  y  eso 
bastó  para  decidir  a  la  muchacha.  Toda  vez  que  Juan 
de  Dios  no  veía  con  buenos  ojos  a  Mauricio,  Baudilia 
tenía  que  querer  a  éste.  Y  así  empezaron  aquellos  ex- 
traños amoríos,  con  gran  apasionamiento  por  parte  del 
mozo  y  con  algo  de  burla  por  parte  de  la  criollita. 

—  Aura  es  cuando  acertaste,  —  le  dijo  Juan  de  Dios, 
al  enterarse  del  caso  :  —  si  no  es  ese  naco  de  tabaco  aven- 
tao,  no  sé  con  quién  ibas  a  ayuntarte  en  tirito  el  pago. 

—  Mejor  es  Mauricio  por  novio,  —  replicó  Baudilia,  — 
que  no  tu  Silvina  pa  un  casorio. 

—  ¡Mira!  ¿Y  qué  tenés  que  decir  vos  de  Silvina,  si  se 
puede  saber? 

—  Yo  nada.  Pero  don  Margarito.  el  capataz  de  los 
Laureles,  pué  que  tuviese  que  contar  algo. 

Tuvo  el  mozo  un  gesto  como  si  fuera  a  deslomar  a 
la  china,  que  osaba  recordar  ciertas  historias  viejas  que 
habían  corrido  en  el  pago  respecto  a  ocultas  relaciones 
entre  e)  aludido  capataz  y  la  pizpireta  Silvina ;  pero, 
dominó  su  repentino  impulso,  y  fuese  masticando  : 

—  Me  parece  que  cualquier  día  te  pongo  yo  una  marca 
en  la  cara. 

Juan  de  Dios  enamoraba,  en  efecto,  a  Silvina,  la  mo- 
rocha más  bonita  de  los  alrededores.  En  vano  algunos 


30 


VICTOR   PEREZ  PETXT 


compañeros  procuraron,  en  los  comienzos,  aconsejarle 
y  advertirle.  El  mozo  estaba  ciego.  Ni  quería  oir  hablar 
de  aquel  viejo  asunto  con  el  capataz  de  los  Laureles. 

—  Son  conversaciones  de  las  malas  lenguas.  —  con- 
testaba a  los  oficiosos  consejeros ;  —  y  el  que  quiera  se- 
guir siendo  mi  amigo,  debe  limpiarse  la  boca  cuando 
habla  de  esa  moza. 

Esta  advertencia  y  un  incidente  que  tuvo  cierta  vez 
en  una  pulpería  con  un  pardo  que  aludió  a  los  amores 
del  capataz  Margarito,  marcaron  la  pauta  a  los  com- 
pañeros de  Juan  de  Dios. 

—  Si  no  quiere  atender  consejos,  —  dijo  uno  de  ellos, 
resumiendo  la  opinión  de  todos,  —  que  se  ruempa  el 
alma  contra  la  piedra  que  guste. 

Desde  ese  día,  nadie  volvió  a  hacer  juicios  ni  alusio- 
nes sobre  la  virtud  de  Silvina.  Pero  Juan  de  Dios  llevó 
clavada  la  espina  en  el  alma  por  mucho  tiempo.  Contra 
toda  su  fe  y  su  amor,  se  levantaba  siempre  el  recuerdo 
del  capataz  de  los  Laureles.  ¿Sería  verdad?  ¿Había  te- 
nido Silvina  un  hijo  con  aquel  hombre?  Pero,  no  ¡no 
podía  ser !  ¡  Si  nunca  se  había  visto  ese  hijo ;  si  nunca 
había  faltado  la  muchacha  del  pago !  Eran  chismes  y 
murmuraciones  de  la  mozada,  desairada  en  sus  preten- 
siones por  la  linda  morochita,  y  de  toda  aquella  recua 
de  mujerotas,  más  feas  que  una  noche  de  "  refucilos  ". 
No  obstante,  un  día  tuvo  Juan  de  Dios  el  coraje  de  inter- 
pelar a  su  novia,  y  fueron  tantos  los  aspavientos,  lágri- 
mas, protestas  e  iracundias  de  Silvina,  que  se  dio  para 
siempre  por  satisfecho. 

Esa  vez,  tuvo  Silvina  un  buen  gesto : 

—  Si  no  me  eréis  a  mí  y  los  eréis  a  los  otros,  mán- 
date mudar  y  no  volvás. 


ENTRE   LOS  PASTOS 


31 


Juan  ele  Dios  se  rindió  ante  esta  frase  efectista  y 
nunca  más  se  suscitó  entre  ellos  de  nuevo  el  asunto.  Por 
eso,  la  alusión  de  Baudilia  no  le  afectó  mayormente : 
ía  consideró  como  un  rasgo  de  maldad  de  la  muchacha, 
que  hubiera  querido  verle  retorcerse  bajo  el  dolor  de  los 
celos,  y  se  marchó  en  silencio  para  no  taparle  la  boca 
con  un  bofetón. 

Pero  Baudilia,  por  su  parte,  había  descubierto  inad- 
vertidamente el  lado  flaco  de  su  enemigo.  —  "  Es  por  ahí 
que  te  duele "  —  pensó  la  traviesa  muchacha.  Y,  en 
efecto,  en  lo  sucesivo  no  perdió  ocasión  de  mortificar 
al  mozo.  Viniera  o  no  a  pelo,  a  cada  instante  estaba  men- 
tando a  Margarito,  el  capataz  de  los  Laureles. 

—  Si  eso  no  sirve  pa  capataz,  —  dijo  una  vez  uno 
de  los  oyentes,  extraño  a  las  aviesas  intenciones  de  Bau- 
dilia; —  todito  lo  más,  es  un  güen  domador. 

—  ¿Y  te  parece  poco?  —  salló  ella,  mirando  de  reojo 
a  Juan  de  Dios.  —  Ha  domáo  los  más  bravos  potros  del 
pago,  y  asiguran  taimen  que  algunas  potrancas. 

Juan  de  Dios  se  marchaba  entonces  en  silencio,  tra- 
gando saliva. 

Otra  vez  hablaban,  en  rueda  de  mozos,  de  la  morocha 
más  linda  de  Buena  Vista. 

—  La  más  linda  es  Rosario,  —  adujo  uno. 

—  Pa  mi  gusto,  no  hay  como  Martina,  la  de  la  Estan- 
cia del  Medio,  —  argüyó  otro. 

—  Pues  yo  creio  que  en  Güeña  Vista  no  hay  otra  como 
Ruperta,  adujo  el  capataz.  —  Esa  tiene  de  todo :  linda 
cara,  lindo*- pelo  y  lindos  modos. 

—  ¿Y  ande  me  dejan  a  Silvina?  —  saltó  en  esto  Bau- 
iilia,  —  esa  tiene  algo  más  entuavía. 

—  ¿Qué  es  lo  que  tiene  Silvina?  A  ver,  decí,  vos,  — 


VICTOR  PEREZ  PETIT 


replicó  Juan  de  Dios,  ya  sulfurado  por  tantas  indirectas. 

—  Tiene...  tiene...  —  balbuceó  la  muchacha,  adi- 
vinando la  mala  intención  del  mozo.  —  Tiene  lo  que 
otras  mujeres  solteras  no  tienen. 

La  idea  del  hijo,  del  hijo  habido  con  el  capataz  de 
los  Laureles,  asaltó  todas  las  imaginaciones.  Juan  de 
Dios  contrajo  los  labios.  Iba  a  hacer  una  barbaridad. 
Pero  la  hábil  criolla,  presintiendo  que  no  lo  pasaría  bien 
si  extremaba  la  nota,  se  contentó  con  haber  sugerido  la 
idea,  y  desvió  la,  broma  hacia  otro  rumbo: 

— ■  Tiene  un  novio  que  es  un  guanaco. 

Soltaron  todos  la  carcajada,  festejando  más  que  la 
burla,  el  arte  con  que  Baudilia  .había  herido  a  su  adver- 
sario sin  darle  pie  para  un  acto  de  violencia,  y  Juan  de 
Dios,  corrido  y  enconado,  se  contentó  con  replicar: 

—  Hay  otras  que  ni  eso  tienen.,  porque  ni  pa  escupirlas 
sirven. 

Asi,  con  estas  cuchufletas  y  burlas,  cada  día  se  iban 
envenenando  más  las  relaciones  de  Baudilia  y  Juan  de 
Dios.  Si  alguien  parecía,  pues,  estar  en  lo  cierto,  era 
el  peón  brasilero  al  pronosticar  que  aquel  juego  acaba- 
ría mal. 


III 


La  Estancia  de  don  Carmelo  Antúnez  era  uno  de  esos 
viejos  edificios  de  origen  brasileño,  que  suelen  encon- 
trarse cerca  de  la  frontera.  Todo  construido  en  piedra, 
con  sus  ventanas  cubiertas  por  gruesos  barrotes  de  hierro 
y  su  alta  azotea  almenada,  más  parecía  fortaleza  que  casa 
de  familia.  Sin  embargo,  dados  los  tiempos  semibárba- 
ros, el  desamparo  en  que  vivían  los  moradores  de  aquellas 
apartadas  regiones,  lejos  de  toda  población  y  de  las 
policías,  sujetas  a  las  incursiones  del  matreraje,  se  ex- 
plicaba la  construcción  de  parecidas  fábricas.  Más  de  una 
vez,  sin  que  el  estado  de  guerra  justificara  tamaños  aten- 
tados, una  cuadrilla  de  bandoleros  se  venía  sobre  estas 
viviendas  de  estancieros  platudos  para  intentar  un  bár- 
baro saqueo.  Entonces  había  que  defender  la  vida  y  la 
hacienda  con  los  propios  recursos,  sin  esperar  la  ayuda 
ajena,  y  había  que  defenderlas  a  todo  trance,  porque  el 
triunfo  de  los  malevos  implicaba  el  degüello  de  los  hom- 
bres de  la  Estancia,  la  violación  de  sus  mujeres,  y  el 
robo  y  el  incendio  de  la  propiedad.  Era  imprescindible, 
pues,  construir  las  viviendas  como  para  soportar  ven- 
tajosamente un  asalto  y  repeler  con  éxito  las  hordas  de 
foragidos. 

Constaba  la  Estancia  de  don  Carmelo,  construida  por 
uno  de  sus  antecesores,  de  un  cuerpo  de  edificio  prin- 
cipal, todo  de  piedra,  con  azotea,  de  unos  veinte  metros 
de  frente.  Sobre  este  lado,  que  miraba  hacia  el  oriente, 
se  abría  una  puerta,  petizona  y  ancha  y  tres  ventanas, 
resguardadas  por  gruesos  barrotes,  algo  salientes,  que 

3 


34 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


les  daban  cierto  aspecto  de  jaulas.  Formando  ala  con 
esta  casona,  —  en  la  cual  se  hallaba  el  comedor,  una 
sala  de  recibo  y  los  dormitorios,  —  se  levantaba  otro 
pabellón,  más  pequeño  y  bajo,  también  de  piedra,  con 
techo  cubierto  por  tejas  portuguesas.  Un  poco  más  allá 
de  este  pabellón,  habia  un  rancho  de  terrones  y  techo 
de  paja  brava,  que  servia  habitualmente  de  cocina.  Y 
más  allá  aún,  un  largo  galpón  de  ladrillo  revocado  con 
barro,  donde  se  hacinaban  cueros,  se  guardaban  fierros 
y  marcas  para  ganados,  palas,  azadas,  rollos  de  alam- 
bre, asadores  y  ollas,  y  donde  también  ponían  su  aroma 
fresco  y  campesino  montones  de  pasto  seco  y  de  alfalfa. 
Este  galpón  se  remataba  en  uno  de  sus  extremos,  por 
una  empalizada  abierta,  es  decir,  sin  paredes,  pero  te- 
chada con  paja  brava,  que  servía  habitualmente  de  pa- 
lenque a  los  peones  y  de  depósito  a  sus  monturas  y 
aperos.  Completaban  las  construcciones  interiores  de  la 
Estancia  de  don  Carmelo,  un  horno,  construido  a  un  lado 
de  la  cocina,  un  galponcito  para  cerdos  y  una  pequeña 
empalizada  donde  anidaban  las  gallinas,  los  patos  y  los 
ganzos.  El  muro  de  piedra  que  cercaba  todas  estas  cons- 
trucciones, primitivamente,  no  existía  ya,  y  sólo  del  lado 
de  la  cocina  quedaban  algunos  vestigios  de  él,  unas  pie- 
dras derruidas  que  allí  se  veían  entre  una  floración  in- 
vasora  de  ortigas  y  baldrana.  Allí  estaba  el  basurero,  y 
allí  se  ocultaban  y  vivían  toda  suerte  de  alimañas. 

Frente  a  la  casa  principal  se  abría  un  largo  camino, 
bordeado  por  viejos  paraísos,  rayado  por  la  rueda  de  las 
carretas,  que  conducía  hacia  la  cañada  del  bajo  y  a  la  sa- 
lida de  la  heredad.  A  la  derecha  de  este  camino,  del  lado 
del  galpón,  había  dos  corrales  de  palos  a  pique,  uno  gran- 
de y  otro  chico,  donde  se  echaba  la  tropilla  y  donde  se  ha- 


entre;  l,os  pastos 


35 


bía  establecido  el  tambo.  Hacia  la  izquierda,  a  tres  o 
cuatro  cuadras  de  las  casas,  estaba  la  gran  manguera  de 
piedra  para  el  ganado  vacuno.  Más  allá,  el  campo  se  ex- 
tendía en  rápida  inclinación  hacia  la  cañada,  todo  salpi- 
mentado de  matas  de  cardo  e  hirviente  de  flechilla.  En 
el  bajo,  un  mimbral  espeso  y  algunos  sauces  llorones  acusa- 
ban la  presencia  del  agua ;  y  a  medida  que  la  línea  ondu- 
lante de  la  cañada  se  alejaba  hacía  la  cuchilla  de  la  dere- 
cha, lo  que  era  sólo  una  sombra  de  verdura  se  iba  trans- 
formando en  un  monte  espeso.  Allí,  en  una  confusión 
inextricable,  crecían  sarahdíes  y  talas,  sauces  y  viraros, 
molles  y  ceibos ;  y  trepando  ya  por  la  colina  opuesta,  has- 
ta cortar  bruscamente  la  visual  del  horizonte  con  una 
mancha  apretada  de  verdura,  laureles  y  coronillas,  espi- 
nillos  y  lapachos,  se  hacinaban  atados  por  plantas  ram- 
pantes  y  enredaderas  trepadoras.  Muy  lejos,  muy  lejos, 
del  lado  de  la  sierra,  una  hilera  de  adustos  álamos,  tiesos, 
filiformes,  hacían  centinela,  rayando  simétricamente  el 
cielo  azul.  Entre  tanto,  a  la  derecha,  unos  viejos  ombúes, 
detrás  de  la  maraña  del  vaciadero,  alzaban  sus  copas  fron- 
dosas, de  un  verde  salvaje,  que  contrastaba  con  el  ocre 
barroso  de  la  semiesfera  del  horno.  Sus  troncos  rugosos 
y  sus  raíces  torturadas,  que  surgían  de  la  tierra  y  se  en- 
calambrinaban  por  doquier,  servían  de  asiento  a  la  turba 
vocinglera  del  gallinero.  Y  detrás  de  los  ombúes,  hasta 
perdida  de  vista,  el  campo  se  extendía  inmenso,  silen- 
cioso, manchado  de  verde,  de  un  verde  seco,  a  trechos 
algo  amarillento  y  a  trechos  más  luminoso  e  intenso, 
allí  donde  privaba  el  trébol  o  la  gramilla.  Sólo  rompía 
la  soledad  del  campo  desierto,  allá,  remotamente,  un  ran- 
cho obscuro  y  chato,  el  rancho  de  Silvina,  la  hija  de  un 
puestero. 


36 


VÍCTOR   PÉREZ  PETIT 


En  la  Estancia  vivían  don  Carmelo  Antúnez,  hombre 
bueno  y  servicial,  entrado  en  años,  y  su  esposa  doña 
Ramona  Solís,  mujer  pequeñita,  arrugada,  más  mala  que 
un  ají  cumbarí.  Ella  era  la  que  dirigía  a  su  antojo  la 
Estancia  y  la  que  perseguía  con  sus  rezongos  a  toda  la 
peonada.  Con  el  patrón  era  siempre  cosa  fácil  enten- 
derse, pues  el  hombre  disimulaba  errores  y  perdonaba 
bondadosamente  las  faltas ;  pero  con  doña  Ramona  ha- 
bía que  agachar  la  cabeza  y  escurrir  el  bulto.  Todo  el 
día  su  voz  aguda  y  chillona  estaba  impartiendo  órdenes, 
atendiendo  a  cualquier  cuidado,  reparando  omisiones, 
censurando  trabajos,  renegando  detrás  de  la  parda,  del 
gurí,  del  peón  brasilero,  del  diablo  a  cuatro.  Cuando  se 
la  creía  metida  en  la  casa,  ocupada  en  sus  tareas,  apare- 
cía de  pronto  por  el  gallinero,  a  tiempo  siempre  para 
pillar  en  falta  a  alguno ;  cuando  todos  la  imaginaban  en 
el  lavadero,  porque  la  habían  visto  salir  rumbo  al  bajo, 
aparecía  en  el  comedor,  oportunamente  para  distribuir 
unos  pescozones  a  Faustino.  Nada  escapaba  a  su  vista 
de  lince. 

La  parda  Ceferina  y  el  chicuelo  Faustino  estaban  en 
la  Estancia  desde  su  nacimiento.  La  primera  había  visto 
nacer  al  patrón,  y  por  eso  estaba  muy  consentida.  Era 
una  vieja  diligente,  hacendosa  y  fiel,  que  no  tenía  más 
defecto  que  el  de  ser  tan  rezongona  como  la  dueña  de 
casa.  Todos  la  querían  y  respetaban.  En  cuanto  a!  mu- 
chacho, era  hijo  de  una  criolla  que  había  vivido  en  la 
Estancia,  una  sobrina  de  doña  Ramona,  la  que  había 
caído  en  falta  y  muerto  poco  después  de  haber  dado  a 
luz  al  chico. 

Entre  la  peonada,  tienen  particular  interés  para  esta 
historia,  Mauricio,  el  peón  brasilero,  y  Juan  de  Dios. 


ENTRE    EOS  PASTOS 


37 


—  Juan  de  Dios,  un  joven  alto,  bien  conformado,  de  tez 
bronceada,  de  grandes  ojos  negros,  de  semblante  en  ge- 
neral agraciado,  se  había  criado,  por  así  decirlo,  en  el 
Establecimiento.  Hijo  del  antiguo  capataz  que  tuvo  allí 
mismo  el  padre  de  don  Carmelo,  había  heredado  de  aquél 
su  hombría  de  bien,  su  lealtad  y  su  amor  a  la  casa.  Por 
eso  lo  apreciaba  particularmente  don  Carmelo  y  doña 
Ramona  le  reprendía  menos  que  a  los  otros  peones. 

Es  de  mencionarse,  finalmente,  entre  los  moradores  de 
la  Estancia,  a  Baudilia,  la  heroína  de  nuestro  relato. 
Baudilia  era  una  morocha  regordeta,  de  ojos  redondos, 
grandes,  negros,  profundos,  sombreados  por  espesísimas 
cejas  y  largas  pestañas,  que  daban  extraño  interés  y 
particular  encanto  al  resto  de  la  cara,  que  era  algo  vulgar. 
Su  boca  y  su  nariz  acaso  resultaran  feas,  la  una  por  tosca, 
la  otra  por  tener  los  labios  demasiado  pulposos.  Pero 
aquellos  ojos,  de  mirada  soñadora  y  lánguida,  tan  gran- 
des y  hermosos,  hacían  perdonar  los  otros  defectos.  Con 
esto,  y  la  afabilidad  de  su  carácter  y  su  constante  alegría, 
tan  comunicativa  y  contagiosa,  la  muchacha  resultaba 
interesante  y  bien  querida  por  todos.  Además,  nadie  ig- 
noraba su  historia. 

Hacía  cosa  de  veinte  años,  allá  por  el  Aceguá,  vivían 
los  padres  de  Baudilia  su  misérrima  vida  de  gentes  hu- 
mildes y  pobres.  El  padre,  Romualdo,  era  esquilador, 
tropero,  domador,  trenzador  de  lazos :  en  fin,  habilidoso 
y  diligente,  hacía  un  poco  de  todo  para  ir  "tirando  del  carro 
de  la  vida  ".  La  madre,  Baudilia  Gutiérrez,  era  una  criolla 
hermosa,  apuesta,  interesante,  a  quien  las  rudas  tareas 
de  la  maternidad  y  del  campo  no  habían  marchitado  su 
proverbial  belleza.  Este  matrimonio  tenía  cuatro  hijos, 
tres  varones,  ya  crecidos,  y  una  niña,  pequeñita,  llamada 


38  VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Baudilia,  como  la  madre.  Un  día,  mientras  el  padre  tra- 
bajaba lejos,  en  una  estancia,  cayó  al  rancho  un  indio 
grandote  y  fierazo.  Era  un  matrero  que  andaba  esqui- 
vándole el  cuerpo  a  la  autoridad.  Iba  a  pedir  al  trenzador 
unas  guascas  o  maneas  que  le  hacían  falta  y  se  topó  de 
pronto  con  la  esposa  de  aquél.  El  bárbaro  no  pudo  disi- 
mular la  impresión  que  la  hermosura  de  la  mujer  le  pro- 
dujo, y  ahí  no  más  se  le  agachó  con  algunas  descocadas 
galanterías.  Baudilia  curto  la  retahila  de  requiebros  di- 
ciéndole  al  indio  que  su  esposo  no  estaba  y  que  volviera 
otra  vez  por  las  maneas.  Aquél,  le  hizo  entonces  algunas 
proposiciones ;  pero  la  honesta  mujer  se  metió  en  el  ran- 
cho y  trancó  la  puerta. 

—  ¡  Ya  has  de  Cair,  arisca !  —  sentenció  el  indio,  y  se 
marchó  despacito,  al  trote  de  su  caballo. 

Desde  entonces,  el  malevo  empezó  a  rondar  el  ran- 
cho de  Baudilia.  Tanto  la  persiguió,  presentándosele 
siempre  que  el  marido  de  aquélla  no  estaba  en  casa,  que 
la  pobre  mujer,  alarmada,  se  creyó  en  el  caso  de  prevenir 
a  su  Romualdo.  Pero,  entonces,  los  sucesos  se  precipi- 
taron. El  matrero,  harto  de  sitiar  aquella  fortaleza  que 
no  se  rendía  por  las  buenas,  decidió  dar  su  golpe,  y  a 
tal  efecto,  reunió  tres  foragidos  como  él,  dos  negros  y 
un  brasilero,  y  con  ellos,  en  pandilla,  se  llegó  una  noche, 
a  eso  de  las  doce,  al  rancho  de  Romualdo. 

Entre  sueños  sintió  Baudilia  el  rumor  de  los  caballos 
junto  a  la  puerta  y  casi  en  seguida  los  golpes  brutales 
que  con  el  mango  del  rebenque  daban  en  ella  los  asaltan- 
tes. Asustada,  despertó  a  su  marido. 

—  Hay  gente  afuera,  —  le  dijo,  temblando  ;  —  se  me 
hace  una  disgracia. 

El  hombre  se  tiró  del  lecho,  buscando  la  escopeta  de 


ENTRE    EOS  PASTOS 


39 


que  se  había  prevenido.  Abrió  la  ventanita  del  rancho, 
cruzada  por  dos  barrotes,  y  preguntó  a  los  visitantes 
qué  deseaban. 

—  Abra,  amigo,  —  contestó  una  sombra,  que  se  acercó 
a  caballo  a  la  ventana. 

—  Si  precisa  algo,  venga  mañana,  —  contestó  Ro- 
mualdo, —  de  noche  no  abro  a  naides. 

—  Abra,  amigo,  o  le  echamos  la  puerta  abajo,  —  re- 
plicó airadamente  -el  otro,  separándose  de  la  ventana. 

Entonces,  como  advirtiera  el  pobre  hombre  que  otro 
bulto  informe  se  abalanzaba  hacia  la  puerta  del  rancho, 
hizo  fuego.  Hubo  un  grito  y  un  juramento.  En  seguida, 
empezaron  a  resonar  violentísimos  golpes  en  la  puerta. 
Los  chicos  se  habían  despertado  y  lloraban.  La  madre, 
loca  de  terror,  trataba  de  consolarlos  y  repetía  casi  in- 
conscientemente al  padre : 

—  Estamos  perdidos,  Romualdo ;  no  abrás ;  estamos 
perdidos. 

Saltó  de  pronto  la  mísera  tablazón  de  la  puerta  y  un 
manojo  de  paja,  encendido,  cayó  en  medio  del  rancho.  La 
escena  quedó  lívidamente  iluminada;  pero,  si  los  de  fuera 
podían  ver  a  los  de  dentro,  merced  a  su  treta,  el  infeliz 
Romualdo  no  veía  nada  en  medio  de  las  tinieblas  que  en- 
volvían el  campo. 

Fué  una  lucha  breve,  inútil.  Los  asaltantes  penetraron 
en  la  habitación  y  acribillaron  a  puñaladas  a  Romualdo. 
Luego,  sin  compasión,  irritados  por  el  llanto  de  las  cria- 
turas, la  emprendieron  salvajemente  contra  éstas.  Los 
tres  varoncitos  fueron  así  sacrificados  sin  piedad:  sus 
cuerpos  desnudos  quedaron  tendidos  por  los  rincones, 
desangrándose. 

Sólo  la  niña  escapó  a  la  saña  de  los  desalmados.' 


4o 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


—  i  Mira  la  gurisa!  —  dijo  uno;  —  ¿a  que  la  levanto 
en  el  aire  con  el  facón? 

—  De  jala,  che,  —  exclamó  otro,  imperiosamente ;  — ■ 
no  mates  angelitos,  que  pué  trairnos  disgracia. 

Así  se  salvó  la  desdichada  criatura.  En  cuanto  a  la 
madre,  sufrió  la  misma  suerte  que  su  esposo  e  hijos. 

Satisfechos  los  deseos  del  indio,  se  levantó  éste  riendo 
siniestramente. 

—  ¿Nos  vamo?  —  preguntó  uno  de  los  sicarios. 

—  Nos  vamo,  —  contestó  el  indio;  —  pero  las  mu- 
jeres son  muy  lengüetas,  y  ésta,  a  la  fija,  mañana  va  a 
denunciarnos.  Viá  a  darle  un  tajito. 

—  ¿La  vas  a  matar ? 

—  Un  tajito,  no  más. 

El  desalmado  desnudó  nuevamente  su  cuchillo  y  avanzó 
sobre  Baudilia.  La  pobre  mujer  trató  de  defenderse  de- 
sesperadamente. 

—  ¡  Aijuna !  ¡  me  has  arañao  los  ojos !  —  barbotó  el 
matrero. 

E  hincando  entonces  una  rodilla  sobre  el  pecho  de  la 
mujer,  la  cogió  por  los  cabellos  y  le  hizo  caer  la  cabeza 
fuera  de  la  cama.  Con  la  diestra,  armada  de  enorme  cu- 
chillo, la  degolló  de  oreja  a  oreja. 

—  Ya  dejó  de  culebrear,  —  dijo  el  bandido,  así  que 
advirtió  el  último  estertor  de  la  víctima.  Y  volviéndose 
hacia  sus  compañeros  de  hazaña :  —  Pa  ustedes,  tuito  lo 
que  encuentren  en  el  rancho. 

Saquearon  los  bandidos  las  misérrimas  prendas  del 
pobre  gaucho,  montaron  a  caballo  y  se  fueron. 

Al  día  siguiente,  casi  al  caer  de  la  tarde,  un  vecino 
dió  con  aquel  cuadro  de  desolación  y  de  muerte.  La  ni- 
ñita,  Baudilia,  cansada  de  llorar,  se  había  dormido,  co- 


ENTRE    LOS  PASTOS 


41 


gida  con  sus  dos  manitas  a  las  ropas  ensangrentadas  de 
la  madre. 

Recogió  a  Baudilia  una  tía,  Felisa,  apodada  "  La  Ti- 
gra ",  que  vivía  unas  leguas  más  al  norte,  casi  a  la 
orilla  de  los  bañados  de  Aceguá ;  pero  algún  tiempo  des- 
pués, en  vista  de  los  crueles  castigos  que  le  imponía,  otro 
pariente  se  la  retiró  y  la  condujo  a  la  Estancia  de  Buena 
Vista.  Don  Carmelo  Antúnez  y  su  rispida  consorte,  apia- 
dados por  la  desventura  de  aquella  huerfanita,  cuya  his- 
toria había  convulsionado  todo  el  departamento,  la  aco- 
gieron cariñosamente. 

Y  allí,  en  la  Estancia,  encontró  Baudilia  el  hogar  y  el 
cariño  de  que  la  privaron  en  una  noche  de  espanto  y 
de  muerte  los  salvajes  instintos  de  un  bandido  sangui- 
nario. 


IV 


Juan  de  Dios  entró  en  la  cocina,  miró  de  soslayo  a 
Baudilia  que  colocaba  un  asado  junto  a  las  brasas,  y, 
sin  despegar  los  labios,  se  arrimó  al  trashoguero,  púsose 
en  cuclillas  y  empezó  a  cebarse  mate.  Así,  en  silencio, 
con  toda  cachaza,  sorbió  varias  calabazas  de  agua,  sin 
apartar  los  ojos  del  fuego.  Después  se  puso  en  pie,  se 
desperezó,  se  arregló  el  cinturón  y  dispúsose  a  salir. 

En  ese  instante  notó  que  Baudilia  estaba  con  hipo,  y 
murmuró  para  sí : 

—  Ya  tiene  pa  tuito  el  día. 

Despacito,  salió  de  la  cocina  y  se  encaminó  al  pa- 
lenque. Iba  a  echar  la  tropilla  de  la  yegua  zaina,  para 
"  agarrar "  su  tostado,  un  pingo  escarceador  y  ligerón 
con  el  cual  visitaba  a  su  Silvina.  Arregló  el  cojinillo  so- 
bre el  lomo  de  su  caballo  atado  a  soga  en  el  palenque  y 
cogiéndose  con  la  mano  izquierda  a  las  crines,  de  salto 
no  más  se  le  enhorquetó  encima.  En  seguida,  recogiendo 
las  riendas,  dob!ó  a  su  derecha  y  partió  al  galope. 

A  menudo  acontece  que  las  causas  más  triviales  e  in- 
significantes producen  efectos  inesperados  y  poco  me- 
nos que  trágicos.  Aquel  día,  la  circunstancia  baladí  de 
haber  advertido  Juan  de  Dios  que  su  "  enemiga  "  estaba 
con  hipo,  había  de  producir,  por  un  cúmulo  de  circuns- 
tancias fortuitas,  un  suceso  que  por  mucho  tiempo  an- 
duvo en  lenguas  de  las  gentes  del  pago. 

Encerrada  la  tropilla  en  el  corral,  cogido  su  tostado 
y  conducido  al  galpón,  volvía  Juan  de  Dios  a  la  cocina, 


ENTRE    EOS  PASTOS 


43 


cuando  una  lagartija  se  le  cruzó  al  paso  y  fué  atemori- 
zada a  ocultarse  bajo  una  mata  de  terrones.  Súbitamente, 
una  idea  risueña  cruzó  por  la  cabeza  del  mozo. 

—  Dicen  que  pa  el  hipo  no  hay  cosa  como  un  susto. 
¡  Yo  te  voy  a  sacar  la  hipera !  —  pensó,  aludiendo  a 
Baudilia. 

Y,  diestramente,  contentísimo  con  su  hallazgo,  persi- 
guió e  hizo  suya  la  lagartija. 

Entonces,  zorronamente,  ocultó  el  anímale  jo  y  entró 
en  la  cocina.  Allí  no  se  encontraba  más  que  la  parda,  aco- 
modando una  caldera  llena  de  agua  junto  a  las  brasas 
donde  se  asaba  el  trozo  de  carne  que  había  colocado  Bau- 
dilia. 

—  ¿Y  la  Comadreja,  che?  —  inquirió  el  mozo. 

—  Ai  se  fué  pa  dentro  a  tomar  un  poquito  de  agua. 
Si  la  vieras,  ¡  pobre !  está  con  el  hipo. 

—  ¿  Está  con  hipo,  no  ?  Ta  güeno ...  —  agregó,  son- 
riendo ;  y  luego :  —  ¿  No  hay  un  matecito  ? 

—  Reciencito  pongo  el  agua.  Baudilia  está  preparando 
el  churrasquete. 

En  eso  entró  la  moza,  y  al  advertir  la  presencia  de  su 
odiado  enemigo,  murmuró  entre  dientes : 

—  Éste  es  el  que  faltaba. 

Y  sin  hacerle  caso,  se  sentó  en  un  banquito  para  arre- 
glar las  brasas  bajo  el  asado. 

—  ¿  Conque  tenés  hipo,  no  ?  —  le  dijo  Juan  de  Dios. 
Baudilia  no  contestó.  El  se  la  aproximó  despacito  por 

detrás,  y  repitió  su  pregunta: 

—  ¿Con  que  tenés  hipo,  ché? 

Ella,  sin  volverse,  continuó  arreglando  los  rojos  ti- 
zones que  había  desordenado  la  parda  al  colocar  al  fuego 
su  "  pava  ",  y  se  concretó  a  contestar : 

—  ¿Te  importa  algo? 


44 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


—  Me  importa,  —  replicó  Juaii  de  Dios ;  —  yo  te  lo 
podría  curar. 

—  Muchas  gracias,  no  preciso  de  vos,  —  contestó  ai- 
rada la  moza. 

Pero  ya  se  le  había  aproximado  Juan  de  Dios  y, 
conteniendo  la  risa,  buscaba  el  momento  propicio  para 
deslizarle  la  lagartija  en  la  espalda,  por  entre  el  cuello 
entreabierto  de  la  bata. 

—  ¿Qué  haces  ai?  —  inquirió  Baudilia,  sintiéndole 
detrás  de  sí,  con  uno  de  esos  extraños  presentimientos 
que  a  veces  nos  asaltan  en  los  momentos  álgidos  de  la 
vida. 

—  Nada ;  voy  a  curarte  el  hipo,  —  dijo  Juan  de  Dios, 
al  mismo  tiempo  que  le  soltaba  la  lagartija  dentro  del 
cuello. 

Lanzó  un  chillido  la  moza  y  se  puso  rápidamente  en 
pie ;  pero,  tropezando,  al  querer  volverse,  con  el  banquito 
en  que  había  estado  sentada,  se  desplomó  de  súbito  so- 
bre las  brasas. 

El  asado  y  la  caldera  rodaron  por  el  suelo,  mientras 
una  nube  de  cenizas  y  de  humo  se  alzaban  en  el  aire ; 
y  de  pronto,  por  un  costado  de  la  falda  de  la  muchacha 
surgieron  unas  lengüetas  de  fuego.  Con  la  mordedura 
brutal  de  las  quemaduras,  Baudilia  se  había  vuelto  a 
erguir,  lanzando  aullidos  de  dolor.  Entonces  las  llamas 
se  avivaron  y  una  orla  de  lumbre  ciñó  el  ruedo  de  la 
falda. 

Fué  un  instante  espantoso.  Loo  de  terror,  la  mísera 
daba  vueltas  por  la  cocina,  chillando  cada  vez  más.  En 
ese  momento  Juan  de  Dios  salió  del  momentáneo  estupor 
en  que  le  sumiera  la  repentina  catástrofe,  y  se  abalanzó 
sobre  Baudilia. 


ENTRE    EOS  PASTOS 


45 


—  Date  contra  el  suelo,  —  ordenó  nerviosamente  an- 
gustiado el  pecho  con  el  tremendo  susto  de  su  responsa- 
bilidad. 

Y  empezó  a  forcejear  con  ella,  que,  no  conociendo  su 
intento,  y  ciega  por  el  espanto,  se  resistía  porfiadamente 
y  procuraba  salir  afuera. 

—  Tírate,  Eaudilia,  tírate  al  suelo. 

Las  faldas  ardían  en  movibles  ondas,  que  ascendían  cada 
vez  más.  Juan  de  Dios  sentía  en  sus  manos  las  rispidas 
mordeduras.  Al  fin,  pudo  dominar  a  la  muchacha,  y 
arrojándose  sobre  ella,  empezó  a  estrujar  las  ropas,  mien- 
tras gritaba  a  la  parda. 

—  ¡  Traiga  un  balde  de  agua,  corriendo ! 

Entre  tanto,  a  los  gritos  de  Baudiíia  habían  compare- 
cido cuantos  estaban  en  la  casa,  y  en  breve,  entre  todos, 
pudieron  sofocar  el  fuego. 

—  A  ver,  ordenó  el  patrón,  —  llénenla  entre  dos  pa 
dentro  y  traigan  un  poco  de  aceite. 

Entre  la  parda  Ceferina  y  un  peón  condujeron  a  Bau- 
diíia, que  se  había  desmayado.  En  un  rincón,  conjurado 
ya  el  más  inminente  peligro,  Juan  de  Dios  estaba  en  un 
temblor. 


V 


Un  mes  y  medio  próximamente  necesitó  Baudilia  para 
restablecerse  de  sus  quemaduras  en  los  brazos  y  piernas. 
Durante  todo  ese  tiempo,  ei  causante  de  la  desgracia 
anduvo  sin  sombra. 

Los  reproches  que  le  dirigiera  el  patrón  fueron  nada 
comparados  con  los  que  él  mismo  se  hacía  a  cada  instante. 
Porque  si  bien  es  cierto  que  él  no  calculó  las  consecuen- 
cias de  su  broma  ni  procuraba  con  ésta  otra  cosa  que 
darle  un  susto  a  la  muchacha,  al  fin  y  al  cabo  todo  el 
daño  provenía  de  él.  Baudilia  era  su  enemiga,  le  zahería 
y  mortificaba  a  cada  paso,  solía  mostrarse  hasta  odiosa 
cuando  hacía  alusiones  a  Silvina ;  pero,  a  pesar  de  todo 
ello,  ahora  lo  comprendía  perfectamente,  no  la  aborrecía 
como  se  aborrece  a  un  cruel  enemigo.  Buena  muestra 
de  ello  es  que  él  había  sido  el  primero  en  tratar  de  sal- 
varla del  inminente  peligro  de  perecer  quemada;  y  mejor 
prueba  todavía  irá  aquella  angustia  en  que  vivió  los 
primeros  días,  cuando  persistió  la  gravedad  del  mal.  Por 
las  noches,  Juan  de  Dios  se  revolvía  en  su  cama  sin  po- 
der conciliar  el  sueño,  recordando  la  trágica  escena  ori- 
ginada por  su  imprudencia ;  y  apenas  llegaba  el  día,  se 
ponía  en  acecho  de  la  primer  persona  que  saliera  de 
las  casas  para  averiguar  el  estado  de  la  paciente.  Des- 
pués, a  medida  que  empezó  a  mejorar  Baudilia,  perdido 
el  temor  de  algún  desenlace  fatal,  continuó  interesán- 
dose por  su  estado.  ¿No  quedaría  desfigurada?  No,  el 
rostro  no  había  sufrido  quemadura  alguna.  Esta  buena 


ENTRE    EOS  PASTOS 


47 


nueva  le  quitó  un  enorme  peso  de  encima.  Pero,  ¿y  los 
brazos  y  las  piernas?  ¿y  las  manos?  ¿Podría  servirse  de 
ellos?  En  su  continua  preocupación,  hasta  había  llegado 
a  temer  que  un  defecto  físico  imposibilitara  a  Baudilia 
para  el  trabajo.  La  seguridad  que  se  le  dió  de  que  por 
este  lado  tampoco  habría  dificultades  y  complicaciones, 
le  devolvieron  por  fin  la  calma.  Y  entonces,  por  primera 
vez,  advirtió  él  mismo  que  se  regocijaba  por  el  bien  de 
Baudilia.  —  "¿  Pero,  entonces,  yo  no  la  odeo?"  —  se 
dijo  a  sí  mismo,  sorprendiéndose  de  tamaña  descubierta. 

Empezó  a  cavilar  sobre  el  caso.  ¿  Por  qué  no  deseaba 
el  mal  de  Baudilia  si  ella  era  su  enemiga?  A  cualquier 
hombre  que  le  hubiera  hecho  la  mitad  de  las  miserias 
que  la  muchacha  le  había  hecho,  Juan  de  Dios  no  lo  hu- 
biera perdonado  nunca.  ¿Sería  porque  se  trataba  de  una 
mujer?  No,  porque  a  la  comadre  del  patrón,  que  vivía 
allá  en  la  Estancia  del  Medio,  él  no  la  podía  ver  por  sus 
modos  autoritarios  y  el  desprecio  con  que  le  dirigía 
la  palabra.  Esa  era  una  mujer,  y  no  obstante,  a  esa  le 
había  deseado  la  muerte  una  y  mil  veces.  Si  en  vez  de 
Baudilia  hubiera  sido  la  orgullosa  comadre  la  que  se 
hubiera  ido  sobre  las  brasas,  a  buen  seguro  que  Juan  de 
Dios  no  diera  un  paso  para  socorrerla.  "¡  Qué  ayudarla. 
—  reflexionaba  el  mozo;  —  a  esa  sí  que  la  empujaría 
yo  un  poquito  pa  que  se  fuera  sobre  el  fuego ! "  — 
Luego,  pues,  no  odiaba  de  muerte  a  Baudilia,  y  no  sólo 
no  la  odiaba,  sino  que  se  había  apenado  profundamente 
por  su  mal.  Entonces,  ¿no  era  su  enemiga? 

Aquí  las  reflexiones  del  mozo  se  embrollaban  un  poco ; 
pues  no  era  muy  ducho  en  psicologías.  Encontrábase  in- 
capaz de  definir  con  precisión  sus  sentimientos. 

—  Yo  no  puedo  perdonarle  las  judiadas  que  me  ha 


48 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


hecho,  —  se  decía  a  sí  mismo ;  —  yo  no  puedo  mos- 
trarle los  dientes  a  la  que  me  ha  tratao  como  un  perro 
y  a  la  que  ofende  con  sus  palabras  a  Silvina.  Pero,  en- 
tonces, ¿por  qué  no  le  tengo  rabia?  ¿y  por  qué  he  su- 
frido tanto  estos  días  por  ella? 

Al  cabo  de  mucho  reflexionar  sobre  el  caso,  llegó  a 
decirse  que  todas  esas  lástimas  eran  debidas  a  la  consi- 
deración de  que  él  había  sido  el  causante  del  daño.  Sí 
Baudilia  se  lo  hubiera  acarreado  por  sí  misma  u  otro 
fuera  el  responsable,  acaso  él  se  hubiera  alegrado,  en 
vez  de  afligirse  y  torturarse.  Satisfecho  con  esta  con- 
clusión, pareció  aliviado  de  un  peso. 

Llegó,  al  fin,  el  día  en  que  Baudilia  salió  fuera,  com- 
pletamente restablecida.  Cuando  volvieron  a  encontrarse 
frente  a  frente,  por  primera  vez,  después  de  la  catás- 
trofe, Juan  de  Dios  experimentó  otra  angustia. 

Al  abandonar  ese  día  la  cocina,  vio  que  la  muchacha 
salía  de  las  casas.  Entonces  se  quedó  junto  a  la  puerta 
para  esperarla.  Baudilia  venía  despacito.  Su  falda  blanca 
de  percal,  floreada  con  dibujos  rosaditos,  ponía  una  nota 
de  juventud  y  primavera  sobre  el  fondo  terroso  de  la 
vivienda  campesina.  Al  cruzar  de  la  sombra  al  sol,  se 
intensificó  aún  más  la  viveza  de  su  vestido,  y  entonces 
fué  como  una  alegría  que  se  explayara  por  todo  el  patio. 
Parecía  más  delgada,  más  aérea,  más  liviana.  Juan  de 
Dios  la  observaba  con  hondo  interés,  como  si  recién  la 
conociera,  y  una  indefinible  confusión  le  iba  invadiendo 
a  medida  que  la  muchacha  se  acercaba.  De  pronto  Bau- 
dilia alzó  los  ojos  y  lo  miró.  El  sintió  algo  extraño  dentro 
del  pecho.  Aquella  mirada  quieta,  dulce,  sin  reproches, 
de  aquellos  grandes  ojos  negros,  que  nunca  había  adver- 
tido fueran  tan  bellos,  le  llenó  de  cortedad,  de  dulzura, 


ENTRÉ    EOS  PASTOS 


49 


de  interés,  —  él  mismo  no  hubiera  podido  precisar  su 
sensación.  Y  humildemente,  muy  despacio,  cual  si  con 
su  saludo  quisiera  al  mismo  tiempo  implorar  su  perdón, 
dijo  entonces : 

—  Güen  día,  Baudilia;  ¿ya  está  del  todo  güeña? 
Baudilia  se  detuvo  un  instante  y  guardó  silencio. 

Luego,  sin  acritud,  pero  con  firmeza,  repuso : 

—  Güeña,  gracias.  Y  ya  que  nos  encontramos,  Juan 
de  Dios,  oigamé  bien.  Lo  pasado,  pasado,  ¿no  es  cierto? 
Pero,  será  mejor,  pa  los  dos,  que  en  adelante  no  ten- 
gamos más  conversación,  ¿no  le  parece? 

Juan  de  Dios  bajó  la  cabeza,  sintiendo  de  pronto  que 
algo  enorme  se  le  había  venido  encima,  algo  indefinible 
que  le  anudaba  la  garganta  y  le  hacía  zumbar  la  cabeza. 
Se  encontró,  por  primera  vez,  chiquito  ante  aquella  mu- 
jer, y  no  supo  ni  replicarle  para  excusarse  o  defenderse. 
Durante  unos  instantes  estuvo  así,  anonadado,  azotán- 
dose distraídamente  el  paño  de  la  bombacha  con  la  so- 
tera  del  rebenque.  Al  fin,  alzando  un  poco  la  cabeza,  pero 
sin  mirarla,  dijo  a  su  vez : 

—  Está  güeno.  Será  ansí,  como  dice. 

Y  se  alejó  despacio,  reconcentrado,  mordiendo  el  bar- 
bijo de  su  sombrero,  sintiendo  que  una  ola  brusca  de 
tristeza  le  invadía  el  pecho,  le  apretaba  el  corazón  y  le 
subía  hasta  la  garganta  para  anudársela  cruelmente. 

Al  llegar  al  galpón  se  detuvo  un  instante,  se  quitó  el 
sombrero,  se  rascó  la  cabeza.  Quedó  como  atontado,  va- 
cío el  cerebro,  sin  una  idea.  Luego  pareció  sacudir  su 
marasmo,  echó  una  mirada  circular  y  fué  a  descolgar  su 
freno.  Enderezó  para  el  palenque. 

—  Me  ha  tratado  de  usté,  —  se  le  ocurrió  de  pronto ; 
—  esto  es  de  adeveras  entonces. 


4 


5u 


VÍCTOR  PÉREZ  PET1T 


Enfrenó  el  caballo,  le  echó  sobre  el  lomo  el  cojinillo  y 
montó  de  salto.  Y  así  se  fué  por  el  campo,  sin  rumbo, 
al  paso  del  tostado,  silencioso  y  triste  como  aquella  lla- 
nura desierta  que  se  perdía  en  la  lejanía  del  horizonte. 

En  la  Estancia  todos  pudieron  advertir  que  mientras 
Baudilia  volvía  poco  a  poco  a  su  antiguo  modo  de  ser,  ale- 
gre y  cantora,  servicial  y  buena,  Juan  de  Dios  por  su  lado 
se  tornaba  cada  vez  más  silencioso,  reconcentrado  y 
huraño.  Baudilia  no  le  esquivaba,  no  le  mostraba  des- 
precio, no  tenía  ni  el  más  mínimo  gesto  contra  él ;  pero 
él,  así  que  ella  comparecía,  se  levantaba  y  salía  en  si- 
lencio. A  los  que  empezaron  a  interrogarle,  los  sacó  una 
buena  vez  por  todas  con  el  rabo  entre  las  piernas : 

—  No  tengo  nada.  Soy  como  soy,  y  como  he  sido  siem- 
pre. Y  a  naides  le  importa  como  soy. 

Esto  no  era  muy  explícito,  que  digamos ;  más  bien 
era  contradictorio,  pues  siempre  había  sido  el  mozo  co- 
municativo y  jaranista.  Pero  todos  debieron  darse  por 
advertidos  y  le  dejaron  en  paz.  Sólo  el  patrón  solía 
mirarlo  de  lejos,  con  alguna  insistencia,  mientras  una 
levísima  sonrisa  burlona  se  le  incrustaba  en  la  comisura 
de  los  labios. 

Juan  de  Dios  cumplía  religiosamente  sus  tareas ;  se- 
guía el  tran  -  tran  de  su  vida  ordinaria ;  pero,  de  noche, 
en  vez  de  asistir  a  la  tertulia  que  después  de  la  cena  ce- 
lebraban habitualmente  en  la  cocina  los  peones  antes  de 
acostarse,  se  cortaba  solo  por  algún  rincón,  junto  al  pa- 
lenque, debajo  del  ombú,  o  en  cualquier  otro  lado,  y 
allí  se  estaba  en  silencio,  oculto  en  la  sombra.  Sólo  la 
lumbre  de  su  cigarrillo  denunciaba  a  veces  su  presencia. 

Los  domingos  visitaba  a  Silvina ;  pero  ya  no  iba  con 
la  premura  de  antes.  Ahora,  todos  los  peones  se  marcha- 


ENTRE  EOS  PASTOS 


Si 


barí  a  la  pulpería  antes  que  él  pensara  en  agarrar  caballo. 
La  novia  no  tardó  en  advertir  este  cambio. 

—  ¿Qué  tenes?  ¿Estás  enfermo? 

—  No  tengo  nada.  ¿  Qué  querés  que  tenga  ? 

—  ¡Y  yo  qué  sé !  Pero  vos  tenés  algo ;  no  sos  el  de 
antes.  ¿Estás  cansao  de  mí? 

—  ¡Ave  María,  mujer!  —  decía  entonces  él,  en  son 
de  protesta ;  pero  lo  decía  sin  convicción :  su  voz  sonaba 
a  hueco. 

Silvina  empezó  a  cavilar.  A  ella  no  se  la  engañaba 
tan  fácilmente.  Era  una  muchacha  despierta,  zorrona,  a 
la  cual  la  vida  le  había  dado  muy  duras  y  certeras  ense- 
ñanzas. Por  más  que  lo  jurara  Juan  de  Dios,  bien  notaba 
ella  que  sus  besos  eran  fríos  y  sin  entusiasmo.  A  veces, 
mientras  sorbía  su  mate,  el  mozo  se  quedaba  largo  tiempo 
pensativo,  haciendo  dibujos  en  el  suelo  con  el  mango  de 
su  rebenque. 

—  ¿Sabrá  algo  éste  de  la  historia  con  Margarita?  — 
se  dijo  a  sí  misma  la  desconfiada  muchacha. 

Y  entonces  empezó  a  mostrarse  recelosa,  a  molestar  a 
su  galán  con  hábiles  requisitorias. 

Juan  de  Dios  se  mostró  más  reconcentrado.  Tuvieron 
algunas  peloteras.  Un  domingo,  él  se  retiró  enojado  y 
ella  no  procuró  hacer  las  paces.  Así  estuvieron  como  dos 
meses  sin  verse.  Pero  un  buen  día  volvió  Juan  de  Dios 
al  rancho  de  la  morocha. 

— ¿Ya  se  te  pasó  la  luna? 

El  dió  vagas  excusas.  No  sabía  lo  que  tenía.  Estaba 
cansado.  Todo  lo  aburría.  Nunca  había  sentido  aquello. 

—  ¿No  te  habrán  ojeao,  ché?  —  inquirió  entonces  la 
moza. 

—  ¿A  mí?  ¿quién?  ¿pa  qué? 


5-2 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


—  i  Qué  sé  yo !  Alguno  que  te  quiere  mal. 

—  No  tengo  enemigos. 

—  ¿Y  la  de  las  quemaduras,  che?  —  saltó  de  pronto 
Silvina. 

—  ¿Baudilla?  Allá  está.  No  nos  hablamos  más.  Ya  te 
conté. 

—  ¿No  te  habrá  echao  mal  de  ojo? 

—  ¡  Déjate  de  pavadas !  —  replicó  adusto  Juan  de  Dios, 
con  un  brusco  cambio  en  la  voz  y  un  vehemente  deseo 
de  cortar  aquella  conversación  que  amenazaba  rozar  a 
Baudilia. 

En  vano  Silvina  empleó  todas  sus  artes  para  descu- 
brir el  secreto  de  su  novio.  Adivinaba  que  el  cariño  de 
éste  se  le  escurría  poco  a  poco,  y  a  veces  se  encrespaba 
rudamente  por  no  conocer  la  razón. 

Entre  tanto,  Juan  de  Dios  le  iba  cobrando  extraordi- 
naria ojeriza  al  peón  brasilero.  Apenas  si  transcurría  día 
en  que  no  le  promoviera  alguna  cuestión.  Sólo  la  manse- 
dumbre y  buen  genio  de  aquél  habían  evitado  hasta  ahora 
un  enojoso  incidente. 

Sin  embargo,  un  día  se  produjo  por  fuerza  el  choque. 
Juan  de  Dios  estaba  en  el  galpón  encebando  una  manea 
nueva,  cuando  entró  allí,  con  unos  cueros  de  carnero  al 
hombro,  el  peón  brasilero.  Como  de  costumbre,  iba  éste 
cantando  su  copla : 

"  O  tatú  foi  incontrado 
La,  na  serra  de  Bagé, 
A  cavallo  d'um  zorrillo 
Campeando  un  boi  yaguané. 99 


entre;  los  pastos 


53 


Juan  de  Dios  lo  miró  de  reojo  un  instante  y  prosiguió 
su  tarea.  Pero,  el  otro,  cuando  cogía  la  tonadita  de  una 
matchicha,  ya  tenía  para  rato.  Así,  pues,  mientras  arre- 
glaba los  cueros  en  el  galpón,  prosiguió  cantando  la  fa- 
bulosa historia  del  tatú : 

"  O  tatú  de  rabo  mole 
Tudo  o  milho  me  comeu ; 
Plante  milho  quem  quizere, 
Que  o  tatú  quero  ser  eu.  " 

Juan  de  Dios  no  pudo  resistir  más.  Abandonó  la  ma- 
nea que  encebaba,  se  perfiló  un  poco  para  mirar  bien  al 
brasilero,  y  le  espetó  con  aire  agresivo : 

—  Che,  macaco,  ¿no  podías  dejar  en  paz  al  tatú?  Ya 
has  amolao  bastante. 

—  ¿  Qué  dezis  ? 

—  Digo,  —  repitió  Juan  de  Dios,  —  que  si  acabó  el 
tatú,  y  el  zorrillo,  y  el  buey  yaguané,  y  la  madre  que  los.  .  . 

—  i  Ora  isto  !  ;  Entáo  non  se  pode  cantar  ? 

—  No  señor,  no  se  puede,  porque  yo  no  quiero,  —  re- 
plicó hoscamente  Juan  de  Dios,  dejando  su  sitio  y  vi- 
niendo a  ponerse  frente  a  frente  de  Mauricio. 

El  brasilero,  viendo  que  la  cosa  iba  de  verdad,  dejó 
también  los  cueros. 

—  ¿  Vocé  es  el  patrón  ?  —  formuló,  adoptando  también 
una  actitud  resuelta,  pues  no  era  cobarde  el  mozo. 

—  No  soy  el  patrón,  pero  soy  bastante  pa  taparle  la 
boca  de  un  guantaso  al  que  se  me  dé  la  gana. 

Intervinieron  los  otros  peones  que  allí  había,  asom- 
brados de  la  brusca  e  inesperada  agresividad  de  Juan  de 
Dios,  y  con  buenas  palabras  calmaron  a  los  contrincantes. 


54 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


La  oportuna  llegada  del  capataz  puso  término  al  inci- 
dente. 

—  Este  muchacho  tiene  algo  en  el  mate ;  no  está  bien, 
—  decía  por  la  noche  al  patrón  la  parda  Ceferina,  co- 
mentando el  suceso. 

Y  el  patrón,  entre  dos  chupadas  al  mate  amargo  con 
que  asentaba  la  cena,  contestó  con  su  enigmática  son- 
risa : 

—  Dejuro,  que  tiene...  alguna  ligadura. 


VI 


El  sol  estaba  ya  bastante  alto  y  empezaba  a  picar, 
cuando  regresaron  a  la  Estancia  el  patrón  y  Juan  de  Dios. 
Habían  salido  esa  mañana  a  "  campear "  un  buey  hosco 
del  que  no  se  tenía  noticia  desde  días  atrás.  Entre  unas 
matas  de  cardo  y  de  ortiga  vizcachera  lo  habían  hallado 
tirado,  muerto.  Juan  de  Dios  lo  había  cuereado. 

—  Tenemos  forasteros,  —  dijo  en  esto  Juan  de  Dios, 
al  divisar,  desde  lejos,  un  paisano  que  en  ese  instante 
llegaba  por  el  camino  a  las  casas. 

El  patrón  frunció  los  ojos  para  ver  mejor,  y  sentenció: 
— Se  me  hace  que  ese  ruano  es  el  de  Margarito. 
Era,  en  efecto,  el  capataz  de  Los  Laureles  que  venía  a 
la  Estancia  para  arreglar,  en  común,  la  venta  de  una 
partida  de  cueros.  La  primera  persona  con  quien  topó 
fué  con  Baudilia,  y,  ^habiendo  llegado  hasta  él  las  mentas  de 
su  quemadura,  se  interesó  muy  amable  por  su  salud. 
Estaba  la  muchacha  haciéndole  la  narración  del  suceso, 
cuando  vió  asomar  por  el  bajo  al  patrón. 

—  Aquí  viene  don  Carmelo  con  Juan  de  Dios,  —  dijo, 
interrumpiendo  su  cuento. 

- —  Me  alegro  de  conocer  a  ese  bárbaro  que  cuasi  es- 
tuvo a  punto  de  echarnos  a  perder  una  flor  tan  linda. 

Baudilia  no  tuvo  tiempo  de  contestar  al  requiebro,  por- 
que ya  el  patrón  se  apeaba  al  lado  del  veredón  de  las 
casas  y  venía  con  la  mano  tendida  hacia  Margarito ; 
pero  Juan  de  Dios,  que  había  tomado  por  las  riendas  al 
caballo  de  su  amo  para  llevarlo  a  desensillar,  tuvo,  si, 


56 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


tiempo,  de  ver  la  sonrisa  y  el  gesto  galante  con  que  el 
capataz  de  los  Laureles  hablaba  a  la  moza. 

—  Ande  ha  de  ir  el  güey  que  no  are,  —  masticó  el 
mozo,  echando  una  mirada  de  soslayo  al  forastero. 

Y  se  marchó  más  hosco  y  reconcentrado  que  nunca. 
En  el  galpón  encontró  a  Mauricio.  Fué  verle  y  sol- 
tarle a  quema  -  ropa : 

—  Vea,  mocito,  que  anda  un  gavilán  ronciándole  la 
prenda. 

El  brasilero  volvióse  sorprendido.  Juan  de  Dios  agregó : 

—  ¿Qué  me  mira  con  esos  ojos  de  ternero  abichao?  Ai, 
al  ladito  de  las  casas  no  más,  está  el  mentao  Margarito 
tirándole  tientitos  a  su  moza. 

El  brasilero  se  encogió  de  hombros,  como  hombre  se- 
guro de  su  suerte  y  de  la  fidelidad  de  la  novia.  Luego, 
con  flema,  empezó  a  decir  que  esa  mañanita,  muy  de  ma- 
ñanita, al  ir  para  la  Estancia,  se  había  encontrado  al 
mismo  Margarito  rumbo  al  rancho  de  Silvina. 

Juan  de  Dios  se  quedó  mirándole  fijamente.  Después, 
con  mucha  calma,  sin  inmutarse,  inquirió : 

—  ¿Decís  verdad,  ché? 

—  Eu  non  mentó,  —  afirmó  concisamente  el  brasilero, 
y  se  quedó  aguardando,  seguro  que  iba  a  habérselas  con 
el  mozo. 

Pero  no  fué  así.  Juan  de  Dios,  muy  sereno,  indife- 
rente casi,  le  observó  un  momento,  advirtió  que  el  otro 
no  mentía  por  agraviarlo,  y  luego  se  marchó  murmu- 
rando : 

—  Ta  güeno ... 

Esa  misma  noche,  después  de  cenar,  Juan  de  Dios 
montó  a  caballo  y  de  un  galopito  se  trasladó  al  rancho 
de  Silvina.  No  fué  poco  el  asombro  de  ésta  al  verlo  so- 
frenar su  tostado  frente  mismo  de  la  puerta. 


ENTRE    LOS  PASTOS 


57 


—  ¡  Oh,  y  esto !  —  exclamó  la  moza.  —  ¿Qué  viento  te 
ha  traído? 

—  Ya  ves,  ganas  de  verte. 

Silvina  le  observaba  disimuladamente.  Presentía  que 
esa  inusitada  visita  era  motivada  por  la  presencia  de  Mar- 
garito  en  la  Estancia.  Quién  sabe  lo  que  allá  se  habría 
hablado.  Juan  de  Dios  venía  ahora  a  promoverle  alguna 
escena  de  celos.  Se  puso,  pues,  en  guardia. 

Hablaron  al  principio  de  futilezas ;  pero,  de  pronto, 
él  no  pudo  contenerse  más,  y  rompió  así : 

—  Hoy  llegó  a  la  estancia  el  capataz  de  los  Laureles, 
ya  sabés,  don  Margarito. 

—  Me  lo  había  maliciao  —  pensó  ella ;  y  luego,  en  voz 
alta:  —  Bueno,  ¿y  qué? 

—  ¿Nada  sabías?  —  inquirió  él,  como  distraídamente. 
Ella,  pensando  siempre  que  la  tormenta  vendría  por 

alguna  historia  contada  imprudentemente  en  la  Estancia, 
cayó  en  el  lazo : 

—  Nadita,  —  contestó  con  displicencia. 

—  ¡  Mentís,  sabandija !  —  clamó  Juan  de  Dios,  ir- 
guiéndose ;  —  esta  mesma  madrugada  lo  han  visto  de 
visita  aquí. 

Silvina  se  dió  cuenta  que  había  errado  la  picada  y  que 
el  otro  le  había  descubierto  la  treta.  Quiso  componer  las 
cosas : 

—  Mirá,  te  viá  decir.  .  . 

—  ¡  Decir !  ¿  decir  qué  ?  ¿  Que  me  querías  engañar  como 
a  un  zonzo? 

—  Escuchá,  Juan  de  Dios.  Te  negué  la  cosa  porque 
como  sabía  que  no  te  iba  a  gustar.  .  . 

Pero  el  mozo  no  quiso  oírla : 

—  ¿Ya  mí  qué  me  importa?  Guárdate  tus  razones.  Yo 


53 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


no  te  pido  cuentas.  Quería  convencerme,  no  más.  Aura 
estoy  convencido,  y  basta.  .  . 

—  Pero,  escúchame,  Juan  de  Dios .  .  . 

—  He  dicho  que  basta.  Esto  si  acabó.  He  andao  medio 
remolón  pa  abrir  los  ojos,  pero  al  fin  los  abrí.  Conmigo, 
che,  esto  si  acabó.  Yo  no  churrasqueo  las  sobras  de  nai- 
des.  Y  si  no  te  doy  unos  guascazos  es  porque  me  importas 
un  pito.  Sábelo,  che :  nunca  te  tuve  lay,  a  vos. 

Silvina  advirtió  que  aquel  rompimiento  era  defini- 
tivo ;  pero  lo  que  no  acababa  de  comprender  es  cómo 
Juan  de  Dios  tomaba  con  tanta  cachaza  su  falsía.  Era 
evidente  que  no  sentía  celos,  —  que  de  haberlos  sentido, 
ya  hubiera  hecho  alguna  barbaridad.  Pero,  entonces, 
¿dónde  estaba  el  amor  que  la  profesaba?  Porque  de  eso, 
sí,  estaba  segurísima :  Juan  de  Dios  la  había  querido, 
por  mucho  tiempo,  de  todo  corazón.  Sólo  en  los  últimos 
meses  se  había  mostrado,  así,  indiferente,  caviloso,  des- 
amorado. No  era,  pues,  por  la  vieja  historia  con  el  ca- 
pataz de  los  Laureles  que  él  se  le  daba  vuelta;  era  por 
otras  causas.  ¿Habría  de  por  medio  otra  mujer? 

—  Güeno,  que  seas  feliz,  —  le  espetó  por  la  espalda, 
al  ver  que  ya  estribaba  para  irse.  —  Y  no  creás  que  yo 
tampoco  voy  a  llorar  mucho.  Matungos  de  tu  andar  son 
los  que  sobran  en  el  pago. 

—  Lo  que  no  sobran  mucho,  —  replicó  él,  —  son  ye- 
guas de  tu  laya. 

—  Quién  sabe,  ché,  si  allá  no  tenés  alguna. 

Juan  de  Dios  detuvo  el  caballo,  que  ya  partía  al  sen- 
tir el  peso  de  su  jinete. 

—  ¿  Allá  ?  ¿  dónde  ?  ¿  en  la  Estancia  ?  i  Limpíate  la  boca, 
que  estás  de  güevo ! 

—  ¡  Ajajá !  —  clamó  Silvina,  adivinando  de  pronto  su 
acertijo. 


ENTRE    LOS  PASTOS 


59 


Y  metiéndose  en  el  rancho,  le  escupió  toda  su  rabia : 
—  Memorias  a  Baudilia,  y  cuidáo  con  churrasquiar  las 

sobras  del  brasilero. 
Juan  de  Dios  castigó  con  furia  y  partió  a  la  disparada 

para  no  caer  en  la  tentación  de  golpear  a  aquella  vibora. 


VII 


Dos  días  después,  era  sábado,  la  parda  Ceferina  y 
Baudilia  se  habían  puesto  al  fresco,  a  un  lado  de  la  co- 
cina, para  pelar  papas,  choclos  y  zapallos,  ingredientes 
indispensables  de  la  famosa  "  carbonada  ".  En  esa  tarea 
estaban  las  dos  mujeres  hacía  un  buen  rato,  comentando 
los  mil  casos  vulgares  de  la  vida  diaria  (el  dolor  de  mue- 
las de  fulanita,  la  rodada  de  zutano,  el  hallazgo  de  un 
nido  de  teros  de  Faustino),  cuando  la  parda,  que  se  ha- 
bía puesto  en  pie  para  ir  a  reparar  el  fuego,  exclamó  de 
pronto : 

—  Che,  muchacha,  mira  quién  viene  allacito,  por  el 
bajo. 

Alzó  Baudilia  la  cabeza  y  observó  la  aparición  seña- 
lada por  su  compañera.  Era  una  mujer,  jinete  en  un  ca- 
ballo azulejo,  de  falda  colorada  y  pañuelo  blanco  a  la 
cabeza.  Se  venía  en  derechura  a  las  casas,  a  un  galopito 
corto,  castigando  su  cabalgadura  con  una  varita  de  mem- 
brillo. 

—  ¡Mira!  ¿No  es  Silvina,  ésa?  —  exclamó  Baudilia. 

—  La  mesma,  —  repuso  Cef  erina.  —  ¿  Qué  diantre 
pué  trairla  po  acá? 

—  Nadita  güeno  ha  de  ser.  A  ésta,  no  le  vemos  la 
cara  si  no  es  pa  un  di  justo.  ¡  Cruz  diablo ! 

Entre  tanto  la  visitante  se  aproximaba.  Antes  de  lle- 
gar, ya  les  gritó  a  las  dos  mujeres : 

—  Güenos  días.  ¿Qué  les  parece?  Aquí  me  tienen  de 
visita. 


ENTRE   LOS  PASTOS 


6! 


—  Abájese,  pues,  —  invitó  Baudilia. 

Se  arrojó  Silvina  de  su  cabalgadura  y  muy  desen- 
vuelta vino  a  plantarle  a  Baudilia  dos  sonoros  besos  en 
ambas  mejillas,  tendiéndole  después  la  mano  a  la  parda. 

—  ¿Cómo  les  va?  ¿Cómo  están  po  acá? 

—  Güenos ;  toditos  güenos.  ¿  Y  qué  milagro  es  éste  ? 

—  Ya  ven.  Hace  tiempo  que  nos  los  véia,  y  se  me  ocu- 
rrió allegarme  un  poco  pa  tener  noticias.  Vengo  a  pasar 
el  día. 

—  ¡  Faustino  !  ¡  Faustino  !  —  llamó  Baudilia. 

Y  cuando  compareció  el  chico,  que  observaba  curiosa- 
mente, aunque  de  soslayo  a  la  visitante,  agregó: 

—  Llevá  el  caballo  y  desensíllalo. 
Luego,  volviéndose  a  Silvina : 

—  ¿  Vamo  pa  dentro  ? 

—  No,  si  aquí  estamos  bien,  —  contestó  la  interpelada ; 
— ¿qué  hacen?  ¿pelando  verdura? 

—  Ya  vé ;  es  pa  una  carbonada. 

—  Voy  a  ayudarles,  ¿quieren? 

Y  sin  cumplimientos  ocupó  el  sitio  de  la  parda,  po- 
niendo manos  a  la  obra. 

Silvina  se  mostraba  muy  amable,  sacando  a  relucir 
chismes  del  pago,  contando  sucedidos  con  bastante  gracia. 
Baudilia  la  escuchaba,  preguntándose  siempre  qué  asunto 
de  importancia  podría  haber  motivado  semejante  visita. 
Pero  la  otra  no  largaba  prenda.  Seguía  charlando  trivia- 
lidades con  una  volubilidad  marcadora.  De  un  asunto  sal- 
taba a  otro,  y  luego  a  otro  y  después  a  otro  todavía,  ol- 
vidándose a  veces  de  rematar  el  que  había  iniciado  aquella 
loca  asociación  de  ideas. 

—  ¿Se  acuerda  de  ña  Casilda,  aquella  que  una  oca- 
sión casi  envenenó  a  tuitos  los  de  la  casa  con  sus  pas- 


62 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


teles?  Los  otros  días  juí  a  verla,  porque  parece  que  la 
pobre  anda  medio  mal  de  salú.  Ella  dice  que  tiene  la 
paletilla  cáida,  pero  pa  mi  gusto  es  otra  cosa.  Ya  sabe 
que  Indalecio  la  ha  soplao  por  un  cañuto.  Unos  dicen 
que  porque  estaba  harto  d'ella ;  otros,  porque  la  pescó 
con  un  compadre,  —  aquél  que  jué  polecía,  ¿conoce?  — 
Sí,  pues,  ¡  cómo  no  ha  de  conocer !  Jesús  María,  el  que 
jué  pión  de  don  Renato ;  que  dispués  entró  en  la  polecía 
y  lo  hicieron  sargento  cuando  la  rigolución.  ¡Y  que  lo 
hicieron  sargento  quién  sabe  por  qué !  Había  otros  más 
guapos  y  mejores.  Lo  que  tenía  Jesús  María  era  unas 
uñas  que  ni  de  peludo.  En  lo  de  don  Renato,  cuando  él 
estaba,  no  paraba  cacharpa  de  la  pionada.  Entuavía  se 
me  acuerda  aquella  historia  del  bozal,  ¿no  la  conoce? 
Mire,  pa  que  vea  qué  laya  de  hombre  es  el  tal  Jesús 
María :  el  bozal  era  de  Primitivo,  ya  sabe,  aquél  picado 
de  virgüela...  sí,  pues,  ¡cómo  no  ha  de  conocer!  ¡si 
estuvo  tanto  tiempo  con  don  Renato ! .  .  .  Un  muchacho 
grandote,  bien  parecido,  con  unos  ojazos  ansí,  que  mi- 
raban fijos...  ¡si  no  conoce  otra  cosa!  Mire,  aquél  que 
decían  si  era  o  no  era  hijo  del  patrón  con  la  china  del 
puesto  del  fondo,  porque  siempre  lo  estaba  distin- 
guiendo. . . 

Baudilia  ya  estaba  como  entontecida  y  no  recordaba 
el  punto  de  arranque  de  la  historia  que  le  hacía  su  inter- 
locutora.  La  llegada  del  patrón,  le  cortó  al  fin  el  hervor 
a  aquel  "  pororó  ". 

Hubo  nuevos  saludos,  matizados  esta  vez  con  algunas 
bromitas  que  dejaba  caer  el  patrón  como  al  descuido. 
Silvina,  muy  coquetona,  sabiendo  que  gustaba  a  todos 
los  hombres,  hacía  remilgos  y  monerías.  De  pronto  saltó 
el  patrón  con  este  escopetazo: 


ÉNTRE  LOS  PASTOS 


63 


—  ¿A  que  no  sabe  quién  estuvo  los  otros  días  po 
aquí? 

—  No  soy  endevina.  ¿  Cómo  quiere  que  sepa  ? 

—  Mesmo.  Usté  es  demasiao  bonita  pá  ser  bruja.  Pues, 
Margarito. 

—  ¿El  de  los  Laureles? 

—  ¡  Clavao ! 

—  Es  un  güen  hombre,  trabajador,  entendido.  Un  po- 
quito mentiroso,  ¿110  le  parece? 

— Sí,  a  ocasiones  larga  bolazos  un  poco  pesaos.  ¿Y 
a  su  novio,  Juan  de  Dios,  no  lo  vido? 

—  Entuavía  no. 

—  No,  aura  está  "  cerdeando  " ;  preguntaba  si  hace  mu- 
cho que  no  lo  vé? 

—  Los  otros  días  se  llegó  a  casa. 

Y  no  dijo  más  al  respecto ;  en  seguida  la  conversación 
tomó  otro  giro.  Baudilia  continuaba  torturándose  el  ma- 
gín para  averiguar  qué  es  lo  que  habría  motivado  la  vi- 
sita de  aquella  muchacha. 

Así  transcurrió  toda  la  mañana.  Cerca  de  mediodía 
empezaron  a  llegar  los  peones.  El  último  en  venir  fué 
Juan  de  Dios. 

—  Aura  se  va  a  destapar  la  cosa,  —  pensó  Baudilia. 
Pero,  por  el  momento,  se  equivocó.  Juan  de  Dios,  que 

conoció  de  lejos  a  la  visitante,  se  metió  en  el  galpón, 
como  si  estuviera  muy  atareado.  Silvina  continuó  char- 
lando como  si  tal  cosa. 

—  Juan  de  Dios  no  la  ha  visto,  —  insinuó  Baudilia. 

—  ¿Le  parece?,  —  contestó  la  otra,  mirándola  fija- 
mente a  los  ojos. 

—  Ansí  ha  de  ser,  porque  de  no  ya  se  habría  venido  a 
saludarla. 


64 


VÍCTOR   PÉREZ  PETIT 


—  Pue  que  no  tenga  interés  en  saludarme,  —  replicó 
Süvina,  sin  dejar  de  observar  a  Baudilia. 

—  ¡  Y  cómo  no  va  a  tener !  —  dijo  ésta,  con  absoluta 
sinceridad,  —  ¿no  la  quiere? 

—  Ansí  me  lo  ha  dicho  muchas  veces ;  pero  los  hom- 
bres .  .  .  cambean. 

—  Juan  de  Dios  es  de  palabra... 

—  ¡  Pse  !  ¡  La  palabra  de  los  hombres  ! .  .  . 

Baudilia  tuvo  la  intuición  de  que  aquellos  dos  debían 
tener  alguna  cosa:  un  enojo  de  novios,  seguramente.  A 
eso  debía  obedecer  la  visita  de  la  muchacha.  El  hecho, 
pues,  no  era  muy  interesante.  Más  valía  así. 

—  Y  ustedes,  —  interrogó  de  pronto  Silvina,  —  ¿  siem- 
pre peleaos?  ¿no  han  hecho  las  paces? 

—  No,  y  muy  contenta  que  estoy  ansí. 

—  ¿Él  no  ha  buscao  amigarse ?  Me  parece  que  sí .  .  . 

—  ¡  Qué  esperanza !  Ni  nos  hablamos. 

—  ¡  Bah  !  A  mí  me  lo  puede  decir .  .  . 

—  De  veras  que  no.  ¿Usté  eré  que  puedo  olvidarme 
de  lo  que  me  hizo? 

Silvina  observaba  disimuladamente  a  su  interlocutora. 
Su  acento  era  de  sinceridad.  Nada  revelaba  que  pudiera 
tener  algo  con  Juan  de  Dios.  ¿  Se  habría  equivocado  en 
sus  sospechas?  Entonces  se  decidió  a  hacer  su  confi- 
dencia : 

—  ¿  Sabe  una  cosa,  Baudilia  r  Hemos  roto,  con  Juan 
de  Dios. 

¡  Ahí  estaba,  por  fin,  la  cosa !  A  esa  ruptura  se  debía 
la  presencia  de  Silvina  en  la  Estancia.  Sin  duda,  procuraba 
la  reconciliación.  Baudilia  se  alegró  de  haber  acertado. 

—  ¿Y  eso?  ¿Cómo  fué? 

—  ¡  Qué  sé  yo !  Vino  a  casa  con  ganas  de  pelea  y  tuve 
que  echarlo. 


entre;  los  pastos 


65 


—  Pero,  ¿por  qué?  No  ha  de  ser  tan  fiero  el  asunto  que 
no  pueda  arreglarse. 

—  ¿A  usté  le  gustaría  que  volviéramos  a  arreglarnos? 

—  ¿A  mí?  ¿y  por  qué  no? 

Silvina  advirtió  que  Baudilia  no  mentía  y  en  seguida 
le  asaltó  la  congoja  de  cuál  sería  esa  otra  mujer  por  la 
cual  Juan  de  Dios  la  abandonaba.  Porque  lo  de  Marga- 
rito,  a  todas  luces,  era  un  pretexto.  Entonces,  tranquili- 
zada respecto  de  Baudilia,  se  hizo  más  confidencial : 

—  Vea,  Baudilia :  Juan  de  Dios  tiene  algo.  A  mí  no 
me  quitan  de  la  cabeza  que  se  ha  encaprichao  de  otra 
mujer.  Esa  historia  del  capataz  de  los  Laureles  es  pam- 
plina. Hace  tiempo  que  lo  veo  tristón,  preocupao,  — 
mire,  justamente,  dende  que  usté  se  quemó.  Cuando  iba 
a  casa  se  distráia,  pasaba  ratos  sin  hablarme,  no  era  ca- 
riñoso como  antes.  Nosotros  comprendemos  bien  cuando 
un  hombre  deja  de  querernos,  ¿no  es  cierto?  Bueno,  pues. 
Yo  me  di  cuenta  en  seguida  que  Juan  de  Dios  estaba 
harto  de  mí  y  que  tenía  en  el  corazón  otra  mujer.  Los 
otros  días  me  figuré-  que  esa  mujer  era  usté,  Baudilia. 

—  ¡  Yo !  —  exclamó  la  otra,  asombrada  de  verdad,  mi- 
rándola con  extrañeza,  no  comprendiendo  las  razones  de 
tal  sospecha. 

—  Sí,  lo  creí,  por  ciertas  cosas... 

—  Pero,  ¡  qué  disparate !  Si  nosotros  dos  no  nos  pode- 
mos ver  la  estampa. 

—  Así  ha  de  ser,  ya  lo  veo . . .  Pero,  ¿  qué  quiere  ?  ¡  Lo 
encontraba  a  Juan  de  Dios  tan  cambiao  en  estos  últi- 
mos tiempos !  Si  yo  la  nuembraba  a  usté,  saltaba  como 
una  víbora,  diciéndome  que  no  la  tocara. . .  como  si  yo 
pudiera  ofenderla,  calcule. 

—  De  veras  que  es  raro.  A  mí  no  me  puede  ver.  Ni  me 

5 


66 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


habla  ni  me  mira.  Yo  creí,  más  bien,  que  hablara  mal 
de  mí. 

—  Al  revés,  aura  no  hace  más  que  ponderarla.  Si  le 
digo  que  por  eso  me  figuré  lo  que  me  figuré. 

—  Pues  por  este  lao  pué  estar  tranquila ...  ¡  Yo  y 
Juan  de  Dios  !  ¡  qué  soncera ! 

—  ¿  Entonces,  quién  será  ?  Porque,  creamé,  Baudilia, 
Juan  de  Dios  tiene  una  mujer  en  el  corazón.  ¿Usted  no 
conoce  sus  pasos? 

—  Yo  no  sé  nada.  Aquí  está  tuito  el  día.  Los  domin- 
gos, no  más,  ensilla  su  caballo,  de  tardecita,  y  se  va. . . 
Creio  que  a  su  casa.  Ya  vé,  eso  de  otros  amores,  son  figu- 
raciones suyas. 

Silvina  se  había  quedado  abstraída,  los  ojos  fijos  a  lo 
lejos,  sin  ver.  Y  en  vano,  durante  el  resto  del  día,  ambas 
mujeres  procuraron  descifrar  el  enigma.  Fué  imposible. 
Juan  de  Dios,  por  su  parte,  no  apareció  por  los  ranchos 
hasta  que  la  visitante  se  hubo  marchado. 


VIII 


Al  día  siguiente,  como  el  patrón  mentara  la  visita  de 
Silvina,  Baudilia  le  espetó: 

—  ¿Sabe,  patrón,  que  Silvina  se  ha  peleao  con  Juan 
de  Dios? 

—  ¿Sí,  eh? 

—  Sí.  Acabaron  las  rilaciones.  Silvina  se  figura  que 
Juan  de  Dios  se  ha  enamoráo  de  otra  mujer. 

—  ¡Mira!  ¿Y  de  quién? 

—  ¡  Qué  sé  yo  !  ¡  Cuenta  cada  disparate !  ¡  Si  hasta  se 
figuró  que  yo  le  había  soplao  el  novio !  ¡  Figúrese ! 

—  Pues  no  es  tan  zonza  esa  china.  La  zonza  sos  vos. 
Baudilia  se  quedó  con  un  palmo  de  boca  abierta. 

—  ¿Yo?  ¿por  qué?  —  adujo,  después  que  pudo  tomar 
alientos. 

—  Porque  Juan  de  Dios  está  enamorao  de  vos,  ái  está. 

—  ¿De  mí?  ¡Ah,  no,  no,  no!  —  exclamó,  protestando 
con  toda  su  alma. 

Y,  súbitamente  encrespada,  rebelándose  contra  seme- 
jante imposible  caso,  salió  de  la  habitación,  con  ansias 
de  llorar. 

Pero,  después,  más  tarde,  empezó  la  moza  a  reflexio- 
nar sobre  cuanto  le  había  narrado  Silvina :  la  actitud  de 
Juan  de  Dios  a  su  respecto,  los  elogios  que  de  ella  hacía, 
hasta  la  defensa  que  había  tomado  cuando  la  otra  la 
mentaba.  Empezó  a  recordar  cien  pequeños  detalles,  en 
los  que  no  parara  mientes  hasta  entonces.  ¿Cuántas  veces 
no  había  sorprendido  al  mozo  contemplándola  desde  lejos  ? 


68 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Ella  siempre  creyó  que  la  miraba  en  son  de  burla,  porque 
apenas  se  cruzaban  sus  miradas,  él  bajaba  la  cabeza  y  se 
iba.  Otra  vez  que  Baudilia  había  de  salir  con  uno  de  los 
peones,  sin  que  nadie  le  dijera  nada,  fué  y  le  echó  vo- 
luntariamente el  caballo  al  corral.  Otro  día  en  que  el  pa- 
trón la  regañó  porque  la  leña  verde  echaba  humo,  enco- 
mendándole que  tuviera  más  cuidado  al  traerla  del  monte, 
el  mozo  fué  por  sí  mismo,  sin  una  palabra,  a  ahorrarle  el 
trabajo  y  le  trajo  una  carga  de  leña  seca.  Otra  vez  aún, 
en  que  Baudilia  había  perdido  un  prendedor  en  el  campo 
y  lamentaba  la  pérdida,  fuese  él,  callado,  a  buscarlo,  y 
se  lo  hizo  entregar  por  intermedio  de  Faustino :  sólo  por 
haberse  éste  "  enredao  en  las  cuartas "  supo  ella  que 
quien  hizo  la  búsqueda  no  fué  el  chico,  sino  Juan  de 
Dios.  Y  no  hacía  mucho  todavía,  había  tenido  el  mozo 
unas  palabras  con  el  peón  brasilero  porque  no  supo  re- 
chazar los  avances  del  capataz  Margarito. 

Estos  y  otros  casos  semejantes  los  atribuyó  cada  vez 
Baudilia  a  motivos  extraños,  a  afán  de  burla,  a  propósito 
de  humillarla,  a  deseo  tal  vez  de  aminorar  la  barbaridad 
que  con  ella  había  cometido ;  pero,  ahora,  de  súbito,  ante 
las  palabras  del  patrón,  los  veía  iluminados  de  una  luz 
nueva. 

Desde  ese  instante,  le  tocó  a  la  muchacha  mostrarse 
preocupada.  Con  disimulo  observaba  a  Juan  de  Dios,  y 
más  de  una  vez  sus  miradas  furtivas  se  cruzaron,  hu- 
yendo luego  los  ojos  de  ambos  con  vergüenza  de  haber 
descubierto  su  mutuo  espionaje.  Más  de  una  vez  también, 
en  la  cocina  o  en  el  campo,  al  encontrarse  los  dos  por 
acaso,  notó  que  él  no  se  iba,  que  permanecía  obstinada- 
mente cerca  de  ella  como  si  fuera  a  hablarle  y  no  se  de- 
cidiera. Cuando  tuvo  la  certeza  de  que  Juan  de  Dios  la 


ENTRE  WS  PASTOS 


69 


rondaba,  una  confusión  lamentable  se  adueñó  de  su  es- 
píritu : 

— ■  ¡  No  !  ¡  Yo  no  lo  quiero  !  ¡  Lo  odio  !  ¡  lo  odio  !,  —  se 
dijo  a  sí  misma,  casi  llorando  de  rabia. 

Pero,  ¿por  qué  de  continuo  le  asaltaba  el  recuerdo  de 
Juan  de  Dios  ?  ¿  por  qué  vivía  tan  preocupada  con  él  ?  Y, 
sobre  todo,  ¿por  qué  cuando  se  decía  a  sí  misma  en  voz 
alta :  "  le  odio ",  no  experimentaba  en  lo  íntimo  de  su 
ser  esa  repulsión  que  nos  produce  todo  lo  odiado? 

Baudilia  empezaba  a  estar  confusa,  y  ahora  trataba  de 
rehuir  a  su  perseguidor,  para  no  dar  motivo  de  que 
fuera  a  hablarle. 

Las  demás  gentes  de  la  casa  debieron  notar  algo,  tam- 
bién, porque  ahora,  cuando  se  hallaban  reunidos,  son- 
reían con  aire  mal  disimulado  de  inteligencia  y  se  ha- 
cían guiños  picarescos.  Dos  o  tres  veces,  tuvo  Baudilia 
ocasión  de  sorprender  esos  gestos,  y  empezó  a  enconarse. 
Le  pareció  que  se  burlaban  de  ella,  que  iban  por  lo  menos 
a  pifiarla  al  ver  que  el  odio  de  los  mozos  se  había  trocado 
en  amor,  y  un  buen  día,  tomó  una  determinación  radical, 
que  andaba  rumiando  de  tiempo  atrás. 

—  Patrón,  —  le  dijo  a  don  Carmelo,  —  tendría  ganas 
de  pasar  una  temporadita  con  mi  tía. 

—  ¿  Con  "  la  tigra  "  ?  ¿  Qué  es  eso  muchacha  ?  ¿  Qué 
ventolera  te  ha  dao? 

—  Nada.  Va  pa  cuatro  años  que  no  la  veo,  y  ahora  se 
me  ha  antojao  dir  al  Aceguá. 

—  Pues,  hija,  si  ese  es  tu  gusto,  anda  a  ver  "  la  tigra 
Y  si  tiene  cachorros,  a  la  güelta  me  trais  toda  la  nidada 
pa  augarla  en  el  arroyo. 

"  La  tigra  "  llamaban  todos  a  la  tía  de  Baudilia,  una 
china  brava  como  un  sargento,  más  valiente  que  las  ar- 


70 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


mas,  que  no  tenía  paz  con  nadie  y  se  había  hecho  temer 
de  todos.  Ella  era  la  que  había  criado  a  Baudilia,  dándole 
más  azotes  que  pan.  Precisamente,  por  una  soberana  pa- 
liza, de  la  cual  estuvo  a  punto  de  no  contar  el  cuento  la 
criatura,  es  que  se  la  había  quitado  un  vecino,  medio 
pariente  también,  el  que  a  su  vez  la  había  llevado  a  la 
Estancia  de  don  Carmelo. 

La  noticia  del  próximo  viaje  de  la  moza  al  Aceguá, 
dió  margen  a  muchos  comentarios  en  la  estancia.  Al  fin, 
todos  se  avinieron  con  lo  que  aseguraba  el  capataz :  — 
"  Baudilia  odea  a  Juan  de  Dios  y  pa  no  tener  algún  di- 
justo  juerte  si  el  mozo  la  atropella  con  una  rilación  de 
amor,  se  larga  pa  lo  de  la  "  tigra  ".  Arroyo  por  medio,  no 
hay  estrujones  ". 

Juan  de  Dios  se  enteró,  naturalmente,  como  los  de- 
más, de  la  nueva,  y  quedó  asombrado.  ¿Por  qué  se  iba? 
¿por  él?  Confuso  y  desorientado  no  supo  qué  actitud 
asumir.  De  pronto  se  le  ocurría  que  debiera  hablarle  a  la 
muchacha  para  aclarar  la  situación ;  luego  pensaba  que. 
no  tenía  ningún  derecho  y  que  ya  que  ella  no  quería  sa- 
ber nada  de  él  lo  mejor  sería  guardar  silencio.  Pero  eso 
sí,  en  lo  íntimo  de  su  ser,  sintió  una  honda  pena,  y  en- 
tonces tuvo  que  confesarse  a  sí  mismo  que  estaba  ena- 
morado de  la  muchacha. 

La  víspera  del  viaje,  Juan  de  Dios  procuró  por  todos 
los  medios  encontrarse  a  solas,  siquiera  un  instante,  con 
Baudilia ;  pero  ella  no  le  dió  lugar :  sin  descuidarse  un 
segundo,  siempre  se  ingenió  para  que  hubiera  entre  ellos 
alguna  tercera  persona.  De  noche,  el  mozo  "  ronció  "  la 
cocina,  también  sin  resultado.  Al  fin  todos  se  fueron  a 
dormir,  y  él  se  quedó  en  el  patio,  fumando,  con  la  loca 
esperanza  de  que,  por  cualquier  motivo  inesperado,  Bau- 
dilia tuviera  que  salir  fuera.  Fué  vana  su  espera. 


ENTRE   EOS  PASTOS 


7i 


Al  día  siguiente,  muy  de  mañanita,  para  aprovechar  la 
fresca,  Baudilia  montó  a  caballo,  acompañada  por  el  capa- 
taz. Saludó  a  todos,  muy  cariñosamente,  prometiéndoles 
volver  pronto.  Sólo  un  detallecito  la  molestaba :  ¿  qué  ac- 
titud asumiría  con  Juan  de  Dios ?  ¿le  daría  la  mano  o 
debía  marcharse  sin  saludarlo?  Por  la  noche  no  había 
pensado  en  otra  cosa,  y  ahora  mismo,  en  el  último  ins- 
tante, no  tenía  nada  resuelto.  Sin  embargo,  en  este  punto 
le  aguardaba  una  sorpresa:  allí  estaban  para  despedirla, 
todos  los  que  la  querían  bien,  —  todos,  menos  Juan  de 
Dios. 

"  Mejor  ansí  ",  —  pensó  Baudilia  ;  perú,  la  verdad  es 
que  la  ausencia  de  aquél,  más  que  extrañeza,  le  causó 
una  viva  contrariedad.  Aunque  no  quisiera  confesárselo, 
le  hubiera  agradado  que  él  estuviera  allí.  Y  si  no,  ¿por  qué 
aquella  opresión  que  de  repente  le  subió  del  pecho  a  la 
garganta  ? 

—  Güeno,  basta  de  despedidas  que  no  nos  vamo  pa 
el  otro  mundo,  —  argüyó  el  capataz.  Y  luego,  así  que 
pisaron  el  camino,  insinuó :  —  ¿  Galopito  ? 

—  Vamo,  —  contestó  Baudilia. 

Y  arrancaron  al  galope.  El  aire  fresco  de  la  mañana 
azotó  el  rostro  de  la  muchacha.  Su  cabalgadura  resoplaba 
muy  fuerte,  a  compás,  mientras  sonaba  la  berija.  Así, 
de  un  tirón,  llegaron  a  la  portera.  El  capataz  quiso  abrirla 
de  a  caballo ;  pero  no  pudo  y  hubo  de  desmontar.  Pasó 
Baudilia,  y  a  pie,  detrás  de  ella,  llevando  de  tiro  su  ca- 
ballo, su  compañero,  a  fin  de  cerrar  nuevamente  la  por- 
tera. Ya  se  iba  adelante,  despacito,  la  muchacha,  cuando 
el  capataz,  montando  su  caballo,  le  dijo : 

—  Se  me  hace  que  hay  matreros  en  el  monte.  ¿  No  viste 
nada  allacito,  a  la  izquierda? 

—  Vide,  —  replicó  Baudilia,  cuya  avizora  mirada  había 


72 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


descubierto  a  la  distancia  a  Juan  de  Dios ;  —  ¡  qué  pedazo 
de  zonzo ! 

Pero,  el  comprobar  que  el  mozo  no  había  podido  que- 
darse sin  verla,  siquiera  de  lejos,  le  llenó  el  pecho  de  fres- 
cura. Sin  saber  por  qué,  respiró  más  fuertemente,  sonrió 
a  la  luz  matinal  que  vestía  de  fiesta  la  mañana,  y,  lan- 
zando alegremente  su  caballo  al  galope,  le  gritó  al  ca- 
pataz : 

—  ¡  Una  carrerita !  ;  A  que  no  me  agarra  ? 

—  Vas  a  cansar  el  pingo,  —  argumentó  el  otro,  sin 
responder  a  la  invitación. 


IX 


"  La  tigra  ",  como  llamaban  todos  a  la  china  Felisa 
Díaz,  tía  de  Baudilia,  era  ya  una  mujer  entrada  en  años, 
pero  que  conservaba  todos  los  arrestos  de  una  juventud 
cerril.  De  rostro  aindiado,  duro,  anguloso,  color  de  cieña 
cobrizo ;  de  largas  crenchas  negras,  alisadas  y  muy  ne- 
gras, no  obstante  la  edad ;  de  andar  y  gestos  hombrunos, 
y  de  aficiones  de  macho  también,  pues  hasta  "  pitaba  ne- 
gro "  y  trasegaba  caña,  tenía  toda  la  apostura  de  un  milico 
que  hubiera  dado  en  la  broma  de  disfrazarse  con  faldas. 
Pendenciera  y  mala,  no  guardaba  paz  con  nadie,  ni  si- 
quiera con  el  viejo  perro  barcino,  su  único  compañero,  al 
que  solía  correr  a  chirlazos  y  pedradas.  Tenía,  sin  em- 
bargo, un  don,  merced  al  cual  por  fuerza  la  buscaban, 
tarde  o  temprano,  todos  los  vecinos :  era  habilísima  cu- 
randera ;  conocía  las  virtudes  de  los  yuyos,  y  hasta  sabía 
de  menjurjes  y  "  palabras  "  para  destruir  daños,  formar 
ligaduras  y  curar  "  vicheras  ".  Su  fama  se  había  exten- 
dido tanto  que  cierta  vez  la  habían  venido  a  buscar  desde 
el  Chuy  para  atender  a  un  estanciero  picado  por  una 
víbora  de  coral. 

Vivía  en  un  misérrimo  rancho  de  terrones,  desvenci- 
jado y  lleno  de  grietas,  de  este  lado  de  los  bañados.  Era 
un  paraje  desolado,  tristísimo,  húmedo,  sólo  sombreado 
por  la  lejana  serranía  de  Aceguá.  Todo  era  allí  tristeza 
y  abandono.  La  tierra,  anegadiza,  recubierta  a  trechos 
por  parduzcos  chircales,  se  extendía  monótonamente  a 
pérdida  de  vista.  Sólo  a  unas  cuatro  o  cinco  cuadras  del 


74 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


rancho  de  la  china  Felisa,  ponía  una  nota  excepcional  y 
poética  un  tupido  pajonal  con  algunos  molles  y  sauces 
destacándose  sobre  el  azul  del  cielo. 

En  este  rincón  olvidado  y  triste  venía  a  buscar  so- 
siego la  pobre  Baudilia.  Lo  pasaría  bastante  mal  con  la 
tía  —  ya  había  descontado  eso  la  muchacha ;  —  pero 
siquiera  estaría  lejos  de  aquel  mozo  cuya  sola  presencia 
era  para  ella  un  martirio.  Desde  que  se  apeó  a  la  puerta 
del  rancho,  no  más,  pudo  cerciorarse  de  que  "  la  tigra  " 
no  había  variado  de  carácter  y  de  que  seguía  mereciendo 
el  apodo.  Al  oir  los  ladridos  del  barcino,  se  cuadró  en 
la  puerta,  entornando  los  ojos  para  conocer  a  los  visi- 
tantes. Ni  un  músculo  de  su  cara  se  contrajo  al  reconocer 
a  su  sobrina ;  ni  una  palabra  de  bienvenida  o  siquiera  de 
sorpresa  se  escapó  de  sus  labios  al  recibirla.  Fría,  hosca, 
impenetrable,  espantó  al  perro  con  un  correadorazo  y 
esperó  que  los  otros  se  le  acercaran.  Baudilia  se  tiró  del 
caballo  y  la  besó,  sin  que  se  le  devolviera  el  saludo.  En 
cuanto  al  capataz,  que  permanecía  a  caballo,  se  tocó  el 
ala  del  sombrero,  murmurando  un  "  güeñas  tardes  ". 

— 'Vengo  a  visitarla,  —  explicó  Baudilia;  —  y  si  le 
parece  podría  quedarme  un  mes  o  dos  aquí. 

La  china  Felisa  no  contestó  de  pronto.  Debía  estar 
pensando  en  si  debía  recibir  o  no  a  la  sobrina ;  pero  la 
verdad  es  que  por  la  expresión  de  su  rostro  y  sus  ojos 
inmóviles  parecía  que  no  pensara  en  nada.  Al  fin  hubo 
de  decidirse,  cuando  ya  el  prolongado  silencio  empezaba 
a  inquietar  a  Baudilia,  y  dijo  a  ésta,  concisamente,  con 
voz  breve  y  opaca : 

—  Dentrá. 

El  capataz  vió  que  lo  dejaban  solo,  que  ni  por  cum- 
plimiento lo  invitaban  a  apearse  y  aflojarle  un  momento 


ENTRE  LOS  PASTOS 


75 


la  cincha  al  caballo ;  y  decidió  cortar  por  lo  sano,  volvién- 
dose de  inmediato  por  el  camino  que  había  venido : 

—  Güeno,  Baudilia ;  entonces  será  hasta  la  güelta. 
La  muchacha,  agradecida,  aunque  con  cierto  temor  de 

disgustar  a  la  tía,  se  atrevió  a  decir : 

—  Abájese  ;  descansará  un  ratito. 

El  capataz  echó  una  rápida  mirada  a  la  china,  que 
permanecía  indiferente. 

—  No,  gracias ;  me  güelvo  enseguidita.  En  cualquier 
rancho  agenciaré  un  cimarrón  y  le  daré  un  resuellito  al 
flete. 

Se  despidió  de  Baudilia  y  se  marchó  al  trote  sin  me- 
recer una  ojeada  de  "  la  tigra  ". 

—  ¡  Pucha,  con  la  india  fieraza !  —  comentaba  el  ca- 
pataz, mientras  se  iba  por  los  campos  encharcados :  — 
¡  encastada  con  yaguareté  ha  de  ser ! 

Durante  el  resto  de  la  tarde,  sólo  con  monosílabos  y 
gruñidos  contestó  lá  huraña  tía  a  la  charla  de  su  sobrina. 
Estaba  anhelosa  Baudilia  de  dar  noticias  de  la  Estancia, 
de  cambiarse  el  rumbo  de  las  ideas,  de  aturdirse  con  su 
propia  charla;  e  interesábale  también  saber  algo  de  la 
vida  que  había  llevado,  durante  cuatro  años,  entre  aque- 
llos pajonales,  la  sañuda  mujer.  Pero,  por  lo  visto,  ésta 
no  tenía  interés  alguno  por  las  gentes  de  la  Estancia  ni 
por  nadie  en  el  mundo.  Ni  siquiera  formuló  la  más  sus- 
cinta  pregunta  para  investigar  la  razón  de  la  inesperada 
visita  de  la  muchacha.  Con  movimientos  rítmicos  y  duros 
iba  de  un  lado  para  otro,  ocupada  en  sus  quehaceres ;  de 
pronto  desaparecía  en  el  campo,  y  al  rato  volvía  a  apa- 
recer en  el  rancho  sentada  junto  al  trashoguero,  chupando 
mate  y  pitando  su  cigarrillo  de  tabaco  negro.  Sólo  allá  al 


76 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


atardecer,  cuando  se  trató  de  disponer  la  cena,  tuvo  la 
tía  Felisa  una  frase,  para  sus  hábitos,  extensísima. 

—  Pica  leña  p'al  juego.  L'hacha  stá  ai,  n'el  rincón. 

Concluida  la  frugalísima  cena,  salió  fuera  y  se  sentó 
sobre  una  cabeza  de  vacuno.  Siguió  fumando.  Baudilia, 
de  pie,  recostada  a  la  puerta  del  rancho,  ya  estaba  desco- 
razonada, convencida  que  no  había  forma  de  hacerle  des- 
pegar los  labios  a  su  compañera.  Y  se  puso  a  mirar 
las  estrellas  y  el  campo,  obscuro  como  boca  de  lobo. 

Empezaron  a  transcurrir  los  días  lentos  y  aburridos 
para  la  mísera  desterrada.  De  mañana,  antes  de  salir  el 
sol,  estaba  en  pie,  ayudando  a  Felisa  en  sus  habituales 
ocupaciones.  Luego  tomaban  mate  y  preparaban  la  co- 
mida. Por  la  tarde  hacía  una  siestita  y  luego  vuelta  al 
mate  y  a  dar  vueltas  por  el  rancho.  Y  llegada  la  noche, 
se  cenaba,  se  "  verdeaba  "  durante  una  hora,  mirando  el 
cielo,  hirviente  de  estrellitas ;  y  después  a  la  cama.  Du- 
rante toda  la  jornada  sólo  abría  la  boca  Felisa  para  or- 
denar algo  así,  por  el  estilo :  —  "  Trai  leña  ",  —  o  "  Pone 
asao  "  —  o  "  Alcanza  agua  ". 

A  veces,  de  tardecita,  Baudilia  se  llegaba  hasta  el  monte, 
que  orillaba  la  ciénaga.  Gustábale  ese  rincón  solitario  y 
melancólico,  que  tan  bien  se  avenía  con  el  estado  de  su 
espíritu.  Allí,  sobre  una  rama  baja  y  gruesa  de  un  ru- 
goso sauce,  se  sentaba  para  dejar  vagar  sus  pensamien- 
tos, que  obstinadamente  volaban  hacia  la  Estancia  de  don 
Carmelo  Antúnez. 

¿Se  acordarían  de  ella?  ¿qué  dirían  de  su  ausencia? 
¿la  extrañaría  la  parda  Ceferina?  Su  mano  distraída 
jugaba  con  los  colgantes  penachos  del  árbol ;  arrancaba 
sus  hojas.  Sus  ojos,  perdidos  en  el  vacío,  siguiendo  la 
ruta  de  los  recuerdos,  no  veían  aquel  mar  de  caraguatás 


entre;  eos  pastos 


77 


y  pajas  bravas  que  una  suave  brisa  hacía  ondular  sonora- 
mente, con  un  gemido  triste.  A  veces,  el  chillido  de  un 
pájaro  entre  las  ramas  o  la  huida  de  un  aperiá  entre  los 
pastos  húmedos,  la  arrancaban  de  su  ensueño ;  pero  eso 
era  un  lampo,  nada  más.  En  seguida  su  pensamiento  se 
desentendía  del  mundo  real  y  volvía  a  sus  quimeras  y 
recuerdos.  Ahora  es  cuando  allá,  en  Buena  Vista,  los 
peones  regresaban  del  trabajo  y  se  ponían  a  matear  en 
el  galpón,  aguardando  el  instante  de  la  cena.  Faustino 
jugaba  con  el  perro  grande,  en  medio  del  patio.  Bandadas 
de  palomas  "  ganaban  "  los  árboles  obscuros.  Oculto  el 
sol,  el  horizonte  continuaba  aún  ardiendo  con  tonos  de 
púrpura  y  oro.  Juan  de  Dios  solía  coger  entonces  su  gui- 
tarra y  se  ponía  a  cantar  muy  bajito,  al  lado  del  horno, 
un  estilo  tristón,  que  se  entraba  muy  quedo  en  el  alma. 

¡  Juan  de  Dios !  Su  recuerdo,  a  medida  que  transcu- 
rría el  tiempo,  se  arraigaba  más  y  más  en  el  ánimo 
de  Baudilia.  Era  por  él  que  ella  estaba  allí,  lejos  de  todas 
sus  cosas  queridas,  de  su  campo  amigo,  de  los  objetos 
familiares.  Por  huir  de  su  ronda  amorosa  es  que  ahora 
se  veía  perdida  en  medio  de  aquella  naturaleza  hostil, 
lejos  de  todo  cariño  y  afección.  ¿Le  odiaba,  pues,  tanto? 

No  hubiera  podido  decirlo ;  acaso,  también,  no  se  atre- 
vía a  examinar  el  fondo  de  su  corazón.  Pensaba  en  Juan 
de  Dios  sin  rencor,  sin  acritud ;  pensaba  continuamente 
en  él,  más  bien  con  complacencia.  Su  recuerdo  no  le  pro- 
ducía grima,  no  le  irritaba  el  pecho  de  protestas:  era  un 
recuerdo  sereno,  melancólico,  que  la  entristecía  y  la  lle- 
naba de  dulzura  a  la  vez.  La  satisfacía  saberse  querida 
allá,  lejos,  por  alguno  que  tal  vez  estuviera  a  esa  hora 
misma  sufriendo  con  su  ausencia.  Sufriendo,  sí,  sufriendo 
dulcemente,  como  ella  sufría,  con  aquella  inconíesada 


78 


VÍCTOR  PÉREZ  PKTIT 


ansia  de  dormirse  para  siempre,  despacito,  escondida, 
perdida  en  medio  del  mundo,  entre  los  yuyos  del  campo. 

Poco  a  poco  su  cabeza  se  inclinaba  sobre  el  pecho  y 
una  amargura  invencible  le  desbordaba  del  corazón.  Las 
pupilas  empezaban  a  entibiársele  y  se  le  humedecían  luego. 
Nunca  se  había  sentido  más  sola  y  abandonada ;  nunca 
más  mísera  y  huérfana  de  hondos  afectos.  Había  un  vacío 
horrendo  a  su  alrededor;  una  tremenda  noche  que  la  cir- 
cundaba y  le  penetraba  las  carnes.  Estaba  sola  en  el 
mundo,  sola,  sola,  como  aquellos  campos  que  se  ex- 
tendían a  perdida  de  vista,  opacos  y  lúgubres,  sin  un 
pasajero,  sin  una  canción.  Y  hundida  la  cabeza  en  el  pe- 
cho, continuaba  llorando  muy  quedo  sobre  su  inmensa 
desventura,  sobre  su  vida  sin  luz  y  sin  objeto. 

Después,  de  pronto,  contenía  el  raudal  de  lágrimas, 
alzaba  la  cabeza  y  miraba  asombrada  aquella  naturaleza 
inmensa  y  muda  que  la  rodeaba,  aquel  horizonte  desco- 
nocido que  parecía  rechazarla.  A  lo  lejos,  muy  lejos,  azu- 
laban las  ondulaciones  de  la  sierra  de  Aceguá ;  más  hacia 
acá,  el  campo  se  ensombrecía  con  los  chircales  inmensos ; 
a  trechos,  el  bañado  resplandecía  con  tonos  de  luna,  y  a 
trechos  también  algunas  manchas  verdes  y  blancuzcas  de- 
nunciaban la  presencia  de  espadañas  y  paj ízales.  Sobre 
el  techo  del  rancho  negruzco  de  "  la  tigra "  el  sol  mu- 
riente  ponía  una  macilenta  caricia  de  oro.  Las  ranas 
empezaban  su  plañido  interminable ;  una  nutria  lanzaba 
su  quejido ;  los  teruteros  volaban  muy  bajo,  chillando  desa- 
ladamente. Entonces,  lentamente,  colgantes  los  brazos, 
volvía  al  rancho  de  la  tía  Felisa  para  meter  en  su  sombra 
la  sombra  de  su  alma. 


X 


En  la  Estancia,  hasta  los  perros  parecían  extrañar  a 
Baudilia.  Sobre  todo,  el  Zorro,  un  animal  vivo  e  inteli- 
gente, parecía  desasosegado:  a  menudo  se  le  veía  rondar 
por  la  cocina  y  el  gallinero,  cuando  no  en  la  misma  pieza 
de  la  moza  ausente,  olfateando  los  trapos  y  objetos  que 
le  pertenecían.  En  cuanto  a  las  personas,  no  hay  que 
decir,  en  todo  momento,  por  cualquier  cosa,  mentaban  a 
la  muchacha.  —  "  Si  estuviera  Baudilia  no  pasaría  esto  " 
—  oíase  a  cada  instante,  como  una  muletilla. 

La  verdad  es  que  la  casa  parecía  triste  con  la  ausencia 
de  la  Calandria.  Ya  no  se  oían  sus  cantos  y  risas,  que 
desde  la  mañana  hasta  la  noche  hacían  sonar  los  ecos  de 
la  vieja  casona;  ya  no  se  veía  su  traje  claro  y  prima- 
veral poner  una  nota  alegre  en  medio  de  la  paz  grave  de 
los  campos.  Pero  quien  más  extrañaba  a  Baudilia,  sin 
duda  alguna,  era  Juan  de  Dios. 

Es  decir,  la  extrañó  durante  el  primer  mes,  porque,  a 
juzgar  por  las  apariencias,  ahora  la  había  olvidado.  En 
efecto :  al  principio  se  le  veía  siempre  solo,  callado,  pen- 
sativo. Se  pasaba  las  horas  recostado  contra  el  horcón 
del  palenque,  lejos  de  las  alegres  reuniones  de  los  compa- 
ñeros. Otras  veces  se  largaba  al  través  del  campo,  andaba 
quién  sabe  por  dónde,  y  sólo  retornaba  muy  tarde,  a  la 
hora  de  cenar.  No  aceptaba  conversaciones  sobre  la  mu- 
chacha y  cuando  alguien  le  enderezaba  alguna  pulla,  se 
marchaba  sin  contestar,  hosco  y  reconcentrado.  Pero  al- 
gún tiempo  después,  se  le  vió  repentinamente  cambiar  de 


8o 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


actitud:  empezó  a  ensillar  otra  vez  su  tostado,  los  do- 
mingos, de  tarde.  Luego,  reanudó  sus  pláticas  en  la  cocina, 
tornó  al  buen  humor,  fué  el  Juan  de  Dios  de  antes. 

—  ¡  Paice  que  el  dijunto  ha  resucitao !  —  dijo  burlo- 
namente  uno  de  los  peones. 

—  Mesmo,  —  replicó  él,  sonriendo.  —  ¡  Miren  que  pe- 
nar por  pulpa  flaca !  ¡  Hay  hombres  que  se  güelven  como 
caranchos ! . . . 

Asi,  burlándose  de  si  mismo,  cortó  de  raíz  las  burlas 
de  los  demás.  Lo  cierto  es  que  Juan  de  Dios,  después  de 
haber  sufrido  por  la  ausencia  de  Baudilia,  se  había  hecho 
algunas  reflexiones  y  concluyó  por  convencerse  de  que 
era  un  zonzo  en  guardarle  tanta  fe  a  la  que  así  se  burlaba 
de  él.  ¿No  se  había  ido,  en  efecto,  la  moza  por  su  vo- 
luntad, para  esquivar  el  rendido  amor  que  en  él  había 
adivinado?  Pues  si  ella  seguía  odiándole,  al  extremo  de 
huir  de  la  Estancia,  donde  se  hallaba  tan  bien,  para  se- 
pultarse viva  en  la  tapera  de  la  tía  Felisa,  ¿por  qué  ha- 
bría él  de  conservarle  su  cariño  y  penar  por  ella?  Y  al 
fin  y  al  cabo,  ¿por  qué  la  quería?  ¿cómo  es  que  había  lle- 
gado a  quererla?  Eso,  sin  duda,  sucedió  por  lástima,  por 
haber  sido  él  el  causante  de  aquellas  quemaduras,  o  tal 
vez  por  el  despego  que  Baudilia  le  había  demostrado 
cuando,  ya  sana,  fué  él  voluntariamente  a  buscar  una  re- 
conciliación. ¡  Y  por  eso  andaba  como  alma  en  pena ! 
i  Vaya  un  maturrango !  A  la  mujer,  cuanto  más  la  cor- 
tejan, más  la  ensoberbecen.  El  hombre  tiene  que  seguir 
siendo  hombre,  si  pretende  dominar.  ¡  Qué  estúpido  había 
sido ! 

Y  aconteció  entonces  que  andando  una  tarde  por  el 
campo,  lejos  de  las  casas,  sumido  en  ese  mar  de  refle- 
xiones, se  dió  de  pronto  de  manos  a  boca  con  Silvina. 


ENTRE   LOS  PASTOS 


8l 


Ella,  que  estaba  cortando  leña  en  un  montecillo,  se  hizo 
la  distraída;  pero  él,  de  súbito,  sin  reflexionarlo,  le  di- 
rigió la  palabra. 

—  ¡  Trabajadora  la  moza ! 

Tomando  a  burla  la  frase,  Sil  vina  no  contestó  nada. 
Entonces  Juan  de  Dios  se  le  acercó : 

—  ¿Quiere  que  la  ayude? 

—  Gracias,  no  preciso,  —  replicó  la  moza  y  siguió  tron- 
chando gajos  y  ramas. 

—  Traiga  el  hacha  y  no  sea  mala,  —  insistió  Juan  de 
Dios. 

Y  quieras  que  no,  alivió  de  su  trabajo  a  Silvina.  Em- 
pezaron a  conversar ;  se  cambiaron  reproches ;  se  argu- 
mentó largamente  por  uno  y  otro  lado :  que  "  si  tú  no 
hubieras  dicho  que  si  "  usté  no  hubiera  hecho  que 
"  esto  y  lo  otro  y  lo  de  más  allá  ".  En  fin,  que  al  ter- 
minar aquella  memorable  jornada,  habían  hecho  las  pa- 
ces y  volvían  a  ser  los  buenos  novios  de  antes. 

—  Güeno,  —  concluyó  Silvina,  —  pero  ha  de  ser  con 
la  condición  de  que  no  me  volverás  a  fruncir  la  jeta  por 
eso  de  Margarito.  Ya  estás  albertido. 

—  Ya  estoy  albertido,  —  contestó  riendo  Juan  de  Dios, 
—  aura  tomá  por  el  trillo  y  rumbiá  pa  los  ranchos. 

Desde  entonces  Juan  de  Dios  se  tornó  decidor  y  chan- 
cero; cantaba,  como  antes,  al  claror  de  las  estrellas,  el 
rosario  de  sus  estilos  camperos ;  discutía  y  bromeaba  con 
los  demás  peones.  A  decir  verdad,  mostrábase  más  ale- 
gre y  bullicioso  que  antes.  Su  alegría  era  más  ruidosa. 

—  Aura  le  ha  dao  la  viaraza  con  Silvina,  —  decía  el 
capataz.  —  Anque  la  moza  no  me  gusta,  lo  prefiero 
ansí,  más  mejor  que  cuando  clavaba  la  pezuña. 

—  Está  demasiao  alegre  pa  estar  alegre  de  veras,  ¿no 

6 


82 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


haya,  amigo?  —  replicaba  filosóficamente  el  patrón,  em- 
perrado en  su  idea  fija. 

Y  la  verdad  es  que  aquel  brusco  cambio  en  el  carácter 
de  Juan  de  Dios  sólo  se  mantenía  en  la  apariencia.  Cuando 
el  mozo  se  "  cortaba  "  solo  por  el  campo,  toda  su  bullente 
alegría  desaparecía  como  por  encanto.  Poco  a  poco  la 
vista  se  le  extraviaba  sobre  la  inmensa  quietud  de  los 
campos ;  dejaba  de  interesarse  por  todo  cuanto  palpi- 
taba a  su  alrededor,  y,  sueltas  las  riendas  sobre  el  cuello 
de  su  caballo,  que  seguía  al  paso  por  donde  mejor  le  aco- 
modaba, dejaba  vagar  su  pensamiento...  No  conocía  el 
pago  de  "  la  tigra ",  y  no  podía  representárselo ;  pero 
este  mismo  desconocimiento  del  escenario  donde  la  mu- 
chacha se  había  refugiado,  le  llenaba  el  espíritu  de  ma- 
yor tristeza.  Estaba  allá,  lejos,  no  sabía  dónde,  —  entre 
los  pajonales,  mencionaba  el  patrón,  —  y  él  no  podría 
dar  con  ella  sin  interrogar  a  las  gentes,  es  decir,  sin  des- 
cubrirse. Estaba  allá,  en  algún  lado,  escondida,  apartada 
de  él,  olvidándolo.  .  .  ¿Lo  olvidaría?  ¿no  pensaría  alguna 
vez  en  él?  ¿Sería  verdad,  entonces,  que  lo  odiaba  tanto? 

Otras  veces,  al  lado  de  Silvina,  sufría  distracciones. 
No  dejaba  la  ladina  muchacha  de  advertirlo ;  pero,  al  in- 
terrogarlo, no  lograba  sino  malhumorar  a  Juan  de  Dios. 

—  No  tengo  nada;  me  duele  un  poco  la  cabeza,  —  re- 
plicaba. 

Y,  repentinamente  hosco,  se  ponía  en  pie  y  se  salía  del 
rancho. 

De  noche,  tendido  sobre  sus  "  cacharpas  en  el  rincón 
más  negro  del  galpón  de  los  peones,  se  revolvía  inquieto, 
siempre  desvelado  por  su  idea  fija :  —  Baudilia  no  estaba 
allí ;  se  había  ido  lejos,  no  sabía  dónde ;  acaso  no  volviera 
más ...  Se  había  ido  porque  lo  odiaba ;  por  no  verlo  más. 

—  ¡Cristiano  zonzo!  —  se  reprochaba  a  veces,  para  sí, 


ENTRE'  LOS  PASTOS 


83 


en  el  fuero  íntimo  de  su  conciencia,  —  ¡penar  por  pulpa 
flaca ! 

Y  hacía  el  propósito  de  olvidar  a  la  Calandria ;  de  di- 
vertirse, de  reir.  .  .  Entonces,  ante  los  demás,  surgía  el 
Juan  de  Dios  de  antes.  Se  le  veía  chancero ;  se  le  oía 
cantar,  bajo  el  ombú,  sus  habituales  estilos. 

Entre  tanto,  se  aproximaba  la  esquila.  Ya  se  tenían 
apalabrados  unos  treinta  esquiladores  para  comenzar  las 
faenas  a  fin  de  Diciembre.  En  la  Estancia  se  hacían  pre- 
parativos. En  todo  el  pago  también  se  aprestaban  las 
muchachas  para  la  fiesta  que  vendría  después. 

—  Habría  que  dir  a  buscar  a  Baudilia,  —  insinuó  una 
noche  la  parda  Ceferina  al  patrón,  mientras  le  cebaba 
mate.  —  Ya  va  pa  tres  meses  que  falta :  debe  estar  hasta 
el  gañote  de  vivir  entre  las  pajas  como  aperiá. 

—  De  veras,  —  repuso  don  Carmelo.  Después,  devol- 
viéndole la  calabaza :  —  Está  medio  lavativa,  ché.  Cam- 
beále  la  yerba. 

Y,  cruzando  una  pierna  sobre  la  otra,  mientras  con 
ambas  manos  se  cogía  el  pie,  tornó  a  la  idea  sugerida 
por  la  parda : 

—  Habría  que  diría  a  buscar. 

La  noticia  cayó  en  el  galpón  en  un  momento  en  que 
estaba  la  peonada  toda  reunida.  Fué  recibida  con  regocijo 
por  todos :  Baudilia  era  una  buena  compañera  de  la  mo- 
zada. Desde  que  ella  faltaba,  había  muchas  prendas  sin  re- 
mendar y  el  asado  de  cordero  no  alcanzaba  nunca  a  do- 
rarse como  el  oro.  Además,  faltaba  alegría,  faltaba  aquella 
canción  juvenil  y  amorosa  que  corría  todo  el  día  por  la 
casa  haciendo  más  leve  y  llevadera  la  sorda  monotonía 
del  campo. 

Sólo  Juan  de  Dios  guardó  silencio.  Pero,  al  oir  la  nueva, 
le  pareció  que  amanecía. 


XI 


Cuando  se  tiró  al  suelo,  desde  el  caballo,  a  punto  es- 
tuvo de  que  la  perrada  la  volteara.  Todos  se  le  iban  en- 
cima, alegremente,  parándose  de  manos,  poniéndole  las 
delanteras  sobre  el  pecho.  El  Zorro,  para  demostrar 
mejor  su  regocijo,  corría  de  un  lado  para  otro  ladrando 
y  volvía  luego  a  saltar  sobre  Baudilia,  lambeteándole  la 
cara.  El  capataz,  que  acababa  de  entregar  al  "  gurí  "  las 
maletas  que  traía  en  ancas,  hubo  de  pegar  unos  cuantos 
gritos  y  distribuir  varios  puntapiés  para  sosegar  la  pe- 
rrada. 

—  ¡  Míala  a  la  perdida !  —  había  dicho  la  parda ;  y  no 
pudo  decir  más,  porque  sintió,  mientras  abrazaba  y  be- 
suqueaba a  la  moza,  que  en  la  garganta  se  le  hacía  un 
nudo. 

El  patrón  también  la  recibió  cariñosamente.  Estaba  ha- 
ciendo estirar  los  hilos  de  un  alambrado  con  dos  peones 
cuando  vió  llegar  por  el  bajo  al  capataz  y  Baudilia.  En- 
tonces, como  cayera  la  tarde,  les  dijo : 

—  Acaben  con  ese  hilo  y  dejen. 

En  seguida  se  llegó  a  las  casas  para  recibir  a  la  mu- 
chacha. 

—  Estás  más  gorda,  ché,  —  le  dijo  burlonamente  al 
verla  pálida  y  desmejorada.  —  Se  conoce  que  "la  tigra  " 
te  ha  tratao  a  cuerpo  de  ray.  ¿Mucho  churrasco  y  güeña 
leche,  no? 

—  No  se  reiga,  patrón,  —  contestó  Baudilia.  —  ¡Vengo 
más  harta ! 


ENTRE   LOS  PAST( 


85 


—  Tamién,  ¿a  quién  se  le  ocurre  di,  *  a  meter  en  un 
bañao  ?  ¡  Haceme  el  favor ! 

La  peonada  se  regocijó  igualmente  con  la  vuelta  de 
la  moza.  Todos  vinieron  a  saludarla  y  a  llenarla  de  pre- 
guntas. El  último  en  volver  del  campo  fué  Juan  de  Dios. 

—  Ai  está  Baudilia,  —  le  dijo  la  parda ;  —  anda  a  sa- 
ludarla. 

—  ¿  Pa  qué  ?  —  contestó,  —  ¿  acaso  nos  saludamos 
cuando  se  jué  ? 

—  No  importa ;  anda  a  saludarla.  Está  en  la  cocina. 
Juan  de  Dios  continuó  arreglando  sus  trastos  en  el 

galpón,  sin  apresuramientos.  Cuando  terminó,  cogió  la 
guitarra  y  fué  a  sentarse,  como  de  costumbre,  cerca  del 
horno.  Empezó  a  bordonear,  colgante  el  cigarrillo  de  los 
labios,  ladeada  la  cabeza.  En  eso  estaba  desde  hacía  un 
buen  rato,  cuando  de  pronto,  sin  haberla  oído  llegar,  apa- 
reció a  su  lado  Baudilia. 

—  Güeñas  tardes,  —  le  dijo. 

Juan  de  Dios  se  volvió,  sorprendido.  Y  al  ponerse  en 
pie,  sólo  acertó  a  decir : 

—  Güeñas. 

La  miraba  de  hito  en  hito,  asombrado  más  que  nada 
ele  que  fuera  ella  quien  hubiera  venido  a  buscarle.  Bau- 
dilia estaba  un  poco  pálida  y  ojerosa ;  más  delgada  tam- 
bién. El  mirar  de  sus  ojos  era  suave  y  triste  como  el  de 
un  corderillo.  Entonces,  después  de  un  tiempo,  para  de- 
cir algo,  preguntó  Juan  de  Dios : 

—  ¿Si  ha  distraído  mucho ? 

—  ¿Qué  quiere  que  me  distraiga  allá? 

—  Como  se  jué  por  su  voluntad,  yo  decía.  .  . 
Ambos  se  trataban  ceremoniosamente  de  usted.  Juan 

de  Dios  lo  notó  primero  y  se  sonrió  levemente.  Ella  tuvo 


86 


VÍCTOR  P£REZ  PETlT 


la  sospecha  de  que  se  estaba  burlando  y  le  dijo  brusca- 
mente : 

—  ¿De  qué  se  rei? 

—  Nada.  Cosas  que  se  le  ocurren  a  uno. 

—  Diga,  pues. 

—  Le  viá  decir.  Enantes  nos  tuteábamos  y  aura  nos 
estamos  tratando  de  usté,  como  gente  de  cumplido. 

—  Es  más  aprecio,  ¿no  haya? 

—  Pero  es  de  menos  confianza. 

—  La  confianza  pierde  a  la  gente.  Cualquier  matungo 
basteriao  lo  da  contra  el  suelo  a  un  gaucho,  si  se  fía  en 
él  y  se  distrai .  .  . 

—  Ansí  será.  Pero  entre  conocidos  viejos,  es  zonzo 
tratarse  de  usté.  Si  nos  escucharan  esos,  nos  soltaban  una 
risada  en  la  cara. 

—  Güeno,  nos  tutearemos  como  enantes. 

—  Entonces,  ¿amigos  otra  vez? 

—  Amigos;  pero  se  acabaron  las  bromas. 

—  Si  acabaron. 

Baudilia  dió  media  vuelta  y  se  fué  para  la  cocina.  Juan 
de  Dios  se  quedó  callado,  jugando  con  su  guitarra.  Como 
rozaba  las  cuerdas  en  un  acorde  que  era  siempre  el  mismo, 
se  comprendía  que  estaba  distraído.  Tan  distraído  es- 
taba, en  efecto,  que  la  parda  Ceferína  hubo  de  llamarle 
hasta  por  segunda  vez  para  cenar. 

Dos  días  después  comenzó  la  esquila.  Fué  un  trajín 
fenomenal  que  alteró  por  completo  la  fisonomía  habitual 
de  la  Estancia,  tan  quieta  y  silenciosa  de  suyo.  En  el 
galpón  grande,  cubierto  de  chapas  de  zinc,  que  transpira- 
ban fuego  bajo  los  rayos  del  sol  de  Diciembre,  la  peonada 
trabajaba  sin  descanso  en  cortarle  el  vellón  a  las  seis  mil 
ovejas  de  don  Carmelo.  Encorvados,  sudorosos,  la  tijera 


ENTRE  LOS  PASTOS 


87 


en  la  mano,  los  esquiladores  mantenían  entre  sus  pier- 
nas a  los  animalitos,  que  temblaban  llenos  de  espanto.  Dos 
peones  arreaban  las  majadas  y  otros  dos  las  acarreaban 
para  que  aquéllos  tuvieran  siempre  ininterrumpido  tra- 
bajo. A  veces,  bajo  un  tijeretazo  torpe,  provocado  por  un 
movimiento  espasmódico  de  las  lanudas,  se  coloreaba  el 
vellón  de  sangre,  y  un  balido  decía  el  dolor  del  animal. 
Entonces  una  voz  breve  y  sorda  gritaba : 

—  ¡  Remedio ! 

Faustino  es  quien  acudía,  corriendo,  a  saltos,  entre 
las  filas  de  trabajadores,  divertidísimo  con  la  faena  y 
con  todo  aquel  mundo  de  gente  que  llenaba  la  casa. 

—  ¡  Remedio !,  —  gritaban  de  otro  lado. 

—  ¡Ya  va !  —  respondía  el  "  gurí " ;  y  apurando 
al  que  había  atendido  primero,  salía  luego  a  la  disparada, 
haciendo  gambetas  a  los  que  encontraba  al  paso,  como  un 
"  charabón  "  perseguido. 

Las  mujeres  también  tenían  su  trabajo  extraordinario 
para  atender  a  tanta  gente,  cebar  mate  y  preparar  la  co- 
mida. De  noche,  caían  rendidas ;  la  parda,  sobre  todo, 
ni  fuerzas  tenía  para  desnudarse  y  se  acostaba  vestida. 
Baudilia,  como  siempre,  llevaba  la  alegría  por  doquier, 
haciendo  más  llevadera  la  pesada  faena. 

—  ¡  Jué  pucha  con  la  moza  linda !  —  decía  un  jovencito, 
comiéndosela  con  los  ojos.  —  ¡  Tiene  una  mirada  que  da 
calor ! 

—  Ya  te  veio  sudando,  —  contestaba  burlonamente  un 
compañero. 

Y  hacía  calor  en  efecto.  Bajo  las  chapas  de  zinc,  el 
galpón  parecía  un  horno.  Luego,  aquel  olor  a  grasa,  a 
sebo  y  a  tierra,  que  en  un  pesado  vaho  fluctuaba  en  el  am- 
biente, contribuía  más  aún  a  secar  las  gargantas.  Los 


88 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


mozos  tomaban  sendos  jarros  de  agua,  mientras  se  se- 
caban la  frente  con  el  reverso  de  la  mano.  Un  paisano, 
hombre  maduro,  habilísimo  en  el  manejo  de  la  tijera,  se 
burlaba  de  los  muchachos : 

—  Se  van  a  pasmar.  No  tomen  agua  fría. 

■ —  ¿Y  d'hay ?  No  tenemos  el  cuero  pa  negocio,  como 
las  lanudas. 

Otros  renegaban  sordamente  contra  los  animalitos  que, 
debatiéndose,  dificultaban  su  trabajo.  En  cierto  momento, 
una  de  las  ovejas,  a  medio  esquilar,  se  le  escapó  de  entre 
las  manos  a  un  hombre,  y  enderezó  para  afuera,  balando. 
Hubo  risas,  gritos  y  bromas. 

—  ¡  Atajen  a  ese  animal ! 

—  ¿Quién  es  el  mozo  diablo  que  lo  dejó  juir? 

—  Es  Coralino. ' 

—  ¡  No  dije  !  ¡  Coralino  había  de  ser  ! 

—  ¡  Ah,  mozo  maturrango  ! 

—  ¡  Juá,  juá,  juá,  juá,  juá ! 

El  ruido  de  las  voces  crecía  por  instantes.  La  entrada 
del  patrón,  que  en  todo  el  día  no  paraba,  yendo  de  un 
lado  para  otro,  dando  órdenes  o  haciendo  indicaciones, 
restableció  el  silencio.  Volvió  a  imperar  el  chirrido  me- 
tálico de  las  tijeras,  y,  de  vez  en  cuando,  el  balido  tré- 
mulo de  alguna  oveja,  apretada  rudamente  entre  las  pier- 
nas de  un  peón. 

Juan  de  Dios,  sudoroso  y  cansado,  salió  un  momento 
al  patio,  cogiéndose  los  ríñones,  que  tenía  doloridos  de 
tanto  estar  agachado.  La  parda  Ceferina,  que  cruzaba  por 
allí  muy  asendereada,  le  soltó  al  pasar : 

—  ¿Ya  aflojó,  aparcero?  ¡No  siá  maula! 

Él  no  le  contestó.  No  tenía  ni  fuerzas  para  hablar. 
Aquel  traqueteo  extraordinario  los  tenía  a  todos  poco 
menos  que  molidos. 


ENTRE   LOS  PASTOS 


80 


—  Ta  linda  la  faena,  —  dijo,  de  pronto,  la  voz  de 
Baudilia  a  su  lado. 

—  Ta,  —  replicó  él,  concisamente. 

—  Y  lindaza  la  lana.  Largo  el  vellón  y  cuasi  sin  abrojos. 

—  Mesmo,  —  volvió  a  hacer  Juan  de  Dios. 
Baudilia  le  miró  un  instante,  sacó  el  balde  de  agua 

que  había  venido  a  buscar  al  pozo  y  se  marchó  en  silen- 
cio. Con  algún  asombro,  había  comprobado  la  muchacha, 
en  los  pocos  dias  que,  desde  su  vuelta,  llevaba  en  la 
Estancia,  que  Juan  de  Dios  se  le  mostraba  poco  menos 
que  indiferente.  Habiendo  sido  ella  la  que  había  buscado 
hacer  las  paces,  el  amor  propio  de  él  quedaba  a  salvo. 
¿Por  qué,  entonces,  aquella  actitud?  ¿No  la  quería  ya? 
¿Los  pocos  meses  qne  ella  había  pasado  en  casa  de  la 
tía  habían  sido  suficientes  para  desvanecer  el  cariño  que 
le  profesaba?  ¿O  es  que  se  habría  engañado  respecto  a  los 
sentimientos  del  mozo?  Intrigada  cada  vez  más,  le  ob- 
servaba sin  segundo,  le  dirigía  la  palabra  a  veces ;  pero 
nunca  sacaba  nada  en  limpio.  Juan  de  Dios  se  mostraba 
reservado.  No  le  hacía  desaires  ni  groserías,  natural- 
mente, pero  no  pegaba  tampoco  la  hebra  cuando  Baudilia 
le  brindaba  conversación.  Callado  y  meditabundo  se  es- 
curría por  los  rincones,  como  si  una  idea  fija  le  tortu- 
rara. Y  Baudilia  casi  echaba  de  menos  aquellos  días  en 
que  andaban  como  perro  y  gato,  peleándose  por  un  quí- 
tame allá  esas  pajas. 

Por  su  parte,  Juan  de  Dios  no  acertaba  a  explicarse 
la  actitud  de  Baudilia.  Se  había  marchado  ésta  de  la 
Estancia  para  rehuirle :  —  eso  era  evidente ;  —  y  ahora, 
apenas  vuelta  de  la  casa  de  la  tía,  de  modo  inesperado, 
ella  misma  venía  a  ofertarle  nueva  amistad.  ¿Se  estaría 
burlando  o  en  realidad  la  muchacha  era  sincera  en  sus 
manifestaciones?  Juan  de  Dios  estaba  muy  preocupado, 


VÍCTOR  PÉREZ  PETlT 


y  tan  preocupado  estaba  que  el  patrón  hubo  de  alzar  la 
voz  al  llamarle  por  tercera  vez : 

—  ¡ Juan  de  Dios  ! 

—  ¿Patrón?,  —  contestó  al  fin,  arrancándose  a  sus 
meditaciones. 

—  A  ver,  dale  una  manito  al  brasilero  pa  acarrear  aque- 
llas ovejitas. 


XII 


Concluida  3a  faena,  como  es  de  rigor  por  tradición, 
hubo  gran  fiesta  en  la  Estancia.  De  los  alrededores  y 
hasta  de  algunos  parajes  bastante  retirados,  cayó  una 
nube  de  visitantes,  mozos  y  muchachas  golosos  de  baile, 
muy  endomingados,  con  los  trapitos  de  cristianar,  ale- 
gres y  retozones.  Venían  a  caballo,  por  parejas  o  en  gru- 
pos de  tres  y  cuatro ;  algunos  con  las  muchachas  en  an- 
cas, haciendo  comentarios  y  promoviendo  extraordinaria 
algazara.  Silvina  fué  de  las  primeras  en  llegar,  en  su 
azulejo.  De  la  Estancia  de  los  Laureles  vino  también  el 
capataz  Margarito,  con  todas  las  muchachas,  en  un  break 
descuajeringado  y  lleno  de  barro  que  guiaba  un  joven- 
cito  de  golilla  blanca,  rubio,  con  el  pelo  ensortijado,  muy 
buen  mozo. 

El  baile  empezó  a  medio  día  con  gran  animación,  y  se 
prolongó  toda  la  tarde,  hasta  el  anochecer,  en  que  se  in- 
terrumpió para  que  la  concurrencia  le  hiciera  los  debidos 
honores  a  varios  asados  que  se  doraban  al  fuego  y  a  sen- 
das ollas  de  mazamorra  y  arroz  con  leche  que  había 
preparado  con  especial  competencia  la  parda  Ceferina. 
Concluida  la  cena,  en  medio  de  la  más  franca  y  estrepi- 
tosa alegría,  se  reanudó  el  baile  al  son  de  las  guitarras. 

El  patrón  era  hombre  generoso,  que  sabía  hacer  bien 
las  cosas.  Contentísimo  con  el  resultado  de  la  esquila, 
quiso  agasajar  a  sus  huéspedes  y  brindarles  una  fiesta  que 
diera  que  hablar.  Así  es  que  no  puso  tasa  ni  medida  en 
nada.  El  beberaje  alcanzó  y  sobró  para  todos :  corrió  la 


02 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


caña  como  el  arroyito  del  bajo  cuando  se  hinchaba  con 
las  lluvias.  Los  frascos  vacíos  de  ginebra  que  aparecieron 
al  día  siguiente  por  los  alrededores  de  las  casas,  asom- 
braron a  todos.  Por  otro  lado,  las  fuentes  de  tortas  y 
pasteles  se  multiplicaron  como  por  encanto,  provocando 
el  asombro  y  el  contento  de  la  concurrencia.  Cuando  apa- 
recía la  parda  con  una  de  ellas  en  los  brazos,  se  armaba 
una  de  gritos  y  manotones  que  temblaba  el  misterio. 

—  ¡  No  atropellen  que  hay  pa  tuitos ! 

El  chocolate  fué  igualmente  abundantísimo.  El  mo- 
cito rubio,  de  pelo  ensortijado,  que  había  venido  guiando 
el  breack  de  la  Estancia  de  los  Laureles,  se  zampó  entre 
pecho  y  espalda  seis  tazas  regularcitas. 

—  La  verdá,  no  compriendo  cómo  este  rubio  está  tan 
flaco  con  semejante  tragadero,  —  comentó  la  parda. 

—  Aurita  no  más  revienta,  —  insinuó  un  amigo,  — 
ya  se  ha  tragao  como  seis  tortas  y  veinte  pasteles. 

—  No  haiga  cuidao,  —  replicaba  él,  angélicamente,  po- 
niendo en  sus  ojos  aquella  miradita  querendona  que  en- 
tusiasmaba a  las  muchachas ;  —  pa  bajar  el  chocolate  no 
hay  como  la  caña,  y  pa  bajar  las  tortas,  la  giñebra.  Voy 
a  pegar  otro  traguito. 

Y  así  lo  hacía  el  desalmado,  con  una  tranquilidad  asus- 
tadora. 

Entre  tanto,  continuaba  el  baile  con  un  entusiasmo 
que  no  decrecía  un  momento.  Los  guitarristas  no  se  daban 
punto  de  reposo.  Algunas  parejas  ponían  todo  su  celo  en 
"  prendérsele  "  a  media  docenita  de  bailes  surtidos,  — 
polkas,  valses  y  mazurcas,  —  danzándolas  sin  descansar, 
hasta  quedar  chorreando  sudor  y  con  media  cuarta  de 
lengua  fuera.  Los  gritos  y  aplausos  de  los  mirones  eran 
su  mejor  triunfo. 


ENTRE   LOS  PASTOS 


93 


Juan  de  Dios  hacía  rato  que  quería  ir  a  invitar  a  Bau- 
dilia  para  bailar  con  ella;  pero  no  acababa  de  decidirse. 
Le  parecía  que  todos  iban  a  burlarse  al  advertir  que  de 
él  partía  la  iniciativa.  Le  hubiera  agradado  más  que  la 
muchacha  viniera  a  buscarle,  que  se  le  acercara,  por  lo 
menos ;  pero  Baudilia  parecía  entretenidísima  con  los  ex- 
traños, bailaba  con  todos,  se  reía  como  una  loca.  Pasaba 
por  su  lado  sin  mirarle;  no  tenía  atenciones  sino  para 
el  capataz  Margarita,  que  la  rondaba  continuamente.  ¡  El 
capataz  Margarita !  Juan  de  Dios  le  iba  cobrando  una 
ojeriza  tremenda  por  aquellas  atenciones  que  le  dispen- 
saba Baudilia.  Sin  querer  revelar  a  los  demás,  para  que  no 
se  burlaran  de  él,  su  interés  por  la  muchacha,  empezó 
inconscientemente  a  hacer  cosas  que  delataban  el  res- 
quemor de  los  celos  que  tenía  en  el  alma.  Espiaba  a  la 
feliz  pareja ;  no  le  quitaba  los  ojos  de  encima ;  parecía 
un  conspirador  de  saínete... 

—  ¿  Se  te  ha  perdido  algo,  ché  ?  —  le  preguntó,  en  cierto 
momento,  Silvina,  que  lo  estaba  observando  con  descon- 
fianza. 

—  ¿Qué  querés  vos?  —  demandó  él,  eludiendo  la  inte- 
rrogación de  su  amante. 

—  Quiero  bailar,  pero  me  parece  que  vos  estás  me- 
dio ido. 

—  No  tengo  ganas  de  bailar,  —  contestó  secamente 
Juan  de  Dios. 

Silvina  lo  miró  un  instante  de  arriba  a  abajo;  estuvo 
a  punto  de  decirle  una  grosería,  pero  se  contuvo;  y  to- 
mando su  partido  al  fin,  le  volvió  la  espalda. 

Ya  se  iba,  cuando  Juan  de  Dios,  que  había  recapacitado, 
la  llamó : 

—  Ché,  vení ;  vamo  a  bailar. 


94 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


—  No,  deja,  no  te  incomodes,  —  contestó  la  china. 

—  Que  vengas,  te  digo. 

Y  allá  se  fueron  los  dos,  valsando,  a  confundirse  con 
el  torbellino  de  las  parejas.  Baudilia,  apartándose  del  ca- 
pataz, se  habia  entrado  a  la  cocina  para  ayudar  a  la 
parda  en  su  tarea  de  llenar  tazas  de  chocolate.  En  esto  es- 
taba, cuando  por  la  abierta  puerta  de  la  cocina  sus  ojos 
descubrieron  a  la  pareja. 

—  ¿Cómo  es  eso?  ¿estos  dos  se  arreglaron?  —  pre- 
guntó a  la  parda. 

—  Y  sí,  pues,  —  contestó  la  otra.  —  ¿Qué?  ¿no  lo 
sabías  ? 

Entonces  Ceferina  narró  a  Baudilia  la  historia  de  la 
reconciliación,  que  nadie  ignoraba  en  la  Estancia.  Al 
poco  tiempo  de  su  partida  para  el  Aceguá,  Juan  de  Dios 
se  había  "  topado  "  con  Silvina  y  de  buenas  a  primeras 
hicieron  las  paces.  —  "Ya  sabes  vos,  decía  la  parda,  ande 
ha  habido  juego,  quedan  cenizas  ".  Aquellos  dos  no  habían 
necesitado  mucho  para  entenderse.  Según  las  "  mentas  " 
los  amoríos  habían  pasado  a  mayores.  Los  sábados,  el 
mozo  se  iba  de  noche  y  no  regresaba  hasta  el  domingo  a 
última  hora.  —  "  Como  comprendés,  —  decía  la  infor- 
mante, guiñando  los  ojos  maliciosamente,  —  Juan  de  Dios 
no  se  va  a  pasar  la  noche  parado  en  un  poste,  como  las 
"  corujas  ".  —  "  En  algún  rincón  encuentra  posada,  ché  ", 
—  agregaba  luego,  sin  advertir  el  dolor  que  en  su  inter- 
locutora  iban  provocando  tales  informaciones;  —  "y  ya 
sabemos  tuitos  que  la  tal  Silvina  no  es  el  primer  zorro 
que  desuella  ". 

¡  He  ahí  la  razón  por  la  que  el  mozo  se  le  mostraba 
indiferente  desde  su  vuelta  a  la  Estancia !  Ahora  Baudi- 
lia creía  explicárselo  todo:  la  displicencia  de  Juan  de 


ENTRE   LOS  PASTOS 


95 


Dios,  su  aire  reconcentrado,  el  poco  entusiasmo  para  pro- 
seguir la  conversación.  La  pobre  muchacha  sintió  que  el 
alma  se  le  caía  a  los  pies.  ¿Con  que  se  había  equivocado? 
¿El  amor  del  mozo  no  era  otra  cosa  que  un  pasajero 
capricho?  ¿Todo  aquello  que  antes  de  su  partida  para  lo 
de  "  la  tigra  "  había  creído  adivinar  en  Juan  de  Dios,  no 
era  más  que  falsía,  fingimiento,  o  algo  así  por  el  estilo? 
¿Y  por  ese  hombre,  que  a  los  quince  días  de  ausencia  ya 
la  olvidara  arrojándose  en  brazos  de  una  perdida,  ella 
había  estado  sufriendo  y  llorando  como  una  tonta,  ente- 
rrada en  medio  de  aquellos  bañados  desiertos  y  lúgu- 
bres del  Aceguá?  El  despecho  iba  inundando  su  corazón 
y  una  rebeldía  indómita  hacía  vibrar  todo  su  cuerpo.  Pa- 
recíale que  aquella  era  la  peor  de  las  afrentas ;  que  todo 
el  mundo,  en  la  Estancia,  enterado  de  la  situación,  se 
había  estado  riendo  de  ella,  la  infeliz,  que  tan  de  buena 
fe  había  tornado  a  brindarle  al  mozo  su  amistad  mientras 
éste  se  refocilaba  en  los  brazos  de  Silvina.  Y  un  ansia 
atroz  de  huir,  de  ocultarse  la  asaltó  de  pronto.  Se  puso  en 
pie,  estremecida.  Mas  en  ese  preciso  instante,  el  capataz 
Margarito  surgió  a  su  lado. 

—  ¿No  quiere  bailar  conmigo,  Baudilia?  —  le  dijo  ama- 
blemente, con  su  voz  querendona. 

Súbitamente  cambiaron  de  rumbo  las  negras  ideas  de 
la  muchacha.  Como  a  la  luz  de  un  relámpago,  advirtió 
su  desquite.  Haciendo,  pues,  un  esfuerzo  para  dominar  el 
estado  de  su  ánimo,  contestó  amablemente : 

—  ¿Y  por  qué  no? 

El  capataz  Margarito  era  un  gran  bailarín :  sabía  dan- 
zar conversando,  sin  perder  el  compás.  Mientras  giraba 
al  son  de  la  música,  derramaba  en  el  oído  de  su  compa- 
ñera frases  almibaradas  y  dulzonas.  Era  un  paisano  la- 


96 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


diño,  entretenidísimo,  muy  atento  con  las  mujeres.  Buen 
mozo,  fortachón,  bastante  serio,  con  fama  de  valiente  y 
trabajador,  era  el  alma  de  los  Laureles  y  muy  mimado 
por  su  patrón.  Más  de  una  mujer  se  había  desvivido  y 
penado  por  él;  pero  él,  matrero  y  ducho,  a  todas  había 
esquivado  la  coyunda  a  que  pretendían  uncirlo.  Esto  le 
había  dado  nota  de  don  Juan  en  todo  el  pago. 

Desde  algún  tiempo  atrás,  Margarito  había  reparado 
en  Baudilia.  La  encontraba  linda  y  hacendosa,  seria  y 
honesta.  Pensando  continuamente  en  ella,  de  un  modo 
muy  distinto  a  como  había  pensado  hasta  ahora  en  las 
demás  mujeres,  se  encontró  un  buen  día  reflexionando 
en  que  ya  tenía  edad  para  casarse.  Baudilia  no  era  moza 
para  un  entretenimiento :  en  la  Estancia  de  don  Carmelo 
era  vista  como  una  hija,  y  el  capataz  que  lo  sabía  muy 
bien  no  pensó  ni  por  un  instante  en  seducirla.  Con  ella 
no  era  cuestión  de  jugar:  había  que  ir  en  serio  y  cumplir 
los  compromisos  que  se  contrajeran.  Pero  ¿lo  aceptaría  la 
moza?  He  ahí  el  problema.  Baudilia  siempre  se  mostró 
con  él  atenta ;  pero  seria  y  grave.  No  bromeaba,  no  le 
dió  pie  jamás  para  un  avance.  Acaso  lo  encontrara  de- 
masiado viejo  para  ella,  que  era  casi  una  chiquilina. 

—  ¿  Qué  tiene,  Baudilia,  que  está  tan  tristona  ?  ¿  Se 
ha  peliao  con  el  novio? 

Así  empezó  Margarito  su  avance,  sondeando  el  ánimo 
de  la  muchacha ;  y  luego,  ante  la  denegación  de  ella :  — 
"  Si  yo  no  tengo  novio,  don  Margarito,  ¿  quién  me  va  a 
querer  a  mí?"  —  se  enfrascó  en  una  arremetida  en  toda 
regla.  ¿  Cómo  era  posible  que  no  tuviera  novio  una  mu- 
chacha joven  y  bonita?  ¿Serían  ciegos  o  zonzos  los  mo- 
zos de  aquel  pago?  Margarito  cazaba  al  vuelo  las  réplicas 
de  Baudilia  para  "  retrucarle  "  con  una  galantería  o  una 


ENTRE   LOS  PASTOS 


97 


velada  declaración.  ¡  No,  no  era  posible,  que  nadie  no 
se  le  hubiera  dirigido  alguna  vez  hablándole  de  amor! 
Eso  no  lo  creería  él  nunca.  ¿Por  qué  no  era  franca?  ¿No 
le  merecía  confianza? 

—  Pero  si  no  tengo  nada,  —  insistía  ella;  —  ¿cómo 
quiere  que  le  diga  que  tengo  novio  si  no  lo  tengo? 

Y  después,  coquetonamente : 

—  ¿Usté  cree  que  alguno  puede  fijarse  en  mí? 

—  ¡Y  ya  lo  creo  que  lo  creo !  —  afirmó  entonces  el 
capataz.  —  ¿Quiere  que  le  hable  de  uno  que  no  vive 
ni  duerme  dende  que  la  ha  conocido? 

Despacito,  con  cierto  temor,  empezó  Margarito  a  re- 
velar el  secreto  de  su  corazón.  Hablaba  como  de  una  ter- 
cera persona,  de  un  desconocido,  de  un  su  amigo,  que 
había  caído  rendido  de  amor  ante  la  hermosura  y  la  se- 
riedad de  Baudilia.  Hacía  mucho  tiempo  que  reparara 
en  ella;  pero  nunca  se  había  atrevido  a  confesárselo.  Y 
el  pobre  se  consumía  allá,  lejos,  pensando  que  otro  hom- 
bre pudiera  robarle  ese  tesoro. 

—  ¡  Caramba !  Y  si  él  no  abre  el  pico,  ¿  cómo  quiere 
que  yo  le  adivine  el  pensamiento?,  —  adujo  Baudilia. 

—  Es  que  hay  cosas  que  se  adivinan,  —  contestó  el 
capataz.  —  ¿Usté  no  compriende  cuando  la  quieren? 
¿Usté  no  siente  cuando  tiene  al  lao  un  hombre  que  está 
penando  por  su  querer? 

Poco  a  poco,  en  un  juego  de  reticencias  y  medias 
confesiones,  Margarito  iba  descubriéndose.  Baudilia,  que, 
a  fuer  de  mujer,  ya  había  adivinado  la  pasión  del  capa- 
taz, estaba  halagada  con  aquella  corte  que  se  le  hacía 
empeñosamente,  tan  luego  en  el  instante  en  que  la  traición 
de  Juan  de  Dios  la  venía  a  herir  en  lo  más  íntimo  del 
alma.  Así,  sin  mucho  esfuerzo  y  acaso  para  evidenciar 

7 


98 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


.ante  todos  que  Juan  de  Dios  le  era  perfectamente  in- 
diferente, atendía  al  capataz  y  daba  alas  a  sus  aspira- 
ciones. 

El  prolongado  aparte  de  esta  pareja  empezó  a  llamar 
la  atención.  El  mismo  Juan  de  Dios,  que  había  ya  cam- 
biado dos  o  tres  veces  de  compañera,  advirtió  que  des- 
pués de  la  mazurca  continuaron  bailando  Baudilia  y  Mar- 
garito  una  polka,  y  que  después  de  la  polka  la  empren- 
dieron con  un  vals,  y  que  terminado  el  vals  fueron  a  sen- 
tarse bajo  el  guardapatio,  en  dos  sillas  muy  juntitas,  para 
proseguir  su  amartelado  coloquio.  Algo  extraño  vibró  en- 
tonces en  el  corazón  del  mozo ;  y  a  su  turno,  irritado  con- 
tra Baudilia,  pero  no  queriendo  manifestar  su  irritación, 
volvió  hacia  Süvina,  a  fin  de  mostrarse  con  ella  más 
rendido  y  amable  que  nunca. 

A  su  vez,  notó  Baudilia  que  Juan  de  Dios  ya  no  se 
separaba  de  Silvina.  Esto  acabó  de  enconarla.  Ni  remota- 
mente imaginó  que  el  mozo  hacía  aquel  juego  para  des- 
pertar sus  ce1os  o  irritado  por  su  actitud  con  Margarito. 
Después  de  las  revelaciones  de  la  parda  Ceferina,  ya  no 
cabía  en  el  ánimo  de  la  muchacha  más  que  un  pensa- 
miento: él  la  había  olvidado  a  los  quince  días  de  ausen- 
cia, y  en  tanto  que  ella  lloraba  y  sufría  en  las  soledades 
del  rincón  del  Aceguá,  él  distraía  sus  ocios  vergonzosa- 
mente en  el  rancho  de  Silvina.  Entonces,  como  el  capataz, 
estrechando  el  cerco  de  la  fortaleza,  la  apremiara  con  sus 
cuestiones,  tomó  súbitamente  su  partido. 

—  ¿Usté  sería  capaz  de  acetarme  a  mí,  de  quererme 
un  poquito? 

—  Vea,  don  Margarito ;  yo  no  sé  mentir.  Querer,  yo  no 
lo  quiero  entoavía ;  pero  si  usté  sabe  hacerse  querer  y 
viene  con  güen  fin.  .  .  veremos. 


ENTRE   LOS  PASTOS 


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El  capataz  sonrió  satisfecho  con  aquel  albor  de  espe- 
ranza. Indudablemente,  le  hubiera  agradado  más  que  la 
moza  se  le  declarara  rendida ;  pero  lo  inusitado  del  caso, 
aquella  sinceridad  de  la  muchacha,  tocaron  su  corazón. 

—  De  que  usté  me  quiera,  me  encargo  yo. 

Quien  no  estaba  contento  con  el  prolongado  aparte  de 
Baudilia  y  Margarito,  era  Mauricio,  el  peón  brasilero.  Es 
verdad  que  desde  el  primer  día  del  regreso  de  aquélla  a 
la  Estancia,  la  moza  le  había  significado  sin  rodeos  ni 
disculpas  que  sus  amoríos  estaban  terminados;  pero  él, 
sin  comprender  el  brusco  cambio,  continuó  mostrándose 
rendido  enamorado  de  su  ex  novia,  y  no  desesperaba  de 
conquistarla  de  nuevo.  Así  es  que  aquella  escena  con  el 
capataz  Margarito  le  cayó  encima  como  el  más  brusco 
y  tremendo  desengaño.  Para  consolarse,  el  pobre  mozo 
se  prendió  a  la  caña ;  después,  considerando  que  ésta  no 
disipaba  su  tristeza  con  la  debida  rapidez,  la  reemplazó 
con  la  ginebra;  y  al  fin,  desengañado  del  poder  curativo 
de  la  ginebra,  tornó  a  la  caña:  el  resultado  total  fué  una 
borrachera  de  ordago,  que  le  puso  terco  y  cargoso.  A  todos 
se  aferraba  para  contarles,  con  su  jerga  tartajosa,  el 
caso  lamentable  de  sus  amoríos : 

—  Baudilia  e  urna  traidora.  Baudilia  non  tem  coragáo. 
E  urna  traidora,  hermano.  Eu  sou  muito  disgragáo :  eu 
tenho  que  matar  ao  capataz  Margarito.  Margarito  tambem 
e  um  traidor.  .  . 

—  Güeno,  hombre,  déjame  en  paz,  —  replicaba  aquel 
a  quien  tomaba  por  confidente. 

Pero  el  brasilero  tenía  que  desahogar  su  pecho,  y  cogía 
a  otro  por  el  brazo  y  empezaba  de  nuevo  su  letanía : 

—  Baudilia  e  urna  traidora.  Eu  la  quería,  hermano,  eu  la 
quería  com  tuda  el  alma;  eu  la  quería  como  ninguem.  E 


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VÍCTOR  PÉRKZ  PETIT 


agora,  mírala  com  o  capataz  Margarita.  Eu  vou-le  a  dar 
una  punhalada  ao  capataz  Margarito. 

—  Déjate  de  zonceras,  —  replicaba  el  otro;  —  estás  bo- 
rracho . . . 

Mauricio  se  iba,  terco,  a  buscar  un  nuevo  confidente. 
En  una  de  sus  vueltas  y  revueltas,  cargoseando  a  todo  el 
mundo  y  estorbando  a  los  que  bailaban,  se  topó  con  Juan 
de  Dios,  que  seguía  su  plática  amorosa  con  Silvina. 

—  Mirá,  brasilero ;  lo  mejor  que  podías  hacer  es  dirte  a 
dormir  la  macaca. 

—  Eu  non  quero  dormir  la  macaca ;  eu  quero  matar  ao 
capataz  Margarito. 

—  Mirá,  —  dijo  de  pronto  el  mozo,  poniéndose  en  pie, 
asaltado  bruscamente  por  una  idea  aviesa;  —  ¿querés 
bailar  con  Baudilia?  Yo  te  la  viá  a  sacar. 

—  ¡  Juan  de  Dios !  Yo  no  quiero  que  hagás  eso. 

Era  Silvina  que  protestaba  enérgicamente,  presintiendo 
la  verdad,  es  decir,  que  su  amante  ardía  en  celos;  pero 
equivocándose  sólo  en  las  intenciones  de  éste. 

—  Viá  a  sacársela  al  brasilero  y  vuelvo,  —  insistió  Juan 
de  Dios. 

—  Quédate  aquí ;  yo  no  quiero  que  vayás. 

—  No  siás  zonza ;  nos  vamos  a  rair  un  rato. 

Y  se  marchó  con  el  brasilero.  Resentida  y  ardiendo  en 
ira,  Silvina  le  siguió  con  disimulo. 

—  Con  permiso,  don  Margarito,  —  dijo  Juan  de  Dios, 
al  llegar  junto  al  capataz  y  Baudilia ;  —  quisiera  bailar 
una  pieza  con  su  compañera. 

—  Si  es  el  gusto  d'ella,  puede  bailar,  amigo,  —  repuso 
el  otro,  con  su  proverbial  urbanidad. 

Baudilia  guardó  silencio  un  instante.  No  comprendía 
aquel  brusco  retorno  de  Juan  de  Dios.  Estuvo  por  arro- 


ENTRE   LOS  PASTOS 


IOI 


jarle  al  rostro  un  seco :  "  no  soy  sobras  de  naides  para 
que  se  enterara  de  que  no  era  con  una  mujer  como  Sil- 
vina  con  quien  iba  él  a  darle  en  cara;  pero,  buena  como 
era,  no  quiso  vejarlo  delante  de  los  que  oían,  y  se  con- 
cretó al  fin  a  decir,  sin  mirarle: 

—  Estoy  cansada ;  no  bailo. 

Margarito  se  hinchó  de  escondida  satisfacción.  Era  por 
él,  evidentemente,  que  la  muchacha  no  aceptaba  la  invi- 
tación que  se  le  hacía.  Y,  con  esa  condescendencia  que 
suelen  manifestar  los  hombres  dichosos,  los  que  ya  se 
sienten  dueños  del  cariño  de  una  mujer,  argüyó: 

—  Hay  que  cumplir  un  poco  con  tuitos,  Baudilia.  Yo 
le  doy  permiso  pa  que  baile. 

Juan  de  Dios,  que  no  llevaba  otro  propósito  que  hacer 
burla  de  la  moza,  entregándosela  al  brasilero  apenas  ésta 
hubiera  aceptado  su  ofrecimiento,  y  que  veía  fracasar  su 
intento  con  aquella  inesperada  repulsa,  sintió  de  pronto 
que  todo  su  rencor  estallaba  contra  el  capataz.  Y  ya  sin 
saber  lo  que  hacía,  fuera  de  sí,  mareado  por  los  celos, 
saltó  enconado  sobre  la  última  frase  de  Margarito : 

—  Es  que  anque  usté  no  le  dea  permiso  y  anque  ella 
no  quiera,  va  a  bailar  conmigo. 

Y  cogiendo  bruscamente  por  una  muñeca  a  Baudilia, 
la  alzó  de  su  asiento : 

—  ¡  Vení  p'acá,  vos ! 

—  ¡  Juan  de  Dios !  —  clamó  con  ira  Baudilia. 

Hubo  un  revuelo  de  asombro  entre  los  circunstantes 
ante  las  duras  palabras  del  mozo  y  su  airado  gesto.  Pero 
ya  Margarito  había  intervenido. 

—  Pasencia,  mozo ;  será  otra  vez.  Aura,  si  quiere  bai- 
lar, va  a  ser  conmigo. 

—  Salga  p'afuera,  —  adujo,  conciso,  Juan  de  Dios. 


102 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


—  El  que  va  a  salir,  y  más  pronto  que  ligero,  sos  vos 
mesmo,  —  tronó  en  esto,  al  lado  de  Juan  de  Dios,  la  voz 
hombruna  de  doña  Ramona. 

Había  presenciado  todo  el  incidente,  y,  como  siempre, 
estaba  allí  donde  los  otros  no  la  esperaban. 

—  Yo  salgo,  —  replicó  Juan  de  Dios,  que  con  la  ira 
olvidaba  que  a  la  tremenda  patrona  nadie  le  replicaba ;  — 
pero  que  salga  ese  también. 

Aquello  era  demasiado  para  la  esposa  de  don  Carmelo 
Antúnez,  la  hombruna  doña  Ramona  Solís,  la  invulne- 
rable patrona  ante  quien  todos,  hasta  el  mismo  estan- 
ciero, debían  agachar  las  orejas. 

—  ¿Qué  dijiste?  ¡Aijuna,  si  me  ha  contestao  el  muy 
sabandija ! 

Y,  como  una  leona  enfurecida,  dejó  caer  sus  dos  zar- 
pas sobre  los  hombros  de  Juan  de  Dios,  le  hizo  girar 
violentamente  sobre  los  talones,  y  empezó  a  bramar,  mien- 
tras le  echaba  a  empellones  hacia  el  galpón: 

—  ¡  Juera,  desfachatao  !  ¡  Juera,  escandaloso  !  ¡  Yo  te 
viá  a  dar  armar  escándalo  en  mi  casa !  ¡  Yo  te  viá  a  ense- 
ñar a  que  me  faltés  al  respeto ! 

Don  Carmelo  Antúnez  había  acudido. 

—  ¿  Qué  hay  ?  ¿  qué  pasa  ? 

Ni  siquiera  se  dignó,  su  consorte,  explicarle  el  caso. 
Allí  estaba  ella  para  solucionar  el  asunto.  Con  otros  cua- 
tro empellones,  metió  al  mozo  en  el  galpón. 

—  Aura  mesmo  rejunta  sus  cacharpas,  monta  a  ca- 
ballo y  se  manda  mudar.  No  quiero  verlo  más  por  la 
Estancia.  ¡  Faltarme  al  respeto,  a  mí,  a  mí,  a  doña  Ra- 
mona Solís  y  Antúnez  !  ¡  Ah,  guacho  insolente !  ¡  Juera ! 
¡ juera ! 

—  Vea,  patrona. . .  —  quiso  argumentar  Juan  de  Dios, 


ENTRE   LOS  PASTOS 


103 


que  empezaba  a  darse  cuenta  de  la  barbaridad  que  había 
hecho.  —  Vea,  yo. .  . 

—  ¡  No  quiero  oir  nada !  —  truncó  la  tremenda  señora. 
—  En  mi  casa  no  quiero  Moreiras.  ¡  Ala,  prontito !  ¡  Pues 
no  faltaba  más ! 

—  Pero,  ¿qué  pasa?  —  interrogó  don  Carmelo. 

—  No  pasa  nada.  Ya  pasó  todo. 

Y  así  pasó  todo,  en  efecto.  Margarita,  que  pensaba 
salir  detrás  de  Juan  de  Dios,  tuvo  que  volver  a  sentarse, 
conminado  por  un  gesto  de  doña  Ramona ;  y  Juan  de 
Dios,  media  hora  después,  como  alelado  por  aquel  enorme 
suceso  que  se  le  había  venido  sobre  la  cabeza  cuando 
menos  lo  esperaba,  se  iba  en  silencio,  sobre  su  cabalga- 
dura, al  través  de  la  noche,  como  una  sombra,  como  un 
fantasma. 


XIII 


Después  de  aquella  noche  memorable  del  baile,  el  ca- 
pataz Margarito  empezó  a  frecuentar  la  Estancia  de  don 
Carmelo.  Sólo  por  raro  caso,  debido  a  alguna  circuns- 
tancia ineludible,  el  nuevo  cortejante  de  Baudilia  dejaba 
de  venir  los  domingos.  El  noviazgo,  pues,  tuvo  un  verda- 
dero carácter  oficial  y  nadie  pudo  poner  en  duda  la  se- 
riedad que  revestían  aquellas  relaciones. 

En  general  se  aplaudía  y  festejaba  a  los  novios.  El 
capataz  de  los  Laureles  era  un  criollo  en  toda  la  exten- 
sión de  la  palabra,  hombre  de  prestigio,  bien  querido  y 
serio.  Alto,  fornido,  de  regulares  facciones,  frisaba  en 
los  cuarenta  años  y  constituía  un  envidiable  partido  para 
cualquier  muchacha  casadera.  El  hombre  estaba  intere- 
sado en  los  Laureles  y  tenía  alguna  platita  junta,  lo  cual 
le  hacía  más  considerado.  Era  honrado  y  trabajador,  muy 
campero,  ducho  y  precavido,  de  indiscutible  pericia  como 
domador  de  potros.  Esta  nota,  por  sí  sola,  hubiera  bastado 
para  captarle  todas  las  simpatías  del  paisanaje.  Los  ani- 
males más  bravios  y  rebeldes  se  rindieron  a  su  habilidad 
y  coraje.  Cuando  se  les  asentaba  en  los  lomos,  no  había 
corcovo,  por  fenomenal  que  fuera,  que  pudiera  desalo- 
jarle de  allí:  parecía  clavado  sobre  el  animal,  formando 
con  él  una  sola  pi'eza.  Era  el  tipo  dásico  del  centauro 
criollo,  seguro,  tranquilo,  inconmovible.  Sobre  la  ondu- 
lada llanura  alfombrada  de  trébol  corría,  brincaba,  se 
erguía  de  manos,  daba  botes  espantabas  el  potro  salvaje, 
y,  entre  tanto,  el  jinete,  cerradas  las  piernas  como  dos  aros 


ENTRE   LOS  PASTOS 


105 


de  hierro,  en  alto  el  brazo  que  azotaba  el  rebenque,  firme 
el  busto  y  rígida  la  cabeza,  ponía  sobre  el  fondo  del 
cielo  la  silueta  opaca  y  gruesa  de  un  héroe  de  epopeya. 
No  había  potro  que  hubiera  derribado  al  soberbio  jinete: 
si  alguna  vez,  un  animal  enloquecido  por  aquella  carga 
desacostumbrada  que  de  repente  se  le  había  echado  encima 
y  vista  la  inutilidad  de  sus  "  paradas  de  manos  "  para 
deshacerse  de  ella,  en  un  frenético  arranque  de  deses- 
peración se  "  boleaba  ",  arrojándose  hacia  atrás,  de  lomo, 
para  aplastar  al  temerario  jinete,  siempre,  irremisible- 
mente, con  una  maestría  soberbia,  con  una  tranquilidad 
desconcertante,  Margarito  salía  parado,  sin  soltar  las  rien- 
das, surgiendo  entre  el  remolino  de  polvo  al  lado  del 
caído  animal,  para  humillarlo  todavía  con  una  patada  en  el 
vientre  a  fin  de  hacerlo  poner  en  pie,  sudoroso,  polvo- 
riento y  vencido.  Aparte  de  este  arte,  tan  justipreciado 
por  las  gentes  de  campo,  poseía  el  capataz  de  los  Lau- 
reles, condiciones  personales  que  le  hacían  particular- 
mente interesante  para  las  mujeres.  Era  un  hombre  aun 
joven,  de  aspecto  varonil  y  bastante  buen  mozo.  De  fac- 
ciones regulares  y  bien  equilibradas,  tenía  unos  ojos  ne- 
gros, vivos  y  dominadores,  un  cabello  ensortijado  que  le 
caía  románticamente  sobre  la  frente,  y  una  gran  barba, 
bien  cuidada,  que  le  daba  cierto  aspecto  señorial.  Muy 
atento  y  comedido,  sabiendo  imponerse  y  mandar  sólo 
cuando  las  circunstancias  lo  requerían,  mostrábase  tam- 
bién con  las  mujeres  insinuante  y  enamoradizo.  No  es  de 
extrañar  entonces  las  buenas  fortunas  que  entre  éstas 
lograra ;  y  ta^es  casos,  repetidos  con  alguna  frecuencia, 
llegaron  a  prestarle  una  aureola  más :  la  de  galán  afor- 
tunado, detrás  del  cual  corrían  y  se  desesperaban  las 
mujeres. 


io6 


VÍCTOR  PÉREZ  PKT1T 


Pero,  esta  vez  el  matrero  había  hallado  quien  le  hi- 
ciera caer  en  sus  redes  y  lo  doblegara  a  su  voluntad.  Por 
lo  demás,  la  honestidad  de  sus  propósitos  se  tradujo,  pocos 
días  después  del  baile,  en  dos  hechos  decisivos.  Fué  el 
primero,  el  venirse  Margarito,  todo  de  punta  en  blanco, 
chambergo  y  "  golilla "  nuevos,  un  ponchito  de  vicuña 
flamante  sobre  el  hombro  y  el  caballo  crugiente  de  pla- 
tería, a  hablarle  sin  más  rodeos  ni  ambajes  a  don  Car- 
melo, para  comprometer  el  casorio  con  la  Calandria;  y 
el  segundo,  corrió  casi  en  seguida  entre  toda  la  paisa- 
nada  :  el  capataz  había  adquirido  campo  del  otro  lado 
del  Cerro  de  Carpintería  y  lo  estaba  poblando,  para  aban- 
donar los  Laureles  e  irse  a  vivir  allá  con  su  mujercita. 

Estaban,  pues,  todos  preocupados  con  la  gran  novedad 
del  casorio,  cuando  otro  hecho  vino  a  distraer  por  una 
temporada  la  atención  de  las  gentes.  Desde  la  noche  del 
baile,  nadie  había  vuelto  a  tener  noticias  de  Juan  de  Dios. 
Al  principio,  creyeron  todos  que  se  habría  refugiado  en 
el  rancho  de  Silvina ;  pero  muy  pronto  hubieron  de  salir 
de  su  error.  La  misma  china,  buscándole  por  todos  lados, 
con  un  ansia  mal  disimulada,  reveló  la  ausencia  del  mozo, 
¿Se  había,  pues,  marchado  del  pago,  en  silencio,  sin  bus- 
car siquiera  un  encuentro  con  Margarito?  La  opinión 
del  paisanaje,  tan  unilateral  en  las  cuestiones  de  honor, 
le  fué  entonces  francamente  adversa  a  Juan  de  Dios. 
Todos  le  juzgaban  bueno,  bien  mandado ;  pero  valiente 
Aquella  silenciosa  desaparición  tenía  todos  los  relieves 
de  una  fuga.  Esto  no  contentó  a  sus  viejos  amigos.  No 
querían  mal  a  Margarito ;  pero,  ¡  qué  diablos !,  después 
de  lo  sucedido,  Juan  de  Dios  debía  haber  hecho  una  hom- 
brada. El  mismo  capataz  de  los  Laureles  venía  siempre 
prevenido  a  hacer  sus  visitas  a  Baudilia,  sospechando 


ENTRE   EOS  PASTOS 


107 


que  el  airado  mocetón  le  aguardara  en  alguna  revuelta 
del  camino;  pero  el  tiempo  transcurría  y  el  encuentro  no 
se  realizaba.  Todo  se  iba  olvidando,  cuando  al  fin,  un 
domingo,  allá,  cerca  de  los  Laureles,  se  produjo  el  caso. 

La  verdad  es  que  la  torpeza  con  que  procedió  Juan  de 
Dios  en  tal  circunstancia,  sirvió  más  que  nada  para  evi- 
denciar que  no  era  un  malevo  ni  hombre  ducho  en  buscar 
pendencias.  Había  sobre  el  camino  que  llevaba  a  la  es- 
tancia de  los  Laureles,  y  a  unas  dos  leguas  de  ésta,  una 
antigua  pulpería,  regenteada  por  un  vasco  que,  entre  otras 
varias  características,  tenía  la  de  conocer  a  cuanto  bicho 
viviente  habitaba  en  veinte  leguas  a  la  redonda.  A  esta 
pulpería,  tras  mucho  rondar  y  meditar  planes,  fué  a  dar 
un  atardecer  Juan  de  Dios. 

Don  Miguel,  el  vasco,  examinó  al  forastero,  le  sirvió 
la  copa  que  le  pedía,  le  oyó  hablar  un  buen  rato,  y  no 
pudo  acertar  quién  pudiera  ser ;  pero,  como  no  era  hom- 
bre de  quedarse  con  curiosidades,  se  salió  luego  afuera  y 
miró  la  marca  del  cáballo. 

—  Bueno,  ya  saber  yo  de  donde  venir  vos,  —  se  dijo 
para  su  coleto.  —  Marca  de  don  Antúnez. 

Pero,  entonces,  si  el  caballo  era  de  la  Estancia  de  don 
Carmelo,  ¿cómo  era  que  el  paisano  venía  contando  que 
llegaba  de  Treinta  y  Tres?  ¿Y  de  dónde  podía  conocer  al 
capataz  Margarito,  por  quien  venía  preguntando,  si  Mar- 
garito  no  había  salido  nunca  del  pago? 

El  pulpero  se  guardó  para  sí  sus  reflexiones ;  pero,  al 
día  siguiente  observó  que  el  forastero  seguía  de  largo  y 
cortaba  por  un  camino  que  conducía  a  la  portera  vieja. 
Según  los  datos  que  a  Juan  de  Dios  le  diera  un  paisano 
que  estaba  haraganeando  en  la  pulpería,  el  capataz  acos- 
tumbraba a  tomar  aquel  camino,  en  vez  de  seguir  por  el 


io8 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


de  la  Estancia.  El  vasco  se  dijo  entonces  que  el  forastero 
tendría  interés  en  buscar  al  capataz,  puesto  que  pregun- 
taba  por  él;  pero  que,  en  todo  caso,  en  vez  de  ir  a  bus- 
carlo a  los  Laureles,  prefería  hallarlo  por  aquel  camino. 

—  Esto  estar  un  asunto  malo,  —  se  dijo  don  Miguel. 

Y  como  era  un  buen  vecino,  servicial  y  honrado,  mandó 
un  muchacho  para  decirle  al  capataz  que  tenía  que  hablarle 
de  apuro.  El  capataz  le  hizo  contestar  que  el  próximo  do- 
mingo pasaría  por  la  pulpería. 

Cuando  Margarito  llegó  a  lo  de  don  Miguel,  estaban 
allí  reunidos  seis  o  siete  personas,  entre  ellas  un  sargento 
de  policía.  Tomó  aparte  el  buen  vasco  al  capataz  y  le 
puso  al  tanto  de  lo  que  sabía.  Desde  las  primeras  pala- 
bras, Margarito  cayó  en  su  cuenta :  no  podía  ser  otro  que 
Juan  de  Dios  el  que  lo  andaba  buscando. 

—  Ta  güeno,  —  dijo.  —  Le  agradezco  don  Miguel,  la 
alvertencia,  porque  ese  forastero  ha  de  ser  de  cuidao. 
Ya  veremos. 

Y  como  se  aprestara  a  salir,  le  interrogó  el  vasco : 

—  ¿Por  qué  no  avisa  al  sargento? 

—  No,  amigo,  —  repuso  Margarito,  —  yo  no  pido  ayuda 
antes  de  bandiar  el  río.  ¡  Taría  bueno ! 

Salió  despacio,  le  acomodó  la  cincha  a  su  alazán  y  se 
fué  por  el  camino  de  la  portera  vieja. 

Pero  ya  el  vasco,  maliciando  algo  feo  para  el  capataz, 
participó  lo  que  sabía  al  sargento.  Está  bien  que  Mar- 
garito,  como  buen  criollo,  se  callara  la  boca ;  pero,  él, 
era  otra  cosa. 

Juan  de  Dios  estaba,  en  efecto,  en  la  cañadita  del  bajo, 
poco  distante  de  la  portera  vieja.  Había  atado  su  caballo 
a  unos  talas,  y  sentado  en  el  suelo,  fumando,  esperaba  a 
Margarito.  Al  sentir  el  trote  del  alazán,  tiró  el  cigarro  y 


ÍNTR1Í  LOS  PASTOS 


109 


observó  el  camino  por  entre  el  montecillo  de  talas.  En  se- 
guida, al  reconocer  a  su  rival,  sacó  la  daga  y  salió  fran- 
camente al  camino. 

Margarito  sofrenó  su  caballo  y  se  quedó  aguardando. 

—  Apéese,  pues,  —  invitó  Juan  de  Dios.  —  Aquí  po- 
demos arreglar  aquel  asunto. 

—  Va  mal,  amigo,  va  mal,  —  repuso  el  capataz.  —  Cada 
vez  empiora  su  causa  y  quién  sabe  en  lo  que  aura  se  va  a 
meter.  Vayase  y  déjeme  tranquilo. 

—  Déjese  de  palabrerío  y  apéese,  —  insistió  Juan  de 
Dios. 

—  Ya  sabe,  Juan  de  Dios,  que  no  soy  hombre  pa  dis- 
pararle a  naides ;  pero  aquí,  usté  solo  tiene  la  culpa  de  lo 
que  ha  pasao,  y  si  peliamos,  es  usté  entoavía  el  que  tendrá 
más  que  perder. 

—  ¡  Abájese,  canejo !  —  bramó  Juan  de  Dios,  a  quien 
la  prudencia  del  capataz  parecía  enardecer,  —  ¡Abájese 
o  lo  abajo  yo,  como  a  un  sotreta! 

Margarito  comprendió  que,  dada  la  exaltación  del  mozo, 
el  lance  era  ineludible.  Se  tiró,  pues,  al  suelo  y  sacó  su 
cuchillo. 

En  seguida,  agazapado  como  un  tigre,  se  le  vino  encima 
Juan  de  Dios.  Pero,  apenas  se  habían  tirado  cuatro  o 
cinco  tajos,  girando  el  uno  en  torno  del  otro  para  bus- 
carse el  cuerpo,  aparecieron  en  el  camino,  a  todo  galope, 
el  sargento  y  dos  de  los  paisanos  que  se  hallaban  en  la 
pulpería. 

A  la  primera  voz  del  sargento,  el  capataz  de  los  Lau- 
reles entregó  su  arma,  manifestando  que  a  él  se  le  había 
provocado ;  pero,  Juan  de  Dios,  consciente  de  su  culpa, 
procuró  eludir  la  acción  de  la  justicia.  Soltando  un  jura- 
mento de  rabia,  corrió  a  su  caballo  para  desatarlo ;  mas 


110 


VÍCTOR   PÉREZ  PETIT 


éste  había  enredado  el  cabestro  en  los  talas  y  le  hizo 
perder  tiempo.  Cuando  Juan  de  Dios  cortó  la  guasca  de 
un  tajo  y  pretendió  estribar,  ya  tenía  a  su  lado  al  sar- 
gento. 

—  Entriéguese,  —  formuló  éste. 

—  ¡  Tu  madrina !  —  vociferó  Juan  de  Dios,  y  le  tiró 
una  puñalada. 

El  caballo  del  sargento,  ladeado  de  golpe  por  su  ji- 
nete, recibió  en  el  "  encuentro  "  el  tajo  dirigido  a  éste. 
Entonces,  al  encabritarse,  con  sus  remos  delanteros  volteó 
a  Juan  de  Dios. 

Aún  en  el  suelo,  quiso  resistirle  el  mocetón,  y  hasta 
consiguió,  para  empeorar  su  causa,  tajearle  una  mano  al 
milico ;  pero,  entre  éste  y  los  paisanos  lo  redujeron  al 
fin,  desarmándolo. 

Juan  de  Dios  estaba  fuera  de  sí.  Preso  y  agarrotado, 
todavía  clamaba: 

—  Déjenme  peliar  a  esa  basura;  después  yo  mesmo  me 
entriego. 

Tuvo  que  marchar  preso,  maniatado  sobre  su  propio 
caballo,  mordiéndose  los  labios  de  ira,  entre  el  sargento 
y  un  indiecito  voluntario.  Y  así  concluyó  aquel  suceso  que 
daría  pábulo,  por  unos  días,  a  las  conversaciones  del  pai- 
sanaje. Por  lo  demás,  ya  tenía  Juan  de  Dios  cárcel  para 
rato.  Mientras  se  le  instruía  el  sumario  y  se  elevaba  la 
causa  a  la  Capital,  por  pelea  y  desacato  a  la  autoridad, 
con  heridas,  pasarían  meses,  acaso  años.  No  podía  darse 
una  "  chambonada  "  de  mayor  calibre. 

Ese  fué  también  el  fallo  unánime  de  la  peonada  en  la 
Estancia  de  don  Carmelo.  Al  conocer  el  suceso  con  todos 
sus  detalles,  el  mismo  patrón  dijo : 

—  No  lo  creía  tan  zonzo.  ¡  Miren  que  tener  cuestión 


ENTRE  I,OS  PASTOS 


III 


con  uno  y  salir  peliando  con  otro  !  Ese  muchacho  debe  estar 
ido  de  la  cabeza. 

—  Si  nunca  tuvo  cabeza,  pues,  —  argüyó  su  rispida  con- 
sorte ;  —  a  lo  más,  una  calabaza  hueca. 

Y  Baudilia  falló: 

• —  Bien  hecho  si  lo  mandan  a  Montevideo. 

En  el  fondo,  Baudilia  estaba  encantada  con  aquella  so- 
lución. Desde  la  noche  del  baile,  vivía  en  continua  zo- 
zobra, temiendo  un  incidente  entre  Juan  de  Dios  y  Mar- 
garito.  Poco  a  poco,  iba  cobrándole  cariño  a  éste,  que  se 
le  mostraba  siempre  rendido  y  galán ;  y  en  cambio,  su 
rencor  por  Juan  de  Dios,  parecía  acrecerse.  Recordaba, 
con  vergüenza,  que  al  volver  a  la  Estancia,  después  de 
su  estadía  en  casa  de  "  la  tigra  ",  había  sido  ella  la  que 
buscara  la  amistad  del  que  amaba  o  creía  amar;  y  luego, 
al  rememorar  la  noche  del  baile,  consideraba  cuan  mal 
había  correspondido  el  mozo  a  sus  avances,  poniéndole 
en  frente  aquel  pingajo  de  Silvina,  y  haciendo  gala  de  sus 
relaciones  amorosas  con  ella.  Era,  pues,  evidente  que 
siempre  se  había  burlado  de  su  cariño,  y  que  nada  existía 
de  aquel  amor  que  había  sospechado.  La  detención  y  en- 
juiciamiento de  Juan  de  Dios  resultaba  algo  así  como  cosa 
del  cielo. — "  Ya  no  nos  incomodará  más  ",  —  pensaba  la 
muchacha,  toda  entregada  a  su  nuevo  amor. 

Y  así  concluyó  aquel  otro  viejo  amor,  que  hubiera  he- 
cho la  felicidad  de  dos  buenos  muchachos,  que  se  adoraban 
sin  saberlo,  aun  en  los  instantes  en  que  se  hacían  las  bur- 
las más  pesadas,  por  no  haberse  comprendido  sus  almas 
rústicas  y  altivas.  Un  poco  de  orgullo  y  otro  poco  de  ne- 
cedad, se  interpusieron  siempre,  en  los  momentos  pro- 
picios, para  hacer  interpretar  torcidamente  los  actos  y 
palabras  de  los  amantes;  y  los  que,  queriéndose,  creían 


112 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


odiarse,  concluyeron  al  fin  por  reñir,  cuando  más  se  que- 
rían. Una  palabra  reveladora,  una  sencilla  explicación, 
el  hecho  más  fortuito  y  leve,  hubieran  sido  bastantes  para 
deshacer  el  mal  entendido,  abrirles  los  ojos  a  los  dos  ena- 
morados y  unir  sus  corazones  definitivamente.  Pero  no 
quiso  el  destino  que  el  hecho  se  produjera  ni  que  la  palabra 
se  pronunciara.  Ahora,  los  que  habían  nacido  el  uno  para 
el  otro,  se  apartarían  para  siempre  en  la  vida,  ignorantes, 
acaso,  de  que  habían  pasado  al  lado  de  la  felicidad. 


SEGUNDA  PARTE 


8 


I 


El  N.°  275  abrió  los  ojos,  aún  poblados  por  el  espanto 
de  la  reciente  pesadilla,  y  anhelante,  extraviado,  miró,  sin 
reconocerlas,  las  paredes  de  su  celda,  que  la  indecisa  cla- 
ridad del  alba  agrisaban  tristemente.  Estaba  soñando  que 
un  piquete  de  soldados  lo  conducía  al  banquillo  para  fu- 
silarlo, y,  al  despertarse  bruscamente,  vibrante  el  corazón, 
reseca  la  boca,  con  una  angustia  que  aceleraba  sus  movi- 
mientos respiratorios,  quedó  un  instante  sin  conciencia, 
creyendo,  despierto,  que  continuaba  viviendo  la  trágica 
visión  de  su  pesadilla.  Sólo  después  de  algunos  instantes 
se  dió  cuenta  de  que  se  hallaba  en  seguridad  en  su  celda 
y  pudo  lanzar  un  hondo  suspiro  de  liberación. 

Se  restregó  los  ojos,  contempló  el  crucero  de  negros 
barrotes  que  entretejía  la  minúscula  ventana,  diseñados 
en  relieve  sobre  la  lechosa  claridad  del  alba;  volvió  un 
momento  los  ojos  en  derredor  para  advertir  que  aún  era 
noche  en  su  reducida  celda;  bostezó,  recobrando  otra  vez 
su  tranquilidad,  e  iba  a  arrebujarse  nuevamente  bajo  la 
frazada,  cuando  de  súbito  la  idea  que  le  había  tenido  des- 
velado hasta  las  altas  horas  de  la  noche  anterior,  viboreó 
en  su  cerebro,  le  sacudió  como  un  latigazo  y  puso  al  cabo 
en  todo  su  rostro  una  enorme  sonrisa  de  felicidad.  ¡  Sí ! 
Aquél  era  el  día,  su  día,  el  tan  anhelado  día,  —  el  que 
parecía  que  nunca  habría  de  llegar ;  —  el  gran  día  en  que 
cumplía  su  pesada  condena  de  cinco  años  de  reclusión 
en  la  Penitenciaría :  el  bueno,  el  querido  día  en  que  recu- 
peraría la  libertad.  Entonces,  febrilmente,  como  si  fuera 


uó 


VÍCTOR   PÉREZ  FKTIT 


a  faltarle  tiempo,  saltó  de  la  tarima  que  le  servía  de 
cama  y  empezó  de  inmediato  a  vestirse.  Tenía  la  cabeza 
como  vacía  por  el  largo  insomnio ;  y  estaba  también  algo 
atontado  por  aquel  acontecimiento  que  desde  veinte  días 
atrás  era  su  única  preocupación.  Al  tanteo,  buscó  sus  za- 
patones y  se  los  calzó.  Después,  llenó  de  agua  la  palan- 
gana y  se  chapuzó  en  ella.  El  agua  fría  le  entonó  el  es- 
píritu. Se  lavó  largamente,  con  un  placer  que  nunca  había 
experimentado,  sintiendo  que  aquello  le  hacía  bien,  que 
le  disipaba  la  fiebre,  que  le  volvía  a  sus  sentidos.  En  un 
santiamén  concluyó  de  vestirse,  y,  cuando  se  halló  pronto, 
volvió  a  mirar  la  cuadrícula  de  la  ventana,  cada  vez  más 
luminosa,  irguió  el  busto,  estiró  los  brazos,  suspiró  hon- 
damente, y  murmuró  con  una  alegría  incontenida : 

—  Ya'stá.  Es  hoy. 

El  eco  de  su  propia  voz  le  sonó  en  el  pecho  como  una 
aleluya  de  gloria.  Experimentó  la  necesidad  de  repetir 
sus  palabras  en  voz  más  alta: 

—  Ya'stá.  Es  hoy  el  día.  Hoy  te  largan  a  la  calle ;  hoy 
estás  libre.  Te  digo  que  es  hoy.  j  Llegó  el  día !  ¡  llegó !  ¡  te- 
nía que  llegar ! 

Se  reía  solo,  como  un  bienaventurado ;  se  restregaba  las 
manos ;  volvía  a  cada  instante  los  ojos  hacia  aquél  cua- 
drito  de  luz,  por  el  cual  descubría  el  cielo,  el  aire,  la  li- 
bertad. Así,  durante  algún  tiempo,  la  nerviosidad  que 
no  había  tranquilizado  un  sueño  mezquino  y  tardío,  fuese 
descargando  poco  a  poco.  Sosegado  un  tanto,  haciéndose 
cargo  al  fin  de  que  por  más  que  se  precipitara,  no  adelan- 
taría la  hora  en  que  las  autoridades  de  la  cárcel  vendrían 
a  sacarlo  de  su  lóbrega  prisión,  lió  un  cigarrillo,  le  dió 
lumbre  y  se  sentó  sobre  el  lecho. 

La  cárcel  dormía  aún.  Era  un  silencio  grave,  inmóvil, 


ENTRE   LOS  PASTOS 


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frío,  —  un  silencio  de  piedra.  ¡  Qué  impresión  le  había 
hecho  al  275  aquel  silencio  durante  los  primeros  días  de 
su  condena !  Arrancado  bruscamente  a  la  luz  del  sol,  al 
bullicio  de  la  vida,  a  su  libertad  de  hombre  joven,  sano 
y  fuerte ;  y  hundido,  sepultado  entre  aquellas  paredes  es- 
pesas, de  un  tono  gris  aplastante,  el  silencio  había  sido  su 
primera  obsesión,  su  más  pavorosa  pesadilla.  Durante  las 
horas  del  día,  la  prohibición  de  hablar  entre  los  recluidos 
ponía  una  nota  lúgubre  en  el  ambiente ;  pero,  en  fin,  el 
ruido  de  los  pasos,  la  voz  de  los  guardianes,  el  zumbido 
de  los  talleres  en  actividad,  aún  daban  algún  consuelo. 
¡  Pero  de  noche !  De  noche  el  silencio  era  terrible.  La 
mudez  se  petrificaba  sobre  los  muros ;  la  sombra  de  las 
celdas  parecía  más  helada.  Y  aquel  silencio,  aquella  so- 
ledad, aquel  frío,  aquellos  corredores  y  paredes  altísimos 
y  rectilíneos,  embrujados  por  rejas  y  jaulas  de  hierro, 
habían  sido  su  obsesión  durante  cinco  años! 

Perdida  la  mirada  en  el  vacío,  mientras  el  cigarrillo 
se  le  apagaba  entre  los  dedos,  el  275  empezó  a  rememorar 
su  vida  en  la  Penitenciaría.  Le  habían  llevado  a  ella  "  en- 
chiquerado "  en  un  mísero  carrito,  que  resonaba  como  un 
enorme  tambor  sobre  el  empedrado  de  calles  para  él  des- 
conocidas. Iba  condenado  a  cinco  años  por  el  artículo 
326:  es  todo  lo  que  sabía  el  mísero  respecto  de  su  pro- 
ceso. Aquel  artículo  326  se  le  había  quedado  grabado  en 
el  magín  con  clavos  de  fuego.  No  sabía,  ni  nunca  llegó  a 
sospecharlo,  lo  que  decía  el  infame  artículo ;  pero  debía 
ser  algo  terrible,  porque  en  la  vista  pública  de  su  causa, 
varios  de  aquellos  desconocidos  que  lo  juzgaron  no  hacían 
más  que  mencionarlo  y  repetirlo.  Aún  veía  el  cuadro :  ante 
una  mesita  baja,  un  señor  viejo  y  gordo,  leía  un  enorme 
mamotreto,  y  de  cuando  en  cuando  salía  a  luz  el  artículo 


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VÍCTOR  PÉREZ  PETlT 


326.  Cuando  concluyó  el  vejete  de  leer,  un  mozo  rubio, 
bastante  bien  parecido,  al  que  en  seguida  le  cogió  sim- 
patía, empezó  a  hablar;  y  aun  cuando  tampoco  le  cono- 
cía, ni  nada  él  personalmente  le  había  hecho,  se  le  encaró 
y  pareció  enfadársele,  recordándole  el  misterioso  artículo 
326.  A  este  hombre  joven,  le  replicó  otro  señor  que  había 
estado  a  verle  dos  o  tres  veces  en  la  Correccional,  y  que 
según  tenía  entendido  era  su  defensor.  Tampoco  se  en- 
teró de  las  argumentaciones  de  éste,  en  cuyas  manos  es- 
taba no  obstante  su  destino ;  pero,  no  debió  haber  con- 
vencido a  nadie,  porque  todos  aquellos  otros  descono- 
cidos que  surgían  apenas  detrás  de  larguísima  mesa  co- 
locada sobre  una  tarima,  le  condenaron  al  cabo  a  cinco 
años  de  Penitenciaría.  En  medio  de  aquel  aparato  de  la 
justicia  que  el  infeliz  ignoraba  en  absoluto,  se  hallaba 
solo,  desamparado.  Alguien,  entonces,  le  ordenó  que  se 
pusiera  en  pie  y  le  preguntó  si  tenía  que  decir  algo. 

—  No,  señor,  —  contestó,  porque  en  realidad  no  sabía 
lo  que  le  preguntaban. 

Y  así,  sin  que  se  diera  cuenta  de  nada,  le  llevaron  a  su 
celda.  Una  vez  allí,  le  raparon  la  cabeza,  le  quitaron  su 
ropa  y  le  vistieron  la  blusa  del  presidiario. 

—  ¿  Cómo  se  llama  usted  ? 

—  Juan  de  Dios  Pérez. 

—  ¿ Sabe  leer? 

—  No,  señor. 

—  Bueno ;  este  número  que  tiene  aquí  en  la  blusa,  es 
su  número.  Usted  aquí  no  es  Juan  de  Dios ;  es  el  nú- 
mero 275. 

Y  así  le  llamaron  todos,  en  lo  sucesivo.  Era  el  275.  Con 
esto,  quedó  aniquilada  su  personalidad. 

—  Soy  el  275,  —  se  repetía  el  mísero,  a  solas,  en  su 


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celda ;  —  y  estoy  aquí  por  un  artículo  del  Código,  el  326. 

Entre  aquellas  dos  cifras  quedó  lapidado.  Él  no  sabía 
otra  cosa  sino  que  había  herido  en  una  mano  a  un  sar- 
gento de  policía.  Según  le  expresó  una  vez  su  defensor, 
el  tajo  dejó  inutilizada  la  mano  del  representante  de  la 
autoridad.  Pero,  ¿merecía  tal  falta  la  pena  que  se  le  había 
impuesto  ? 

Un  odio  inmenso,  contra  los  causantes  de  su  desdicha, 
contra  los  que  le  habían  juzgado,  contra  los  que  le  te- 
nían recluido  en  la  cárcel,  empezó  a  incubarse  en  su  pe- 
cho. ¡  No !  Nadie  tenía  derecho  a  castigarle  de  ese  modo, 
de  imponerle  tamaña  pena.  ¡  Cinco  años  por  una  miserable 
cuchillada !  Aquello  era  demasiado.  Evidentemente,  de- 
bían haber  mediado  influencias  para  que  se  le  tratara 
con  rigor.  El  capataz  Margarito  era  "  capataz " ;  y  él, 
Juan  de  Dios,  sólo  un  pobre  "peón"  de  Estancia.  ¿Quién 
podía  defenderlo?  ¿Quién  podía  darle  la  razón?  No;  la 
justicia  siempre  favorece  a  los  poderosos ;  a  los  que  tie- 
nen amigos;  a  los  que  gozan  de  influencia.  ¿Qué  va  a 
hacer  la  justicia  en  favor  de  un  pobre  mozo  del  campo, 
que  nadie  conoce  ni  por  quien  nadie  pide?  Ahí  está  por 
qué  le  habían  condenado  a  cinco  años. 

En  su  larga  reclusión,  el  odio  que  latía  en  su  pecho  fué 
acrecentándose.  Aun  cuando  la  regla  del  silencio  se  ob- 
servaba con  gran  cuidado  en  la  prisión,  nunca  faltaban 
instantes  en  que  los  recluidos  pudieran  comunicarse  entre 
sí.  El  N.°  275  oyó  las  quejas  y  protestas  de  otros  compa- 
ñeros levantiscos.  La  prisión  que  se  les"  imponía  era  la 
consecuencia  de  la  iniquidad  social :  los  más  fuertes  se 
imponían  a  los  más  débiles.  ¿  Con  qué  derecho  se  aten- 
taba así  contra  la  libertad  individual  de  los  seres  huma- 
nos? ¿Quiénes  eran  los  jueces,  hombres  al  cabo,  para 


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VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


juzgar  a  otros  hombres?  ¿Quién  hacía  las  leyes?  ¿En 
virtud  de  qué  poder  se  instituían  las  cárceles?  Es  que 
los  más  fuertes,  constituidos  en  pandilla,  se  abrogaban 
esos  derechos,  para  sojuzgar  a  los  débiles  y  desamparados. 
Así  se  les  tenía  allí,  como  bestias,  negándoles  hasta  el 
apellido,  afrentándolos  con  un  número,  obligándolos  a 
observar  las  reglas  severísimas  de  la  cárcel.  A  una  hora 
determinada,  debían  abandonar  el  lecho;  a  otra  hora, 
debían  acostarse  y  extinguir  la  luz.  Comían  un  trozo  in- 
fame de  carne,  y  estaban  obligados  a  trabajar  en  los  ta- 
lleres de  herrería,  de  carpintería,  de  ropa,  de  calzado  o 
en  las  canteras.  Era,  en  fin,  la  fuerza  bruta  imponiéndose 
a  los  más  infelices. 

Después,  en  otros  instantes  y  con  otros  recluidos,  era 
el  contagio  inevitable  de  la  cárcel,  el  ejemplo  vivo  del  de- 
lito, las  lecciones  de  los  ladrones  y  asesinos.  Platicando 
con  estos  otros  presidiarios,  el  N.°  275  fué  aprendiendo 
todo  lo  que  ignoraba.  Tal  desalmado,  que  había  dado 
muerte  a  toda  una  familia,  aparecía  como  un  héroe  de 
leyenda.  Aquel  otro  que  narraba  sus  hazañas  de  ladrón 
reincidente,  se  auroleaba  como  un  "  mozo  diablo ".  El 
zarpazo  de  la  fiera,  resultaba  valentía;  la  huida  furtiva 
del  caco  al  través  de  las  sombras,  era  una  "  viveza  "  Cada 
uno  exageraba  sus  hazañas,  para  convertirse  en  un  su- 
jeto de  leyenda.  Era  la  inversión  de  la  moral. 

Entonces,  en  aquel  ambiente  de  rebeldes,  de  condena- 
dos, de  inmorales,  de  protervos,  el  275  empezó  a  hacerse 
una  segunda  naturaleza.  El  que  había  sido  bueno,  se 
sintió  malo ;  él  que  era  dulce  y  pacífico,  se  convirtió  en 
cruel  y  vengativo.  Odiaba  a  todos  los  hombres  en  general, 
porque  unos  desconocidos,  a  los  que  no  había  hecho 
daño,  le  habían  recluido  allí  sin  piedad.  Y,  en  particular, 


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empezó  a  odiar  al  capataz  Margarito  con  la  implacable 
sed  de  la  venganza. 

—  Algún  día  saldré  de  aquí  —  pensaba  el  275,  —  y  en- 
tonces ajustaremos  cuentas. 

Corrieron,  no  obstante,  los  años.  La  cárcel  empezó  a 
patinar  el  alma  de  aquel  desdichado.  La  fuerza  de  la  dis- 
ciplina quebró  su  fuerza  rebelde.  El  silencio  y  la  soledad 
le  humillaron,  le  rindieron,  le  trocaron  en  un  guiñapo 
humano.  Una  tristeza  invencible  se  cernió  sobre  sus  días, 
y  una  desesperanza  enorme  cuajó  en  medio  de  sus  no- 
ches. Poco  a  poco  fué  perdiendo  las  energías.  El  regla- 
mento, obligándole  a  hacer  uno  y  otro  día  los  mismos 
gestos  y  actos,  le  bestializó.  Su  voluntad  declinaba ;  su 
inteligencia  se  entumecía.  Empezó  por  encontrar  natural 
no  tener  un  nombre ;  después,  ya  no  quiso  ni  oir  a  los 
que,  más  rebeldes,  continuaban  protestando.  Se  hizo  hu- 
raño. Se  hizo  reconcentrado.  Y  a  veces,  de  noche,  en  su 
celda,  sentado  en  la  cama,  vuelto  el  pensamiento  hacia 
su  pago  nativo,  lloraba  largamente,  silenciosamente... 

Un  sentimiento,  único  y  soberano,  reinaba  en  su  es- 
píritu :  tenía  que  vengarse  de  Margarito.  Él  odiado  ca- 
pataz de  los  Laureles  era  el  solo  causante  de  su  desven- 
tura: él,  le  había  robado  la  novia;  él,  le  había  llevado  a 
la  cárcel.  Y  mientras  él,  Margarito,  vivía  allá,  lejos,  libre, 
feliz,  su  víctima,  Juan  de  Dios,  se  pudría  entre  las  som- 
bras y  humedades  de  la  Penitenciaría. 

¡  Margarito  le  había  robado  la  novia !  ¿  Cuántas  veces 
le  asaltó  despiadadamente  este  pensamiento?  A  cada  ins- 
tante, en  cada  minuto  de  los  interminables  días  de  su  re- 
clusión. Porque,  a  fuerza  de  pensar  en  ello,  y  acaso  por 
efecto  de  su  estado  de  espíritu,  el  desdichado  llegó  a  per- 
suadirse que  era  novio  de  Baudilia,  que  ambos  se  habían 


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VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


jurado  fidelidad  eterna,  y  que  el  otro,  el  intruso,  había 
venido  a  trastornar  su  vida  y  a  robarle  el  bien  que  le 
pertenecía.  En  realidad  hubo  de  ser  así,  porque  ambos 
jóvenes,  sin  confesárselo,  se  amaban  profundamente ;  pero, 
por  un  equívoco  sólo  imputable  al  destino,  por  cortedad 
en  él,  Juan  de  Dios,  y  por  orgullo  en  ella,  Baudilia,  no 
se  explicaron  nunca,  no  se  descubrieron  el  secreto  de 
sus  corazones  altivos,  y  un  extraño,  de  buena  fe  y  sin 
dobleces,  vino  a  disfrutar  del  bien  que  ambos  desprecia- 
ron. Esta  era  la  verdad ;  pero  Juan  de  Dios  no  la  alcan- 
zaba, y  el  N.°  275,  embotado  por  la  cárcel,  llegó  a  des- 
naturalizarla. Así  es  como  el  capataz  Margarito  pudo  con- 
vertirse en  sus  pensamientos  en  el  ladrón  de  su  ventura. 

Cuando  el  275  pensaba  en  Baudilia,  —  y  esto  acontecía 
en  todos  los  momentos  de  su  vida  de  presidiario,  —  una 
hondísima  pena  le  abrumaba  el  pecho.  Era  un  dolor  ín- 
timo, sin  tregua,  aplastante.  No  se  reconocía  de  ningún 
modo  culpable  por  no  haberse  explicado  nunca  con  la 
muchacha :  todo  eso  lo  había  olvidado.  Sólo  sabía  que  la 
amaba,  que  la  había  amado  siempre,  que  no  la  olvidaría 
jamás.  Ella  también  lo  quería,  y  no  obstante,  ahora  per- 
tenecía al  otro.  ¿Cómo?  ¿Por  qué?  Porque  el  otro  había 
tenido  más  suerte;  porque  se  la  había  robado.  Pero,  ella 
era  buena,  era  buena  y  dulce  como  una  mañanita  de  sol. 
Su  solo  recuerdo  le  llenaba  el  corazón  de  frescura :  su 
imagen  lejana  inundaba  de  luz  su  cerebro.  Complacién- 
dose en  evocarla,  en  la  soledad  de  su  alma,  rememoraba 
sus  ojos  negros  y  profundos,  su  boca  roja  y  reidora,  sus 
crenchas  como  "  alas  de  cuervo ".  Sus  viejas  disputas, 
sus  malas  partidas,  sus  reyertas  continuas  eran  sólo  tos- 
cas expresiones  del  cariño  que  se  profesaban.  Esto,  que 
no  lo  había  entendido  nunca,  reflexivamente,  lo  compren- 


ENTR£    LOS  PASTOS 


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día  ahora,  bruscamente,  por  intuición.  Y  cuando  la  me- 
moria de  algún  episodio  ingrato  le  asaltaba,  era  para  con- 
dolerse sobre  la  dulce  amada.  —  "  ¡  Qué  bárbaro  que  he 
sido !  "  —  decíase  el  pobre  mozo,  cuando  le  asaltaba  el 
recuerdo  de  aquella  trágica  escena  en  que,  por  la  broma 
de  la  lagartija,  Baudilia  cayó  de  bruces  sobre  el  hogar  en- 
cendido. —  "¡  Qué  buena  era  y  cómo  debe  haber  llo- 
rado ! ",  —  se  repetía,  si  acaso  venía  a  él  la  memoria  del 
voluntario  exilio  de  la  muchacha  allá  por  los  ranchos  de 
la  "  tigra  ".  Y  todos  estos  pensamientos,  todos  estos  gi- 
rones del  pasado,  pasaban  melancólicamente  sobre  su 
alma  como  una  perdida  melodía,  como  un  desvanecido 
perfume.  Sólo  una  idea  fija,  cruel,  brillaba  en  medio  de 
la  noche  que  le  rodeaba :  —  ¡la  había  perdido,  perdido 
para  siempre ! 

Durante  cinco  años,  cinco  años  que  fueron  cinco  eter- 
nidades, el  infeliz  vivió  con  esa  idea  clavada  en  el  co- 
razón. ¡  Había  perdido  a  Baudilia !  ¿  Qué  era  su  condena, 
comparada  con  esa  derrota?  Su  verdadera  condena  era 
la  pérdida  de  su  amor.  Tarde  lo  comprendía;  pero,  al 
comprenderlo,  podía  medir  el  abismo  de  soledad  y  de 
miseria  en  que  había  caído. 

Entonces,  mientras  la  noche  se  espesaba  en  su  redu- 
cida celda  y  por  el  minúsculo  cuadrado  de  la  ventanilla 
el  azul  del  cielo  se  tornaba  negro  y  unas  pocas  estrellas 
temblaban  como  alfileres  de  luz,  el  275  se  abatía,  como 
una  res  herida,  sobre  la  dura  tarima  que  le  servía  de 
lecho,  y  empezaba  a  sollozar,  muy  quedo  al  principio,  con 
más  dolor  luego,  hasta  que  su  plañido  ronco,  interminable, 
aululaba  contra  paredes  enemigas  y  sordas.  Y  el  día  lle- 
gaba para  sorprender,  sobre  el  lecho,  unas  angulosas  es- 
paldas que  se  agitaban,  convulsivas,  bajo  el  imperio  de  los 
sollozos. . . 


II 


Salió  de  la  cárcel,  entumecido,  como  "  boleado  ca- 
minando torpe,  lo  mismo  que  le  acontecía  cuando  se 
apeaba  del  caballo  después  de  un  día  entero  de  marcha 
conduciendo  tropa  de  vacunos.  El  sol  y  el  aire  castigaron 
vigorosamente  su  rostro  terroso  y  flaco.  El  ruido  de  sus 
pasos  sobre  las  losas  de  la  vereda,  le  sonaba  en  el  oído 
con  un  redoble  seco,  extraño,  casi  desconocido.  Al  llegar 
a  la  esquina  de  la  calle,  se  detuvo,  se  volvió  para  contem- 
plar el  pétreo  y  almenado  edificio  de  la  Penitenciaría, 
donde  transcurrieran  cinco  años  de  su  vida.  El  impo- 
nente aspecto  de  la  fortaleza,  la  nota  riente  de  los  jar- 
dines que  lo  circundan  y  el  marco  soberbio  de  luz  y  li- 
bertad que  le  forman  allá,  atrás,  el  mar  y  el  cielo,  no  le 
conmovieron:  en  su  espíritu  no  había  entonces  más  que 
una  impresión :  allí,  tras  de  aquellos  muros  blancos,  que 
reían  al  sol  con  todos  los  dientes  de  sus  pretiles,  había 
sufrido  durante  cinco  años  eternos.  Una  llama  de  odio 
encendió  su  retina ;  en  sus  labios  crugió  sordamente  un 
"  ¡  maldito  sea !  ".  Después,  como  si  aquello  le  hubiera 
desahogado,  respiró  fuertemente,  miró  alrededor,  colocó 
bajo  el  brazo  izquierdo  el  mísero  paquete  de  sus  "  pil- 
chas ",  y  emprendió  otra  vez  la  marcha. 

¿  Dónde  iba  ?  Volvía  a  sus  "  pagos  ".  Era  su  único  deseo, 
de  tiempo  atrás,  desde  que  empezó  a  considerar  el  suceso 
enorme  de  su  liberación.  No  sabía  por  dónde  iba ;  no  cono- 


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I¿5 


cía  el  rumbo;  durante  dos  días  aún,  perdido  en  la  gran 
ciudad,  a  la  espera  del  tren  que  debía  salir  para  Nico  - 
Pérez,  andaría  a  tropezones,  como  vacío ;  —  pero  volvía  a 
sus  "pagos".  Nada  le  interesó  de  cuanto  desfilaba  bajo 
sus  ojos :  todo  le  era  extraño  y  enemigo  al  par :  los  enor- 
mes edificios,  las  larguísimas  calles,  el  tráfico  arrollador 
y  turbulento,  el  murmullo  de  colmena  jigante  de  Monte- 
video. A  cualquier  otro  paisano,  venido  por  primera  vez 
a  la  Capital,  semejante  espectáculo  podía  resultar  mara- 
villoso y  alucinante.  A  él  no :  tenía  demasiada  amargura 
en  el  alma.  No  obstante  el  goce  íntimo  que  experimentaba 
por  el  hecho  de  haber  recobrado  su  libertad,  no  podía 
deshacerse  de  aquella  montaña  de  dolor  que  le  habían 
echado  sobre  los  hombros  los  cinco  años  de  reclusión.  La 
misma  grandiosa  Capital,  con  sus  calles  tiradas  a  cordel, 
con  sus  altos  edificios,  antojábasele  una  nueva  Peniten- 
ciaría. Necesitaba  ver  campo,  mucho  campo ;  volver,  en 
suma,  a  sus  "  pagos  ". 

Sentado,  al  fin,  en  un  coche  de  2.a,  ya  en  viaje  para  su 
terruño,  experimentó  la  primer  alegría.  —  "  Ahora  sí,  — 
parecía  decirse  a  sí  mismo,  —  ahora  estoy  libre ;  ahora 
vuelvo  allá  ".  —  Y  mirando  por  el  cristal  de  la  ventanilla 
los  campos  que  huían  hacia  atrás,  al  paso  del  convoy, 
su  pecho  se  dilataba,  sus  ojos  empezaban  a  sonreír.  Cien 
mil  recuerdos,  de  otros  tiempos  más  felices,  empezaron 
a  revivir  con  el  paisaje  que  contemplaba  arrobado.  "  Lin- 
dos y  gordos  ",  —  exclamó  una  vez,  contemplando  unos 
novillos  que  pacían  solemnemente  sobre  el  suave  declive 
de  una  cuchilla.  Su  mirada  experta,  iba  descubriendo  los 
"  bichos "  amigos :  aquí  un  hornero,  allá  una  ratonera, 
acullá  una  calandria.  Un  chico  que  taloneaba  furiosamente 
a  un  esquelético  malacara,  con  la  loca  pretensión  de  "  co- 


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VÍCTO*  PÉREZ  PETIT 


rrerla  "  con  el  tren,  le  rememoró  a  Faustino,  y  entonces, 
ingenuamente,  sintiéndose  muchacho,  saludó  con  la  mano 
al  pergenio :  "  ¡  adiós,  sabandija ! ".  Las  tonalidades  del 
campo,  le  hacían  fallar :  "  demasiáo  cardo  y  flechilla  "  — 
o  bien,  "  bien  pastao,  aijuna,  como  pa  invernada  ".  - — 
Después,  de  repente,  ante  una  nota  juguetona  de  color 
amarillo  que  festoneaba  el  reborde  de  una  zanja,  se  vol- 
vió exclamando  :  —  "  Mira,  los  macachines  !  ". 

El  tren  corría  pesadamente,  con  su  rítmico  traqueteo 
sobre  los  rieles,  envuelto  en  una  columna  de  humo.  Cada 
vez  más  lejanas,  las  estaciones  daban  un  respiro  a  la  má- 
quina, que  se  detenía  sudando  vapor,  silbante  el  pecho 
de  hierro,  irradiando  alrededor  un  calor  de  horno;  y 
entonces  algunos  pasajeros  aprovechaban  la  ocasión  para 
descender  al  andén  y  estirar  un  poco,  caminando,  las 
piernas  entumecidas.  Juan  de  Dios  también  dejó  su 
asiento,  pues  lo  interminable  del  viaje  empezaba  a  fati- 
garle, y  se  permitió  un  paseíto  sobre  el  balastro  crugiente, 
no  apartándose  mucho  del  coche,  de  miedo  que  el  tren 
fuera  a  marcharse.  Se  distrajo  viendo  a  unos  peones  des- 
cender encomiendas ;  miró  de  reojo  al  milico  que  paseaba 
cachazudamente  cerca  de  aquéllos ;  observó  a  dos  o  tres 
paisanos  harapientos  y  sucios  de  barro  que  hablaban  con 
el  jefe  de  la  estación,  y  por  fin  fué  a  plantarse  frente 
a  una  especie  de  jaula,  hecha  con  listones  de  madera, 
donde  se  inmovilizaban,  transidos,  gallinas  y  pollos.  El 
son  de  la  campana  le  arrancó  de  su  contemplación  y  le 
hizo  precipitarse  hacia  su  coche.  Ya  en  su  asiento,  y  a 
punto  que  arrancaba  el  convoy,  el  mismo  ritornello  cantó 
en  su  cerebro :  —  "  Vamo  p'al  pago ;  otro  tironcito  ". 

Corría  otra  vez  el  tren  con  su  monótono  machacar  de 
hierros,  destrenzando  su  melena  de  humo  sobre  la  gra- 


ENTRE    LOS  PASTOS 


127 


milla  y  los  cardos  que  tapizaban  los  campos.  La  fatiga  del 
viaje  había  apagado  todas  las  conversaciones  en  el  coche. 
El  mismo  Juan  de  Dios,  no  obstante  su  ansia  de  llegar, 
había  concluido  por  adormecerse  en  su  rincón.  El  tra- 
queteo de  los  coches,  sus  vaivenes  acompasados,  se  con- 
fundían ya  en  el  ánimo  como  un  arrullo  de  cuna.  Y  asi 
transcurrió  el  tiempo,  aburrido,  fatigador. 

De  pronto,  claqueó  una  portezuela  y  la  voz  del  revi- 
sador  sacudió  el  general  marasmo : 

—  Los  boletos. 

Hubo  como  un  brusco  despertar.  La  máquina  misma 
parecía  acelerar  su  marcha.  Los  campos  grises,  sucios,  en- 
charcados, huían  en  un  remolino,  mientras  el  humo  de  la 
locomotora  se  enredaba  en  una  larga  hilera  de  escuetos 
álamos.  Crugió  un  puente. 

—  ¿  Estamos  ya  ?  —  preguntó  alguien. 

—  Así  parece,  —  le  contestó  un  compañero. 

En  el  vagón,  todos  buscaban  sus  bártulos.  Algunos  pa- 
sajeros adelantaban  su  salida  dirigiéndose  hacia  la  por- 
tezuela. Juan  de  Dios  trataba  de  reconocer  el  paisaje.  Y 
aún  estaba  por  reconocerlo,  cuando  la  locomotora,  fre- 
nando sus  ruedas,  se  detuvo  bufando  frente  a  la  es- 
tación. 

—  Ya  estamos.  ¡  Al  fin  ! 
— Ea,  abajo. 

—  La  canasta,  ché,  no  olvides  la  canasta. 

—  Marche,  amigo,  no  se  duerma. 

—  No  hay  que  apurarse,  de  aquí  no  pasa  el  tren. 

Era  un  coro  de  voces,  que  se  acrecía  en  la  estación 
con  los  gritos  de  los  cocheros,  el  ruido  de  las  cajas  que 
se  descargaban  y  el  resuello  silbante  de  la  máquina  fa- 
tigada. Juan  de  Dios  saltó  del  estribo,  miró  en  derredor, 


128 


VÍCTOR   PÉREZ  PETIT 


y  entonces,  aspirando  el  olor  de  la  tierra,  sintió  como  una 
ternura  de  niño  y  un  nombre  le  subió  a  los  labios : 
—  Baudilia .  .  . 

Y  fué  como  si  besara  el  aire  nativo,  de  su  "  pago " 
grande,  que  empezaba  a  encontrar  por  fin,  después  de 
tan  larga  ausencia. 


III 


En  la  casa  del  comandante  Ciríaco  Cruz,  un  viejo 
amigo  de  los  Antúnez,  Juan  de  Dios  recogió  las  primeras 
noticias  de  Baudilia.  Allí  había  encontrado  el  mozo  la 
ayuda  y  protección  del  temible  caudillo  nacionalista,  que 
le  conocía  desde  chico  y  le  apreciaba  aún  más,  después 
de  su  "  desgracia  ". 

Baudilia  se  había  casado  con  Margarito  pocos  meses 
después  de  haber  sido  conducido  preso  Juan  de  Dios  a 
Montevideo.  El  acontecimiento  se  festejó  largamente  en 
la  Estancia  de  don  Carmelo  Antúnez,  y  después  del  ca- 
sorio, los  nuevos  esposos  se  habían  ido  a  vivir  al  campo 
poblado  por  Margarito  en  Carpintería. 

—  Es  un  güen  hombre  el  tal  Margarito,  no  hay  que 
decir,  —  comentaba  el  comandante  Ciríaco  Cruz ;  —  hon- 
rao,  trabajador,  güen  gancho;  pero,  es  un  "  salvaje  "..  . 

Así  designaba  él  a  los  que  militaban  en  las  filas  del 
partido  adverso  al  suyo.  Un  "  colorado "  podía  ser  un 
buen  hombre ;  él  mismo,  tenía  muchos  amigos  "  colora- 
dos " ;  pero,  llegada  la  guerra,  no  había  más  que  "  blan- 
cos "  y  "  salvajes ".  Y  entonces  él,  que  era  un  hombre 
noblote  y  bueno,  empuñaba  su  lanza  y  salía  a  pelear  a  los 
"  salvajes     aunque  en  la  paz  hubieran  sido  sus  amigos. 

—  Güeno,  como  te  decía,  el  tal  Margarito  se  llevó  su 
mujer  a  Carpintería.  Allí  se  estuvo  el  hombre  cuatro  años, 
trabajando  juerte.  Parece  que  le  jué  bien.  Juntó  platita. 
Su  mujer  tuvo  dos  hijos,  un  casal.  Pero,  a  prencipios  de 
este  año,  murió  mi  compadre  Antúnez  y  a  la  viuda,  ese 


9 


130 


VÍCTOR  PÉREZ  PIÍTIT 


marimacho  de  misia  Ramona,  ya  conoces,  se  le  puso  en 
la  cabeza  hacer  capataz  de  su  Estancia  a  Margarito,  pa 
que  Bandilia  juera  a  vivir  con  ella.  En  el  fondo,  tenía 
razón  la  vieja :  a  sus  años,  debe  ser  fiero  pa  una  mu- 
jer sola,  por  más  alarife  que  sea,  manejar  ese  negocio 
de  la  Estancia.  Escribió  a  los  otros,  porfió,  cinchó  y  a  lo 
último  se  salió  con  la  suya.  Allá  se  llevó  pa  casa  al  ma- 
trimonio y  los  cachorros.  Todo  marchaba  perfetamente  ; 
pero  vea  si  no  es  cosa  de  mandinga :  al  mes  de  estar  en 
la  Estancia,  se  le  enferma  un  hijo  a  Baudilia,  el  mayor, 
un  machito  lindo,  che.  Dicen  que  de  diteria.  Y  se  mu- 
rió, no  más,  el  pobrecito ;  en  un  par  de  días.  ¡  Qué  cosa ! 
Y  no  paró  ai  la  disgracia.  A  los  pocos  días,  ¡  zás !  cai 
enferma  la  mujercita,  y,  lo  mesmo  que  el  hermano.  .  . 
Vea  si  es  triste.  Daba  pena  ver  a  Baudilia.  .  . 

Juan  de  Dios  le  oía  en  silencio,  reconcentrado,  sin  de- 
jar traslucir  sus  impresiones.  Pero,  las  palabras  del  co- 
mandante le  entraban  en  el  corazón  como  otras  tantas 
dagas :  odiaba  a  Margarito  por  haberle  robado  el  cariño 
de  Baudilia,  por  los  hijos  que  había  tenido  de  ésta,  por  su 
felicidad,  porque  todo  le  iba  bien  en  la  vida.  Mas  al  oir 
el  relato  del  fallecimiento  de  los  dos  hijitos  de  su  ex  no- 
via, un  extraño  sentimiento  le  embargó  el  ánimo.  Eran 
"  cachorros  "  del  odiado  capataz,  sí ;  pero  también  eran 
hijos  de  Baudilia ;  y  él  se  representaba  el  dolor  de  la 
infeliz  al  perder,  así,  en  pocos  días,  a  sus  dos  hijitos. 

—  Pobre  Baudilia,  —  dijo  muy  bajo,  clavando  sus 
ojos  en  el  suelo. 

—  Ahora,  —  prosiguió  el  comandante  Cruz  —  la  pobre 
se  ha  puesto  de  máistra. 

—  ¿Cómo,  de  máistra?  —  interrogó  sorprendido  Juan 
de  Dios. 


ENTRE  I.OS  PASTOS 


—  Sí,  allá  por  Carpintería,  donde  pobló  el  marido. 
Cuando  perdió  sus  hijos,  no  quiso  quedarse  más  en  lo 
de  Antúnez,  y  disparó.  Se  metió  en  su  casa  y  puso  es- 
cuela. Dicen  que  le  ha  dao  por  ai,  por  cuidar  chiquitines, 
enseñarlos  a  escrebir  y  coser,  ¡  qué  se  yo !  pa  consolarse 
de  la  muerte  de  sus  botijas.  ¡Qué  cosa! 

—  ¡  De  máistra !  Vea,  vea...  —  repetía  por  lo  bajo 
Juan  de  Dios. 

Y  en  su  conciencia  se  iba  haciendo  la  convicción  de  que 
toda  aquella  historia  debía  ser  un  castigo  del  cielo. 

En  los  días  subsiguientes,  el  mozo  empezó  a  ajetrearse 
la  cabeza  imaginando  el  medio  de  que  se  valdría  para  ver 
a  Baudilia.  Esbozó  mil  planes ;  mas  todos,  al  cabo,  re- 
sultaban absurdos  o  disparatados.  El  no  podía  ir  direc- 
tamente a  Carpintería  porque  eso  significaba  un  encuen- 
tro con  Margarita ;  y  un  encuentro  con  el  capataz  era  la 
pelea  inevitable,  y  después,  ¡  vaya  usted  a  saber !  ¡  No !  Él 
tenía  que  ver  a  Baudilia,  siquiera  una  vez;  hablarla;  de- 
cirla todo  lo  que  había  penado  por  su  culpa,  y  oir  lo  que 
ella  decía,  lo  que  le  contestaba.  Para  el  encuentro  con 
Margarita,  ya  buscaría  ocasión,  más  tarde,  y  con  más 
arte  y  cuidado  que  la  primera  vez.  No  era  el  caso  que, 
si  le  mataba  en  la  pelea,  fueran  a  prenderlo  otra  vez  y  a 
encerrarlo  en  la  Penitenciaría.  Ya  conocía  aquello.  Tenía 
que  matar  a  su  odiado  rival,  en  buena  ley,  frente  a 
frente;  pero,  eso  sí,  asegurándose  la  retirada,  de  modo 
de  poder  huir  al  Brasil.  Entre  tanto,  lo  esencial  era  hallar 
el  modo  de  entrevistarse  con  Baudilia ;  y  eso  era  lo  difí- 
cil, dado  que  ella  no  salía  de  su  casa,  toda  entregada  a  su 
escuela,  —  según  los  díceres  de  la  gente. 

En  tales  circunstancias,  una  nueva  de  bulto  empezó  a 
correr  a  la  sordina.  Hallándose  Juan  de  Dios  en  una  pul- 


132 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


pería  del  pueblo,  fué  de  pronto  interpelado  por  el  patrón : 

—  ¿Y  qué  tal,  amigo,  cuándo  agarra  la  chuza? 

—  ¿La  chuza ?  ¿  pa  qué ? 

—  ¿Cómo?  ¿ya  no  es  "blanco",  como  enantes? 

—  Y  dejuro  que  soy  "blanco",  —  replicó  Juan  de 
Dios;  —  pero,  ¿qué  tiene  que  ver?... 

—  Es  que  como  dicen  por  ai  que  hay  rigolución. . . 
Cuando  Juan  de  Dios  repitió  al  comandante  Cruz  el 

diálogo,  éste  se  limitó  a  replicar : 

—  ¿Y  qué  le  vamo  a  hacer ?  Si  hay  que  marchar,  mar- 
charemos. Yo  por  mí,  no  sé  nadita. 

Pero,  algo  debía  saber  el  ladino  comandante,  porque 
celebraba  conferencias,  mandaba  y  recibía  chasques,  an- 
daba, en  fin,  muy  metido  con  su  gente. 

En  el  pueblo,  la  noticia  de  un  próximo  alzamiento  del 
partido  nacional  contra  el  gobierno,  empezó  a  generali- 
zarse. Cada  día  amanecía  con  una  novedad,  que  se  co- 
mentaba interminablemente.  Las  noticias  que  llegaban  de 
la  Capital  tampoco  eran  tranquilizadoras :  había  movi- 
miento de  tropas  en  diversos  departamentos.  Por  su  lado, 
los  "  nacionalistas  "  empezaban  a  emigrar.  No  se  sabía 
dónde  iban;  pero,  un  buen  día  ya  no  se  les  encontraba 
en  sus  casas. 

—  Juan  de  Dios,  —  dijo  un  día  el  comandante  al  mozo, 
—  tenés  que  hacerme  un  gran  favor. 

—  Lo  que  usté  mande,  mi  comandante. 

—  Tenés  que  rumbiar  pa  el  Aceguá,  con  un  papelito. 

—  Cuando  guste. 

—  Y  te  dejarás  estar  allá,  hasta  que  yo  llegue.  ¿Com- 
prendes ? 

—  ¡  Ah,  güeno !  ¿  Entonces  es  de  adeveras  la  cosa  ? 

—  Yo  no  sé;  hay  que  ver  primero. . . 


entre:  los  pastos 


133 


No  obstante  el  disimulo  de  su  jefe  y  protector,  Juan 
de  Dios  adivinó  que  lo  de  la  revolución  era  cosa  hecha. 
¿Qué  más  podía  significar  aquel  viajecito  al  Brasil  del 
entusiasta  caudillo? 

Entonces,  con  un  regocijo  íntimo,  empezó  a  decirse 
Juan  de  Dios  que  si  estallaba  la  revolución,  en  cualquier 
incidencia  iba  a  resultar  posible  una  entrevista  con  Bau- 
dilia.  En  esos  dolorosos  sacudimientos  políticos,  que  han 
enrojecido  frecuentemente  las  páginas  de  la  historia  na- 
cional, todas  las  reglas  y  convenciones  quedan  trastorna- 
das y  no  es  de  extrañar  también  que  los  hombres,  arras- 
trados en  ese  turbión  de  demencia,  den  suelta  a  todas  sus 
pasiones  para  satisfacer  menguados  intereses.  La  propie- 
dad conviértese  en  un  mito  y  la  misma  vida  humana  no 
responde  sino  al  juego  de  los  caprichos  y  rencores.  Si  en 
la  Capital  y  en  los  grandes  centros  urbanos  la  libertad 
individual  padece  y  los  negocios  económicos  sufren  men- 
gua, imagínese  lo  que  acontecerá  en  la  campaña,  desam- 
parada por  el  principio  de  autoridad  y  entregada  al  ca- 
pricho y  veleidades  del  atentado  y  de  la  fuerza.  Cruzan, 
un  día,  las  fuerzas  del  gobierno,  y  es  como  una  devasta- 
ción de  los  campos ;  y  cruzan,  otro,  las  fuerzas  de  los 
revolucionarios,  y  es  otro  derrumbe  de  la  riqueza  nacio- 
nal. Se  cortan  alambrados,  se  talan  árboles,  se  carnean 
reses,  se  arrebatan  caballadas,  se  deja  el  luto  y  la  deses- 
peración, la  miseria  y  el  hambre  en  todos  los  hogares. 
La  familia  queda  deshecha,  todos  los  hombres  válidos 
han  sido  arrancados  a  las  fecundas  labores  del  trabajo 
para  equiparlos  en  uno  u  otro  bando;  y  allá  se  quedan 
las  pobres  mujeres,  con  los  niños  y  los  viejos  solamente, 
sin  saber  dónde  se  encuentra  el  esposo,  el  hermano,  el 
hijo  que  eran  su  amparo  y  su  alegría.  Y  tras  del  paso  de 


134 


VÍCTOR  PÉREZ  PKTIT 


los  arrasadores  ejércitos,  el  asalto  de  los  gavilanes,  el 
malón  salvaje  de  los  matreros.  Todos  los  desalmados,  to- 
dos los  foragidos,  que  escaparon  a  las  levas  del  gobierno 
o  al  reclutamiento  de  los  rebeldes,  así  que  desaparece  la 
garantía  del  derecho,  abandonan  sus  cuevas  del  monte 
hirsuto,  y  en  ronda  de  ladrones  y  asesinos,  se  abaten 
sobre  las  míseras  viviendas  perdidas  en  la  soledad  del 
campo  para  saquear  las  gentes  indefensas,  afrentar  las 
pobres  mujeres  y  dejar  como  único  rastro  de  su  paso 
las  llamas  de  un  incendio  sobre  la  negrura  de  una  noche. 
¿Qué  hazaña  o  qué  enormidad  no  es  factible  entre  las 
convulsiones  frenéticas  de  una  enconada  guerra  civil? 


IV 


Era  una  tarde  del  mes  de  Febrero,  sofocante.  Ni  un 
soplo  de  aire  oreaba  el  ambiente.  En  toda  la  extensión, 
sobre  los  campos,  reverberaba  la  luz  como  un  espejismo. 
La  chicharra  no  interrumpía  su  chirrido  adormecedor. 

En  la  sata  del  rancho  grande,  Baudilia  enseñaba  "  la 
cartilla  "  a  sus  voluntarios  escolares.  Con  una  paciencia 
que  nadie  hubiera  sospechado  en  la  nerviosa  Calandria 
de  la  Estancia  de  Antúnez  y  con  una  bondad  que  esa  sí 
era  ingénita  en  ella,  acariciaba  a  los  más  huraños,  alen- 
taba a  los  estudiosos,  para  todos  tenía  la  palabra  buena 
que  es  consejo  y  enseñanza.  Desempeñaba  el  ministerio 
que  a  sí  misma  se  había  impuesto  con  una  sencillez  tan 
natural  que  no  parecía  sino  que  ese  había  sido  el  ejercicio 
de  toda  su  vida.  Sus  tiernos  alumnos  la  querían  más  que  a 
sus  propios  progenitores.  Ni  el  calor  ni  el  mal  tiempo 
dejaban  desierta  su  clase :  en  todos,  más  que  un  deber, 
era  un  regocijo  concurrir  día  a  día  a  ella;  y  era  que  allí 
encontraban,  los  más  de  ellos,  el  calor  y  el  cariño  que  no 
tenían  en  los  paupérrimos  ranchos  de  sus  padres.  Por 
eso,  era  raro  el  día  en  que  no  apareciera  alguno  de  los 
pergenios  con  un  ramito  de  flores  o  algún  nido  con  hue- 
vos de  pájaro  para  la  "  máistra  ".  Con  aquellos  ingenuo:; 
regalos  le  pagaban,  a  su  modo,  la  suave  caricia  con  que 
los  despedía  todas  las  tardes. 

Baudilia  no  era  ya  ni  la  sombra  de  la  Calandria.  Ha- 
bía enflaquecido  tanto  que  en  su  rostro  parecían  más 
grandes  sus  bellos  ojos  negros.  Una  palidez  mate  substi- 


136 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


tuía  a  aquel  tono  caliente  de  su  piel,  que  había  hecho  de 
ella  una  agraciada  morocha.  La  sonrisa,  que  antes  era 
como  un  resplandor  en  su  boca  de  carmín  violento,  tenía 
ahora  una  gravedad  y  desgano  que  revelaba  la  amargura 
de  su  alma.  Toda  vestida  de  negro,  muy  sencilla,  parecía 
una  estatua  viviente  del  dolor. 

La  pérdida  repentina  e  inesperada  de  sus  dos  hijitos, 
la  había  asaltado  en  medio  de  un  ensueño  de  dicha  que 
parecía  no  debiera  concluir.  Era  feliz  con  Margarita; 
todo  lo  feliz  que  había  imaginado  serlo  cuando  le  entregó 
su  corazón  y  su  alma.  El,  prendado  de  su  mujercita,  le 
hacía  todos  los  gustos,  se  adelantaba  a  todos  sus  capri- 
chos. Además,  como  a  fuerza  de  trabajo  e  inteligencia 
iba  haciendo  prosperar  su  patrimonio,  podía  rodearla  de 
muchas  comodidades.  Así,  el  nuevo  hogar,  pareció  auro- 
learse  de  luz  y  de  alegría.  Y  la  felicidad  de  ambos  fué 
colmada,  cuando  los  dos  pequeños  infantes  empezaron  a 
llenar  la  casa  con  sus  risas  y  gritos.  Baudilia  vivía  como 
en  un  enajenamiento. 

Y  fué  en  medio  de  ese  enajenamiento  que  el  dolor  la 
despertó  brutalmente,  asentándole  su  garra.  Como  si  el 
retorno  a  la  Estancia  de  don  Carmelo,  a  donde  la  viuda 
doña  Ramona  llamara  a  Margarita  para  hacerlo  capataz, 
hubiera  roto  el  talismán  de  su  dicha,  bruscamente  cam- 
bió el  norte  de  su  vida.  La  muerte  flageló  su  corazón  de 
madre,  ta  sacudió  implacablemente,  la  truncó.  Su  vida 
quedó  deshecha.  Ya  nada  ni  nadie  lograría  devolverla  a 
la  ventura.  En  su  espíritu  dejó  tal  huella  el  espanto  que 
ni  la  ternura  piadosa  de  su  marido  ni  el  blando  consuelo 
de  su  clase  lograban  devolverle  un  lampo  de  la  vida  que 
había  vivido. 

Ahora,  su  espalda  abatida,  sus  ojos  apagados,  su  delga- 


ENTRE   LOS  PASTOS 


137 


dez,  su  silencio,  su  humildad,  proclamaban  su  indestruc- 
tible dolor.  Era  todavía  joven  y  no  lo  parecía:  es  este 
el  estigma  peculiar  del  sufrimiento.  Hacendosa,  velaba 
por  todos  los  menesteres  de  casa;  pero  era  como  un  ave 
que  cuida  de  su  nido  y  que  ha  perdido  el  canto.  Buena  y 
piadosa,  consagraba  toda  su  piedad  y  toda  su  ternura  a 
sus  escolares ;  pero  su  sonrisa  era  siempre  triste  y  a  su 
gesto  de  bienvenida  faltaba  la  armonía  que  da  la  dicha  a 
las  madres.  Viéndola  andar  se  adivinaba  que  su  cuerpo 
iba  solo,  que  estaba  como  hueco ;  sin  la  lumbre  y  el  canto 
que  alientan  en  el  corazón  de  la  mujer. 

Aquella  tarde,  como  siempre,  cuidaba  de  sus  discí- 
pulos, repitiendo  la  lección  al  que  no  la  sabía,  dando  ex- 
plicaciones de  costura  a  una  pequeñuela  frangollona,  diri- 
miendo con  buenas  palabras  una  reyerta  entre  dos  com- 
pañeros, aprobando  con  grandes  elogios  una  plana  de 
palotes  tiznados.  Y  en  eso  estaba,  cuando  el  sordo  re- 
doble de  los  cascos  de  un  caballo  despertó  su  atención. 
Sorprendida,  volvió  la  cabeza  hacia  la  puerta. 

—  Es  don  Matías,  —  clamaron  tres  o  cuatro  chicos, 
los  más  inquietos  y  vivarachos,  que  en  tropel  se  habían 
precipitado  hacia  la  puerta  para  ver  al  que  llegaba. 

— ¿El  comisario?  ¿qué  quedrá?,  —  se  preguntó  Bau- 
dilia. 

Y  salió  afuera. 

—  Buenas  tardes,  —  dijo  entonces  el  jinete,  tocándose 
el  ala  del  sombrero ;  —  ¡  qué  solcito  pá  una  galopiada !,  ¿no 
es  cierto? 

—  La  verdad,  —  contestó  Baudilia  y  guardó  silencio, 
no  sabiendo  que  agregar. 

—  ¿No  está  Margarjto?  Tendría  que  hablarle. 

—  Mire,  qué  cosa ;  salió  enseguidita  de  almorzar :  me 


138 


VÍCTOR   PÉREZ  PKTIT 


dijo  que  tenía  que  ver  al  vasco,  ya  sabe,  el  vecino  de  ai 
al  láo. 

—  Ah,  bueno ;  entonces  ya  sé  donde  agarrarlo. 

—  I  No  quiere  descansar  ? 

—  Gracias,  ando  de  apuro.  Con  que,  adiosito,  no  ? 
■ — Diga,  don  Matías,  ¿sucede  algo? 

—  No,  nada  de  particular.  Buenas  tardes. 

Y  partió  al  galope.  Baudilia  quedó  un  instante  pensa- 
tiva, viéndole  alejarse  cortando  camino  hacia  el  rancho 
del  vasco.  Aquella  inesperada  visita,  después  de  todos  los 
rumores  que  hasta  aquellas  soledades  llegaban  de  una 
próxima  revuelta,  la  dejaron  intranquila.  ¿No  eran  su- 
ficientes los  dolores  que  había  padecido?  ¿Tendría,  acaso, 
que  soportar  ahora  un  nuevo  dolor  por  culpa  de  la  mal- 
dita guerra? 

Más  de  una  noche  se  había  desvelado  imaginando  lo 
que  sería  de  ellos  si  se  producía  la  revuelta  que  se  anun- 
ciaba. Margarito  era  "  colorado  "  y  todos,  o  casi  todos,  en 
aquel  departamento,  eran  "  blancos  ".  Por  fuerza  tenían 
que  quedar  aislados  y  esto  sólo  suponía  ya  un  gran  peli- 
gro. Y  si,  por  otro  lado,  le  llevaban  a  su  esposo  para  ser- 
vir de  grado  o  por  fuerza  en  uno  u  otro  bando,  ¿en  qué 
condiciones  quedaría  ella,  allí,  en  medio  del  campo,  en 
semejantes  soledades? 

Ya  por  aquellos  días,  los  últimos  del  mes  de  Febrero, 
se  habían  producido  en  los  alrededores  sucesos  de  una 
importancia  muy  significativa.  Casi  toda  la  gente  moza 
había  huido,  guareciéndose  en  los  montes ;  otros,  los  más 
"  remolones  ",  fueron  cogidos  por  la  "  leva  ".  Las  caba- 
lladas habían  sido  recogidas  antes,  hacia  el  Brasil,  no  se 
sabía  cómo,  de  un  modo  rápido  y  misterioso.  Por  último, 
los  representantes  de  la  autoridad  no  aparecían  por  parte 


KNTKK    J,OS  PASTOS 


139 


alguna.  Era  en  realidad  extraño  que  aquel  comisario,  don 
Matías,  aún  estuviera  por  allí. 

—  Ese  es  "  colorado  —  se  decía  Baudilia.  —  Tendría 
que  haberse  marchao  con  los  otros.  ¿Para  qué  buscará 
a  Margarita? 

Con  el  declinar  del  día,  su  angustia  se  acrecentó.  Ha- 
cía ya  largo  tiempo  que  despidiera  a  sus  escolares,  sin 
que  Margarita  regresara  de  su  excursión.  Cada  vez  más 
nerviosa,  observaba  de  continuo  el  campo.  Ni  un  alma 
viviente  se  advertía  por  los  alrededores.  El  silencio,  en 
aquel  atardecer  de  verano,  era  imponente.  Por  fin  se 
ocultó  el  sol  bajo  el  horizonte,  como  una  enorme  bola  de 
fuego. 

Entonces,  Baudilia  no  pudo  contenerse  más.  Hizo 
traerse  el  petizo  aguatero  con  la  china  que  tenía  de 
sirviente  y  se  dirigió,  sin  vacilar,  a  casa  del  vasco.  Mien- 
tras galopaba  en  dirección  al  bajo,  su  cabeza  ajetreaba 
los  casos  más  contradictorios  y  absurdos.  Acaso  Marga- 
rito  se  hubiera  detenido  sin  darse  cuenta  de  la  hora ;  acaso 
se  hubiera  embriagado,  aunque  bien  sabía  ella  que  no  be- 
bía; acaso,  también,  hubiera  pegado  una  rodada  y  estaría 
lastimado.  . .  Quería  admitir  lo  más  absurdo;  pero  en  lo 
íntimo  se  esforzaba  en  no  creer  lo  que  a  cada  instante 
se  le  ocurría :  —  "se  lo  han  llevado  para  la  guerra,  como 
a  los  otros  hombres  del  pago  ". 

Llegó  frente  a  la  puerta  del  rancho  del  vasco,  chico- 
teando rabiosamente  al  petizo  remolón  ;  y  apenas  divisó 
al  viejo,  se  tiró  al  suelo : 

—  ¿Y  Margarita?  ¿dónde  está  mi  marido? 

El  vasco  viejo,  cachaciento,  sin  comprender  el  ansia  de 
la  pobre  mujer,  empezó  a  perder  tiempo  en  cumplidos : 


140 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


—  ¡  Hola,  doña  Baudilia !  ¿  Qué  milagro  por  acá  ?  En- 
tre. . .  entre. . . 

—  Diga,  por  favor.  .  .  ¿Y  mi  marido?  ¿Se  lo  llevó  don 

Matías  ? 

—  ¡  Ma  qué  llevar,  doña  Baudilia !  Conversaron  aquí  de 
la  cosa.  .  .  Está  fea,  ¿sabe?  Hay  que  irse. .  . 

—  Entonces ...  no  comprendo .  .  .  Hable  claro  :  ¿  dónde 
está  Margarito? 

—  ¡  Pse !  A  buscar  un  carro,  para  irse.  Hay  rigulución 
y  hay  que  irse.  Es  el  consejo  de  don  Matías,  y  también 
el  mío,  sí,  sí. 

Baudilia  empezó  a  respirar.  Y  con  más  calma  y  sere- 
nidad, hizo  hablar  al  vecino.  Don  Matías,  según  éste,  an- 
tes de  marcharse  para  "  el  pueblo  estaba  avisando  a 
dos  o  tres  amigos  "  colorados  ",  para  que  reunieran  las 
"  cacharpas  "  más  necesarias  y  emigraran  cuanto  antes 
de  aquel  foco  de  revolucionarios.  La  revuelta  era  inmi- 
nente, y  aquellos  que  tenían  algo  que  perder  no  debían 
descuidarse  en  semejantes  soledades. 

—  Un  buen  hombre,  don  Matías :  otros  no  dar  aviso  a 
naides,  sí,  sí. 

Cuando  Baudilia  regresó  a  su  casa,  ya  estaba  allí  Mar- 
garito. 

—  ¿Qué  es  eso?  ¿ande  fuiste? 

Confióle  ella  sus  temores  y  su  diligencia,  en  breves  pa- 
labras ;  y  en  seguida  quiso  saber  lo  que  él  pensaba  del 
asunto  y  lo  que  había  hecho.  Su  marido  le  confesó  en- 
tonces que  un  tanto  alarmado  por  los  consejos  del  co- 
misario amigo,  se  había  ido  hasta  la  casa  de  don  Julián, 
para  alquilarle  la  jardinera ;  pero  allí  se  encontró  con  la 
novedad  que  una  partida  de  gente  armada  se  la  había 
llevado  con  todos  los  caballos.  En  lo  de  la  tuerta,  había 


ENfR#  los  PAS'ÍOS 


sucedido  igual  cosa.  Así  es  que  no  contaba  con  otros  me- 
dios de  locomoción  que  sus  propios  caballos. 

—  Pero  aura,  pensando  dispacio,  con  más  calma,  — 
agregó  Margarito,  —  me  parece  que  nos  hemos  alarmao 
al  cuete.  Al  fin  y  al  cabo,  si  nos  quedamos,  ¿  qué  nos  van 
a  hacer  ?  Nosotros  no  nos  metemos  con  naides ;  tuitos 
nos  aprecean:  ;pa  qué  dirse  de  aquí?  Es  zonzo  eso,  ¿no 
te  parece? 

Baudilia  estuvo  prontamente  de  acuerdo.  No  temía  a 
la  revolución,  y,  por  lo  demás,  teniendo  a  su  lado  a  Mar- 
garito,  estaba  tranquila. 

—  No  se  van  a  comer  a  la  gente,  ¿  no  te  parece  ?  — 
adujo,  contenta  ya,  mientras  disponía  la  mesa  para  la 
cena. 

—  Nos  comerán  las  vacas,  y  ya  es  de  sobra,  —  argüyó 
su  marido. 

Sobre  el  blanco  mantel,  que  alisaba  Baudilia  con  mano 
hacendosa,  cayó  de  pronto,  desde  el  techo,  una  araña. 
Iba  a  matarla  Margarito ;  pero  ella  le  salvó  la  vida,  arro- 
jándola al  suelo : 

—  No  la  mates :  de  noche  anuncian  suerte. 


V 


El  5  de  Maizo  de  1897,  a  las  5  menos  un  cuarto  de  la 
mañana,  Aparicio  Saravia  cruzó  con  su  ejército  la  fron- 
tera del  Brasil  por  el  paraje  denominado  Carpintería,  en 
el  Departamento  de  Cerro  Largo,  invadiendo  así  el  terri- 
torio de  la  República  Oriental  del  Uruguay  en  son  de 
guerra  contra  el  gobierno  del  señor  Idiarte  Borda.  En  el 
vecino  estado  de  Río  Grande  do  Sud,  las  huestes  revolu- 
cionarias habían  podido  organizarse  con  todo  orden  y  con- 
cierto, reuniendo  numerosa  caballada  en  los  potreros  de 
Ana  Correa,  cerca  de  Bagé,  gracias  a  la  complicidad  pa- 
siva de  los  políticos  brasileros.  La  misma  o  semejante 
tolerancia  amistosa  había  encontrado  Diego  Lamas  en 
Buenos  Aires  para  armar  su  gente  en  las  islas  del  Paraná 
y  Entre  Ríos,  y  salir  él  mismo,  con  su  estado  mayor,  del 
Riachuelo  en  el  "Leonor".  La  política  de  errores  y 
abusos  del  mal  gobernante  uruguayo,  caracterizada,  en 
las  relaciones  exteriores,  por  una  falta  absoluta  de  habi- 
lidad y  discreción,  había  tenido  la  virtud  de  trocar  en 
aliadas  de  los  revolucionarios  "  nacionalistas  "  o  "  blan- 
cos "  a  las  naciones  limítrofes.  No  puede  así  asombrar  a 
nadie  que  aquella  revolución,  con  tanto  tiempo  prepa- 
rada, provista  de  tan  enormes  recursos,  favorecida  pol- 
los países  vecinos  y  contando  hasta  con  la  simpatía  del 
partido  "colorado  "  (divorciado  del  gobernante,  que  usur- 
paba su  representación  para  entronizarse  en  el  poder), 
fuera  una  de  las  más  formidables  y  temibles  de  toda 
nuestra  historia  política. 


ENTRE   EOS  PASTOS 


143 


En  las  filas  revolucionarias  estaba  el  partido  nacional 
en  masa,  sus  hombres  representativos  y  sus  humildes 
secuaces  de  campaña,  el  doctor  y  el  paisano,  el  joven  es- 
capado de  la  ciudad  y  el  crecido  en  la  soledad  del  ran- 
cho. La  prédica  diarística  del  doctor  Eduardo  Acevedo 
Díaz  en  Ul  Nacional  —  porfiada,  terrible,  demoledora,  — 
había  levantado  todos  los  espíritus,  fundiéndolos  en  un 
solo  crisol.  Y  en  el  grande  momento  de  la  prueba,  nadie 
había  querido  faltar  a  la  cita. 

José  María  Reyes,  joven  de  veintidós  años,  estudiante 
de  medicina  en  Montevideo,  hijo  único  de  una  aristocrá- 
tica y  empingorotada  familia;  espíritu  romántico,  soña- 
dor, idealista ;  buen  muchacho,  fino,  atildado ;  mejor  he- 
cho para  las  comodidades  de  la  ciudad  que  para  las 
pellejerías  del  campo,  —  exaltado  por  el  mismo  fuego 
patriótico  que  ardía  en  los  clubs  políticos  de  sus  corre- 
ligionarios, no  había  querido  dejar  de  contribuir  perso- 
nalmente a  la  tremenda  contienda  que  se  preparaba.  De- 
jando, pues,  familia  y  comodidades,  interrumpiendo  sus 
estudios  y  hasta  acallando  íntimos  sentimientos  del  co- 
razón, una  noche  cruzó  el  río  para  plegarse  a  las  fuerzas 
que  se  organizaban  en  Buenos  Aires,  y  desde  allí  había 
sido  enviado  al  Brasil  para  ser  incorporado  al  ejército 
de  Aparicio  Saravia. 

Desde  el  primer  instante,  José  María  pudo  advertir 
que  sus  condiciones  y  aptitudes,  sus  gustos  y  costumbres, 
contrastaban  radicalmente  con  las  de  las  gentes  que  iban 
a  ser  sus  compañeros  de  campaña.  El  joven  de  la  ciudad 
disonaba  en  el  medio  rural.  Pero,  inteligente,  observador, 
y,  sobre  todo,  gran  y  decidido  partidario,  de  inmediato 
también  se  puso  en  tren  de  abandonar  el  barniz  ciuda- 
dano que  le  cubría  y  de  asimilarse  las  prácticas  y  usos 


144 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


del  campo.  Era  la  primera  vez  que  corría  tamaña  aven- 
tura ;  era  la  primera  también  que  se  arrancaba  al  lujo 
y  confort  de  su  hogar  para  ir  a  oficiar  de  secretario  de 
un  prestigioso  caudillo,  amigo  viejo  de  su  familia:  sino 
por  el  entusiasmo  con  que  había  respondido  al  llamado 
de  su  causa,  muy  espontáneo  y  ardoroso,  hasta  por  amor 
propio,  nada  más,  hubiera  tenido  que  hacerse  en  se- 
guida esta  composición  de  lugar. 

Bien  advertía  el  joven  que  muchas  de  aquellas  gentes, 
rudas  y  sencillas,  le  miraban  de  soslayo,  con  su  poco  de 
desconfianza  y  un  tantico  de  ironía :  no  era  de  los  "  pue- 
bleros "  que  colocan  invertido  el  "  mandil  "  sobre  el  lomo 
del  caballo  o  que  no  saben  comer  el  "  churrasco  "  con  los 
dedos;  pero  el  embarazamiento  con  que  llevaba  sus  fla- 
mantes bombachas,  la  blancura  de  sus  manos  bien  cuida- 
das y  su  modo  de  coger  las  riendas  para  montar  su 
"pingo  ",  despertaban  en  el  paisanaje  aquellos  disimulados 
sentimientos. 

—  Este  secretario  se  nos  queda  por  el  camino,  —  ha- 
bía dicho  una  tarde,  en  un  fogón,  el  bravo  y  ceñudo  Ci- 
ríaco Cruz;  y  el  dicho  había  quedado  como  una  de  esas 
comprobaciones  que  rompen  los  ojos  y  que  sería  locura 
poner  en  duda. 

Ciríaco  Cruz,  el  amigo  y  protector  de  Juan  de  Dios, 
era  el  polo  opuesto  de  nuestro  estudiante  de  medicina. 
Frisaba  en  los  cincuenta  años,  que  llevaba  con  una  arro- 
gancia y  virilidad  extraordinarias.  Alto,  fornido,  cua- 
drado de  espaldas,  robusto  de  pecho,  con  una  cabeza  de 
león,  grandota,  cubierta  de  melenas  negras,  con  unos 
brazos  cuyos  músculos  parecían  "  guascas ",  con  unas 
manotas  velludas  que  parecían  zarpas,  daba  una  impre- 
sión de  fuerza  salvaje  y  ruda.  Sus  ojos,  entre  la  maraña 


ENTRE  LOS  PASTOS 


145 


de  unas  cejas  revueltas  e  hirsutas,  tenían  una  mirada  de 
acero ;  de  su  boca,  perdida  en  el  matorral  de  unas  barbas 
incultas  y  vírgenes,  salía  un  vozarrón  a  propósito  para 
las  voces  de  mando.  Caminando  a  pie,  parecía  un  coloso 
que  se  tambaleara ;  a  caballo,  era  una  imponente  figura 
de  bronce,  toda  de  una  pieza.  Por  lo  demás,  un  paisano 
rudo,  pero  buenísimo,  servicial,  ocurrente  y  francote.  "Al 
pan,  pan,  y  al  vino,  vino  ",  —  como  él  mismo  decía.  Te- 
nía numerosos  y  viejos  amigos  del  "otro  pelo",  con  quie- 
nes "  mateaba  "  en  tiempos  de  paz,  a  quienes  servía  si 
llegaba  la  ocasión ;  mas,  en  estallando  la  guerra,  él,  "  más 
blanco  que  "  güeso  de  bagual  se  iba  con  los  suyos  y 
¡  guay !  del  "  colorado  "  que  se  pusiera  al  alcance  de  su 
lanza :  entonces  ya  no  había  "  compadres  "  ni  amigos : 
todos  eran  "  salvajes  ".  Entre  el  paisanaje  de  Treinta  y 
Tres  y  Cerro  Largo,  gozaba  fama  de  sufrido  y  valiente. 
Ninguna  enfermedad  lo  había  volteado  jamás.  Para  sa- 
carse una  espina  se  cortaba  él  mismo  con  el  facón  una 
lonja  de  la  pierna  y  se  quedaba  tan  fresco.  Sufría  el  ca- 
lor, el  frío,  las  lluvias,  las  marchas  y  contramarchas,  las 
noches  enteras  sin  dormir,  como  un  muchacho  de  veinte 
años.  No  le  hacía  ascos  a  las  privaciones  ni  a  los  sufri- 
mientos. Por  eso,  era  el  soldado  ideal  en  las  patriadas ; 
por  eso  Chiquito  Saravia  le  contaba  entre  sus  mejores  y 
más  fieles  "  muchachos  Todas  las  revoluciones  "  blan- 
cas "  que  agitaron  al  país,  desde  la  célebre  de  Aparicio 
en  el  70,  —  entonces  contaría  veintiún  años,  —  le  habían 
hallado  bajo  sus  banderas. 

—  Aquellos  eran  los  güenos  tiempos,  solía  decir.  Enton- 
ces, no  había  estas  armas  de  ahora,  que  matan  de  lejos. 
Entonces  había  que  peliar  a  lanza.  Puro  coraje,  ¡canejo! 
¡Y  qué  lanceros!. .  .  el  vasco  Bastarrica,  el  tape  Medina, 

10 


146 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


los  Burgueños,  el  coronel  Carnes.  ¡  qué  se  yo !  Pero  nin- 
guno como  el  general  Aparicio.  Cuando  Aparicio  "  den- 
traba  "  a  lancear,  se  abría  cancha  como  un  yaguareté  en- 
tre una  manada  de  borregos.  ¡  Ah,  criollo  lindo!  Sólo  con 
su  corazón  y  su  brazo,  podía  más  que  un  escuadrón  de 
"  salvajes  ". 

—  Aura  eso  se  ha  acabao.  Ya  no  hay  gauchos,  —  le 
argüía  alguien. 

—  ¡  Quién  lo  dijo !  —  tronaba  Ciríaco  Cruz,  con  su  vo- 
zarrón imponente,  fulminando  con  su  mirada  dura  al 
interruptor.  —  Aura  los  "flojos"  han  inventao  esos  "mau- 
ses  "  pa  tirar  dende  lejos  y  no  comprometer  el  cuero ; 
pero  entuavía  quedan,  deste  lao,  güenos  criollos.  Ai  tie- 
nen al  "general";  ai  tienen  a  Chiquito...  ¿Que  no  son 
lanceros  esos?  A  ver  quién  se  les  pone  delante  cuando 
agarran,  ansí,  la  lanza...  ¡  Jué  perra!  ¡A  ver  quién  es 
güeno  pa  ponérseles  delante! 

No  había  que  discutir  con  el  hombre.  Más  bravo  que 
un  ají  cumbarí,  no  permitía  que  se  tocara  a  sus  ídolos. 
Ellos  serían  los  que  salvarían  al  país.  En  sus  manos  es- 
taba el  triunfo.  Los  que  echaban  a  perder  siempre  las 
cosas,  eran  los  "  dotorcitos  "  de  la  "  suidá  ".  ¡Mal  haiga 
con  los  "  dotores  " !  Puro  jarabe  de  pico ;  pura  chafalo- 
nía. Querían  meterse  en  lo  que  no  entendían,  hacer  de 
jefes,  mandar,  y  así  habían  salido  siempre  en  todas  las 
contiendas:  traicionando  a  los  buenos  criollos,  a  los  que 
se  pelaban  sobre  el  caballo,  a  los  que  comprometían  el 
pellejo  de  verdad,  no  con  parolas  y  fiorituras.  ¡Pucha  con 
los  "  dotores  "  !  Ni  servían  para  encender  un  "  fueguito 
ni  acertaban  a  apretarle  bien  la  cincha  a  un  caballo ! 

El  odio  al  doctor,  al  pueblero,  al  hombre  de  la  ciudad, 
en  fin,  era  inveterado  en  el  paisano  Cruz;  un  odio  Lns- 


ENTRE   LOS  PASTOS 


147 


tuitivo,  físico,  latente,  que  disimulaba  ante  todos,  pero 
que  en  el  calor  de  cualquier  disputa  o  enojo,  brotaba  fá- 
cilmente a  la  superficie.  No  es  que  la  comprobación  de 
cualquiera  superioridad  excitara  el  amor  propio  del  hom- 
bre de  campo,  despertando  el  rencor,  —  puesto  que  Cruz 
tenía  el  íntimo  y  pleno  convencimiento  de  que  el  gaucho 
era  superior  al  pueblero  por  todos  conceptos :  más  franco, 
más  leal,  más  trabajador,  más  valiente ;  —  es  que  todas 
las  desgracias  de  que  se  dolía  el  país  en  general,  y  los  ha- 
bitantes del  campo  en  particular,  provenían,  según  él,  de 
los  que  mandan  en  la  Capital,  de  los  que  hacen  las  leyes, 
de  los  que  imponen  las  contribuciones,  de  los  "  dotores 
en  una  palabra...  Ni  los  mismos  titulados  de  su  credo 
escapaban  de  su  duro  juicio:  ¿no  era  por  culpa  de  ellos 
que  fracasaban  todas  las  revoluciones  ?  —  "  Cuando  se 
meten  en  el  ajo  los  "  manates  "  —  solía  decir  —  y  em- 
piezan a  embrollar  con  su  palabrería  y  sus  discursos,  ¡  San 
se  acabó !,  no  hay  más  que  quebrar  la  lanza,  enrollar  la 
divisa  y  enderezar  el  flete  para  el  pago :  la  rigolución 
está  perdida  ". 

Ciríaco  Cruz  fué  el  primero  en  mostrarse  contrariado 
con  la  presencia  de  José  María  y  otros  puebleros  que 
venían  a  ingresar  a  las  filas  de  los  Saravia.  Los  del 
"  pago  ",  es  decir,  los  de  Meló,  pase ;  eran  todavía  crio- 
llos, hijos  de  criollos,  todos  conocidos.  Pero  aquellos 
otros  que  venían  de  la  Capital,  "  jediendo  a  ricos  ",  hijos 
de  gringos  tal  vez,  muy  blancos  de  cara,  muy  peinaditos, 
con  las  manos  como  señoritas,  ¿pa  qué  servían?  De  es- 
torbo, dejuramente.  No  sabían  hacer  nada ;  andaban  como 
"  bollados  " ;  el  más  infeliz  de  los  paisanos  llegaba  siem- 
pre primero  que  ellos  para  pegarle  un  tajo  al  asado, 
alcanzar  un  mate  o  enfrenar  caballo.  ¿Y  esos  eran  los 


148 


VÍCTOR   PÉREZ  PET1T 


que  habían  venido  de  ayudantes  y  secretarios?  ¡Canejo! 
¿por  qué  no  se  habían  quedado  con  el  coronel  Lamas, 
que,  según  las  mentas,  era  también  medio  "  dotor "  y 
sabía  hacer  la  guerra,  no  a  la  manera  criolla,  a  chuza- 
zos,  sino  como  la  hacían,  dicen,  en  las  "  Uropas  con 
mapas,  "  anteojuelos  "  de  larga  vista  y  armas  de  pun- 
tería ? 

Cuando  el  buen  y  tradicional  criollo  espetaba  en  rueda 
de  amigos  este  o  parecido  discurso,  todos  asentían  a  su 
decir,  no  sólo  por  el  respeto  que  les  merecía  quien  hablaba, 
sino  porque,  en  lo  íntimo  de  su  ser,  compartían  esas  ideas. 
Aún  reconociendo  que  los  "  forasteros  "  eran  soldados  de 
su  mismo  credo,  amigos  de  causa,  que  venían  a  pelear  por 
lo  que  ellos  mismos  pelearían,  no  estimaban  en  mucho  su 
ayuda  ni  tenían  gran  fe  en  su  bravura.  En  el  fondo,  había 
el  hondo  distanciamiento  que  cabe  entre  el  inferior  y  el 
superior,  la  rivalidad  del  hombre  de  campo  por  el  de  la 
ciudad,  y  algo  así  también  como  la  indómita  protesta  de 
una  raza  que  muere,  que  va  extinguiéndose,  que  se  siente 
desaparecer  del  escenario  de  la  vida  ante  la  fuerza  con- 
quistadora del  progreso,  ante  el  avance  de  los  hombres 
nuevos,  altivos  y  seguros  del  porvenir. 


VI 


La  luz  grisácea  del  día  que  avanzaba  bajo  el  horizonte, 
iba  invadiendo  poco  a  poco  los  campos,  ahuyentando  las 
sombras  de  las  hondanadas,  encendiendo  toda  la  gama  del 
verde  en  los  árboles,  animando  con  un  soplo  de  vida  aque- 
llos fantasmas  espectrales  que  en  larga  columna  movible 
habían  cruzado  bajo  el  extravío  enorme  de  la  noche.  A 
medida  que  la  claridad  crecía,  el  ejército  de  Saravia  en 
marcha  surgía  más  formidable.  Era  una  columna  búhente, 
piafadora,  multicolor,  que  avanzaba  despacio,  desde  tie- 
rras del  Brasil,  y,  culebreando,  convulsa,  con  fugaces 
centelleos  de  armas,  con  un  sordo  redoble  de  cascos,  con 
rápidos  parpadeos  de  ponchos  y  banderolas,  se  entraba  al 
terruño  nativo  de  un  modo  incontenible,  interminable.  .  . 

El  aspecto  de  aquel  ejército  de  1.500  hombres,  era  real- 
mente majestuoso.  Bien  ordenados,  marchando  en  co- 
lumna, solemnes,  graves,  como  ungidos  por  las  banderas 
que  flotaban  sobre  las  divisiones,  daban  una  impresión 
de  fuerza  incontrastable.  Iban  a  la  cabeza,  el  general 
Aparicio  Saravia,  seguido  de  sus  ayudantes ;  la  plana 
mayor,  con  el  representante  del  comité  revolucionario,  se- 
cretarios, oficiales  y  practicantes ;  seguía  la  escolta  del 
general ;  venía  luego  la  división  de  su  hermano,  Chiquito 
Saravia ;  después,  nutridas,  animadas,  plenas  de  colo- 
rido y  movimiento,  la  infantería,  los  escuadrones  de  An- 
tonio Mena,  Tomás  Borches,  Basilio  Muñoz,  Rivas,  Gam- 
boa; y  por  último,  a  retaguardia,  cerrando  el  desfile,  la 
división  del  coronel  Juan  Francisco  Mena. 


150 


VÍCTOR  TÉKKZ  PKTIT 


.  Entonces,  en  la  gloria  de  la  mañana  que  se  abría  en  el 
Oriente  como  un  ramo  de  rosas  ígneas  en  un  altar,  las 
huestes  revolucionarias  se  arremolinaron  sobre  la  tierra 
uruguaya.  Un  frenesí  patriótico  sacudió  todos  los  cora- 
zones. Un  indómito  anhelo  de  vencer  y  de  triunfar  vibró 
en  todos  los  espíritus.  El  convencimiento  de  que  se  cum- 
plía en  aquel  momento  un  acto  solemne,  del  cual  deri- 
varía la  libertad  de  la  patria  esclavizada,  puso  como  una 
demencia  de  entusiasmo  hasta  en  los  más  tímidos  o  re- 
concentrados. Surgió  un  grito,  luego  otro,  victoreando  al 
partido;  y  luego  fué  un  desconcierto  de  voces  que  subían, 
aumentaban  sobre  la  paz  religiosa  de  los  inmensos  cam- 
pos, aún  dormidos.  En  ese  instante,  estallaron  las  dianas 
de  los  clarines  y  el  aire  azulino  se  ahondó  de  notas  vi- 
riles y  marciales.  Fué  un  momento  de  enajenamiento  y 
de  delirio:  algunos  hombres  se  abrazaban;  otros,  enhies- 
tos en  sus  caballos,  enclavando  la  lanza  en  el  suelo,  echa- 
ban atrás  la  orgullosa  cabeza  en  un  reto  lejano  al  his- 
trión que  se  refocilaba,  allá,  en  la  Capital;  algunos,  en 
fin,  volviendo  el  rostro,  se  enjugaban  con  disimulo  una 
lágrima. 

—  ¡  Viva  la  patria  ! 

—  ¡  Vivaaaaa ! . . .  —  repetían  voces  sin  acento,  desco- 
loridas, esas  voces  del  criollo  desacostumbrado  a  los  Víc- 
tores ruidosos  de  los  mitines  ciudadanos. 

—  ¡  Viva  el  partido  nacional ! 

—  ¡Viva  el  partido  blanco...  barajo! 

Era  Ciríaco  Cruz.  Su  vozarrón  tremendo  acababa  de 
estallar  como  una  bomba  al  lado  del  ¡viva!  lanzado  por 
José  María  Reyes.  ¡  Qué  partido  "  nacional "  ni  qué 
cuerno!  Eso  era  invención  de  los  de  la  ciudad.  Su  partido, 
el  de  él,  el  de  sus  padres,  el  de  todas  las  patriadas,  era 


ENTRE  EOS  PASTOS 


151 


el  partido  "  blanco  Y  así  parecía  proclamarlo,  airada- 
mente, con  la  doble  injuria  de  sus  ojos,  clavados  en  el 
pueblero. 

—  ¡Viva  el  partido  blanco,  viejo!  —  respondió  José 
María,  que  exultaba  de  entusiasmo  en  aquella  mañana 
heroica  y  triunfal,  y  que  hubiera  querido  abrazar  a  todos 
sus  compañeros  de  causa. 

—  Ansí  debe  ser,  —  replicó,  satisfecho,  el  coloso,  ha- 
ciendo caracolear  su  caballo. 

Pero  el  ejército  estaba  ya  formando  cuadro  para  oir 
la  proclama  que  el  señor  Aróztegui  iba  a  echarles.  Cru- 
zaron órdenes,  se  ordenaron  las  divisiones  y  se  resta- 
bleció el  silencio.  El  representante  del  gobierno  revolu- 
cionario dió  entonces  suelta  a  sus  furias  oratorias  y  con- 
cluyó por  electrizar  a  la  muchachada. 

—  ¿Quién  es  este  paisano  que  parece  un  cerro?  —  ha- 
bía inquirido  de  un  oficial  José  María,  después  de  su 
encuentro  con  Cruz. 

—  Es  un  buen  correligionario ;  un  paisano  a  carta  ca- 
bal. Creo  que  se  llama  Ciríaco  Cruz,  y  acompaña  a  Chi- 
quito. 

—  Parece  que  no  le  gustó  mi  ¡  viva !  al  partido  nacional. 

—  Es  muy  blanco,  no  me  extraña ;  para  él  no  debe 
haber  más  que  blancos.  Cuando  venga  bien,  se  lo  voy  a 
presentar.  Es  un  amigazo  que  le  conviene  tratar. 

En  efecto,  al  atardecer  de  ese  día,  alrededor  de  un 
fogón,  el  oficial  cumplió  su  palabra  haciendo  las  pre- 
sentaciones. 

José  María,  ávido  de  hacerse  amistades,  se  mostró  cor- 
dial con  el  jigante.  En  cuanto  a  éste,  reservado  por  natu- 
raleza, 110  dejó  por  ello  de  acoger  bien  al  joven. 

—  Cuente  con  un  amigo,  pa  lo  que  pueda  servirle. 


152 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


En  los  días  subsiguientes  no  volvieron  a  hallarse.  José 
María  había  sido  destacado  a  la  vanguardia,  y  el  grueso 
del  ejército  marchaba  detrás,  más  lentamente,  recogiendo 
las  incorporaciones  de  partidas  sueltas.  Después  de  vadear 
el  Río  Negro,  costeáronlo  del  lado  del  departamento  de 
Rivera;  volvieron  al  Sur;  tornaron  a  pasar  al  Norte,  y 
después  de  haber  llegado  al  límite  de  Tacuarembó  entra- 
ron en  Cerro  Largo,  para  llegar  hasta  las  puntas  del 
Avestruz,  en  Treinta  y  Tres.  Eran  marchas  y  contra- 
marchas, zigzagueos  y  avances,  que  soportaban  alegres 
los  paisanos  y  cuya  monotonía  se  alegraba  cuando  de 
pronto,  sobre  la  orilla  de  un  monte,  surgía  una  pequeña 
hueste  de  correligionarios  buscando  la  incorporación.  En- 
tonces, hecho  el  reconocimiento,  los  grupos  se  confundían, 
entre  vítores  y  frases  de  bien  venida.  Pero,  para  la  van- 
guardia, la  correría  resultaba  más  fatigosa.  Siempre  en 
descubierta,  marchaba  a  trote  y  galope,  a  toda  hora,  en 
cualquier  instante,  de  día  o  de  noche,  bajo  el  sol,  que 
aún  era  ardiente  en  aquel  mes  de  Marzo,  o  bajo  la  lluvia, 
que  se  insinuaba  de  repente  en  punzantes  e  incómodas 
garúas.  El  estudiante  de  medicina  estaba  materialmente 
deshecho  y  a  las  veces,  cuando  se  apeaba  del  caballo,  no 
podía  dar  un  paso,  entumecido  y  envarado.  Entonces,  ten- 
dido sobre  el  cojinillo,  mal  recubierto  por  el  poncho,  se 
dormía  como  un  tronco  y  el  pardo  que  estaba  a  sus  in- 
mediatas órdenes  tenía  que  sacudirlo  vigorosamente  para 
despertarlo. 

—  Capitán!  Capitán!;  la  gente  va  a  marchar. 

Se  levantaba  con  todo  el  cuerpo  dolorido,  la  cabeza 
pesada,  incómodo  por  la  falta  del  baño  habitual,  reseca 
la  boca.  Y  apenas  sorbidos  unos  mates,  si  había  tiempo, 
o  apurado  el  churrasco  que  el  asistente  le  tenía  sobre  las 
brasas,  vuelta  a  montar  y  a  emprender  la  marcha  al  trote 


ENTRE   EOS  PASTOS 


153 


y  galope,  al  través  de  campos  desconocidos  y  arroyos  ig- 
norados, siempre  con  el  espíritu  alerta  en  pos  del  invisible 
enemigo.  Rn  los  ranchos  solitarios,  perdidos  en  medio  de 
la  extensa  campiña,  se  requerían  rápidos  informes.  "  Di- 
cen que  el  general  Muniz  va  marchando  por  allá  abajo, 
recostao  al  Río  Negro  "  Deste  lao  de  Mansavillagra 
si  ha  hecho  sentir  gente ;  han  de  ser  del  gobierno  O 
bien :  "  Ladéense  al  Yi,  que  hay  una  partida  buscando  la 
incorporación " ;  "ayer,  de  tardecita,  cruzó  po  aquí  el 
vasco  con  sus  muchachos  del  Avestruz ;  los  van  a  topar 
por  ai  no  más  cerquita  ".  Y  continuaba  el  trote  y  galope, 
cansado  y  demoledor,  al  través  de  inmensas  zonas  inva- 
didas de  chilcas,  de  bañados  donde  chapaleaban  cansados 
los  caballos,  atravesando  pasos  ocultos  por  misteriosos  y 
traidores  montes  de  espesura,  siempre  por  tierras  desco- 
nocidas, tristes  y  solitarias.  ¿Cómo  no  perdía  el  rumbo 
aquella  gente?  Esto  constituía  el  perpetuo  asombro  del 
estudiante  revolucionario.  Al  través  de  noches  negras  y 
profundas,  en  las  que  no  se  veía  ni  al  compañero  que 
iba  al  lado,  el  destacamento  marchaba  sin  vacilar,  con 
paso  seguro.  "  Ahora  estamos  en  los  potreros  de  Fulano 
de  Tal  " ;  "  ahora  vamos  a  hallarnos  la  cañada  Cual  " :  ni 
los  nombres  podía  recordar  José  María.  Pero  la  cañada 
aparecía  al  cabo  y  de  ella  tenía  noticia  el  pobre  muchacho 
porque  de  pronto  su  caballo  disminuía  la  marcha  y  el 
ruido  del  agua  y  de  los  guijarros  se  alzaba  bajo  los  cascos. 

Así,  una  madrugada,  cuando  se  creía  ya  el  joven  a 
veinte  leguas  por  lo  menos  del  ejército  de  Saravia,  se 
encontró,  al  despertar,  con  que  el  ejército  acampaba  en 
el  mismo  sitio. 

—  Capitán!  Capitán!  El  comendante  lo  anda  buscando, 
—  díjole  el  pardo. 

Clareaba  la  madrugada,  —  una  madrugada  gris,  hú- 


154 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


meda  y  fría.  El  pasto  estaba  empapado.  Por  toda  la  ex- 
tensión se  veían  grupos  de  gentes  y  caballos.  Algunas  hu- 
mazas denunciaban  que  hacía  rato  los  criollos  se  repo- 
nían con  el  mate. 

—  Capitán,  —  le  ordenó  su  jefe,  cuando  compareció  a 
su  presencia,  —  lleve  este  parte  al  Coronel  Chiquito. 

¿Qué  sabía  él  del  parte?  El  otro  secretario  lo  hacía 
todo;  e^a  el  verdadero  confidente  del  jefe.  A  él  no  se 
le  decía,  no  se  le  consultaba  nada.  Era  un  verdadero  cero 
a  la  izquierda.  Se  sentía  humillado  en  aquel  puesto  que 
sólo  desempeñaba  titularmente. 

—  Lo  hallará  en  aquella  lomita,  vé? 

—  Sí,  comandante. 

—  Bueno  ;  es  de  apuro. 

Y  así  dejó  la  vanguardia,  —  porque  luego  Chiquito  lo 
retuvo  a  su  lado,  —  sin  conservar  de  su  actuación  en  ella 
más  que  el  recuerdo  de  una  pesadilla,  —  una  marcha  por- 
fiada, fatigosa,  cruel,  siempre  a  trote  y  galope,  al  través 
de  campos  desconocidos,  perdido  el  rumbo,  y  en  medio 
de  noches  espantables  de  tinieblas,  en  las  que  a  cada 
minuto  esperaba  oir  el  crepitar  de  las  balas  del  enemigo, 
escondido  en  algún  rincón,  entre  aquellas  sombras,  no 
sabía  dónde .  . . 


VII 


El  18  de  Marzo  las  fuerzas  de  Aparicio  Saravia  habían 
atravesado  la  ciudad  de  Meló  con  dirección  a  Arbolito. 
en  medio  de  un  entusiasta  recibimiento  hecho  por  la  po- 
blación, en  su  gran  mayoría  nacionalista.  José  María 
conservaba  aún  en  la  retina  la  visión  de  aquella  ciudad 
pequeña,  triste,  con  algunas  casas  de  tejas,  de  fisonomía 
colonial,  pero  animada  durante  el  pasaje  del  ejército  por 
la  presencia  de  multitud  de  mujeres  y  chicuelos  que  los 
vivaban  y  aplaudían.  Recordaba,  sobre  todo,  la  nota  de 
color,  alegre  y  regocijada,  que  ponían  cuatro  o  cinco  mu- 
chachas en  pie  sobre  un  banco,  frente  al  Hotel  de  Isasa, 
con  grandes  moñas  celestes  en  el  cabello.  Una  de  ellas, 
morochita,  regordeta  y  agraciada,  chillaba  sus  ¡  vivas !, 
frente  al  tropel  de  gauchos  ya  deshilacliados  y  rotos  por 
los  rigores  de  la  cruzada,  hasta  ponerse  roja  como  una 
guinda.  Ese  día,  el  ejército  pernoctó  en  los  campos  de  la 
viuda  Elvira,  a  legua  y  media  de  Arbolito. 

En  la  madrugada  del  19,  Chiquito  se  puso  en  marcha 
hacia  este  paraje,  siguiéndole,  horas  después,  Aparicio. 
Sabíase  ya  que  las  fuerzas  gubernistas,  al  mando  del  ge- 
neral Muniz,  se  hallaban  cerca  del  Paso  de  Guazú  -  Nambí. 
La  batalla  era  inminente. 

Era  una  mañana  nebulosa,  húmeda  y  triste.  Los  campos 
parecían  envueltos  por  cendales  grises,  que  disimulaban 
traidoramente  los  objetos.  Por  eso  el  comandante  An- 
tonio Mena,  que  iba  en  descubierta  a  la  vanguardia,  se 
topó  casi  bruscamente  con  el  destacamento  del  mayor 
Derquin  y  del  jefe  político  de  Cerro  Largo,  don  Gumer- 


156 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


sindo  Collazo,  que  la  noche  anterior  acamparan  en  las 
islas  del  arroyo  Parado.  El  tiroteo,  quebrando  repentina- 
mente la  quietud  de  la  madrugada,  sorprendió  a  Chiquito 
cuando  se  hallaba  mateando  con  sus  oficiales  en  la  pul- 
pería de  Falco,  distante  unas  veinte  cuadras  del  arroyo. 
Hubo  un  momento  de  atención  entre  los  revolucionarios; 
todos  comprendieron,  instintivamente,  que  algo  grande  y 
solemne  se  preparaba. 

Entre  un  grupo  de  camaradas,  Ciríaco  Cruz  irguió 
altanero  su  busto,  brillantes  las  pupilas,  regocijada  su  fi- 
bra salvaje : 

—  Empezaron  los  cuetes:  aura  va  a  ser  la  fiesta,  — 
dijo. 

José  María,  en  vez,  experimentó  una  indefinible  emo- 
ción. ¿Qué  iba  a  resultar  de  aquel  combate?  ¿Qué  suerte 
le  estaba  a  él  destinada?  ¿En  qué  paraje,  en  qué  sitio  de 
aquel  gran  campo  desconocido  tendría  que  batirse?  ¿Les 
esperaba  el  triunfo  o  la  derrota?  Y  más  quedo,  más  es- 
condidamente,  allá  en  quién  sabe  qué  misterioso  rincón 
de  su  ser,  la  angustia  secreta  del  instinto :  —  ¿no  me  to- 
cará a  mí  en  este  día  quedar  tendido  por  ahí,  entre  los 
pastos  ? 

Se  encaminaba  hacia  la  pulpería,  cuando  se  cruzó  con 
el  jigantón. 

—  Parece  que  es  para  hoy  el  baile,  —  dijo. 

—  Parece  —  repuso  concisamente  Cruz. 

El  gaucho  se  quedó  mirando  de  atrás  al  joven  secreta- 
rio. Luego,  sacudiendo  levemente  la  cabeza,  como  res- 
pondiéndose a  una  muda  interrogación,  murmuró: 

—  Ya  veremos. 

El  tiroteo,  lejano,  recrudecía.  Evidentemente  las  avan- 
zadas tomaban  más  íntimo  contacto.  En  la  amplia  exten- 
sión, los  tiros  sonaban  como  leves  cohetes. 


ENTRE   LOS  PASTOS 


157 


Así  transcurrió  el  tiempo.  Chiquito,  muy  tranquilo, 
seguía  tomando  mate.  ¿Por  qué  no  movía  su  gente?  ¿qué 
esperaba?  José  María  no  comprendía  nada. 

Cerca  de  las  siete,  hubo  un  movimiento  en  el  campo. 
¿Es  que  la  vanguardia,  destacada  sobre  el  arroyo,  retro- 
cedía hacia  la  pulpería  ?  No ;  rápidamente  se  supo  lo  que 
aquello  significaba.  Un  oficial  de  Mena  llegaba  con  un 
parte  anunciando  que  Derquín  acababa  de  entregarse  con 
su  gente  y  un  carro  de  municiones. 

Todos  los  rostros  se  iluminaron  de  alegría.  La  jornada 
comenzaba  bien.  Aquella  defección  del  jefe  gubernista 
podía  minar  el  poderío  del  ejército  de  Muniz.  Ya  nadie 
dudó  de  la  victoria.  El  mismo  Chiquito,  que  tomaba  en  la 
mañana  de  Arbolito  su  último  desayuno,  volvió  el  rostro 
risueño  y  confiado,  y  dijo  a  uno  de  sus  oficiales : 

—  A  esa  oveja  la  vamos  a  esquilar  muy  pronto. 

Se  refería  a  Justino  Muniz,  a  quien  odiaba  con  todo 
el  fuego  de  su  alma  joven.  El  jefe  gubernista,  tránsfuga 
de  su  mismo  partido,  acaso  por  rivalidad  personal  con  los 
Saravia,  acaso  por  su  devota  vinculación  con  el  diputado 
Juan  José  Segundo,  era  la  "  béte  noire  "  del  ardiente  cau- 
dillo. De  buena  gana,  a  la  usanza  medioeval,  hubiera  él 
substituido  la  suerte  de  aquella  batalla  a  la  de  un  duelo 
personal  en  campo  abierto  y  a  lanza  corrida  con  el  cam- 
peón adversario. 

Pero  ya  la  batalla  se  formalizaba.  De  uno  y  otro  lado, 
el  fuego  era  cada  vez  más  nutrido.  Evidentemente  en- 
traban en  combate  nuevas  unidades.  Lejos,  al  través  de  la 
niebla,  se  veían  avanzar  grupos  de  gente  apresuradamente 
y  a  poco  las  descargas  extendían  su  radio.  Chiquito  había 
montado  e  impartía  órdenes,  al  cabo.  Sus  ayudantes  sa- 
lían en  todas  direcciones  al  galope.  Sólo  la  caballería  es- 
taba inactiva. 


158 


VÍCTOR  P¿KEZ  PETIT 


El  frente  de  batalla  de  los  revolucionarios  era  real- 
mente extenso.  Partiendo  de  una  honda  quebrada  que 
existe  al  pie  de  las  puntas  del  Cerro  Largo,  donde  apo- 
yaba su  extrema  derecha,  continuaba  por  detrás  del  edi- 
ficio de  una  escuela  pública,  pasaba  por  las  casas  de 
Perdomo,  Andrés  Vázquez,  la  pulpería  de  Falco  y  la  casa 
de  don  Ramón  Líbano,  yendo  a  apoyar  su  extrema  iz- 
quierda en  una  manguera  de  piedra  existente  en  la  misma 
propiedad  de  Líbano,  formando  un  semicírculo  de  unos 
seis  kilómetros  de  extensión.  A  retaguardia,  desde  el 
Cerro  de  la  Divisa,  Saravia  dominaba  todo  el  campo. 

De  pronto,  la  neblina  empezó  a  rasgarse,  y  entonces 
pudo  verse  la  importancia  de  las  fuerzas  combatientes. 
El  jefe  gubernista  tenía  bajo  su  mando  unos  2.000  hom- 
bres;  Saravia  contaba  con  2.500  revolucionarios.  ¿De 
dónde  ha  salido  tanta  gente  ?  —  parecía  preguntarse  el  es- 
tudiante de  medicina,  asombrado  de  aquel  espectáculo 
que  la  disipación  brusca  de  la  niebla  hacía  casi  feérico.  Y 
un  poco  del  entusiasmo  que  enardecía  a  sus  compañeros 
empezó  a  reanimarlo. 

Pero  ya  las  caballerías  se  movían.  ¿Dónde  iban?  Las 
divisiones  marchaban  en  opuestos  sentidos.  El  joven  se- 
cretario, novel  en  el  arte  de  la  guerra,  no  entendía  nada 
absolutamente  de  todo  aquello.  Sólo  advertía  que  la  inten- 
sidad del  fuego  recrudecía.  Pero  no  veía  ningún  avance ; 
ningún  retroceso  tampoco :  la  necesidad  de  todos  esos  des- 
plazamientos de  fuerzas  se  le  escapaba  por  completo. 

Tuvo  que  partir,  a  su  turno,  con  una  orden.  Si  en  el 
ala  derecha  de  Muniz  la  Urbana  parecía  vacilante,  en  cam- 
bio, en  la  izquierda,  el  3.0  de  caballería  resistía  porfiada- 
mente. Saravia  empezó  a  impacientarse.  Aquella  resisten- 
cia le  enconaba.  Había  que  intentar  una  carga  para  de- 
finir un  poco  las  cosas.  José  María  llevaba  una  orden 


ENTRE   U>S  PASTOS 


159 


Al  acercarse  a  la  línea  de  fuego,  el  bisoño  secretario 
creyó  que  vivía  una  vida  nueva.  Un  sentimiento  extraño 
enervó  todo  su  ser.  Tuvo  miedo.  Cada  paso  de  su  caballo 
al  galope  parecía  hundirle  en  un  antro  de  muerte.  El  ruido 
de  las  descargas  se  hacía  cavernoso,  tremendo,  lúgubre. 
Los  grupos  de  combatientes  se  veían  ahora  claramente. 
En  algunos  parajes,  la  humaza  de  los  disparos  señalaba 
dos  líneas  a  doscientos  metros,  apenas,  una  de  otra.  Más 
lejos,  allá  atrás,  sobre  el  campo  enemigo,  un  tropel  de 
gentes  a  caballo  cruzó  al  galope.  Un  acre  olor  de  pólvora 
envenenó  de  golpe  la  pituitaria  de  José  María.  Después, 
al  aproximarse  más  a  la  tropa  para  la  cual  llevaba  la 
orden,  dejó  de  ver  el  campo  de  batalla  y  sólo  distinguió 
un  rincón  de  la  gran  tragedia. 

Eos  hombres  combatían  tendidos  en  el  suelo,  haciendo 
funcionar  sus  armas  con  porfiada  precisión.  Algunos  se 
arrastraban  con  cuidado  para  aprovechar  mejor  un  acci- 
dente del  terreno ;  otros,  huraños,  torvos,  enconados,  com- 
pletamente ajenos  al  parecer  a  cuanto  les  rodeaba,  po- 
nían una  rodilla  en  tierra  para  apuntar  mejor  su  arma 
sobre  el  grupo  de  enemigos  que  veían,  del  otro  lado, 
avanzar  cautelosamente.  Y  siempre  aquel  continuo  repi- 
queteo de  las  descargas,  continuado,  tenaz,  que  se  acen- 
tuaba a  veces  en  borrascosas  ráfagas  de  muerte.  José 
María  advirtió  de  pronto  algo  así  como  el  fugaz  zumbido 
de  un  moscardón;  luego,  casi  en  seguida  otro;  sólo  des- 
pués de  un  instante  se  dió  cuenta  que  eran  balas  de 
máuser  que  habían  pasado  sobre  su  cabeza.  Enardecido 
entonces,  haciendo  esfuerzos  para  dominar  un  principio 
de  pánico,  continuó  avanzando.  Ahora  tenía  prisa  en  des- 
empeñar su  comisión.  Se  cruzó  con  varios  heridos  que 
se  retiraban  de  la  línea  de  fuego,  mudos,  reconcentrados, 
lívidos,  con  un  principio  de  fiebre  en  la  mirada;  arras- 


i6o 


VÍCTOR   PÉREZ  PETIT 


trándose  algunos  penosamente,  salpicadas  las  ropas  de 
sangre.  Y  advirtió  también,  aquí  y  allá  y  un  poco  más 
lejos,  cuerpos  inmóviles,  rígidos,  en  posturas  extrañas, 
mal  disimulados  por  los  pastos,  entre  charcos  rojizos  que 
manchaban  el  esmeralda  del  campo . . . 

En  frente,  muy  cerca  ahora  de  donde  estaba,  infinidad 
de  bocanaditas  de  humo  blanco  se  elevaban  al  ras  de 
tierra,  precediendo  el  ruido  cascado  de  las  descargas.  Las 
notas  claras  y  revibrantes  de  un  clarín  sonaron  a  la  dis- 
tancia, y  casi  de  inmediato  otro  toque  de  clarín,  más 
próximo,  pareció  contestar  al  primero.  Oyó  gritar  unas 
órdenes  por  una  voz  dura  y  áspera.  Luego,  un  recrudeci- 
miento del  fuego  de  fusilería  ahogó  todos  los  otros  ru- 
mores de  la  batalla.  Y,  de  súbito,  como  una  visión  dan- 
tesca, entre  un  redoble  creciente  de  cascos  sobre  la  tierra, 
vió  cruzar  cerca  de  allí,  a  su  derecha,  un  escuadrón  de 
lanceros. 

Medio  atolondrado  por  la  vorágine  del  combate  que  le 
rodeaba,  miró  la  carga.  El  tropel  de  gauchos,  tendidos 
sobre  los  cuellos  de  sus  caballos  voladores,  pasó  en  una 
racha  de  temporal,  se  hundió  en  el  bajo  y  de  pronto  re- 
surgió del  otro  lado,  entreverado  ya  con  el  enemigo.  Un 
sordo  clamor,  raudo,  salvaje,  se  fundió  entonces  con  las 
crepitaciones  de  la  fusilería.  Para  ver  mejor,  él  y  el  jefe 
de  la  vanguardia,  se  empinaron.  Pero  ya  la  carga,  des- 
hecha, volvía  grupas,  en  desorden,  desbandándose. 

—  ¡Flojos!  —  masticó  el  jefe. 

Los  clarines  reanudaban  sus  aullidos.  Las  descargas 
parecían  multiplicarse.  Gritos  y  juramentos  del  lado  del 
entrevero.  Algunos  caballos  cruzaron  al  galope,  sin  su 
jinete. 


ENTRE   EOS  PASTOS 


161 


'—¿Qué  fuerza  está  ahí  en  frente?  —  preguntó  enton- 
ces José  María. 

—  El  3.0  de  Caballería.  Duros  de  pelar,  los  indios,  — 
contestó  su  interlocutor.  Volviéndose  luego  hacia  un  ayu- 
dante :  —  Que  los  tiradores  se  recuesten  más  a  la  iz- 
quierda. Vamos  a  ayudar  la  carga  que  ha  de  volver. 

El  ayudante  dió  media  vuelta  para  ir  a  cumplir  la 
orden,  y,  de  súbito,  sin  un  grito,  como  un  árbol  tronchado 
por  la  base,  se  desplomó. 

—  Ya  estuvo,  —  exclamó  el  comandante ;  —  ¡  pobre 
muchacho!  A  ver,  usted,  capitán,  hágame  el  favor... 

Reyes  partió,  corriendo ;  casi  espoleado  por  el  miedo. 
Tan  rápido  corría,  que  de  pronto  dió  un  paso  en  falso 
sobre  una  desigualdad  del  terreno  y  rodó  como  una  pe- 
lota. Se  alzó,  medio  atontado  y  emprendió  de  nuevo  la 
carrera. 

—  Que  los  tiradores  se  recuesten  más  a  la  izquierda.  Va 
a  dar  otra  carga  la  caballería. 

La  carga  se  producía  ya.  El  tropel  de  los  caballos  y  la 
gritería  de  los  hombres  cruzó  el  campo  como  un  aletazo 
frenético.  Y  allá  abajo,  redoblaron  las  lúgubres  des- 
cargas. 

—  Más  a  la  izquierda...  Más  a  la  izquierda...  ¡Va- 
mos, rápido !. . . 

La  voz  de  mando  pasaba  de  uno  a  otro.  Los  tiradores 
se  desplazaban  con  agazapamientos  de  tigres. 

—  Más  a  la  izquierda.  .  .  Más  a  la  izquierda.  .  . 

Sobre  la  lomada  opuesta,  la  fuerza  gubernista  empe- 
zaba a  ser  arrollada.  Los  lanceros  revolucionarios  se  re- 
volvían como  demonios  en  medio  de  una  hornalla  de 
fuego. 


11 


IÓ2 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


—  ¡  Lindo,  no  más !  —  murmuró  alguien,  al  lado  de 
José  María.  —  Empiezan  a  aflojar  los  salvajes. 

Pero,  en  ese  momento,  cayó  sobre  los  asaltantes  una 
tromba  formidable.  Era  la  escolta  de  Muniz.  Sorprendi- 
dos, desorganizados,  cercados  por  todos  lados,  los  lan- 
ceros de  la  revolución  empezaron  a  desbandarse. 

Fué  entonces  que  Chiquito  Saravia  intervino  personal- 
mente en  el  combate.  A  la  vista  de  su  enemigo,  de  aquel 
odiado  Muniz,  no  pudo  refrenar  su  ardor  guerrero.  Un 
hálito  de  demencia  le  revolvió  el  pensamiento.  Se  olvidó 
de  que  allí  era  él  un  jefe,  que  estaba  allí  para  dar  ór- 
denes y  no  para  cargar  a  lanza,  como  un  soldado  cual- 
quiera. El  coraje  le  ardió  en  las  venas ;  olvidó  toda  pru- 
dencia ;  no  fué  más  que  uno  de  aquellos  gauchos  de  la 
tradición  heroica  ;  y,  lo  mismo  que  el  otro  Aparicio  en  la 
batalla  del  Sauce,  requirió  la  lanza  de  una  manotada, 
puso  al  freno  su  caballo  que  resollaba  fuego,  y  partió 
como  un  viento  de  tempestad,  aululante,  frenético,  arro- 
llador,  seguido  por  la  avalancha  salvaje  de  sus  hombres. 

A  juzgar  por  la  altura  del  sol,  sería  entonces  la  una 
de  la  tarde.  La  batalla  estaba  en  su  apogeo.  Sobre  el 
rumor,  ahora  ininterrumpido,  del  fuego  de  fusilería, 
cruzó  el  terrible  galope  de  la  atropellada. 

—  Pero,  ¡  si  es  el  Chiquito !  —  clamó,  estupefacto,  el 
jefe  de  la  vanguardia. 

Era  Chiquito,  en  su  zaino,  con  el  alférez  Chalar,  en 
un  tordillo,  que  bajaban  como  relámpagos  sobre  el  ene- 
migo. Y  tal  como  un  ariete  formidable  va  a  abrir  un 
hueco  en  una  muralla  de  piedra,  desmoronándola  entre 
una  nube  de  polvo,  así  cruzó  el  caudillo  nacionalista  entre 
las  filas  del  gobierno,  rompiéndolas,  apartándolas  con  su 
indomable  galope.  Ebrio  de  sangre  y  de  furor,  lanceó  el 
gaucho  bravio  a  un  soldado ;  con  el  regatón  de  la  lanza 


ENTRE   EOS  PASTOS 


163 


apartó  a  derecha  e  izquierda  a  dos  más  que  dejaba  a 
retaguardia,  y  sólo  pudo  contener  su  impulso  frenético 
cuarenta  metros  más  allá  de  la  línea  de  combate. 

Delante  de  Chiquito  y  de  Chalar  corría  un  teniente  de 
las  fuerzas  de  Muniz,  huyendo  de  la  atropellada.  Mas  al 
advertir  de  pronto,  que  cesaba  el  galope  de  sus  persegui- 
dores, dió  vuelta  la  cabeza.  Una  bala  había  herido  al 
zaino  del  caudillo  blanco,  y  éste,  al  verse  a  pie,  se  dis- 
ponía a  montar  el  tordillo  de  su  alférez.  Fué  entonces  que 
Chiquito  recibió  un  balazo  en  el  lado  derecho  del  cuerpo. 
Era  una  herida  mortal ;  pero,  indomable,  lleno  de  san- 
gre, se  cogió  a  la  crin  del  caballo,  queriendo  pelear  to- 
davía. . . 

El  teniente  que  huía  sofrenó  de  golpe  su  animal,  volvió 
grupas,  y,  desanudando  sus  boleadoras,  lanzó  un  tiro  para 
maniatar  al  tordillo.  Mal  dirigido  el  golpe,  en  vez  de  bo- 
lear el  caballo,  las  guascas  se  ciñeron  al  cuello  de  Chiquito, 
derribándolo  al  suelo.  Y  allí,  en  el  suelo,  le  atropello  el 
teniente. 

— ¡  No  lo  mate,  teniente,  que  es  el  Chiquito !  —  gritó 
Chalar,  que  acababa  de  ser  derribado,  a  su  vez,  por  otro 
balazo ;  pero  ya  era  tarde :  la  espada  del  militar  había 
bajado  como  un  rayo,  partiéndole  el  cráneo  al  caudillo 
nacionalista. 

La  imprudencia  del  arrebatado  Chiquito  decidió  la  ba- 
talla a  favor  de  su  enemigo.  Ya  las  caballerías  se  retira- 
ban en  desorden,  dejando  el  tendal  de  muertos.  Quisie- 
ron, en  vano,  los  fusileros  contener  el  avance  de  las  tropas 
de  Muniz:  éstas  se  les  venían  encima  furiosas,  como  una 
ola  incontenible.  Desalojado  de  sus  posiciones  Ignacio 
Mena,  los  gubernistas  sentaron  el  pie  en  la  cañada  del 
Parado.  Entonces,  Saravia  ordenó  la  retirada.  Eran  las 
tres  de  la  tarde. 


VIII 


—  Está  triste  esto;  paice  la  fin  del  mundo,  —  dijo  Mar- 
garito,  devolviéndole  el  mate  a  su  mujer. 

Para  que  un  criollo  encuentre  triste  y  solo  el  campo, 
es  preciso,  en  verdad,  que  no  queden  en  él  ni  las  alimañas. 
Y  estaba  triste,  en  efecto :  en  todo  el  dia  la  mirada  no  des- 
cubría alma  viviente  en  la  vastedad  de  los  confines.  No 
quedaba  un  caballo  en  todo  el  pago,  y  los  vacunos,  los 
pocos  que  por  allí  había,  debían  haberse  internado  en  el 
monte.  Por  la  noche,  las  claudicantes  lucecillas  que  antes 
denunciaban,  aquí  y  allá,  a  lo  lejos,  el  rancho  de  fulano 
o  de  zutano,  también  se  habían  apagado.  O  las  vivien- 
das estaban  abandonadas,  o  sus  moradores  se  muraban 
bien,  sin  dejar  resquicio,  apenas  bajaba  el  sol.  Una  quie- 
tud, un  silencio  imponentes,  se  abatían  sobre  la  natura- 
leza, y,  si,  por  acaso,  piaba  algún  pájaro  durante  el  día 
o  por  la  noche  chirriaba  una  lechuza,  el  grito,  perdido  en 
el  hondo  silencio,  solo,  aislado,  caía  como  en  un  antro  de 
muerte. 

—  Va  pa  sais  días  que  no  vemos  a  naides,  —  comentó 
Baudilia,  volviendo  con  otro  mate.  —  Hasta  la  chiqui- 
linada  ha  juído  de  la  escuela. 

Margarita,  sentado  en  un  banco,  al  lado  de  la  cocina, 
sorbía  lentamente  el  mate,  errante  la  mirada  por  los  cam- 
pos, que  se  azulaban  con  el  crepúsculo.  Por  primera  vez 
acaso,  en  su  vida,  se  encontraba  tan  solo  y  tan  aislado, 
con  aquel  éxodo  de  gentes  y  la  paralización  total  de  todas 
las  faenas  camperas.  En  cuanto  a  Baudilia,  parecía  no  ex- 


I 


ENTRE   EOS  PASTOS 


165 


trañar  la  soledad;  dijérase,  más  bien,  que  se  avenía  mejor 
su  espíritu  con  ella. 

— ¿Y  qué  será  de  la  vida  de  misia  Ramona,  sola,  la 
pobre,  con  Faustino  y  la  parda? 

El  iba  a  exponer  sus  suposiciones  sobre  aquel  tema, 
cuando  de  pronto  se  detuvo,  escuchando.  Su  finísimo  oído 
de  gaucho  acababa  de  advertir  un  rumor  lejano,  inusitado. 

—  Escucha . . . 

Baudilia,  que  recogía  el  mate,  prestó  atento  oído. 

—  No  oigo  nada  .  .  . 

—  ¡  Pst !  —  hizo  él. 

Nada.  Un  profundo  silencio,  como  siempre,  se  abatía 
sobre  el  campo.  Creía  ya  haberse  equivocado,  e  iba  a 
pegar  la  hebra  sobre  la  interrogación  formulada  antes  por 
su  mujer  respecto  de  la  viuda  de  don  Carmelo  Antúnez, 
cuando  por  segunda  vez  se  detuvo  intrigado. 

—  Se  me  hace  ruido  de  caballada,  —  dijo. 

Púsose  en  pie,  dió  la  vuelta  a  la  cocina  y  escrutó  con 
su  aguda  mirada  el  paso  del  bajo,  disimulado  por  el 
monte. 

—  Sí,  aura  me  parece  a  mí  también...  —  murmuró 
Baudilia. 

Del  rancho  grande,  sin  verlos  a  ellos,  salió  de  repente 
Canelón  como  una  flecha,  avanzó  varios  metros,  y  lanzó 
unos  ladridos  en  dirección  del  bajo. 

—  Ya  decía  yo,  —  argüyó  Margarita. 

—  ¿Quiénes  podrán  ser? 

—  Gente  del  gobierno  o  revolucionarios,  vaya  a  saber. 
Si  no  vienen  p'acá,  sólo  los  veremos  cuando  trepen  por 
la  lomita  del  zurdo. 

No  se  equivocó  Margarita.  El  rumor  se  desvaneció  por 
completo;  pero,  diez  minutos  después,  empezó  a  subir 


i66 


VÍCTOR  PÉREZ  PKTIT 


por  la  lejana  loma  una  tropilla  suelta  de  caballos.  Por  los 
flancos  de  ésta  se  advertían  varios  jinetes,  armados  a 
lanza. 

—  Allá  van,  —  indicó  Margarito ;  —  es  gente  de  los 
revolucionarios. 

La  diminuta  aparición  palpitó  algún  tiempo  como  una 
figura  chinesca  sobre  la  lomada  y  luego,  trasponiéndola, 
se  perdió  de  vista. 

—  Se  fueron,  —  dijo  Margarito,  volviendo  a  su  asiento. 
Pero,  en  el  mismo  instante,  comenzó  a  ladrar  Canelón 

furiosamente,  avanzando  hacia  el  bajo.  Baudilia  y  Marga- 
rito  tornaron  a  salir. 

—  Alguno  viene  p'acá,  —  dijo  él. 

En  efecto ;  de  un  abra  del  monte,  surgió  repentinamente 
un  jinete,  y  casi  en  seguida  otro,  los  que  apareándose 
luego,  tomaron  el  galope,  derechos  sobre  el  rancho. 

— •  Margarito.  .  .  —  murmuró  Baudilia,  con  un  ligero 
temblor  en  la  voz. 

—  ¿  Qué  hay  ?  —  replicó  varonilmente  él ;  —  son  dos, 
nada  más.  No  siás  zonza.  Dentrá.  Ya  veremos  qué 
quieren. 

Entró  también  él  a  la  casa,  se  metió  un  pistolón  en  el 
bolsillo,  y  salió  en  seguida. 

—  ¡  Canelón !  ¡  Aquí,  Canelón  ! 

El  perrazo,  rezongando,  se  le  acercó. 

—  Quieto,  Canelón;  hay  que  ver  quiénes  son  estos 
mozos. 

Eos  dos  jinetes  llegaban  al  galopito.  Eran  dos  hom- 
bres mal  entrazados,  sucios,  rotos.  El  uno  venía  armado 
de  lanza  y  el  otro  con  carabina. 

"  Estos  deben  ser  de  la  partida  aquélla  pensó  Mar- 
garito,  tranquilizándose  y  saliendo  al  medio  del  patio. 
"  Vienen  a  agenciar  algo  ". 


ENTRE  LOS  PASTOS 


l67 


La  verdad  es  que  la  figura  y  el  aspecto  de  los  dos  recién 
llegados  no  era  para  inspirar  confianza  a  nadie ;  pero,  en 
tiempo  de  guerra,  no  llama  mayormente  la  atención  el 
ver  hombres  con  trazas  de  bandidos.  La  vida  ruda  del 
campamento,  las  malandanzas  de  las  marchas,  las  incle- 
mencias del  tiempo,  los  sufrimientos  y  trabajos,  convier- 
ten al  más  estirado  de  los  doctorcitos  en  un  tenebroso  de 
cine.  Aquellos  dos  revolucionarios  iban  vestidos  de  ji- 
rones, sucios,  puercos  de  barro,  con  trapos  descoloridos. 
El  de  la  lanza  era  un  paisano  cincuentón,  bajito,  rechon- 
cho, con  todo  el  rostro  cubierto  de  pelos.  Tenía  todo  el 
aspecto  de  un  desgraciado  y  no  hubiera  producido  a  na- 
die repulsión  si  no  fuera  por  sus  ojos,  unos  ojos  falsos, 
solapados,  malos,  que  querían  ser  tiernos  y  miraban  de 
soslayo  en  rápidos  disimulos,  que  parecían  puñaladas.  Su 
compañero,  el  de  la  carabina,  era  un  hombrote  joven, 
flaco,  alto,  aindiado,  de  color  de  cobre,  con  unas  cerdas 
punteagudas  por  bigote.  Tenía  una  enorme  cicatriz  sobre 
el  costado  derecho '  de  la  boca,  que  le  daba  un  extraño 
aspecto  de  ferocidad.  Llevaba  un  poncho  patrio  lleno  de 
remiendos  y  costuras  y  calzaba  alpargatas  inmundas.  Al 
llegar,  sofrenaron,  cambiaron  una  mirada  y  dijeron  casi 
a  un  tiempo : 

—  Güeñas  tardes. 

—  Güeñas,  —  respondió  Margarita.  —  ;  Qué  se  les 
ofrece,  amigos? 

—  Perdone  si  molestamos,  —  adujo  entonces  el  más 
viejo ;  —  vamos  arriando  una  caballada.  Sernos  de  la  gente 
del  coronel  Núñez.  Entonces,  cuando  vadeamos  el  paso 
en  la  cañadita  esa,  el  teniente  vió  estas  poblaciones  y  nos 
dijo :  "  A  ver,  muchachos,  alléguense  a  esas  casas,  a  ver 
si  consiguen  un  poco  de  yerba  Ya  ve,  no  tenemos  ni  un 
"  palito  "  pa  meter  en  el  "  porongo  ". 


i68 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


—  Eso  es,  —  certificó  el  indio. 

Margarito  los  observaba  con  disimulo.  Cuando  el  otro 
concluyó  de  explicarse,  preguntó: 

—  ¿Y  caña?  ¿No  tienen  caña? 

—  ¿  Caña  ?  ¡  Diande !  Dende  que  empezó  la  patriada  no 
la  hemos  visto.  ¡  Ojalá ! 

—  ¡  Si  hubiera  caña !  —  agregó  goloso  el  indio. 

Los  dos  hombres  se  miraron,  sonriendo.  Aquella  son- 
risa convenció  a  Margarito.  "  Son  dos  pobres  diablos ", 
se  dijo  a  si  mismo ;  "  voy  a  darles  un  gusto  ".  Y  entonces, 
campechanamente,  invitó : 

—  Bajensén,  si  gustan.  Les  viá  a  trair  yerba  y  caña. 

Los  dos  jinetes  echaron  pie  a  tierra.  Margarito  se  en- 
caminó al  rancho  grande.  Pero,  no  había  andado  cuatro 
pasos,  cuando  sonó  un  tiro. 

Al  caer,  de  rodillas,  herido  en  la  espalda,  hizo  un  es- 
fuerzo para  volverse  hacia  sus  victimarios. 

—  ¡  A  traición,  cobardes  !  —  barbotó. 

Dentro  de  la  casa,  vibró  un  alarido  de  mujer.  El  perro, 
Canelón,  avanzó,  mostrándole  los  dientes  a  los  foragidos. 
Margarito  pugnaba  por  sostenerse  con  una  mano  contra 
el  suelo,  mientras  con  la  otra  buscaba  en  el  bolsillo  la 
pistola. 

—  Apura,  ché,  —  dijo  el  viejo  al  indio. 

Baudilia  había  aparecido  en  la  puerta  del  rancho,  en- 
loquecida, tremante,  la  faz  demudada. 

—  ¡  Margarito !  ¿  qué  fué  ? 

— Despená  a  ese ;  yo  me  encargo  de  la  mujer,  —  or- 
denó el  viejo. 

Entonces  el  indio  avanzó  sobre  Margarito,  sacando  su 
cuchillo  del  cinto.  Pero  ya  Margarito  había  logrado  em- 
puñar su  pistola  e  hizo  fuego. 


ENTRE   LOS    PASTOS  IÓQ 


—  j  Maldi . . . ,  —  rugió  el  indio,  herido  en  mitad  del 
pecho ;  y  fué  a  caer  cerca  de  Margarito. 

Entre  tanto,  su  compañero  enderezaba  hacia  Baudi- 
lia,  que  no  se  animaba  a  acudir  a  su  esposo. 

—  ¡Aura  te  arreglo  yo!  —  vociferó,  entre  dos  ju- 
ramentos. 

Baudilia  dió  media  vuelta  y  salió  huyendo  a  campo  tra- 
viesa, lanzando  alaridos  de  pavor. 

El  otro  quiso  perseguirla,  pero  el  perrazo  le  avanzaba  sin 
darle  respiro.  Tuvo  que  dejar  a  la  mujer  para  atender  a 
Canelón. 

—  ¡  Maldito  perro  ! 

El  indio,  por  su  lado,  gravemente  herido,  pero  loco  de 
furor,  se  arrastraba  penosamente  hacia  Margarito,  que  se 
había  desmayado.  Al  fin  llegó  a  él,  se  incorporó  haciendo 
un  supremo  esfuerzo  y  le  buscó  la  garganta: 

—  Te  viá  a  dar,  sarnoso!  —  masticó. 

Le  sujetó  por  los  cabellos,  apoyándose  en  un  codo,  y 
reuniendo  todas  sus  fuerzas,  le  hundió  el  cuchillo  en  la 
garganta,  cortando  después  para  afuera.  El  acero  pe- 
netró en  las  carnes  y  rasgó  los  tejidos  y  las  venas.  Un 
chorro  de  sangre  saltó  sobre  la  tierra  del  patio.  El  cuerpo 
del  desdichado  Margarito  viboreó  un  instante,  tuvo  uno 
o  dos  estremecimientos  y  al  fin  quedó  exánime. 

—  Ya'stá,  —  hizo  el  indio,  resollando  fuerte. 

Pero,  él  también  se  moría.  Llamó  a  su  compinche,  con 
voz  tartajosa : 

—  Apar. . .  cero. . . 

El  otro  tenía  bastante  que  hacer  con  el  perro.  Apenas 
pretendía  alejarse,  o  descuidaba  la  guardia,  Canelón  se 
le  iba  encima,  con  los  ojos  inyectados  de  sangre.  Enton- 
ces, cuando  empezaba  a  fatigarse  de  tirarle  inútilmente 


170 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


puñaladas  al  perro,  que  las  esquivaba  con  rápidos  brin- 
cos, vió  en  el  suelo,  al  lado  de  Margarita,  la  pistola  con 
que  éste  había  herido  a  su  compañero.  Una  idea  fulguró 
en  su  cerebro :  "  puede  que  tenga  otro  tiro  ".  Y,  sin  des- 
cuidar al  animal,  que  redoblaba  sus  asaltos,  avanzó  rápi- 
damente y  cogió  la  pistola.  Apretó  un  gatillo  y  sonó  un 
tiro.  El  perro  dió  un  salto  en  el  aire  y  quedó  seco. 

—  ¡  Por  fin !  —  rugió  con  gozo  indecible  el  bandido, 
secándose  con  el  reverso  de  la  mano  el  sudor  que  per- 
leaba  en  su  frente.  —  ¡  Maldito  perro ! 

Giró  entonces  la  vista  en  derredor,  buscando  a  Baudi- 
lia ;  pero  ésta  había  desaparecido. 

—  No  li  hace.  Vamo  a  carchar  lo  que  haiga. 

Le  sacó  el  reloj  de  oro  a  Margarito  y  el  dinero  que 
llevaba  encima.  Dentro  de  la  casa  halló  un  rebenque  con 
virolas  de  plata.  Todo  lo  hizo  suyo.  Después,  perdió  más 
de  media  hora  buscando  el  frasco  de  caña.  Sólo  cuando 
lo  hubo  encontrado  se  le  ocurrió  que  se  le  hacía  tarde. 

—  ¿Y  mi  aparcero?  —  murmuró.  —  ¿Habrá  estirao  ta- 
mién  la  pata? 

Fué  a  contemplarlo.  El  indio  había  muerto. 

—  Mejor ;  ansí  no  hay  partija. 

Sin  apresurarse  mucho,  fué  a  su  caballo,  montó  y  se 
alejó  al  trotecito. 


IX 


Apenas  traspuesta  la  loma  del  zurdo  —  según  la  de- 
signación que  le  diera  Margarita,  —  Juan  de  Dios,  que 
dirigía  con  veinte  hombres  la  operación  de  arrear  la  ca- 
ballada, mandó  hacer  alto. 

—  Aquí  podemos  tomar  un  resuellito,  —  dijo.  —  Entre 
tanto,  vamo  a  ver  si  nos  alcanzan  esos  dos  sotretas. 

—  ¿  Celedonio  y  el  indio  ?  —  contestó  un  mocetón  ce- 
ceoso y  picado  de  viruelas,  que  oficiaba  de  cabo.  —  Esos, 
si  han  pescao  caña,  ya  tienen  pa  rato.  Además,  que  yo 
no  los  hubiera  mandao  a  ellos  a  las  poblaciones. 

— ¿Por  qué?  —  preguntó  Juan  de  Dios.  —  Ellos  mes- 
mos  se  ofertaron. 

—  Usté  no  los  conoce,  teniente;  yo  sí.  Son  de  mi  pago. 
Unos  bandidos. 

—  ¡  Mira !  ¿  Entonces  ? 

—  Capaces  de  abusar. 

Juan  de  Dios  se  quedó  pensativo.  Pero,  al  cabo  de  un 
instante,  sus  ideas  cambiaron  de  rumbo.  Se  hallaba  so- 
bre el  bañado  de  Carpintería,  y,  según  sus  informes,  por 
allí  no  más  debía  estar  la  casa  de  Baudilia.  Atenaceado  por 
aquel  pensamiento  que  no  le  abandonaba,  sobre  todo  ahora 
que  su  comisión  le  había  llevado  a  los  pagos  de  ella,  se 
puso  en  pie,  se  desperezó  extendiendo  los  brazos,  y  giró 
la  vista  alrededor.  El  rancho  del  zurdo  se  hundía  allí 
cerca,  al  borde  del  bañado. 

—  Viá  a  dir  hasta  la  cueva  de  ese  aperiá,  —  dijo  a  su 
subalterno.  —  No  pierdan  de  ojo  los  caballos. 


1/2 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Ya  junto  al  rancho,  le  costó  un  triunfo  hacer  asomar 
al  viejo.  Sus  "  Ave  María "  de  llamada  resonaban  sin 
eco.  Al  cabo,  asomó  el  hombre,  temblando. 

—  Güeñas  tardes,  paisano.  No  tenga  cuidao ;  sernos 
gente  de  bien. 

—  Ya  veo,  sí,  —  afirmó  el  zurdo,  más  para  adular  al 
forastero,  que  por  convicción.  Y  agregó,  melifluo:  —  ¿En 
qué  puedo  servirlo? 

—  ¿  No  sabría  decirme  pa  qué  rumbo  queda  la  casa  de 
don  Margarito,  uno  que  jué  capataz  de  los  Laureles,  ca- 
sao  con  una  tal  Baudilia? 

—  ¿Y  cómo  no  he  de  saber,  si  son  vecinos ?  —  repuso 
muy  amable  el  viejo. 

Juan  de  Dios  sintió  que  el  pecho  se  le  hinchaba  de 
alegría. 

—  ¿Ah,  sí? 

—  Vea,  hace  poco  no  más,  deben  haber  pasao  ustedes 
por  el  fondo  del  campo  de  Margarito.  ¿Ustedes  vienen 
de  allá,  por  el  camino,  no? 

—  Mesmo. 

—  Güeno.  Entonces  pasaron  al  lao  de  una  cañadita. 
Hay  una  barranca.  Después  un  abra,  sobre  el  paso.  Dende 
allí  se  ven  las  casas,  un  rancho  grande,  nuevo,  y  otro  más 
chico.  Tamién  hay  dos  embuses. 

—  Son  los  mesmos,  de  juro,  —  dijo  Juan  de  Dios,  re- 
cordando que  al  ver  aquéllos,  fué  que  Celedonio  y  el  in- 
dio le  propusieron  ir  a  comprar  un  poco  de  yerba. 

Dió  las  gracias  al  zurdo  y  se  volvió.  Mientras  regre- 
saba, iba  pensando  en  las  casualidades  con  que  nos  sor- 
prende la  vida.  Al  pasar  junto  al  abra,  había  tenido  el 
pensamiento  de  acampar  allí  y  de  ir  personalmente  hasta 
las  casas  para  hacer  la  averiguación  que  ahora  había 


ENTRE    EOS  PASTOS 


173 


hecho  en  lo  del  zurdo ;  pero  después,  como  aún  había  luz, 
quiso  seguir  un  poco  adelante,  para  darse  bien  cuenta 
de  la  posición  del  bañado  que  tenía  que  orillar.  Un  poco 
más  y  se  hubiera  dado  de  manos  a  boca  con  la  mujer  por 
quien  vivía  su  corazón. 

Al  regresar,  cerrada  la  noche,  junto  a  su  gente,  el  cabo 
se  le  aproximó : 

—  Teniente,  ya  golvió  Celedonio.  Ai  está  el  hombre. 

—  ¿Y  el  indio? 

—  Dice  Celedonio  que  se  ha  resertao ;  que  estaba  abu- 
rrido de  la  patriada. 

—  ¡  Chancho ! 

—  Teniente . .  . 

Juan  de  Dios  alzó  los  ojos  y  miró  al  cabo.  En  seguida 
advirtió  que  éste  deseaba  decirle  algo  más.  Se  apartó  un 
poco  e  incitó : 

—  Desenrolle,  pues,  amigo. 

—  Teniente;  yo  creio  que  hicimos  mal  en  dejar  dir  a 
aquellos  ranchos  a  Celedonio  y  el  indio.  Pa  mí,  que  han 
robao. 

—  ¡  Ah !  —  hizo  Juan  de  Dios.  Y  con  creciente  afán : 
—  Hablá,  pues,  pronto. 

—  Celedonio  ha  güelto  medio  mamao.  Trujo  un  re- 
benque de  plata  y  otras  cosas.  Indalecio  las  vido. 

—  Llámame  a  Celedonio. 

El  cabo  se  iba  ya,  cuando  Juan  de  Dios  volvió  a  lla- 
marlo. 

—  No,  mira.  No  digás  nada.  En  un  galopito  me  largo 
hasta  allá,  pa  averiguar.  Churrasqueen. 

—  Ta  bien,  teniente. 

—  Y...  —  recomendó  Juan  de  Dios,  cogiéndose  am- 


174 


VÍCTOR   PÉREZ  PETIT 


bos  labios  con  el  índice  y  el  pulgar,  en  un  gesto  elocuente 
de  silencio,  —  ¿me  entendés? 
—  Pierda  cuidao,  teniente. 

Juan  de  Dios  aparejó  un  caballo,  montó  despacio  y  sa- 
lió al  trotecito. 

La  noche  había  cerrado  por  completo;  una  radiante 
noche  vestida  de  luna.  Los  campos  se  extendían  silen- 
ciosos, serenos,  como  encantados.  Tal  que  espolvoreados 
de  yeso,  los  árboles  surgían  fantasmales.  El  firmamento 
todo  tenía  una  claridad  lechosa,  que  desvanecía  en  orientes 
de  perla  la  luz  de  las  estrellas. 

Juan  de  Dios  galopaba  ahora  rumbo  a  la  cañada.  La 
soledad  era  tan  grande  que  ni  siquiera  infundía  miedo. 
Al  volver  un  recodo,  descubrió  sobre  el  camino  el  enorme 
zanjón  que  había  visto  por  la  tarde.  El  caballo  aminoró  la 
marcha  y  pasó  bufando.  Después,  más  adelante,  cruzó  un 
charco,  que  también  recordó  haber  visto,  a  la  luz  cre- 
puscular, como  una  gran  mancha  sucia :  ahora  parecía 
una  lámina  de  zinc  bajo  el  plenilunio.  Continuó  galopando. 
Al  salir  de  la  hondonada,  distinguió  bruscamente  el  monte : 
era  un  largo  y  sinuoso  festón  obscuro  sobre  la  neblina 
luminosa  de  la  noche.  Buscó  el  paso.  Volvió  hacia  atrás 
creyendo  haber  traspuesto  el  abra;  pero  el  detallecito  de 
un  nido  de  horneros  sobre  un  poste  le  recordó  que  aquélla 
debía  estar  más  adelante.  Halló  por  fin  la  senda  y  em- 
pezó a  internarse  al  paso  de  su  cabalgadura.  Un  tala  le 
arañó  al  llegar  al  agua.  Una  alimaña  invisible  huyó  entre 
los  pastos.  La  sombra  le  envolvió  un  instante,  en  medio  de 
la  maraña;  luego  empezaron  a  espaciarse  los  árboles  y 
arbustos  sobre  el  declive  del  bajo,  y  por  fin  fué  otra 
vez  la  luz  feérica,  grisácea,  luminosa  de  la  noche  iman- 
tada. Delante  de  él  tenía  una  vasta  extensión  clara,  como 
de  día,  y  allá  arriba,  sobre  la  cuesta,  recortando  el  f ir- 


ENTRE   LOS  PASTOS 


175 


«lamento,  las  sombras  opacas  de  dos  ombúes  y  los  ran- 
chos. Al  acercarse  más  a  las  poblaciones,  pudo  ver,  entre 
los  dos  ranchos  negros,  el  brocal  de  un  pozo,  plateado  de 
luna. 

Llegó,  contorneó  la  cocina,  y  dió  una  gran  voz : 

—  ¡  Ave  María ! 

El  son  de  su  voz,  en  aquel  silencio  inmenso  y  grave,  le 
admiró  a  él  mismo.  Esperó  un  momento,  mirando  a  su 
alrededor,  y  repitió  más  fuerte : 

—  i  Ave  María ! 

El  mismo  silencio  de  muerte.  La  soledad  y  mudez  de 
la  noche  eran  realmente  imponentes :  tenían  algo  de  sa- 
grado. Experimentó  como  una  sensación  de  frío. 

—  ¡  Gente  de  paz !  —  clamó,  haciendo  adelantar  su  ca- 
ballo hacia  el  rancho  grande. 

Pero,  de  súbito,  sintió  que  el  corazón  le  daba  un  vuelco 
dentro  del  pecho.  Al  mismo  tiempo  que  su  caballo  ron- 
caba por  las  narices,  ladeándose  con  desconfianza,  él  ad- 
virtió en  el  suelo,  frente  a  la  puerta  de  entrada,  unos 
cuerpos  humanos  que  diseñaba  en  relieve  la  claridad  noc- 
turna. 

Se  tiró  del  caballo  y  manteniéndolo  de  la  rienda,  se 
acercó.  Eran  los  cuerpos  exánimes  de  Margarito  y  el 
indio,  en  medio  de  unos  charcos  negruzcos.  Un  poco  más 
allá  estaba  el  perro. 

—  ¡  Juna  gran ! .  . .  —  barbotó  Juan  de  Dios  ;  y,  ner- 
vioso ya,  imaginando  la  tremenda  tragedia,  acongojado 
por  la  suerte  de  Baudilia,  ató  rápidamente  el  caballo  junto 
al  pozo,  y  contorneó  el  rancho,  llamando : 

—  ¡  Baudilia !  ¡  Baudilia  ! 

Entró  a  la  cocina  y  halló  aún  el  rescoldo  en  el  hogar. 
Salió  de  allí  corriendo  y  enderezó  al  rancho  grande: 
- — ¡Baudilia!  ¡Baudilia!  ¡Soy  yo,  Juan  de  Dios! 


176  VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Nada.  El  rancho  estaba  vacío.  Las  prendas  y  muebles 
que  en  él  había,  parecían  revolucionados :  indudablemente, 
dado  lo  hacendosa  y  prolija  que  era  la  muchacha,  aquel 
desorden  revelaba  que  por  allí  había  pasado  un  ladrón. 
Entonces,  tornó  a  salir,  se  apartó  de  las  casas,  y,  solo, 
en  medio  de  aquel  océano  de  claridad  lunar,  clamó  repe- 
tidamente : 

—  ¡  Baudilia  !  ¡  Baudilia  !  ¡  Soy  yo,  Juan  de  Dios  ! 

Allá  abajo,  distinguió  la  silueta  negra  del  rancho  del 
vasco.  Corrió  hacia  su  caballo,  se  le  "  enhorquetó  de  un 
salto  "  y  salió  a  la  carrera,  chicoteando  a  dos  lados. 

—  ¡  Ave  María !  ¡  Gente  de  paz  !  ¡  Abra,  amigo,  por 
favor ! 

No  contestaron  a  su  llamado ;  pero  un  leve  rumor  le 
denunció  que  el  rancho  no  estaba  deshabitado.  Golpeó  con 
su  rebenque  en  la  puerta,  aduciendo : 

—  No  tengan  miedo.  Soy  un  amigo.  Han  muerto  a 
Margarita  y  quisiera  saber  si  está  aquí  Baudilia,  su  mujer. 

Entonces,  sin  dejarse  ver,  contestó  el  vasco. 

—  Aquí  no  está.  No  hay  ninguno. 

—  Pero,  ¿  no  la  ha  visto  ?  ¿  no  sabe  d'ella  ? 

—  No  la  he  visto ;  no  sé  nada,  —  repitió  la  misma 
voz,  al  través  de  las  paredes. 

Juan  de  Dios  quedó  perplejo  un  momento.  Después, 
recobró  las  riendas  y  empezó  a  correr  campo.  Buscaba 
al  acaso,  loco,  angustiado,  clamando,  a  voces,  en  la  di- 
rección del  monte : 

—  Soy  yo,  Juan  de  Dios,  ¡Baudilia! 

Así  anduvo  horas.  Fatigado,  descorazonado  al  fin,  tornó 
a  buscar  el  paso.  Salió  al  camino  y  emprendió  el  regreso, 
escrutando  con  la  mirada  los  alrededores,  con  la  última 
esperanza  de  descubrir  a  la  Calandria. 


ENTRE   LOS  PASTOS 


177 


Unas  nubes  velaban  ahora  la  luna.  La  naturaleza  se 
ensombrecía,  se  tornaba  más  misteriosa  y  salvaje,  se  ha- 
cía enemiga.  Apenas  se  apeó  en  el  campamento,  vino  a 
él  el  cabo : 

—  No  hay  novedad,  teniente. 

—  Tráiganme  a  Celedonio. 

Y  cuando  compareció  el  otro,  medio  adormilado,  le 
interrogó  de  golpe : 

—  ¿Ande  está  la  mujer  del  hombre  que  asesinaron  allá 
abajo? 

El  viejo  regordete  se  despertó  del  todo. 

—  ¿  Qué  dice  ?  —  argüyó  a  su  vez. 

—  ¿Ande  está  la  mujer  del  hombre  que  asesinaron  y 
robaron  con  el  indio,  allá  en  el  patio,  frente  al  rancho 
grande,  al  lao  del  pozo? 

—  ¿Y  yo  qué  sé!  Yo  no  maté  a  naides.  Ella  juyó. 

—  A  ver,  cabo,  —  ordenó  entonces  Juan  de  Dios :  — 
codo  con  codo  y  bien  sujetao. 

El  viejo  tuvo  un  ademán  de  rebelión  o  de  huida : 

—  ¿A  mí ?  ¡  con  la  uña  ! 

Juan  de  Dios  no  pudo  dominar  su  impulso : 

—  ¡  Tomá,  bandido !  —  espetó ;  y  de  un  mazazo,  con  el 
mango  del  rebenque,  lo  dió  contra  el  suelo.  Después,  re- 
cobrando la  calma,  con  tranquilidad : 

—  Cabo,  hasta  que  entreguemos  a  este  hombre  al  co- 
mandante Cruz,  usté  me  responde  d'él.  Y  aura,  a  marchar. 

El  nuevo  día  se  aproximaba,  y,  sin  embargo,  la  noche 
parecía  más  obscura.  La  comisión  reanudó  su  marcha 
arreando  la  caballada. 


12 


X 


Haciendo  breves  altos,  para  dar  un  resuello  a  los  ca- 
ballos y  permitirles  unos  mates  y  una  "pitada "  a  los 
f  lanqueadores,  la  "  comisión  "  continuó  el  "  arreo  "  de 
los  animales  durante  todo  el  día  siguiente.  Una  gran  pol- 
vareda, a  ras  del  suelo,  se  alzaba  tras  el  paso  del  obscuro 
tropel  y  sobre  las  colinas  cercanas  resonaba  extraño  y 
plañidero  el  monótono  "  hop,  hop  "  de  los  mocetones.  Y 
así  iba,  a  lo  largo  de  los  caminos  negruzcos  o  trepando 
por  las  cuchillas  esmaltadas  de  verde,  o  hundiéndose  en 
las  hondonadas  montuosas,  con  sordo  ruido  de  cascos, 
aquella  masa  informe  y  confusa  de  caballos  y  jinetes,  en 
un  turbión  de  crines,  de  despavoridas  cabezas  de  anima- 
les, de  agudas  lanzas  con  banderolas  y  de  ponchos  al 
viento. 

Juan  de  Dios  no  cesaba  de  pensar  en  Baudilia.  ¿Qué 
sería  de  ella?  Se  la  representaba  huyendo  por  los  cam- 
pos, enloquecida  de  terror,  sola,  sin  amparo,  expuesta  a 
todos  los  peligros.  Acaso,  si  había  tenido  a  mano  algún 
caballo,  se  dirigía  en  esos  momentos  a  la  Estancia  de  An- 
túnez;  acaso  también  se  refugiara  en  casa  de  algún  ve- 
cino; acaso,  perdida  en  el  monte,  exhausta  de  correr  sin 
rumbo,  loca  de  desesperación,  se  moría  de  fatiga  y  de 
miedo  en  algún  rincón  ignorado.  ¿Qué  sería  de  la  des- 
dichada ? 

Y  aquella  catástrofe  la  había  ocasionado  la  codicia  y 
crueldad  del  bandido  que  cabalgaba  delante  de  él,  mania- 
tado sobre  el  caballo,  entre  el  cabo  y  un  soldado.  ¡Y 


KNTRIÍ   LOS  PASTOS 


179 


aquel  hombre  quedaría  impune,  porque  en  tiempos  de  gue- 
rra no  hay  autoridades ;  mientras  que  a  él,  por  un  mise- 
rable tajo,  le  habían  encerrado  cinco  años  en  la  cárcel ! 
Pues  bien :  si  el  comandante  Cruz  no  hacía  justicia,  ya  le 
saldaría  él  las  cuentas  al  foragido. 

Cuando,  al  fin.  después  de  otro  día  de  marcha  al  tra- 
vés de  campos  siempre  solitarios,  alcanzó  a  la  gente  de 
Saravia,  se  presentó  de  inmediato  a  su  jefe  para  darle 
cuenta  de  su  comisión.  No  había  hallado  a  Lamas,  pero 
traía  los  caballos. 

—  Lamas  está  aquí,  dende  ayer,  —  replicó  Ciríaco 
Cruz.  —  Del  Paso  de  los  Toros  se  vino  a  Impambai,  re- 
costándose sobre  el  Río  Negro.  Por  eso  no  li  hallaste. 
Ganó  una  gran  batalla,  según  cuentan. 

Entonces  Juan  de  Dios  puso  en  conocimiento  de  su 
jefe  la  fechoría  de  Celedonio  y  del  indio. 

—  ¡  Kum !  —  hizo  el  comandante,  —  me  parece  que  al 
general  le  va  a  sentar  mal  este  asunto.  Había  ordenao 
que  la  rigolución  respetara  a  los  vecinos. 

Después,  cambiando  el  rumbo  de  sus  ideas : 

—  Esos  sabandijas  te  sacaron  del  medio  al  capataz, 
¿eh? 

—  No  era  ansí  como  yo  quería,  —  replicó  adusto  Juan 
de  Dios.  —  De  hombre  a  hombre,  frente  a  frente,  yo 
y  él,  solos,  sin  que  se  metiera  naide,  güeno ;  pero  ansí, 
¿compriende,  comandante ? 

—  ¡  Bien  hablao,  teniente,  —  tronó  con  satisfacción  el 
coloso  —  ansí  debía  de  ser !  Voy  a  hablarle  al  general. 

Aparicio  Saravia,  como  había  dicho  Cruz,  tenía  parti- 
cular empeño  en  que,  durante  la  patriada,  no  se  come- 
tiera ningún  delito  que  arrojara  sombras  sobre  la  bandera 
de  la  revolución.  Al  tener  conocimiento  de  la  barrabasada 


i8o 


VÍCTOR  PÉREZ  PKTIT 


de  aquellos  dos  facinerosos,  su  rostro  se  contrajo  con 
dureza.  Quedó  hosco  un  momento,  mirando  el  suelo ; 
luego  alzó  la  cabeza,  con  una  inquebrantable  resolución 
clavada  en  los  ojos. 

—  Hay  que  hacer  un  escarmiento,  —  murmuró. 

Y  en  seguida,  sin  más  rodeos,  reunió  su  consejo  de 
coroneles,  e  hizo  comparecer  a  Celedonio,  despojado  de 
su  divisa  partidaria.  El  juicio  fué  sumarísimo.  No  hubo 
excusas  ni  dilaciones.  Condenado  el  bandido  a  ser  pasado 
por  las  armas,  fué  conducido  ante  las  tropas  formadas; 
se  le  hizo  arrodillar  en  tierra,  y  se  le  fulminó  con  una  des- 
carga, a  cuatro  pasos  de  distancia. 

También  la  revolución  hacía  justicia. 

Al  día  siguiente,  todo  el  ejército  se  puso  en  marcha 
hacia  el  bañado  de  Medina  primero  y  luego  hacia  Lau- 
reles, en  busca  de  Muniz.  Empezaba  aquella  enorme  co- 
rrería que  iba  a  conducir  el  ejército  revolucionario  en 
masa  desde  Cerro  Largo  hasta  Canelones.  La  imponente 
columna  de  centauros,  las  macizas  caballadas,  el  convoy 
de  los  carros,  desfilaron  por  las  soledades  del  campo 
como  una  visión  fantástica.  Sólo  algunas  pobres  mujeres, 
olvidadas  en  sus  misérrimos  ranchos  de  barro,  salían  a 
la  puerta,  entre  curiosas  y  amedrentadas,  para  ver  aquel 
interminable  desfile,  en  el  que  los  hombres  venían  api- 
ñados, en  divisiones,  o  sueltos  y  dispersos,  como  langos- 
tas rezagadas  de  una  gran  "  manga  "  en  pleno  vuelo.  Por 
la  noche,  la  luz  de  los  fogones  se  extendía  fantásticamente 
hasta  las  más  extremas  lejanías,  acusando  las  hondonadas 
de  los  valles  y  las  cuestas  de  las  cuchillas. 

Y  así  fueron,  por  los  campos,  durante  veinte  días, 
hasta  llegar  a  Cerro  Colorado,  en  la  vecindad  de  la  esta- 
ción Reboledo.  Allí  tuvieron  noticia  de  que  las  fuerzas 


ENTRE  LOS  PASTOS 


181 


del  general  Melitón  Muñoz  estaban  cerca.  vSe  acampó 
entonces. 

El  16  de  Abril,  las  avanzadas  descubrieron  la  vanguar- 
dia gubernista,  que  se  adelantaba  rápidamente,  como  an- 
siosa de  combate.  Aparicio  hizo  tender  entonces  su  línea 
de  guerrilla  a  lo  largo  de  la  vía  férrea,  bajo  la  protección 
de  los  terraplenes. 

A  la  una  de  la  tarde  empezó  el  fuego,  vivo,  cerrado, 
por  parte  de  los  revolucionarios.  En  frente,  la  división 
Florida,  comandada  por  don  Rufino  Domínguez,  se  ten- 
dió a  ciento  cincuenta  metros  de  distancia. 

Juan  de  Dios,  destacado  en  la  vanguardia  de  Saravia, 
había  tenido  que  dejar  su  caballo  para  irse  a  tirar  en  el 
suelo  entre  los  fusileros.  Aquel  modo  de  guerrear  no  le 
satisfacía.  Él,  como  su  comandante,  estaba  por  la  atrope- 
llada a  caballo,  lanza  en  ristre,  en  la  que  el  hombre  pone 
a  prueba  su  coraje  personal ;  pero  aquello  de  cazarse  los 
unos  a  los  otros  con  fusil,  a  distancia,  como  a  martinetas 
agachadas  entre  los  yuyos,  se  le  antojaba  zonzo.  No  obs- 
tante, puesto  en  el  caso,  procuró  desempeñarse  lo  mejor 
posible. 

—  ¡  Dése  contra  el  suelo,  amigo !  —  le  gritó  el  compa- 
ñero que  más  cerca  tenía. 

Juan  de  Dios  volvió  el  rostro.  El  otro,  boca  abajo,  si- 
guió haciendo  fuego  con  su  arma. 

Tronó  un  estampido  bárbaro  y  Juan  de  Dios  bajó  ins- 
tintivamente la  cabeza.  Era  que  los  gubernistas  empeza- 
ban a  hacer  funcionar  su  artillería. 

—  Así  no  se  puede ;  no  se  puede ;  —  masculló  Juan  de 
Dios,  con  rabia. 

No  sabía,  no  podía  manejar  su  arma,  tendido  en  el 
suelo.  De  ese  modo,  no  se  veía  al  enemigo  para  apun- 


182 


VÍCTOR   PÉREZ  PETIT 


tarle.  Lo  natural  y  lógico  parecía  ser  que  se  hincara  una 
rodilla  en  tierra  para  afinar  el  tiro.  Lo  demás,  era  tirar 
al  "  tuntún  "  y  desperdiciar  las  municiones. 

El  tiempo  pasaba.  No  se  advertía  ningún  avance.  Pero, 
a  eso  de  las  cuatro  de  la  tarde  el  fuego  de  los  guber- 
nistas  recrudeció  de  una  manera  horrible.  El  tableteo  de 
las  descargas  parecía  más  próximo ;  el  silbo  de  las  balas 
se  multiplicaba  sobre  la  cabeza  de  los  revolucionarios. 
Algunos  pedruzcos,  saltaron  alrededor  de  Juan  de  Dios. 
Más  allá,  algunos  compañeros  habían  caído,  y  otros  se 
replegaban,  empujados  por  aquel  turbión  de  metralla. 

—  Esto  se  pone  fiero  —  pensó  Juan  de  Dios. 
Sintió  mucha  sed.  Estaba,  además,  medio  entumecido. 
Entonces  llegó  la  orden  de  abandonar  las  posiciones 

del  terraplén  y  de  replegarse,  corriéndose  hacia  la  de- 
recha, para  tender  una  segunda  línea  tras  de  las  casas 
que  arrancan  de  la  estación.  El  movimiento  se  hizo  con 
orden ;  no  obstante  eso,  Juan  de  Dios  vió  caer  a  algunos 
compañeros. 

—  Debían  mandarnos  un  refuerzo,  en  lugar  de  hacernos 
recular,  —  se  dijo,  malhumorado. 

Los  gubernistas  avanzaban,  cautelosamente,  pero  con 
una  porfía  implacable.  Sus  proyectiles  caían  en  enjambre 
alrededor  de  los  revolucionarios.  Un  casco  de  metralla 
reventó  allí  cerca,  alzó  una  nube  de  polvo,  salpicó  de 
tierra  a  Juan  de  Dios,  dejó  un  pozo  negro  entre  el  verde 
luminoso  de  la  gramilla.  Por  primera  vez,  el  mozo  sintió 
una  extraña  sensación  de  terror  y  con  voz  contenida 
rezongó : 

—  ¡  Salvajes ! 

Era  evidente  que  los  revolucionarios  no  podían  sos- 
tener su  posición.  Pero,  "¿por  qué  no  nos  mandan  más 


ENTRE   LOS  PASTOS 


183 


gente?  "  —  pensaba  Juan  de  Dios.  —  "  ¿Qué  hace  la  ca- 
ballería? ¿por  qué  no  les  mandan  a  esos  bandidos  una 
atropellada  ?  ". 

Las  horas  transcurrían  y  los  hombres  no  podían  más. 
Unos  cuantos  cuerpos  yacían  tendidos  por  el  suelo,  en- 
tre charcos  negruzcos  de  sangre.  Fué  entonces  que  Juan 
de  Dios  vió,  allá  en  frente,  limpio,  clarito,  un  oficial 
que  venía  hacia  sus  hombres.  Le  pareció  un  tiro  hecho  y 
se  entusiasmó.  Alzándose  con  presteza,  avanzó  unos  pa- 
sos, puso  una  rodilla  en  tierra  y  le  apuntó  con  cuidado. 
Pero  de  pronto,  un  choque  violento  en  la  cara,  como  una 
pedrada  invisible,  le  tiró  para  atrás.  Cayó  duro,  rígido, 
sin  un  ¡  ay !,  soltando  su  arma. 

¿Cuánto  tiempo  estuvo  tendido  allí,  sin  conocimiento? 
Al  volver  en  sí,  alzó  un  poco  la  cabeza,  con  trabajo,  pues 
la  sentía  muy  pesada,  y  miró  alrededor. 

Un  oficial  gritaba: 

—  ¡  Vamos,  pronto,  pero  con  orden ! 

—  ¿Nos  retiramos?  —  preguntó  alguien. 

—  Esa  es  la  orden.  Pero,  sin  cesar  el  fuego,  y  despacito. 
Se  iban.  Juan  de  Dios  se  pasó  la  mano  por  la  cara, 

que  sentía  húmeda,  y  la  retiró  llena  de  sangre.  Quiso 
entonces  alzarse ;  pero  no  se  sintió  con  fuerzas.  Con  una 
angustia  horrible,  temiendo  quedar  allí  abandonado,  a 
merced  del  enemigo  que  no  tardaría  en  llegar,  clamó: 

—  ¡  Muchachos,  no  me  dejen ! 
Uno  se  volvió  y  vino  a  él. 

—  Levántese,  ¿puede  andar? 

—  No,  no  puedo  —  respondió  con  desaliento  Juan  de 
Dios,  después  de  realizar  un  esfuerzo  inútil.  —  Me  duele 
mucho  esta  pierna. 

Tenía  un  segundo  balazo  en  el  muslo  derecho,  del 


184 


VÍCTOR   PÉREZ  PETIT 


cual  no  se  había  dado  cuenta.  Su  compañero  le  abandonó 
entonces,  mascullando  unas  palabras  ininteligibles. 

—  ¡  No  me  dejen !  ¡  Socorro !,  —  clamó  el  desdichado, 
alzando  un  brazo,  como  una  bandera. 

Todos  se  habían  alejado  ya,  corriendo  agazapados  los 
unos,  volviéndose  otros,  de  vez  en  cuando,  para  hacer 
fuego  con  su  arma.  Pero  el  oficialito  aquél  que  había 
traído  la  orden  de  retirada,  vió  su  gesto  y  oyó  su  llamado. 
Sin  hacer  caso  de  las  balas  que  se  multiplicaban  a  su  al- 
rededor, se  vino  corriendo  hasta  Juan  de  Dios. 

—  ¡  No  me  deje  solo,  mi  jefe  —  suplicó  Juan  de  Dios. 
—  Me  van  a  degollar  si  me  agarran  vivo. 

Las  balas  pasaban  ahora  sobre  ellos  con  un  zumbido 
siniestro.  Una  de  ellas  le  quebró  la  espada  al  oficial. 

—  Vamos  a  ver,  —  adujo  éste.  —  Hágase  ánimo.  Agá- 
rrese bien  de  mi  pescuezo.  Así.  Vamos. 

Le  alzó,  le  puso  en  pie  y  cargó  a  la  espalda  con  él. 
Así  le  condujo  varios  metros,  corriendo  despacito.  Fati- 
gado, se  detuvo,  descansó  un  instante,  y  dió  otra  carre- 
rita.  Descansaba  nuevamente,  cuando  dos  o  tres  balas 
rebotaron  contra  las  piedras,  a  su  lado.  Cargó  otra  vez 
con  el  herido,  y  marchó,  resollando  fuerte.  Al  fin,  un 
soldado  rezagado,  tiró  su  arma,  vino  hacia  ellos,  y  ayudó 
al  oficial.  Juan  de  Dios  había  vuelto  a  desmayarse,  por 
la  pérdida  excesiva  de  sangre.  Cuando  abrió  nuevamente 
los  ojos,  estaba  en  salvo,  entre  sus  compañeros. 

—  ¿Quién  es  ese  oficial,  que  me  ayudó?  —  dijo  a  un 
hombre  que  le  estaba  vendando  el  muslo. 

—  Es  el  capitán  ayudante,  José  María  Reyes.  Pero, 
no  hable,  amigo.  Estése  quieto. 

Le  metieron  en  un  carro  y  no  supo  más. 


XI 


Después  de  la  jornada  de  Cerro  Colorado,  de  escasa 
importancia,  el  ejército  de  Saravia  emprendió  nueva- 
mente la  marcha,  cruzando  esta  vez  la  República  de  sur 
a  norte,  rumbo  a  Tacuarembó. 

El  estudiante  de  medicina,  José  María  Reyes,  que  ofi- 
ciaba ahora  de  capitán  ayudante,  tenía  la  prolijidad  de  ir 
anotando  en  su  diario  las  novedades  del  día.  Esas  anota- 
ciones sencillas,  escuetas,  dan  una  idea  fiel  de  aquella 
marcha  de  un  mes  al  través  de  tierras  tristes  y  abando- 
nadas, y  de  la  vida  inclemente  del  campamento. 

"Abril  iy.  —  De  vuelta  de  Cerro  Colorado,  llegamos 
a  las  puntas  de  Illescas  a  la  1.30  de  la  tarde.  El  ejército 
llegó  a  las  4.  Volvimos  a  marchar  con  dirección  a  Cerro 
Chato,  pasando  por  la  sierra  de  Pescado  Mulero.  Acam- 
pamos a  las  9.30  a.  m.,  después  de  haber  caminado  toda 
la  noche. 

"  18.  —  Reanudamos  la  marcha  a  las  12  hacia  el  Cor- 
dobés y  acampamos  en  el  paso  de  San  Juan,  a  las  3.20 
p.  m.,  porque  desde  ayer  no  comemos. 

"  19.  —  A  las  6  a.  m.  marchamos  pasando  los  Molles 
y  acampamos  a  las  10.30  a.  m.  en  el  cerro  Malo.  A  las 
3  p.  m.  reanudamos  la  marcha  y  a  las  11  de  la  noche 
acampamos  en  Lechiguana. 

}>  20.  —  Marchamos  a  las  6  a.  m.  hasta  las  9.30,  en  que 
llegamos  a  los  campos  de  Correa.  Carneamos.  A  la  1.30 
volvemos  a  marchar  y  a  las  5  p.  m.  acampamos  en  el 
paso  de  Pereyra  (Río  Negro). 


i86 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


"  21.  — ■  El  ejército,  de  madrugada,  empieza  a  vadear 
el  rio,  en  balsa.  Es  una  operación  larga,  aburrida,  inter- 
minable ;  pero  llena  de  incidentes.  A  las  9  de  la  noche  aún 
no  ha  concluido  de  pasar  el  ejército.  ¡  Qué  cosa  terrible 
debe  ser  el  pasaje  de  un  río  por  un  ejército  en  derrota! 
Hoy,  estando  dirigiendo  el  paso  de  una  división,  tuve  un 
encuentro  con  Ciríaco  Cruz.  Al  verme  se  me  acercó  y  me 
tendió  la  mano,  con  una  sonrisa  de  amistad  que  no  le 
conocía.  —  "Ya  sé  lo  que  usté  hizo  los  otros  días  con  un 
muchacho  mío.  Cuente  con  un  amigo  ",  —  me  dijo. 

"  22.  —  A  las  2.30  de  la  madrugada  pasamos  el  río 
y  acampamos  a  la  derecha.  Estamos  sin  comer;  medio 
locos  con  este  trajín.  A  las  9.30  a.  m.  emprendemos  la 
marcha  y  a  la  1.30  recién  nos  detenemos  cerca  del  Cerro 
Pereira  (Tacuarembó).  Por  fin  comemos.  A  las  5  p.  m. 
marchamos ;  pero  a  las  6.30  acampamos  nuevamente  cerca 
de  la  cuchilla  de  Pereyra. 

"  23.  —  Tempranito,  a  las  5  a.  m.  levantamos  campa- 
mento, marchamos  hasta  las  9.30,  nos  detenemos,  come- 
mos y  volvemos  a  marchar  desde  las  3  hasta  las  6.  Hoy 
me  siento  cansado  como  nunca.  Todos  estos  campos  son 
de  una  tristeza  indescriptible. 

,J  24.  —  Marchamos  a  las  5  a.  m.  y  acampamos  a  las 
11.  Se  dice  que  vamos  a  pernoctar  aquí;  pero  a  las  4 
p.  m.  llega  la  orden  de  marchar,  y  seguimos  hasta  el  Ce- 
rro de  la  Paloma,  donde  acampamos  a  las  6.  No  sabemos 
si  vamos  en  busca  del  enemigo  o  si  huímos  de  él. 

"  25.  —  Marchamos  desde  las  6  a.  m.  hasta  las  12. 
Estamos  en  la  Coronilla.  Se  hacen  fogones,  se  sueltan  los 
caballos,  se  matea.  La  gente  está  alegre.  He  vuelto  a 
ver  al  comandante  Cruz.  Me  ha  confesado  que  al  prin- 
cipio no  me  tenía  estima ;  pero  que  ahora  está  contento 


ENTRE  LOS  PASTOS 


187 


de  un  correligionario  como  yo.  Me  ha  contado  algunas  de 
sus  patriadas. 

"  26.  —  Marchamos  a  las  7.30  para  mudar  de  campo 
nada  más.  A  las  8.30  estamos  en  los  campos  de  Neto. 
Hasta  mañana  nos  quedaremos  aquí.  La  gente  muy  con- 
tenta, descansa  alrededor  de  los  fogones.  Algunos  jue- 
gan como  muchachos.  Doy  una  vuelta  por  el  campamento. 
Es  lo  más  pintoresco  que  he  visto  en  mi  vida. 

"«57.  —  Marchamos  a  las  11  a.  m.  hasta  alcanzar  el 
arroyo  Ceibal. 

"  2S.  —  Seguimos  en  el  mismo  campo.  Se  nos  incorpo- 
raron unos  hombres  que  parece  fueron  heridos  en  Ar- 
bolito. 

"  29.  —  Seguimos  en  el  mismo  campo.  Se  incorporó 
Mongrell  con  una  partida.  La  gente,  muy  animada.  De 
tarde,  se  nos  repartieron  armas  y  municiones.  Hubo  una 
disputa  entre  dos  hombres,  por  aquéllas. 

"  jo.  —  Seguimos  marcha  a  las  7  a.  m.  y  acampamos 
a  la  1  p.  m.  en  Caraguatá.  Se  incorporó  Gamboa  con  pocos 
hombres. 

"  Mayo  i.°  —  Marchamos  a  las  5.30  a.  m.  costeando  el 
Caraguatá  abajo.  ¡  Qué  diferencia  en  el  paisaje  cuando 
hay  un  río!  No  parece  tan  solo  el  mundo.  A  las  10,  acam- 
pamos en  la  costa  del  mismo  arroyo.  Es  hermoso  ver  un 
ejército  entre  estos  montes.  Yo  me  he  pasado  la  tarde 
haciendo  romanticismo.  A  las  4  p.  m.,  marchamos  y  a 
las  6  volvemos  a  acampar,  siempre  sobre  el  Caraguatá. 

"  2.  —  Seguimos  a  las  6  a.  m.  hasta  el  paso  de  las 
Toscas  y  al  fin  tomamos  el  camino  real  del  Cerro  Pereira, 
hasta  las  11  a.  m.  Pero,  ¿hacia  dónde  diablos  nos  dirigi- 
mos? ¿A  quién  vamos  buscando  por  estos  andurriales? 

"  j.  —  Se  nos  han  incorporado  Alonso,  Acevedo  Díaz, 


i88 


VÍCTOR   PÉREZ  PETlf 


Roxlo  y  un  contingente  de  loo  hombres  armados.  Hoy 
corren  noticias  en  el  campamento.  Se  dice  que  en  el  paso 
de  Pereira  están  Basilisio  Saravia,  Trelles  y  Cicerio.  De 
aquí  ha  partido  el  doctor  Gil  para  conferenciar  con  Ma- 
riano Saravia.  El  comandante  Cruz  estaba  hoy  con  un 
humor  del  diablo.  Me  parece  que  le  tiene  gran  ojeriza  a 
los  doctores.  Ni  le  gustan  los  hombres  que  se  nos  han 
incorporado,  ni  le  agrada  que  Gil  se  haya  ido.  ¿Quién 
lo  entiende? 

"  4.  —  Se  nos  incorporó  Jara  con  250  hombres.  Mar- 
chamos a  las  6  a.  m.  A  las  8  a.  m.  llegamos  al  Paso  de 
los  Toros.  Hay  otras  incorporaciones,  —  Martirena,  con 
300  hombres.  —  ¡  No  de  balde  no  se  ve  un  solo  hombre 
por  los  ranchos ! 

"  5.  —  Quietos.  Tenemos  descubiertas  en  Yaguarí  y 
paso  de  Pereyra,  donde  dicen  que  hay  fuerzas  del  go- 
bierno. La  gente  presiente  una  batalla,  porque  está  ner- 
viosa. 

"  6.  —  Seguimos  en  el  mismo  campo.  Desde  las  4  de 
la  tarde  está  lloviendo  a  chorros.  ¡  Qué  inmensa  tristeza 
sobre  estos  campos,  bajo  la  lluvia ! 

"  7.  —  Hace  frío.  Estamos  calados.  Pasamos  una  no- 
che muy  desagradable.  ¡  Qué  lejos  están  las  comodidades 
del  hogar!  Pero,  ¡todo  sea  por  la  patria!  Ahora  sale  el 
sol,  y  marchamos  a  las  8.30  a.  m.,  en  medio  de  la  tierra 
empapada.  A  las  11  a.  m.  acampamos  para  carnear.  Mu- 
chos tienden  la  ropa  a  secar.  Parecemos  facinerosos,  con 
las  ropas  rotas  y  los  ponchos  descoloridos. 

"  8.  —  A  las  8  a.  m.  reanudamos  la  marcha,  Cara- 
guatá arriba.  ¿A  dónde  vamos,  señor?  A  las  11  acam- 
pamos. Por  la  tarde,  comenzó  a  llover  otra  vez.  ¡  Qué 
tiempo  de  perros !  Y  no  hay  aquí  modo  de  librarse  del 


HNTRE   LOS  PASTOS 


189 


agua  y  de  la  humedad.  Estamos  embarrados  hasta  los 
ojos.  Me  admira  que  todo  el  mundo  no  esté  de  mal 
humor. 

"p.  —  Amaneció  lloviendo.  Debo  haberme  resfriado 
porque  estoy  estornudando.  Marchamos.  En  Caraguatá 
acampamos  a  las  3  p.  m.,  cerca  de  unos  cerros.  Se  levanta 
viento,  pero  sigue  lloviendo.  No  conozco  cosa  más  des- 
agradable que  esta  agua  que  le  cae  a  uno  encima,  sin 
poder  resguardarse.  El  poncho  me  pesa  como  si  fuera  de 
plomo.  Algunos  de  la  tropa  se  descalzan  y  chapalean  en 
el  barro.  El  cielo  es  de  un  gris  aplastante. 

"  /o.  —  Llovió  toda  la  noche.  Seguimos  acampados, 
bajo  una  fastidiosa  garúa  con  viento.  El  agua  nos  pene- 
tra hasta  los  huesos.  A  mediodía  clareó  un  momento  y  car- 
neamos. Por  la  tarde  volvió  a  llover.  Es  desesperante. 
Estoy  muy  resfriado. 

"  11.  —  Marchamos  a  las  8  a.  m.  Se  han  hecho  recono- 
cimientos sobre  el  Río  Negro,  que  está  muy  crecido.  En 
el  paso  de  Pereyrá  nos  hemos  tiroteado,  de  orilla  a  orilla, 
con  el  enemigo.  Dicen  son  fuerzas  de  Muniz. 

"  12.  —  Temprano  nos  hicieron  preparar ;  pero  no  mar- 
chamos. ¿Qué  habrá?  Esto  de  no  saber  nada  es  angus- 
tioso. Después  de  mediodía,  emprendemos  la  marcha  al 
fin.  ¿Vamos  a  un  combate  o  nos  alejamos  de  él?  A  las 
4  p.  m.  acampamos. 

"  13.  —  A  las  7  a.  m.  reanudamos  esta  marcha  que, 
por  lo  visto,  no  va  a  concluir  nunca.  ¿Dónde  está  el  ene- 
migo? ¿Ha  desaparecido?  ¿Jugamos  a  las  escondidas? 
A  la  1  p.  m.  nos  detenemos  en  las  puntas  del  Caraguatá. 

"  14.  —  Esta  madrugada  nos  despertaron  con  un  apre- 
suramiento significativo.  No  había  orden  de  marcha,  sino 
de  distribución  de  unidades.  Dábamos  la  espalda  a  Cerros 


190 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Blancos  y  nos  hicieron  avanzar  sobre  e!  arroyo  de  ese 
nombre,  mientras  a  otras  divisiones  las  dirigieron  sobre 
puntas  de  Molles.  En  tanto  hacíamos  los  preparativos,  su- 
pimos que  el  jefe  del  gobierno,  general  Villar,  estaba 
próximo.  Y  en  efecto,  a  las  11.30  a.  m.  las  primeras 
avanzadas  revolucionarias,  al  mando  del  coronel  Mena, 
entraron  en  fuego.  Fué  un  día  de  batalla  terrible.  La 
jornada  de  Cerro  Colorado  es  un  juego  comparada  con 
ésta,  que  hoy  hemos  llenado  con  nuestra  bravura.  Nunca 
hemos  soportado  un  fuego  más  terrible.  Durante  tres 
horas,  tendidos  en  tierra,  bajo  un  vendabal  de  proyectiles, 
hemos  enfrentado  el  centro  de  Villar,  sin  disparar  un 
tiro,  pues  había  orden  de  no  hacerlo  sino  cuando  el  ene- 
migo avanzara  a  doscientos  metros.  Hemos  tenido  muchas 
bajas.  El  coronel  Jara  ha  muerto.  Lamas  está  herido,  lo 
mismo  que  Sierra  y  Muñoz.  Al  caer  la  noche  nos  hemos 
retirado  lentamente,  conteniendo  al  enemigo.  Una  tor- 
menta espantosa  nos  ha  envuelto  toda  la  noche.  A  las  2 
de  la  madrugada,  el  agua  caía  torrencialmente  y  el  viento 
hacía  más  lúgubre  la  escena.  Marchábamos  a  la  claridad 
de  los  rayos.  Ahora  que  escribo,  me  parece  que  he  vivido 
en  medio  de  un  infierno." 


XII 


La  batalla  de  Cerros  Blancos,  como  la  denominaron  des- 
pués los  gubernistas,  o  del  Arroyo  Blanco,  como  la  nom- 
bran ahora  los  revolucionarios,  tuvo  momentos  épicos, 
que  no  ha  podido  señalar  en  su  diario  José  María  Reyes, 
el  joven  estudiante  de  medicina.  Uno  de  ellos,  tiene  in- 
terés directo  con  nuestra  narración. 

A  la  caída  del  sol,  la  batalla  proseguía  furiosamente. 
Pero,  el  ala  izquierda  flaqueaba  ya  de  un  modo  visible. 
Era  el  contragolpe  obligado  del  abandono  de  su  posición, 
hecho,  sobre  el  ala  derecha,  por  la  segunda  división  al 
mando  del  coronel  José  González.  Producida  la  muerte 
del  coronel  Jara,  a  las  2  de  la  tarde,  en  el  momento  de 
entrar  a  la  zona  de  fuego  para  flanquear  la  izquierda  del 
enemigo,  toda  aquella  ala  del  ejército  revolucionario  se 
desmoralizó ;  y  alivianado  entonces  el  general  Villar,  pudo 
robustecer  su  centro  y  derecha,  cargando  con  más  vigor 
la  izquierda  revolucionaria. 

El  coronel  Lamas  mandó  pedir  entonces  al  general 
Saravia,  que  se  hallaba  en  ese  instante  a  la  derecha,  un 
movimiento  de  esa  ala  sobre  la  izquierda,  a  fin  de  poder 
retirar  el  centro  hacia  las  lomas  vecinas.  Saravia,  en  voz 
baja,  concisamente,  dió  una  orden  a  su  ayudante.  Salió 
éste  disparando  hasta  el  extremo  del  ala  y  transmitió  la 
orden. 

En  seguida  se  vió  caracolear  a  la  caballería.  Hubo  un 
remolino,  luego  un  alineamiento  de  escuadrones,  en  se- 
guida un  avance  de  lanzas  que  fué  convirtiéndose  prodi- 
giosamente en  una  atropellada. 


192 


VÍCTOR   PÉREZ  PETIT 


—  ¡Aura  van  a  ver  los  salvajes!  — -  rugió  Ciríaco  Cruz, 
a  la  cabeza  ele  su  escuadrón. 

Ya  bajaba  el  tropel  de  gauchos  en  medio  de  un  impo- 
nente alarido.  Las  descargas  cerradas,  como  guadañazos 
colosales  de  fuego,  barrían  a  los  jinetes ;  pero  los  demás 
seguían  su  avance  desbocado,  estrechando  filas,  llenando 
los  claros,  como  un  turbión  de  poseídos.  Y  así  se  produjo 
el  choque.  Hubo  una  espantosa  confusión  de  jinetes  e 
infantes;  un  trueno  de  descargas  a  boca  de  jarro,  al 
que  contestaba  el  gauchaje  con  chuzazos  y  mandobles;  un 
griterío  frenético  de  gentes  locas  que  se  asesinan  y  des- 
pedazan. Rodaban  los  caballos,  saltaban  los  jinetes,  caían 
los  infantes,  bramaban  los  heridos,  fulguraban  los  máusers, 
flotaban  las  banderolas  de  las  lanzas.  Era  un  remolino 
de  hombres  y  de  bestias  persiguiéndose,  rodeándose,  es- 
capando, volviendo,  amontonándose,  en  medio  de  gritos 
y  de  relámpagos,  entre  juramentos  de  hombres  que  se 
desangran  pisoteados  por  los  caballos  y  truenos  de  fu- 
siles que  abatían  en  seco  a  los  centauros. 

Ciríaco  Cruz,  ebrio  de  furor,  rojo  de  alegría,  esgrimía 
con  su  brazo  de  gigante,  arremangado  hasta  el  codo,  la 
formidable  lanza.  Su  caballo,  con  botes  enormes,  saltaba 
las  filas  de  infantes,  se  revolvía  dócil  al  freno,  avanzaba, 
retrocedía,  en  un  vaivén  furioso  de  destrucción  y  de 
muerte,  echando  fuego  por  las  narices,  bañado  en  es- 
puma sudorosa.  Desde  el  primer  choque,  quedó  sepa- 
rado de  sus  muchachos ;  pero  el  terrible  lancero  no  se 
achicó :  ni  lo  advirtió  siquiera.  El  revuelo  de  su  lanza 
le  abría  un  hueco  en  el  montón  de  los  enemigos.  Le  hacían 
fuego  a  quema  ropa  y  no  le  tocaban.  Le  tiraban  sablazos 
y  no  le  herían.  Como  un  demonio  caía  sobre  los  hombres 
del  gobierno,  jurando  y  rugiendo,  dando  a  éste  de  punta 
y  a  aquél  con  el  cuento  de  la  lanza.  Parecía  invulnerable. 


ENTRE   LOS  PASTOS 


193 


Pero,  de  pronto,  sintió  en  el  hombro  izquierdo  un 
golpe  rudo.  Un  milico  acababa  de  herirlo.  Iracundo  se 
volvió,  y  en  ese  instante  otro  adversario  le  desgarró  el 
flanco  con  la  moharra  de  una  lanza.  Fiero,  bramando 
como  un  león,  se  precipitó  sobre  el  primero,  lo  enhebró 
de  un  lanzazo,  lo  sacó  en  vilo  de  su  montura,  y,  cimbrán- 
dole en  el  aire,  con  el  impulso  de  su  caballo,  lo  tiró 
muerto  a  diez  metros  de  allí.  Revolvió  en  seguida  su  ca- 
balgadura para  buscar  el  otro  enemigo ;  mas  ya  le  habían 
formado  cerco  varios  soldados.  Tuvo  una  risita  de  titán, 
un  repiqueteo  de  burla :  ¡  juá,  juá,  juá !,  y  cayó  sobre  el 
montón  lo  mismo  que  un  block  errático :  al  asentar  en  el 
suelo  sus  remos,  el  caballo  quedó  temblando  por  los  cor- 
vejones. Al  ensartar  a  un  soldado,  se  le  quebró  la  lanza 
y  casi  en  el  mismo  instante  le  mataron  el  caballo.  En- 
tonces, con  un  salto  de  gato  montes,  al  tiempo  que  des- 
envainaba su  tremenda  daga,  se  precipitó  sobre  un  sar- 
gento motudo,  le  volteó  de  un  revés  y  en  un  santiamén  se 
encontró  encima  del  caballo  de  su  víctima.  Ya  a  montado, 
de  nuevo,  vió  el  cielo  abierto.  Chillando,  como  quien  corre 
reses  en  el  campo,  empezó  a  hacer  funcionar  a  diestro  y 
siniestro  su  arma:  eran  tajos  y  puñaladas,  mandobles  y 
reveses,  que  abrían  un  cráneo,  destripaban  un  cuerpo  y 
desgajaban  un  brazo.  Le  hirieron  de  bala  en  la  cadera ; 
después,  en  una  pierna.  No  sentía  sus  heridas.  Empapado 
en  sudor,  manando  sangre,  deshechas  las  ropas,  al  aire 
las  melenas,  peleaba  infatigablemente  con  un  ronco  re- 
soplido. De  pronto,  en  aquel  frenético  turbión,  advirtió 
que  dos  enemigos  acometían  por  detrás  a  uno  de  sus  mo 
cetones :  embistió  como  un  loco,  tumbó  al  primero  de  un 
hachazo  y  rodó  al  suelo  con  el  segundo,  entre  las  patas 
de  los  dos  caballos.  A  pie  otra  vez,  se  hizo  cerco ;  pero 

13 


194 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


empezaba  a  sentirse  fatigado.  Entonces,  iracundo,  echando 
espumarajos  por  la  boca,  vociferó  con  el  jadear  de  un 
gran  fuelle : 

—  ¡  Aquí  tienen  un  criollo,  salvajes  ! 

—  ¡Ríndase,  viejo!,  —  le  gritó  un  oficial  apuntándole 
con  el  revólver. 

—  i  Tu  madrina !  —  vomitó  rabioso,  llameantes  los 
ojos,  al  lanzarse  sobre  el  oficial. 

Hizo  fuego  éste  hasta  por  dos  veces ;  pero  no  alcanzó 
a  más :  la  enorme  daga  le  entró  por  el  vientre,  le  re- 
volvió los  intestinos,  le  tiró  para  atrás  violentamente. 

Ciríaco  montó  en  el  caballo  del  oficial.  Al  cabalgar, 
pareció  recuperar  las  fuerzas.  Y  mientras  seguía  repar- 
tiendo cuchilladas,  empezó  a  cantar  la  vieja  copla  de  los 
tiempos  de  Oribe : 

"  El  que  con  salvajes 
tenga  relación, 
la  verga  y  degüello 
por  esta  traición.  .  .". 

De  pronto,  =¡e  encontró  entre  los  suyos,  que  iniciaban 
una  retirada. 

—  ¡  No  juyan,  mandrias  !  —  clamó. 

Unos  se  desbandaron.  Otros,  se  revolvieron  confusa- 
mente, avergonzados. 

—  ¡  No  juyan ! 

Una  bala  le  hirió  por  la  espalda  y  le  hizo  caer  sobre 
el  cuello  de  su  caballo.  Al  mismo  tiempo,  otro  tiro  le 
acertó  en  el  muslo,  cerca  de  la  ingle. 

—  ¡Apestaos!  —  dijo;  —  y  por  un  esfuerzo  indoma- 
ble de  voluntad,  se  abrazó  al  animal,  también  herido  y 
vacilante. 


ENTRE   LOS  PASTOS 


195 


Había  quedado,  ahora,  solo,  en  medio  de  un  gran  claro. 
Sus  ojos,  con  mirada  vaga,  alcanzaron  a  ver  que  un  tropel 
de  los  suyos  venía  arrollando  a  los  gubernistas  en  un 
avance  incontenible :  quiso  enderezarse,  para  agregarse 
a  ellos ;  pero,  la  sangre  perdida,  lo  dejaba  ya  exhausto. 
Y  llegó  el  tropel,  aululante,  frenético,  ciego,  y  lo  arrolló, 
confundido  con  los  gubernistas  que  huían.  Un  lancero  le 
pechó  el  caballo,  ya  rendido,  y  los  volteó.  Sus  compañe- 
ros pasaron  sobre  él.  Un  potro  le  asentó  un  ca  co  sobre 
el  pecho ;  otro,  le  hirió  con  un  golpe  violento  en  el  cráneo. 
Quedó  en  el  suelo,  medio  aplastado  bajo  su  cabalgadura, 
contorsionado,  deshecho,  irreconocible ;  pero  respirando 
aún  levemente,  con  un  hilo  de  vida. 

Pasaron  las  horas  y  llegó  la  noche  de  aquel  trágico  día. 
La  tormenta  que  venía  amontonándose  en  el  cielo,  se  des  - 
encadenó al  cabo.  Rachas  furiosas  de  viento  azotaron  la 
llanura,  ahora  desierta  de  combatientes,  pues  la  perse- 
cución continuaba  lejos,  rumbo  al  norte.  Empezó  a  caer 
la  lluvia  a  raudales,  en  trombas  envolventes.  La  luz  de 
los  relámpagos,  partiendo  las  tinieblas  con  bruscos  ha- 
chazos, casi  sin  interrupción,  iluminaba  el  lugar  del  ma- 
tadero, descubriendo  las  formas  macabras  de  hombres  y 
caballos  muertos,  entre  matas  de  cardo,  sobre  los  pastos 
empapados,  en  medio  de  la  tierra  arada  por  la  demencia 
de  la  lucha.  Un  instante  aún,  como  reanimado  por  el 
fresco  del  agua  que  caía,  entreabrió  los  ojos.  Una  víbora 
de  fuego,  vivísima,  culebreó  casi  con  lentitud  en  lo  alto 
y  en  seguida  un  trueno  formidable  rebotó  sobre  el  campo. 
El  comandante  Cruz,  con  un  último  espasmo,  murmuró: 

—  Oigo,  sí. 

Y  quedó  rígido,  muerto,  bajo  la  lluvia  frenética,  que 
seguía  volcándose  a  baldes. 


XIII 


Una  vez  que  se  hubo  repuesto  de  sus  heridas,  Juan 
de  Dios  buscó  la  reincorporación  a  su  gente.  Tenía  infor- 
mes que  doscientos  hombres,  comandados  por  Trías,  an- 
daban por  Carpintería,  esperando  el  momento  de  unirse 
al  grueso  del  ejército.  El  secreto  anhelo  de  tornar  a  los 
pagos  de  Baudilia,  le  inclinó  a  buscar  esa  fuerza. 

"¿Qué  habrá  sido  de  ella?".  Era  la  idea  fija,  que  le 
torturaba  sin  segundo,  que  le  había  perseguido  durante 
su  convalescencia,  que  le  ajetreaba  ahora  durante  el  viaje. 
Marchando  a  largas  jornadas,  el  ojo  siempre  avisor  para 
no  caer  en  manos  de  alguna  fuerza  enemiga,  no  dejaba 
de  pensar  en  la  muchacha.  El  deseo  de  verla,  de  saber 
algo  de  ella,  era  ya  impostergable.  Desde  aquella  fatídica 
noche  en  que  fué  asesinado  Margarito  y  en  que  él  anduvo 
por  el  campo,  medio  loco  de  angustia  y  desesperación,  lla- 
mándola a  gritos,  y  durante  toda  la  larga  marcha  del  ejér- 
cito desde  el  bañado  de  Medina  hasta  Cerro  Colorado, 
aunque  mudo  y  reconcentrado  entonces,  no  cesó  un  ins- 
tante su  afán ;  y  ahora,  en  el  paroxismo  de  su  nervio- 
sidad, quería  salir  de  dudas  una  vez  por  todas :  quería 
saber  si  Baudilia  estaba  viva  o  muerta. 

¡  Ah,  no !  ¡  estaría  viva !  El  cielo  no  podía  permitir  que 
después  de  tantas  luchas  y  dolores,  aún  le  estuviera  re- 
servado un  más  terrible  desengaño.  Por  lo  demás,  era  na- 
tural que  Baudilia  hubiera  encontrado  amparo  entre  los 
vecinos :  era  una  muchacha  buena,  servicial,  que  nadie 


ENTRE   EOS  PASTOS 


197 


podía  malquerer.  Seguramente,  la  habrían  amparado  y 
protegido. 

Se  esforzaba,  mientras  el  tostado  consumía  las  leguas, 
en  asirse  a  esta  ilusión.  Para  corroborarla  con  el  fallo  de 
la  suerte,  se  proponía  a  sí  mismo  contingencias  y  solu- 
ciones de  azar.  "  Si  al  vandear  esa  cañadita  el  camino 
sube  a  la  derecha,  es  que  está  viva ;  si  sube  a  la  izquierda, 
es  que  está  muerta  ",  —  se  proponía  a  sí  mismo ;  o  bien : 
"  si  antes  de  la  oración  encuentro  una  calandria,  la  voy 
a  ver  y  hablarla ;  sino,  no  ".  Entonces,  si  el  azar  le  con- 
testaba afirmativamente,  se  empeñaba  en  creer  que  el 
caso  no  podía  ser  de  otro  modo,  que  así  era  en  efecto,  aun- 
que en  lo  más  íntimo  del  alma  persistiera,  escondidita, 
la  implacable  duda.  Y  si  el  azar  le  era  adverso,  no  valía; 
había  que  empezar  de  nuevo  la  prueba. 

Llegó,  al  fin,  un  atardecer,  al  pago  de  Baudilia.  A  me- 
dida que  se  acercaba,  un  desaliento  enorme  le  invadía. 
Seguramente  no  iba  a  encontrarla ;  se  había  hecho  ilu- 
siones ;  se  había  querido  engañar  a  sí  mismo.  Si  él  no  la 
había  hallado  aquella  noche,  es  que  había  muerto  de  te- 
rror o  se  había  extraviado  entre  el  monte,  expuesta  luego 
a  todos  los  peligros  de  unos  tiempos  de  guerra.  Indeciso, 
temblando,  con  miedo  de  conocer  la  verdad,  ahora  que  la 
tenía  a  mano,  no  quiso  dirigirse  directamente  a  los  ran- 
chos de  Baudilia  y  se  reclinó  a  la  izquierda,  buscando  el 
de  algún  vecino,  que  le  suministrara  informes.  Así,  sin 
mucho  trabajo,  lanzando  su  caballo  a  campo  traviesa, 
llegó  hasta  el  rancho  del  vasco. 

Estaba  éste  sobando  una  manea,  al  lado  de  la  puerta 
de  su  vivienda.  Al  sentir  el  galope  de  un  caballo,  se  vol- 
vió, y  con  disimulo,  se  entró  al  rancho.  Juan  de  Dios  tuvo 
una  ligera  sonrisa  y  continuó  avanzando. 


iy8 


VÍCTOR  PÉREZ  PKTIT 


—  ¡  Ave  María  !  ¿  No  hay  gente  ? 
Esperó  un  instante,  y  agregó : 

—  A  ver,  paisano,  salga  sin  cuidao.  Soy  gente  de  paz. 
Vengo  pa  abiriguar  noticias  de  Baudilia,  la  que  jué  mu- 
jer de  Margarito. 

El  vasco  se  dejó  ver  entonces : 

—  Güeñas  tardes,  amigo. 

—  Güeñas  tardes.  Ya  dije :  me  he  venido  de  lejitos,  pa 
saber  noticias.  Diga,  pues.  ¿Qué  ha  sido  de  la  pobre? 

—  Pues  ahí  estar,  en  su  casa,  —  replicó  el  vasco. 
Juan  de  Dios  experimentó  como  un  mareo ;  creyó  haber 

oído  mal ;  se  hizo  repetir  la  buena  nueva.  Y  cuando  su 
interlocutor  empezó  a  precisar  detalles,  una  llamarada  de 
alegría  le  rebosó  en  el  corazón,  le  trabó  la  lengua,  le 
llenó  de  lágrimas  los  ojos.  El  vasco  seguía  hablando,  y  él, 
en  su  enajenamiento,  en  medio  de  su  emoción  creciente, 
no  acertaba  más  que  a  murmurar:  "vea",  "vea".  .  . 

La  noche  del  crimen,  Baudilia  había  salido  como  loca  al 
campo  y  había  corrido  en  dirección  al  monte.  Tropezando 
y  cayendo,  alzándose  y  reanudando  su  desalada  carrera, 
desgreñada,  demente,  se  había  internado  en  la  maraña,  y 
entre  ella,  perdida,  había  caminado  toda  la  noche  y  parte 
del  día  siguiente.  Al  atardecer  de  ese  día,  había  salido 
por  los  campos  de  don  Faustino,  errando  como  sonám- 
bula, las  ropas  en  girones,  las  manos  y  el  rostro  arañados 
por  las  espinas  de  los  talas,  coronillas  y  uñas  de  gato. 
Toda  la  noche  debió  haber  vagado  por  aquel  campo,  hasta 
que  rendida,  exhausta,  sin  fuerzas,  se  abatió  entre  unas 
matas  de  cardo  y  se  durmió.  Allí  la  encontró,  en  la  ma- 
ñana del  segundo  día,  ya  con  el  sol  alto,  doña  Venancia, 
la  mujer  del  capataz  de  don  Faustino.  Intrigados  y  com- 
padecidos, la  recogieron  en  su  rancho,  la  dieron  algo  de 


ENTRE    LOS  PASTOS 


199 


beber  y  procuraron  saber  quién  era.  Imposible  obtener 
una  respuesta.  Baudilia  estaba  como  "  ida  " :  no  entendía 
lo  que  le  preguntaban  y  miraba  siempre  alrededor  con 
gestos  de  profundo  espanto.  Además,  no  toleraba  la  pre- 
sencia de  hombre  alguno :  cuando  entró  a  verla  el  capa- 
taz, empezó  a  lanzar  gemidos  y  se  refugió  detrás  de  doña 
Venancia.  "  Es  mi  marido  ",  explicaba  ésta ;  pero  Bau- 
dilia, temblando,  despavorida,  los  ojos  fijos,  saltados, 
como  una  loca,  tartamudeaba  :  "  ¡  el  hombre  !,  ¡  el  hombre  !". 
Por  fin,  a  eso  de  las  once,  cuando  llegó  allí  el  "  gurí  "  de 
un  puestero  a  recoger  la  leche,  vió  a  la  fugitiva  y  lanzó 
un  grito  de  alegría : 

—  ¡Es  mi  máistra !  ¿  qué  tiene,  misia  Baudilia  ?  ¿  qué  le 
ha  sucedió? 

Baudilia  no  le  reconocía ;  pero,  instintivamente,  apretó 
al  muchacho  contra  su  seno.  Murmuraba : 

—  No  salgás ;  está  ai  el  hombre ;  no  salgás. 

Ya  sobre  aquella  pista,  pronto  se  averiguó  toda  la  es- 
pantosa realidad.  Varios  vecinos  se  encaminaron  a  la  es- 
cuela y  descubrieron  el  cadáver  de  Margarito  y  el  de  su 
victimario,  entre  un  revuelo  de  caranchos,  así  como  las 
inequívocas  huellas  del  saqueo. 

Una  gran  piedad  rodeó  entonces  a  la  pobre  Baudilia  y 
todos  se  empeñaron  en  cuidarla,  en  atenderla.  Sus  alum- 
nos vinieron  también  a  verla,  y  fué  su  presencia  la  que 
empezó  la  cura  de  "  la  loca  ".  Empezó  a  reconocerlos :  — 
"  Mirá,  Juancito  !  "  —  "  ¡  Ah,  aquí  está  mi  chucaro  ! .  .  . 
¡  venga  mi  chucaro !  ".  —  Los  abrazaba,  los  reunía  en 
montón  contra  su  pecho.  Y  de  pronto,  después  de  haberse 
quedado  un  instante  con  la  mirada  fija,  empezó  a  llorar, 
a  llorar. .  . 

También  lagrimeaba  el  buen  vasco  al  hacer  esta  narra- 


200 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


ción  y  lagrimeaba  Juan  cié  Dios,  al  revivir  aquel  drama 
sombrío  e  ignorado.  Hubo,  entre  los  dos,  un  momento  de 
silencio ;  después,  concluyó  la  historia : 

—  Baudilia  fué  recobrando  la  memoria  y  la  salud.  Pero 
quedó  muy  abatida.  Lloraba  siempre ;  no  hablaba  sino  con 
monosílabos.  En  lo  de  don  Faustino  todos  la  agasajaban, 
procurando  hacerle  olvidar  la  tragedia.  Ella  decía  siem- 
pre :  —  "  Gracias ;  todos  ustedes  son  muy  buenos  ".  Pa- 
reció serenarse ;  pero  de  noche,  doña  Venancia  la  sentía 
llorar,  ahogándose  en  la  almohada.  En  fin,  pasaron  los 
meses.  Se  tranquilizó  más.  Ayudaba  en  los  quehaceres  de 
casa.  Los  domingos  venían  a  verla  los  "  escueleros  ".  Un 
día,  manifestó  el  deseo  de  ir  hasta  su  casa.  La  acompaña- 
mos unos  cuantos.  Lloró  mucho  esa  tarde ;  pero,  cuando 
la  invitamos  para  salir,  nos  dijo  que  quería  quedarse 
allí,  con  sus  recuerdos .  .  .  Tan  sólo  nos  pidió  que  les 
mandáramos  los  muchachos,  pues  quería  seguir  con  la 
escuela.  Y  ahí  está,  desde  entonces,  con  sus  muchachos, 
enseñándoles;  siempre  triste,  callada.  .  .  Los  pergeños  no 
faltan  ahora  nunca  a  la  clase.  Antes,  los  matan  a  palos. 
¡  Pobre  muchacha ! 

Juan  de  Dios  se  puso  en  pie. 

—  Gracias,  paisano,  por  todas  sus  noticias.  Yo  soy 
Juan  de  Dios  Pérez,  de  Buena  Vista.  Si  en  algo  puedo 
servirle  alguna  vez,  no  tiene  más  que  mandar. 

—  Gracias ;  lo  mismo  digo  yo,  —  contestó  el  vasco. 
Juan  de  Dios  se  marchó  al  trotecito,  profundamente 

pensativo.  Iba  a  ver  a  Baudilia;  pero,  ahora,  después  de 
semejante  narración,  no  sabía  lo  que  podría  decirle. 
¿Cómo  hablarle  de  su  cariño  a  una  mujer  que  sólo  vivía 
para  el  recuerdo  de  otro  hombre?  ¿No  sería  mejor  doblar 
el  rumbo,  irse  por  otro  lado,  y  dejarla  sola,  toda  entregada 


ENTRE   EOS  PASTOS 


201 


a  su  dolor?  Estuvo  a  punto  de  seguir  esta  resolución  y 
hasta  llegó  a  torcer  las  bridas ;  pero  en  el  acto  en  su 
alma  hubo  como  un  duelo.  ¡  No !  ¡no  se  iría  sin  verla ! 
¡Verla  siquiera  una  vez!  Luego.  .  .  Tuvo  un  encogimiento 
de  hombros  desesperanzado,  como  si  ya  nada  le  importara 
en  la  vida. 

Se  apeó  del  caballo  al  lado  del  ombú,  lo  ató  a  una  ar- 
golla fija  en  el  tronco,  y  golpeó  las  manos.  En  la  puerta 
de  la  cocina  apareció  una  chicuela  y  detrás  de  ésta,  una 
mujer. 

Tardó  un  instante  en  reconocerla,  tan  delgada  y  cam- 
biada estaba.  Al  fin,  exclamó,  avanzando : 

—  ¡  Baudilia,  soy  yo,  Juan  de  Dios ! 

Ella,  que  tampoco  le  había  reconocido,  dijo  sorpren- 
dida : 

—  ¿  Juan  de  Dios .  .  .  por  aquí  ? 

—  Ya  vé,  Baudilia;  pasaba  por  ai,  cerquita.  .  .  Me  di- 
jeron que  ésta  era  su  casa  y  no  quise  dirme  sin  salu- 
darla. .  . 

Los  dos  se  miraban  en  silencio.  El  consideraba  aquel 
rostro  anguloso,  pálido,  triste,  antes  tan  regordete,  her- 
moso y  alegre ;  ella,  le  extrañaba  sobre  todo  por  aquella 
gran  cicatriz  sobre  la  boca. 

—  ¡  Juan  de  Dios  !  ¡  qué  cambeado  está !  ¡  No  parece  el 
mesmo!.  .  .  —  Y  agregó,  luego,  con  una  sonrisa  amarga: 
—  Güeno,  lo  que  es  yo,  también  estoy  muy  cambeada.  .  . 

—  Sí,  ya  sé ;  me  han  dicho .  .  . 

—  ¡  Ah!,  ¿sabe?.  .  . 

—  Sí,  todo.  .  .  ¡  pobre  Baudilia ! 

Hubo  una  pausa.  Para  disimular  el  llanto  que  acudía 
a  sus  ojos,  Baudilia  se  entró  a  la  cocina,  diciendo : 

—  Voy  a  darle  un  asiento. 


202 


VÍCTOR   PÉREZ  PETIT 


Volvió  con  una  silla.  Juan  de  Dios,  dándole  vueltas  al 
chambergo,  se  sentó. 

—  Gracias,  —  dijo.  Y  no  supo  qué  agregar. 
Baudilia  se  había  metido  en  el  rancho.  Cuando  al  fin 

logró  serenarse,  salió  secándose  los  ojos. 

—  Disculpe,  Juan  de  Dios,  usté  comprenderá... 

—  Sí,  sí ;  claro.  .  . 

—  ¿Ya  usté  cómo  le  va?  ¿qué  es  de  su  vida? 

Juan  de  Dios  ladeó  la  cabeza;  se  azotó  la  bombacha 
con  el  rebenque : 

—  ¡  Pse !  ya  ve . . . 

—  Usté  tampoco  ha  tenido  suerte .  .  . 

—  Ninguno  de  los  dos.  Era  el  destino., 

—  Era  el  destino,  —  repitió  ella,  como  un  eco. 
Guardaron  silencio.  Baudilia  fué  la  primera  en  rom- 
perlo : 

—  Voy  a  servirle  un  matecito. 

—  No  se  incomode .  .  . 

—  No  es  incomodidad,  ¡valiente! 

Entró  a  la  cocina  y  al  rato  salió  con  el  mate. 

—  Sírvase. 

—  Gracias,  —  contestó  él,  cogiendo  la  calabaza. 
Hubo  otro  silencio.  Fué  Baudilia  también  ahora  quien 

halló  el  modo  de  romper  aquél : 

—  ¿Anda  de  viaje  o  qué? 

—  Voy  a  riunirme  con  la  gente  de  Trías,  que  está  por 
aicito  no  más,  sobre  el  Paso  de  Carpintería.  Dende  que  me 
hirieron  en  Cerros  Coloraos,  falto  del  ejército.  Servía 
con  el  comendante  Ciríaco  Cruz. 

—  ¡  Ah  !  ¿  Es  esa  herida  que  tiene  en  la  cara  ? 

—  Mesmo.  Y  otra  aquí,  salva  sea  la  parte,  en  la  pierna. 

—  ¿  Sufrió  mucho  ? 


KNTRIv   1,0  S  PASTOS 


203 


—  ¿Y  pa  qué  nace  un  cristiano,  si  no  es  pa  sufrir? 

—  Tiene  razón.  ¡Lo  que  yo  he  sufrido!  Perdí  mis  dos 
hijitos,  mi  marido.  . . 

Embargado  cada  uno  por  sus  tristes  pensamientos,  vol- 
vieron a  enmudecer.  Al  fin,  Juan  de  Dios  devolvió  el 
mate,  diciendo : 

—  Yo  estuve  aquí  la  noche  esa.  .  . 

Baudilia,  que  se  iba  para  llenar  la  calabaza,  se  detuvo. 

—  ¿  Usté  ?  ¿  cuándo  ?  ¿  cómo  ? 

—  De  tardecita,  pasé  por  ai,  por  el  fondo,  arriando  una 
caballada.  Esos  dos  bandidos,  a  quienes  yo  no  conocía, 
se  ofertaron  pa  llegarse  hasta  aquí,  pa  agenciar  un  poco 
de  yerba.  Yo  seguí  con  la  gente  hasta  el  otro  lao  de  aquella 
loma.  Y  como  tenía  la  idea  de  que  usté  debía  vivir  por 
estos  pagos,  pregunté  a  un  vecino.  Me  dijo  que  usté 
vivía  aquí.  ¡  Figúrese !  Había  pasao  al  lao  de  su  casa 
y  el  corazón  no  me  dijo  nada.  .  . 

Hubo  una  pausa.  Él,  sorprendido  de  la  frase  que  se 
le  había  escapado ;  ella,  como  si  no  la  hubiera  entendido. 
Juan  de  Dios  prosiguió: 

—  Cuando  golvió  Celedonio,  el  cabo  me  denunció  que 
debía  haber  robao,  porque  traia  un  rebenque  que  no  era 
suyo,  y  plata.  Entonces,  oliendo  alguna  disgracia,  monté 
y  me  vine  a  media  rienda.  Estuve  aquí ;  era  una  noche  de 
luna.  Vi  todo.  Comprendí  lo  sucedido,  y  empecé  a  bus- 
carla. Anduve  hasta  la  madrugada  por  estos  campos,  lla- 
mándola. .  . 

—  ¿Qué  jué  del  asesino? 

—  Lo  afusilaron  por  orden  del  general .  .  .  Crei  que 
sabía .  . . 

—  No,  nada;  vivimos  aquí  tan  lejos... 

—  Si  supiera  con  el  ansia  que  la  buscaba !  Y  dispués, 


204 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


todas  las  horas,  de  día,  át  noche,  he  pensao  siempre 
en  usté . . . 

—  Gracias,  Juan  de  Dios. 

Lo  dijo  con  tal  gravedad,  que  el  mozo  experimentó  un 
desgarramiento.  No  obstante,  preguntó : 

—  Usté  no  ha  pensao  alguna  vez  en  mí  ? .  . . 

—  Sí,  algunas  hemos  hablao  con  el  finao. 

Juan  de  Dios  volvió  a  sentir  una  punzada  en  el  cora- 
zón. No  era  esa  la  respuesta  que  esperaba. 

—  No,  yo  quería  decir,  usté,  usté  sola.  .  , 
Baudilia  se  entró  a  cebar  otro  mate.  Cuando  salió  de 

nuevo,  traía  hecha  su  respuesta,  que  había  meditado : 

—  Vea,  Juan  de  Dios.  Yo  lo  quise  a  usté  allá  en  la 
Estancia ;  pero  no  nos  comprendimos.  Dispués,  me  casé, 
y  todo  el  pasado  quedó  muerto.  Ansí  tenía  que  ser.  Ahora, 
han  muerto  mis  hijitos,  mi  marido...  Nunca  los  olvi- 
daré .  .  .  Nunca  volveré  a  querer  a  naides .  .  . 

—  ¡  Baudilia !  —  gimió  Juan  de  Dios,  con  profunda  an- 
gustia, sintiendo  la  irrevocabilidad  de  aquella  decisión. 

—  Tengo  mis  muertos  aquí,  —  añadió  tocándose  el 
pecho.  —  ¡  Nunca,  Juan  de  Dios ! 

—  ¿Y  va  a  vivir  sola,  aquí,  sola?.  .  .  —  adujo  él,  supli- 
cante, tentando  un  último  esfuerzo. 

—  Sola,  Juan  de  Dios ;  sola  con  ellos,  con  su  recuerdo... 
Juan  de  Dios  se  puso  entonces  de  pie. 

—  Ta  bien. 

—  ¿Se  va ? 

—  Ya  viene  la  noche.  Tengo  un  galopito  entoavía  pa 
encontrar  mi  gente. 

Ella  le  tendió  tristemente  la  mano : 

— Güeña  suerte,  y  a  ver  cuando  vuelve. 

—  Sabe  Dios. 


HNTRK  los  pastos 


La  contempló  un  instante,  y  de  pronto  se  marchó. 

Baudilia  permaneció  junto  a  la  puerta  de  la  cocina; 
pero,  como  Juan  de  Dios  se  alejara  al  galope  sin  volverse, 
se  entró. 

Y  allí,  sentada  en  un  banquito,  lloró,  lloró  largo  tiempo 
sobre  su  inmensa  desventura,  sobre  toda  su  vida  frus- 
trada. 

En  la  cocina  se  amontonaban  las  sombras :  sólo  el  hogar 
parpadeaba  lumbre  con  sus  carbones  rojizos ;  y  era  aquella 
tiniebla  estremecida  por  los  estertores  de  la  lumbre,  se- 
mejante a  esas  vidas,  obscuras  y  humildes,  perdidas  en  la 
soledad  del  campo,  entre  los  pastos,  sobre  las  que  rueda, 
a  veces,  un  soplo  de  Amor  y  de  Tragedia. 


XIV 


La  noche  de  aqitel  último  día  del  mes  de  Julio  se  venía 
rápidamente.  Sólo  un  leve  fulgor,  último  vestigio  del  astro 
que  se  iba,  agonizaba  en  el  ocaso.  Espesos  y  negruzcos 
celajes  enlutaban  el  cielo,  dejando  ver  muy  pocas  estre- 
llas. La  tierra  se  rodeaba  de  sombras  humosas,  que  diluían 
las  formas,  borraban  los  contornos,  suprimían  el  color. 
Sólo  los  árboles  y  ranchos  persistían  aún  sobre  el  pai- 
saje; pero  convirtiéndose  en  borrones  más  negros,  como 
siluetas  de  tinta  china.  No  había  ni  un  soplo  de  aire.  En 
el  ambiente  palpitaba  un  débil  perfume  campesino,  raro, 
finísimo,  hecho  de  los  alientos  del  trébol,  la  gramilla  y  la 
cola  de  zorro  confundidos  en  extraña  alquimia  con  el  de 
los  duraznillos  blancos  y  juncos  de  los  bajos  anegadizos. 
Los  grillos  chirriaban  interminables ;  a  lo  lejos  había  una 
tristísima  cantinela  de  ranas. 

Juan  de  Dios  seguía  ahora,  al  trote,  el  mismo  camino 
de  dos  meses  antes,  cuando  conducía  la  caballada.  Iba 
absorto,  hundido  en  sí  mismo,  ajeno  a  cuanto  le  rodeaba, 
con  aquella  montaña  de  dolor  que  se  le  había  venido  en- 
cima. "  Nunca  volveré  ya  a  querer  a  naides  ",  —  le  había 
dicho  Baudilia  con  una  decisión  que  él  sentía  era  irrevo- 
cable, definitiva.  Y  había  sido  entonces  en  su  alma  la  no- 
che total.  Se  apagaron  todas  las  luces  de  su  espíritu ;  el 
mundo  desapareció  a  su  alrededor;  en  su  corazón  calló 
la  última  resonancia.  Un  desgano  de  vivir,  una  pesadum- 
bre inmensa  le  invadieron.  ¿Para  qué  vivir  sin  ella,  sin 
esa  esperanza?  Todo  le  era  ahora  indiferente.  La  vida 


KXTRK  LOS  PASTOS 


207 


le  daba  asco.  Mientras  alentó  con  la  esperanza  de  vol- 
verla a  ver,  acaso  de  reconquistarla,  su  existencia  tenía  un 
objeto ;  sus  luchas,  una  finalidad ;  su  ensueño,  un  norte 
mágico  y  encantado.  Pero,  ahora,  que  el  desengaño  le  ha- 
bía cogido  con  sus  garras,  ahora,  ¿para  qué  continuar  su- 
friendo? Presentía  que  ya  no  tendría  para  él  atractivos 
ninguna  cosa  sobre  la  tierra  y  que  siempre,  a  su  alrededor, 
aún  en  pleno  día,  con  el  sol  más  fulgurante,  sería  la  noche 
espesa  y  solitaria,  como  ésta  que  le  envolvía  ahora  en  sus 
gasas  fúnebres.  "  Esto  se  acabó,  Juan  de  Dios ",  —  se 
repetía  el  mísero 

El  caballo  dió  bruscamente  una  espantada,  que  estuvo  a 
punto  de  desarzonar  a  su  jinete.  Una  liebre  se  había  al- 
zado, rapidísima,  de  entre  unas  maciegas  secas.  Juan  de 
Dios  despertó  de  su  meditación  y  le  dió  dos  rebencazos 
al  caballo,  sofrenándolo  luego.  Miró  a  su  alrededor. 
"¿Dónde  estoy?",  pareció  preguntarse.  En  medio  de  la 
hondonada  que  cruzaba,  las  sombras  eran  más  macizas. 
Un  reborde  de  arbustos  contorneaba  por  un  lado  aquella 
depresión  del  terreno,  poniendo  una  mancha  más  negra 
sobre  la  negrura  del  conjunto.  Anduvo  un  trecho,  el  ca- 
ballo chapaleó  en  un  charco  y  empezó  luego  a  subir  una 
cuestita :  Juan  de  Dios  sintió  el  leve  roce  de  altos  pastos 
sobre  las  patas  de  su  caballo.  Al  cabo  de  unos  instantes, 
volvió  a  abrirse  un  tanto  el  paisaje,  y  entonces,  a  pesar 
de  la  noche,  reconoció  el  rumbo.  Estaba  en  el  estribadero 
del  cerro  que  enfrentaba  al  rancho  del  paisano  que  le 
había  indicado  la  otra  vez  los  ranchos  de  Baudilia. 

Libre  el  camino,  galopó  un  largo  trecho,  siempre  su- 
biendo. Un  pájaro  nocturno,  una  lechuza,  pasó  sobre  él 
chirriando,  batiendo  sus  alas  de  felpa.  Entonces,  casi  en 
la  cumbre,  detuvo  el  caballo.  Se  volvió  para  mirar  hacia 


20$ 


VÍCTOR   PÉREZ  PE'fíT 


atrás.  Era  un  abismo  de  tiniebla.  No  se  distinguía  ni 
una  luz.  Y,  sin  embargo,  hacia  aquella  parte,  estaba  la 
morada  de  Baudilia.  Allá  vivía;  allá  estaría  ahora,  sola, 
sola,  "  sola  con  sus  recuerdos  como  decía.  ¿  Se  acordaría 
de  él  o  ya  le  habría  olvidado?  Experimentó  un  despecho 
amargo.  "  ¿  Qué  me  importa  ya  que  se  acuerde  ? "  — 
pensó.  "  También  me  dijo  que  me  había  querido,  allá  en 
la  Estancia ;  pero,  que  al  casarse  con  Margarito,  había 
olvidao  todo  el  pasado.  Y  aura  que  Margarito  ha  muerto, 
aura  tampoco  quiere  pensar  en  mí,  porque  tiene  que 
vivir  de  su  recuerdo.  Yo  no  soy  nada  pa  ella  ". 

"Yo  no  soy  nada  pa  ella  "...  Era  la  confesión  de  su 
derrota  ;  la  comprobación  de  que  se  sentía  sin  objeto  en 
la  vida.  ¡  La  vida !  ¡  valiente  porquería !  Desde  chico,  no 
había  hecho  otra  cosa  que  penar  sobre  el  yugo,  y  sufrir, 
sufrir  siempre.  No  había  conocido  un  goce  verdadero,  no 
había  realizado  ninguna  querida  ilusión.  Trabajaba,  co- 
mía, dormía,  nada  más.  Era  lo  mismo  que  cualquier  ani- 
mal. Y  cuando  llegó  a  amar  de  veras,  cuando  vió  entre- 
abrirse el  cielo,  cuando  la  felicidad  cruzó  a  su  lado,  no 
supo  reconocerla  ni  aprovechar  el  instante  único  y  sin 
retorno.  Se  encastilló  en  su  necio  amor  propio  de  hom- 
bre, perdió  el  tiempo  enconando  en  vez  de  atraerse  a  la  que 
amaba,  concluyó  por  arrojarla  él  mismo  en  los  brazos  de 
otro  hombre.  ¡  Y  ella  lo  quería,  entonces,  acababa  de  con- 
fesárselo, y  él  no  se  había  dado  cuenta  de  ello !  ¡  Qué 
miseria ! 

—  "Sí,  ¡  valiente  porquería  la  vida !",  —  pensaba  otra 
vez  el  infeliz  caminando  al  paso  de  su  caballo,  bajando  por 
la  otra  ladera  de  la  loma.  "  Ahí  voy  yo,  entre  esas  gentes 
de  la  regolución.  ¿Qué  soy  allí?  Naides ;  uno  del  montón, 
lo  mesmo  que  cualquier  novillo  de  una  tropa.  Lo  arrean 


ENTRE   EOS  PASTOS 


209 


a  uno,  y  marcha ;  paran  rodeo,  y  come,  o  duerme.  Dis- 
pués,  un  día,  le  aujerean  a  uno  el  cuero  y  por  allá  no 
más  se  queda,  en  cualquier  parte,  tirao  entre  los  pastos, 
pa  que  los  caranchos  y  los  perros  cimarrones  hagan  fiesta 
con  la  osamenta.  . .". 

Siguió  andando,  despacito.  Delante  de  él  se  extendía 
la  noche  maciza,  profunda ;  y  aún,  en  medio  de  aquel 
antro,  había  una  mancha  más  negra,  algo  así  como  un  pozo 
abierto  sobre  la  nada.  Las  patas  del  caballo  empezaron  a 
azotar  chilcas.  La  tierra,  manando  agua,  gemía  viscosa- 
mente bajo  la  presión  de  los  cascos  de  aquél.  Juan  de 
Dios  puso  un  poco  de  atención.  "  Aquí  tengo  que  doblar 
a  mano  derecha  ",  —  se  dijo ;  —  "de  no,  voy  a  meterme 
en  el  bañao  ". 

Anduvo  así  como  una  media  hora,  lentamente,  fijando  su 
atención  porque  el  rumbo  era  difícil.  A  veces,  manojos  de 
paja,  altísimos,  le  rozaban  y  el  chasquido  del  agua  se 
pronunciaba ;  entonces  dirigía  su  caballo  más  hacia  la  de- 
recha. Al  fin,  sintió  otra  vez  la  tierra  dura.  Manchas 
opacas  denunciaron  la  presencia  de  arbustos  espinosos, 
que  él  había  visto  la  otra  vez,  enredados  de  basura.  De 
pronto  detuvo  su  caballo.  Un  rumor  inusitado  hirió  su 
experto  oído. 

—  Se  me  hace  gente,  —  murmuró. 

Escuchó  un  instante  y  ladeó  el  caballo  aún  más  sobre 
la  derecha ;  caminó  lentamente  y  salió  al  fin  de  aquel  monte 
bajo,  sucio  de  malezas,  pajas  y  talas  espinosas.  Y  al 
propio  tiempo  que  advertía,  en  medio  de  las  sombras,  unos 
bultos  informes  y  desusados,  una  voz  ronca  gritó  frente 
a  él : 

—  ¡Alto! 

—  Amigo,  —  contestó. 

14 


210 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


En  seguida  le  rodearon  cinco  o  seis  fantasmas  negros. 
Le  hicieron  bajar  del  caballo  previamente.  Le  interroga- 
ron. Fué  conducido  a  pie  al  centro  de  un  campamento.  A 
cada  paso,  cruzaban  al  lado  de  grupos  de  hombres  ten- 
didos en  el  suelo.  Por  fin  llegaron. 

Estaba  entre  la  gente  de  Trías.  Se  dió  a  conocer  y  re- 
clamó un  puesto  entre  la  tropa. 

— Llega  bien,  aparcero,  —  comentó  una  voz  a  su  lado, 
cuando  dejaban  al  oficial  que  lo  había  examinado.  — 
Ayer  el  enemigo  no  nos  dió  resuello  y  hemos  tenido  que 
recular  fiero  una  punta  de  leguas,  peliando  siempre. 
Gracias  que  vino  la  noche  y  pusimos  en  medio  el  bañao. 
Se  me  hace  que  mañanita  pegamos  otra  trotiada  pa  atrás, 
con  los  chumbos  chiflando  sobre  la  cabeza. 

—  ¿Está  tan  fiera  la  cosa?  —  interrogó  Juan  de  Dios. 

—  Son  cuatro  veces  más  que  nosotros,  —  repuso  su 
acompañante.  Y  luego :  —  Ai  está  su  pingo.  Puede  dormir, 
y  hará  bien ;  pero,  no  pite.  Está  prohibido. 

Se  durmió  con  un  sueño  hondo  y  pesado,  rendido  por 
tantas  emociones  y  fatigas.  A  su  alrededor,  era  también 
el  silencio  grave  del  campamento,  exhausto  por  una  ruda 
jornada  de  pelea. 


XV 


—  Vamos,  compañero,  no  sea  tan  regalón,  —  le  gritó, 
sacudiéndole  fuertemente,  en  vista  de  que  no  despertaba, 
un  paisano  joven,  barbilampiño,  de  ojos  vivarachos  y 
dientes  luminosos  de  puro  blancos.  —  Apúrese,  que  están 
sirviendo  el  chocolate. 

Abrió  los  ojos  Juan  de  Dios,  sin  darse  cuenta  del  sitio 
en  que  se  hallaba.  Miró  alrededor,  sorprendido  de  todas 
aquellas  gentes,  animales,  armas  y  recados  que  pululaban 
entre  las  pajas ;  se  pasó  una  mano  por  la  frente  y  de 
pronto,  recordando  su  llegada  al  campamento  la  noche 
anterior,  se  puso  rápido  en  pie. 

—  ¿  Qué  hay  ?  —  formuló. 

—  Están  sirviendo  el  chocolate,  —  repitió  burlón  el 
mocito. 

En  la  mañana  gris,  húmeda  y  fría  de  aquel  día  de  in- 
vierno, resonaban  unos  tiros  secos,  como  cohetes. 

—  ¿Nos  sorprendieron?  —  preguntó  de  nuevo. 

—  No.  Allá  están  nuestras  avanzadas,  hace  rato.  Si  los 
milicos  quieren  cruzar  el  bañao,  van  a  tener  que  arre- 
mangarse. 

Juan  de  Dios  miró  hacia  el  lado  donde  sonaban  los 
disparos.  Bajo  la  naciente  claridad  del  día,  el  bañado,  an- 
cho y  extenso,  poblado  de  paja  brava,  iba  convirtiendo  sus 
tonalidades  opacas  y  sucias,  en  verdes  de  cobre,  con  gran- 
des manchones  de  un  azul  negruzco.  Aquí  y  allá,  donde 
las  pajas  no  eran  tan  altas,  el  agua  se  denunciaba  con 
bruñidos  de  argentería.  Parecía,  en  verdad,  un  tanto 


212 


VÍCTOR  PÉREZ  PÉTlf 


difícil,  para  cualquiera  de  los  dos  contendientes,  cruzar 
aquel  gran  charco. 

—  ¿Mucha  agua?  —  preguntó  Juan  de  Dios. 

—  Arriba  de  media  costilla,  —  contestó  el  otro. 

El  fuego  aumentaba  por  instantes.  Lejos,  del  otro  lado, 
vibró  un  clarín  un  toque  agudo,  que  sonó  límpido  en  la 
mañana ;  y  a  poco,  en  un  claro  de  las  malezas  de  aquella 
orilla,  se  vieron  cruzar  corriendo,  unos  tras  otros,  unos 
hombres  pequeñitos,  como  muñecos. 

Estaban  observando  aquel  movimiento,  cuando  la  voz 
ruda  de  un  oficial  dijo  a  su  lado : 

—  Vamos,  ¡  vivos,  muchachos !  No  hay  que  dejarlos 
pasar  el  agua. 

Los  hombres  de  la  revolución  concluyeron  de  tomar  su- 
posiciones. Juan  de  Dios  fué  enviado  a  retaguardia,  con 
los  que  cuidaban  la  caballada.  Como  allí  el  terreno  era 
bastante  plano,  no  podía  distinguir  bien  la  zona  del  com- 
bate. Se  dejó  estar,  pues,  sobre  su  cabalgadura  e  insen- 
siblemente se  distrajo,  olvidó  todo  y  dió  en  el  mismo 
tema  que  le  había  preocupado  la  noche  antes.  "  Nunca 
volveré  a  querer  a  naides  "...  "  Nunca  volveré  a  querer 
a  naides  —  repetía  una  voz  lejana  y  lamentable,  vol- 
viendo a  despertar  la  angustia  en  su  pecho  y  a  llenarle  de 
duelo  el  corazón.  Lina  o  dos  veces  salió  de  su  abatimiento, 
sacudido  acaso  por  el  eco  de  aquellas  terribles  descargas 
que  azotaban  el  aire  como  rachas  de  tempestad ;  pero,  in- 
diferente a  ellas,  tornaba  a  hundir  la  barba  en  el  pecho  y 
proseguía  su  doloroso  ensueño. 

Así  transcurrieron  las  horas  de  la  mañana.  Mientras  él. 
inmóvil,  rememoraba  y  sufría,  allá  abajo  sus  compañeros 
luchaban  con  furia  a  fin  de  contener  al  enemigo,  que  se 
insinuaba  en  atrevidos  avances.  Las  filas  revolucionarias 


1ÍNTRIÍ   LOS  PASTOS 


empezaban  a  ralearse.  Hubo  que  echar  mano  de  todos  los 
elementos.  Cuando  vinieron  a  relevar  a  Juan  de  Dios  y 
los  otros  hombres,  dando  el  cuidado  de  la  caballada  a 
algunos  heridos  leves,  ya  el  sol  estaba  en  el  cénit. 

Juan  de  Dios  llegó  a  la  línea  de  fuego  y  experimentó 
allí  su  primer  sorpresa  al  notar  que  la  guerrilla  de  los 
suyos  no  estaba  ya  al  borde  del  bañado,  como  a  las  y  de 
la  mañana,  al  sonar  los  primeros  tiros :  ahora  se  había 
replegado  unos  doscientos  metros,  ocultándose  tras  de 
las  chilcas.  Avanzó  decidido,  se  tendió  detrás  de  una 
mata,  requirió  su  carabina  y  al  convertir  los  ojos  hacia 
el  bañado,  su  asombro  no  tuvo  límites  ¿Dónde  estaba  el 
enemigo?  Sus  compañeros  hacían  fuego,  pero,  ¿sobre 
quién?  También  de  allá  lejos  llegaba  el  eco  de  los  tiros, 
pero  ¿  dónde  estaban  los  tiradores  ?  Súbitamente,  unos  mo- 
vimientos bruscos  del  pajonal,  aquí  y  allá,  como  cuando 
los  perros  andan  buscando  alguna  alimaña,  le  revelaron 
el  misterio.  Allí,  entre  el  agua,  agazapados  tras  los  juncos 
y  pajas  bravas,  la  gente  del  gobierno  avanzaba  sigilosa. 
Empezó  a  interesarse  en  aquella  caza  de  nuevo  género, 
esperando  con  afán  la  aparición  de  algún  bulto  informe  o 
el  movimiento  de  un  haz  de  pajas,  para  ensayar  allí  su 
puntería. 

Lo  grave,  es  que  la  caza  se  defendía  de  un  modo  peli- 
groso. Sus  tiros,  bastantes  bien  dirigidos,  llovían  sobre 
los  revolucionarios.  Ya  habían  tenido  éstos  que  retroceder 
de  sus  primeras  posiciones  y  resguardarse  en  el  chilcal. 
Pero  las  balas  llovían  sobre  éstos,  con  un  silbido  agudo, 
tronchando  gajos,  hundiéndose  en  las  motas  de  tierra 
con  un  golpe  seco.  Al  cabo  de  una  hora  de  porfiada  resis- 
tencia, hubo  que  retroceder  otro  poco.  El  bañado  debía 
estar  ahora  pululando  de  enemigos.  Un  tanto  nerviosos, 


214 


VÍCTOR   PÉREZ  PET1T 


los  de  la  guerrilla  revolucionaria  disparaban  sus  tiros  al 
acaso,  sobre  cualquier  vaivén  del  pajonal,  sin  esperar  a 
ver  el  bulto  del  hombre.  Y  el  avance  proseguía,  pues  ahora 
se  agitaban  las  pajas  por  doquier  y  los  disparos  se  mul- 
tiplicaban. 

—Pero,  ¿no  matamos  a  ninguno?  —  se  dijo  a  sí  mismo 
Juan  de  Dios,  con  rabia. 

Llegó  una  nueva  orden  de  replegarse.  La  posición  era 
en  efecto  insostenible.  Agazapándose,  escondiéndose  de- 
trás de  las  matas,  corriendo  un  poquito  y  volviéndose  de 
cuando  en  cuando  para  hacer  un  disparo,  la  gente  retro- 
cedió, llegando  al  estribadero  de  un  cerro.  Pero,  una  vez 
allí,  no  pudieron  detenerse  sino  muy  poco  tiempo.  El 
grueso  de  la  tropa  enemiga,  unos  escuadrones  de  caballe- 
ría dirigidos  por  el  comandante  Guillermo  Buist  y  el  co- 
ronel Chagas,  cruzaba  el  bañado  a  caballo,  con  gran  re- 
solución ;  y  a  poco,  lo  que  hasta  ahora  habían  sido  tiros 
numerosos,  se  convirtieron  en  descargas  nutridas.  Los  re- 
volucionarios, defendiéndose  con  tesón,  pero  castigados 
en  descubierto  por  aquel  fuego  incesante,  tuvieron  que 
escalar  la  loma. 

—  A  tomar  posiciones  allá  arriba,  —  se  había  orde- 
nado ;  y  todos  retrocedían  paulatinamente,  ascendiendo 
siempre,  procurando  escurrir  el  bulto,  con  la  terrible  an- 
gustia de  no  llegar  nunca  a  la  cima. 

A  medida  que  pasaban  las  horas,  que  el  combate  recru- 
decía y  que  el  peligro  aumentaba,  Juan  de  Dios  iba  cre- 
ciéndose. Ahora  que  podía  pelear  y  que  veía  a  los  soldados 
gubernistas  mostrarse  sin  recato,  no  le  importaba  ex- 
ponerse. ¿  Qué  le  importaba  la  vida  ?  "  Nunca  volveré  a 
querer  a  naides  " :  las  palabras  de  Baudilia  resonaban  en 
su  oído  claras  y  nítidas,  como  si  alguien  se  las  estuviera 


ENTRE   LOS  PASTOS 


215 


repitiendo  al  lado  suyo.  Entonces,  de  pronto,  se  irguió : 
no  quiso  agazaparse  más;  siguió  retrocediendo,  pero  en 
pie,  firme  y  derecho,  como  un  demente. 

—  ¡  Agáchese !  Lo  van  a  voltear,  —  le  gritó  alguien. 

Siguió  impertérrito  haciendo  sus  tiros,  con  rabia,  afi- 
nando siempre  la  puntería.  Las  balas  empezaron  a  salpicar 
a  su  alrededor. 

—  ¡  No  siá  loco,  compañero !  —  volvieron  a  decirle, 
cuando  ya  culminaban  el  cerro  y  la  defensa  se  hacía  más 
cómoda  para  todos. 

Durante  unos  minutos,  los  gubernistas  detuvieron  la 
persecución,  raleando  el  fuego.  Los  revolucionarios  se 
parapetaban  en  la  altura  y  cobraban  nuevos  bríos. 

—  Aquí  hay  que  sostenerse,  muchachos !  —  clamó  un 
oficial.  —  ¡  De  no,  nos  echan  sobre  ese  otro  bañao ! 

El  combate  se  hizo  de  repente  más  rudo  y  violento.  En 
el  aire  azul  tableteaban  furiosas  las  descargas.  La  tropa 
enemiga  que  venía,  más  atrás,  a  caballo,  había  echado  pie 
a  tierra  y  reforzaba  las  avanzadas,  diseminándose  por  la 
falda  del  cerro.  Cinco  o  seis  soldados  hacían  punta  en 
aquel  avance  fatídico,  tendidos  en  el  suelo,  arrastrándose 
como  alimañas.  Juan  de  Dios,  impertérrito,  como  un  in- 
consciente, avanzó  dos  o  tres  pasos,  escogió  bien  su  po- 
sición, hincó  la  rodilla  en  tierra  e  hizo  funcionar  su  arma. 

—  ¡  Pero,  amigo,  se  va  a  hacer  matar ! 

En  ese  instante  una  bala  le  dió  en  medio  de  la  frente 
al  que  así  había  hablado  y  le  dejó  tieso  sobre  el  verde 
que  tamizaba  los  pedruzcos  del  cerro. 

Las  balas  llovían  alrededor  de  Juan  de  Dios,  rebotando 
en  la  piedra,  hundiéndose  entre  las  matas  de  yuyos.  Pero, 
él  no  oía  ni  el  crugir  de  las  descargas  ni  las  voces  de  sus 
compañeros.  "  Nunca  volveré  a  querer  a  naides  ",  —  re- 


2l6 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


sonaba  en  su  interior  una  voz  lejana,  una  voz  que  había 
perdido  para  siempre.  Y  aquel  estribillo  cruel,  repetido 
interminablemente,  a  intervalos  isócronos,  como  el  movi- 
miento de  un  reloj,  le  volvía  fulo,  le  exasperaba  hasta  el 
paroxismo. 

—  ¡  No  saben  tirar,  canejo !  —  masticaba  por  lo  bajo, 
ansioso  ya  del  momento  en  que  una  bala  certera  conclu- 
yera con  todo,  con  su  vida  y  con  aquella  frase  tortura- 
dora. —  ¡  No  saben  tirar,  sotretas ! 

La  defensa  de  la  cumbre  del  cerro,  a  las  cinco  de  la 
tarde,  fué  también  imposible,  y  ya  con  la  obsesión  de  la 
derrota,  los  revolucionarios  se  descolgaron  por  el  otro 
flanco,  rendidos,  tronchados,  manando  sangre,  dejando 
sus  muertos  entre  los  pastos,  precipitándose  ciegos  sobre 
el  pequeño  bañado  que  los  separaba  del  Río  Negro. 

En  esa  huida,  Juan  de  Dios  era  el  último.  No  quería 
abandonar  la  posición;  insultaba  a  los  que  se  retiraban; 
los  incitaba  a  mantenerse  en  sus  puestos,  para  morir  todos 
allí.  Pálido  de  ira,  desgreñado,  una  mueca  de  dolor  in- 
crustada en  la  conmisura  de  los  labios,  los  ojos  duros, 
crueles,  con  algo  de  demencia  en  la  mirada,  seguía  ha- 
ciendo fuego,  porfiadamente,  sobre  los  enemigos,  en  tanto 
clamaba  a  los  suyos : 

—  ¡  Son  unos  mandrias,  canejo !  ¡  Disparan  como  mu- 
litas !  ¡  No  juyan !  ¡  Hagansen  matar  como  criollos !  ¡  No 
juyan ! 

Y  enfrentando  al  enemigo: 

—  ¡  Tiren,  sarnosos  !  ¡  Tiren,  apestaos  !  ¡  Aquí  tienen 
carniza!  ¡aprovechen! 

El  oficial  se  lo  llevó  a  empellones.  La  posición  que- 
daba abandonada,  y  él  no  podía  permitir  que  aquel  exal- 
tado, ¡tan  valiente  muchacho!,  se  hiciera  matar  inútil- 
mente. 


ENTRE  LOS  PASTOS 


217 


La  tarde  declinaba  rápidamente.  Al  hundirse  en  el  ba- 
ñado, las  sombras  envolvieron  de  golpe  a  los  revolucio- 
narios. Habían  pasado  todas  las  horas  del  día  en  aquella 
resistencia  enconada,  sin  darse  cuenta  del  transcurso  del 
tiempo,  alucinados  por  el  gesto  tremendo  de  la  muerte, 
alzado  sin  segundo  sobre  cada  uno  de  ellos,  febriles,  in- 
cansables, andando  kilómetros  y  kilómetros,  reseco  el 
paladar,  sudorosos,  palpitantes,  —  trágicos.  Y  ahora, 
mientras  el  sol  se  ocultaba  tras  una  cortina  de  celajes 
rojos,  amarillos,  anaranjados,  verdes  y  violetas,  con  una 
pompa  triunfal  y  feérica,  e)los  se  desparramaban  entre  las 
sombras  azuladas  y  negruzcas  del  bañado,  procurando 
trasponerle  rápidamente  para  dejarlo  como  una  barrera 
frente  al  avance  del  enemigo,  lo  mismo  que  habían  he- 
cho la  noche  anterior.  Las  descargas  les  perseguían  aún, 
más  lúgubres  que  antes,  en  aquel  atardecer  de  derrota ;  y 
ellos  continuaban  chapaleando  en  el  agua,  tropezando  en 
las  matas,  cortándose  las  manos  con  las  pajas,  casi  sin 
disparar  un  tiro,  porque  ya  les  escaseaban  las  municiones. 

Llegó  al  fin  la  noche,  una  noche  obscura  como  la  pre- 
cedente, enlutada  de  nubarrones,  cuajada  de  fantasmas, 
plena  con  el  canto  monótono  de  las  ranas.  La  tropa  revo- 
lucionaria había  ido  a  detenerse  a  la  orilla  del  tupido 
monte  que  costea  el  Río  Negro,  rendida  por  aquella  san- 
grienta jornada.  Exhaustos  los  hombres,  se  tendían  por 
doquier  en  el  suelo,  entre  la  maraña,  dejando  sueltos  los 
caballos. 

¿Dónde  estaba  Juan  de  Dios?  Silenciosamente,  apar- 
tándose de  todos,  con  disimulo,  casi  a  rastras,  se  inter- 
naba en  el  monte.  Estaba  herido.  Al  trasponer  el  ba- 
ñado, una  bala  perdida  le  había  alcanzado  en  la  espalda. 
Al  sentir  el  golpe,  vaciló  como  si  fuera  a  caer ;  pero,  por 
un  supremo  esfuerzo  de  voluntad,  se  mantuvo  en  pie. 


218 


VÍCTOR  PÉREZ  PETIT 


Entonces,  trabajosamente,  siguió  andando  por  en  medio 
del  charco.  De  pronto,  tuvo  un  vómito  de  sangre  y  se 
hincó  de  rodillas.  Al  cabo  de  un  rato,  se  repuso  y  siguió 
andando.  Alguien,  que  venía  corriendo  detrás  de  él,  le 
dijo  al  pasar : 

—  ¿Está  herido,  compañero? 

—  ¡  No  tengo  nada,  cañe  jo  !  —  replicó. 

Llegó  a  la  orilla  del  monte.  Se  escurrió  entre  los  gru- 
pos, respirando  fuertemente,  con  pesada  fatiga,  procu- 
rando que  nadie  se  enterara  de  que  iba  herido.  "  Nunca 
volveré  a  querer  a  naides  ".  ¿  Para  qué,  entonces,  buscar 
que  le  curaran?  Mejor  era  morir  así,  de  una  vez.  El  balazo 
que  había  buscado  en  vano  durante  toda  la  tarde,  de 
frente,  ofreciendo  el  pecho  a  los  enemigos,  ahora  le  ha- 
bía llegado  a  traición,  por  detrás.  ¡  Hasta  esa  desgracia 
tenía!  Pero,  de  cualquier  modo  que  fuera,  era  la  muerte, 
el  descanso,  el  olvido.  Bien  venido,  entonces,  el  balazo 
traidor.  Empezó  a  internarse  en  el  monte,  buscando  un 
paraje  solitario,  para  que  nadie  le  socorriera  si  en  su 
agonía  se  le  escapaban  algunos  gemidos.  Quería  morir, 
allí,  en  la  espesura,  solo,  lejos  de  todos,  lejos  del  mundo, 
como  un  animal  de  quien  nadie  se  conduele,  como  una 
bestia  que  todos  han  perseguido  y  desprecian.  Si  ella  no 
podía  amarle  ya,  si  no  había  tenido  piedad  de  su  amor, 
la  muerte  era  una  .liberación.  Por  eso  huía  silencioso  y 
precavido,  acallando  las  quejas  que  le  arrancaba  el  dolor, 
y  disimulándose  a  los  ojos  de  sus  compañeros.  Por  eso  iba 
como  ebrio,  tropezando  en  las  ramas  desgajadas,  cayendo, 
alzándose  de  nuevo  con  trabajo,  luchando  con  las  cuerdas 
del  cipó  y  las  agudas  espinas  de  los  talas  y  coronillas, 
avanzando  por  los  claros  que  se  abrían  entre  molles  y 
algarrobos,  guayabos  y  ceibos,  dando  un  rodeo  a  veces 


ENTRE  LOS  PASTOS 


2ig 


cuando  la  maleza  trabada  en  los  viraros  y  espinillos  ha- 
cía imposible  el  paso,  hundiéndose  cada  vez  más  en  el 
corazón  de  la  selva,  casi  sin  alientos  ya,  los  ojos  turbios, 
una  horrible  mueca  de  sufrimiento  cuajada  sobre  todo  el 
rostro.  De  pronto,  vacilante,  se  dió  contra  un  chalchal  y 
se  fué  al  suelo.  Tuvo  otro  vómito.  Quedó  unos  instantes 
en  el  suelo  gimiendo,  mordiéndose  los  labios  para  que  no 
se  oyera  su  doliente  gemido.  "  Nunca  volveré  a  querer  a 
naides  ".  ¡  No  !  ¡  ni  nunca  tampoco  ella  tendría  más  noticias 
de  él !  Ignorando  su  muerte  obscura,  ¡  no  le  lloraría ! 
Desaparecería  como  un  desgraciado,  anónimamente,  en 
medio  de  la  noche,  sin  dejar  un  recuerdo,  porque  no 
era  nadie,  porque  no  valía  nada...  Quizo  alzarse;  mas 
no  tuvo  fuerzas  para  ello,  y  entonces,  lo  mismo  que  un 
animal  herido,  empezó  a  arrastrarse  por  el  suelo,  hasta 
llegar  al  pie  de  un  ceibo.  De  pronto,  se  desmayó. 

Cuando  volvió  en  sí,  la  fiebre  atronaba  en  su  cabeza. 
Miró  alrededor ;  pero  las  sombras  se  espesaban  cada  vez 
más.  Los  árboles  se  erguían  ante  él  como  fantasmas.  Del 
fondo  de  la  obscuridad  empezaron  a  surgir  voces  extra- 
ñas. El  delirio  le  hundió  entonces  sus  diez  garras  en  el 
cerebro.  Se  vió  rodeado  de  bestias  informes  que  danzaban 
a  su  alrededor;  un  enjambre  de  aves  extrañas,  muy  ne- 
gras, pesadas  y  silenciosas,  volaron  sobre  él  en  ronda  in- 
terminable. Quería  espantarlas  y  no  podía,  porque  una 
de  las  bestias  le  había  traspasado  la  espalda  con  su 
cuerno.  Mas,  en  seguida,  sin  transición,  todo  aquel  enjam- 
bre de  bichos,  se  tornaba  en  hombres,  que  lo  miraban 
con  ojos  como  yescas.  ¡Déjenme,  quiero  morir  solo!,  cla- 
maba en  su  interior;  y  en  vez  de  irse,  los  otros  se  reían, 
se  reían.  Se  irguió  para  pelearlos ;  mas  entonces  ellos, 
convirtiéndose  en  soldados  enemigos,  empezaron  a  ha- 


220 


VÍCTOR  PÉREZ  PHTIT 


cerle  fuego  con  sus  armas.  Las  balas  llovían  en  granizada 
a  su  alrededor.  Se  dió  a  correr,  como  un  loco,  para  escapar- 
les. ¡  Qué  carrera  infernal !  Saltaba  cañadas,  se  entreve- 
raba por  los  montes,  salía  al  descubierto,  trepaba  fatigosas 
cuchillas,  se  despeñaba  por  los  barrancos,  y  los  soldados 
siempre  atrás,  a  sus  alcances,  aullando  como  lobos.  De 
repente  se  halló  en  el  patio  de  los  ranchos  de  Bau- 
dilia.  Dos  hombres  asesinaban  a  Margarito.  Después  de 
haberlo  degollado,  se  pusieron  en  pie,  hoscos  y  fieros, 
buscando  una  nue^a  víctima.  Baudilia  estaba  en  la  puerta 
de  la  cocina,  mirándolos.  Él  quiso  gritarle  que  huyera, 
que  se  ocultara;  pero  la  voz  no  le  salía  de  la  garganta. 
En  vano  se  desesperaba,  haciéndole  gestos :  ella  parecía 
no  darse  cuenta  de  nada.  ¡  Qué  angustia  no  poderla  hacer 
ver  el  peligro !  Y  los  hombres  estaban  allí,  Celedonio  y 
el  indio,  con  sus  cuchillos  tintos  en  sangre.  Entonces,  el 
perro  muerto  al  lado  de  Margarito,  se  irguió  de  golpe, 
y,  saltando  sobre  sus  cuatro  patas,  empezó  a  crecer,  a 
crecer,  a  crecer  de  un  modo  fantástico,  hasta  rebasar  con 
el  lomo  la  copa  de  los  ombúes.  Y  el  perro  era  un  mons- 
truo de  ojos  de  fuego,  de  fauces  de  dragón,  que  aullaba 
frenético,  de  una  manera  ensordecedora.  .  . 

El  ladrido  de  aquel  perro  gigantesco,  que  oía  en  su 
delirio  el  mísero  Juan  de  Dios,  también  lo  oyó,  entre 
sueños,  la  tropa  acampada  en  el  linde  del  monte :  era  como 
el  fragor  de  un  trueno,  de  una  avalancha  invisible,  de  un 
tropel  salvaje  que  se  les  viniera  encima  de  improviso, 
desde  el  antro  de  la  noche.  Despertados  de  súbito,  en  me- 
dio de  las  sombras  que  se  aplastaban  sobre  el  campa- 
mento, embotados  aún  por  el  sueño,  sin  conciencia,  oye- 
ron tiros  y  galopes,  alaridos  y  tumbos, — toda  una  batahola 
de  espanto,  de  dolor,  de  muerte.  Eran  las  fuerzas  del  go- 


EIs'TRE  WS  PASTOS 


221 


bierno  que  se  habían  venido  callandito,  disimuladas  en  el 
juncal,  y  atacaban  de  golpe  al  campamento.  Entonces, 
aquella  sorpresa  nocturna  fué  como  un  vértigo :  resta- 
llaban los  tiros,  huía  la  caballada  atrepellando  a  los  hom- 
bres, rodaban  los  heridos  entre  los  pastos,  surgían  gritos 
e  imprecaciones  de  la  tiniebla,  los  mismos  compañeros  se 
asesinaban  entre  sí.  Sorprendidos  en  medio  de  su  des- 
canso, pisoteados  por  los  brutos,  enloquecidos  por  los 
alaridos,  cegados  por  los  fogonazos  de  las  descargas,  se 
internaron  en  el  monte  los  pocos  que  escaparon  con  vida, 
y  pasaron  en  tropel  sobre  Juan  de  Dios  para  ir  a  caer, 
ciegos  y  frenéticos,  en  las  aguas  profundas  del  Río  Ne- 
gro, que  corría  allí  abajo,  silencioso,  trágico,  indiferente... 

Un  hombre,  en  su  huida,  le  asentó  la  planta  sobre  el 
pecho  a  Juan  de  Dios.  Tuvo  aún,  el  desdichado,  la  impre- 
sión de  que  el  perro  de  su  delirio  le  aplastaba,  echándosele 
encima.  Un  estertor  le  sacudió,  una  última  bocanada  de 
sangre  mojó  la  yerba,  y  quedó  al  fin  inmóvil,  clavadas  las 
pupilas  en  el  trozo  de  cielo  que  aparecía  entre  el  ramaje. 
Y  en  aquel  cielo  lejano,  había  una  estrella,  una  estrella 
pequeñita,  que  titilaba  dulcemente,  como  si  llorara  lá- 
grimas de  plata  sobre  tanta  miseria... 


FIN 


ÍNDICE 


Págs. 

Dedicatoria.   7 

Fallo  del  Jurado   9 

ENTRE  LOS  PASTOS. 

1.  a  PARTE   15 

I   17 

II                                                             ..  26 

III   33 

IV.  .    42 

V   46 

VI   55 

VII   60 

VIII    67 

IX    73 

X   79 

XI   84 

XII   91 

XIII     104 

2.  a  PARTE   113 

I    115 

II   124 

III    129 

IV   135 

V   137 

VI     149 

VII   155 

VIII   164 

IX      171 

X   178 

XI    185 

XII   191 

XIII   196 

XIV   206 

XV   211 


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